
Venezuela enfrenta uno de los mayores desafíos de su historia reciente tras el impacto de dos terremotos de magnitud superior a 7 ocurridos con apenas segundos de diferencia. Mientras continúan las labores de búsqueda y rescate, la emergencia pone a prueba la capacidad de un Estado para responder a un desastre de esta magnitud y la rapidez con la que la cooperación regional e internacional puede movilizar equipos especializados, recursos y asistencia humanitaria. Pero la emergencia no termina con el rescate: la reconstrucción exigirá años de liderazgo, coordinación y cooperación sostenida.
En entrevista exclusiva con Diálogo, Luis Carlos Villegas, exministro de Defensa de Colombia y expresidente del Consejo Directivo del Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero (FOREC), la entidad creada para coordinar la reconstrucción de la principal región cafetera de Colombia tras el devastador terremoto de 1999, analiza las lecciones de esa experiencia. Explica por qué la ayuda internacional se vuelve indispensable cuando un desastre supera la capacidad de respuesta de un Estado, qué papel desempeñan las Fuerzas Armadas en las operaciones de emergencia y cuáles son los desafíos que enfrenta un país durante la reconstrucción, una etapa que puede extenderse durante años.
Diálogo: En una catástrofe como la que hoy enfrenta Venezuela, las primeras 72 horas pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. ¿Qué tan decisivo es el apoyo internacional en ese momento crítico?
Luis Carlos Villegas, exministro de Defensa de Colombia y expresidente del Consejo Directivo del Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero (FOREC): En un terremoto de gran magnitud, las primeras 72 horas son decisivas. Es el período en el que existe la mayor probabilidad de rescatar personas con vida bajo los escombros. Por eso cada segundo, cada minuto y cada hora cuentan. Mientras más se retrase el despliegue de equipos especializados, menores serán las posibilidades de encontrar sobrevivientes.
Hay que partir de una premisa que a menudo cuesta aceptar: un sismo superior a magnitud 5 exige una respuesta inmediata y masiva, no solo del Estado afectado, sino también de la comunidad internacional, especialmente de los países de la región. Pero cuando el terremoto alcanza magnitudes como la de Venezuela —7,5— esa necesidad deja de ser una opción y se convierte en una obligación.
Hay que entender que la escala sísmica es exponencial, no aritmética. Cada incremento representa un salto enorme en la energía liberada y en el potencial de destrucción. En Venezuela, además, la situación es aún más grave porque hablamos de dos sismos superiores a magnitud 7 ocurridos con apenas segundos de diferencia, uno de los escenarios más complejos que puede enfrentar cualquier país.
Las estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos indican que un terremoto de estas características en una zona densamente poblada puede provocar entre 10 000 y 100 000 víctimas fatales. Esa sola proyección permite dimensionar la magnitud de la emergencia y explica por qué ningún país puede enfrentar solo un desastre de estas proporciones.
Y por último, tener muy en cuenta: La ayuda internacional no reemplaza la respuesta nacional; la fortalece y la multiplica. Aporta equipos de búsqueda y rescate, hospitales de campaña, logística, transporte aéreo, ingeniería, comunicaciones y capacidades que son determinantes precisamente cuando el tiempo corre en contra. En una emergencia como la de Venezuela, la cooperación internacional no es un gesto de solidaridad, es un componente esencial de la respuesta para salvar el mayor número posible de vidas.
Todavía no se ha dimensionado plenamente la magnitud de esta tragedia. Se habla de decenas de miles de desaparecidos. Ojalá esas cifras no se confirmen, pero si llegaran a hacerlo, estaríamos frente a una de las mayores catástrofes humanitarias registradas en la región.
Diálogo: Usted lideró la respuesta institucional al terremoto del Eje Cafetero de 1999, una de las mayores tragedias naturales de la historia reciente de Colombia. Desde esa experiencia, ¿cómo compara la respuesta internacional que recibió el país entonces con la que hoy está recibiendo Venezuela?
Villegas: No tengo ninguna duda de que América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa mantienen una enorme disposición para ayudar cuando ocurre una tragedia de estas dimensiones. De hecho, diría que hoy la capacidad de movilizar ayuda internacional es incluso mayor que hace dos décadas. La solidaridad internacional sigue estando ahí.
La diferencia no está en la voluntad de los países para ayudar, sino en la capacidad del Estado afectado para recibir, coordinar y aprovechar esa ayuda. Esa es la verdadera prueba en una emergencia de esta magnitud.
Coordinar significa asignar zonas de búsqueda y rescate, evitar la duplicación de esfuerzos, organizar la atención de heridos, garantizar la distribución de agua, alimentos y albergues temporales, y priorizar a las poblaciones más vulnerables. Cuando esa coordinación funciona, la ayuda internacional multiplica la capacidad de respuesta del país. Cuando falla, incluso una movilización masiva de recursos pierde parte de su efectividad.
En el caso de Venezuela, hemos visto llegar apoyo desde América, Europa, Asia y África. También vimos una reacción rápida de países como Estados Unidos y de varios vecinos de la región. Eso demuestra que la disposición de la comunidad internacional sigue siendo muy alta.
Sin embargo, el desafío apenas comienza. Una vez concluyan las operaciones de búsqueda y rescate, será necesario coordinar un esfuerzo internacional aún mayor para financiar y organizar la recuperación, la reconstrucción de infraestructura y el restablecimiento de los servicios esenciales. La solidaridad es indispensable, pero solo produce resultados cuando existe una coordinación capaz de convertir esa ayuda en una respuesta efectiva.
Diálogo: Durante años, Latinoamérica ha invertido en ejercicios conjuntos de búsqueda y rescate, protocolos de interoperabilidad y mecanismos de cooperación para responder a grandes desastres. Cuando ocurre una emergencia como la de Venezuela, ¿qué tan decisiva resulta esa preparación previa? ¿La diferencia entre una respuesta exitosa y una caótica se construye antes de que ocurra el terremoto?
Villegas: Sin duda. Las grandes emergencias no se improvisan. La capacidad de responder en las primeras horas depende, en buena medida, de todo lo que los países hicieron antes del desastre: entrenar juntos, establecer protocolos comunes, conocer cómo opera cada institución y generar confianza entre los equipos que algún día tendrán que trabajar lado a lado.
Colombia aprendió esa lección de la manera más difícil, primero con Armero [el desastre volcánico de 1985 en Tolima] y después con el terremoto del Eje Cafetero. Esas tragedias demostraron que la preparación institucional no puede comenzar cuando ocurre la emergencia; debe construirse durante años mediante entrenamiento, planeación y ejercicios conjuntos.
Cuando un desastre alcanza la magnitud que hoy enfrenta Venezuela, además, ocurre algo que muchas veces se pasa por alto: las instituciones locales también son víctimas.
Eso ocurrió en Armenia [una de las comunidades más golpeadas por el terremoto de 1999]. El cuartel de bomberos colapsó, varios bomberos murieron y se perdió buena parte del equipo de rescate. El alcalde también había resultado afectado. En esas circunstancias, la única institución que conserva capacidad de organización inmediata es la Fuerza Pública.
Es en ese momento cuando las Fuerzas Armadas adquieren un papel decisivo. No porque sustituyan a las autoridades civiles, sino porque suelen ser la única institución con la capacidad logística, las comunicaciones, el transporte y el despliegue territorial necesarios para sostener la respuesta mientras el resto del Estado intenta reorganizarse.
Pero ese papel exige una doctrina claramente humanitaria. Su misión no es ejercer control ni imponer autoridad por la fuerza, sino garantizar orden, facilitar la llegada de la ayuda, apoyar las operaciones de rescate y convertirse en un referente de organización y confianza para una población que, en cuestión de minutos, lo ha perdido prácticamente todo.
Esa es una de las grandes lecciones que dejó Colombia y que hoy sigue siendo plenamente vigente. La preparación no consiste únicamente en tener más equipos o más recursos, sino en construir instituciones capaces de trabajar coordinadamente antes, durante y después de una catástrofe.
Diálogo: La cobertura inicial de un gran terremoto suele concentrarse en las primeras 72 horas, cuando la atención está puesta en encontrar sobrevivientes. Sin embargo, la experiencia del Eje Cafetero mostró que esa es solo una parte del inmenso desafío que apenas comienza una vez terminan la búsqueda y el rescate. ¿Cuáles son las prioridades de un Estado durante la recuperación y qué riesgos enfrenta un país como Venezuela en esa siguiente etapa?
Villegas: Lo primero que hay que entender es que la reconstrucción no comienza cuando terminan las labores de búsqueda y rescate; comienza mientras la emergencia todavía está en desarrollo. Durante la primera y la segunda semana conviven varias operaciones al mismo tiempo: se sigue buscando sobrevivientes, se recuperan víctimas, se atienden heridos y, paralelamente, hay que empezar a organizar el abastecimiento y la recuperación de los servicios esenciales.
El siguiente gran desafío es la logística. He leído estimaciones que hablan de cerca de 6 millones de personas afectadas por este terremoto. Eso significa garantizar, todos los días, agua potable, alimentos, refugio, atención médica, saneamiento y transporte para una población equivalente a la de varios países de la región. Es una operación de enorme complejidad que ningún Estado puede sostener por sí solo.
Por eso la combinación entre las capacidades nacionales —particularmente las Fuerzas Armadas— y la cooperación internacional vuelve a ser indispensable. Pero no basta con que llegue la ayuda; hay que administrarla con criterios técnicos, transparencia y coordinación. De lo contrario, los suministros se acumulan donde no se necesitan, se deterioran, no llegan a tiempo o terminan desviados por la corrupción.
Venezuela enfrenta, además, un desafío particularmente complejo. La asistencia humanitaria se concentrará en las zonas más golpeadas por el terremoto, pero el resto del país ya arrastra profundas dificultades económicas y sociales. Si esa distribución no se maneja con criterios de equidad y legitimidad, pueden surgir nuevas tensiones y conflictos.
La recuperación, por eso, no consiste únicamente en reconstruir edificios, carreteras o hospitales. También implica recuperar la capacidad del Estado para prestar servicios, restablecer la confianza de la población y reactivar la economía. Esa suele ser la etapa más larga, más costosa y, paradójicamente, la que recibe menos atención internacional, aunque puede extenderse durante años.
Diálogo: Dado que las operaciones de búsqueda y rescate tienen un horizonte de días, pero la reconstrucción de un país puede tomar años, incluso décadas, a la luz de experiencia con Armenia, ¿qué papel debería desempeñar la comunidad internacional en la reconstrucción de Venezuela?
Villegas: La cooperación internacional será determinante, pero hay que entender sus límites. En prácticamente todas las grandes catástrofes del mundo, la ayuda externa cumple un papel decisivo para poner en marcha la recuperación, aunque rara vez financia la mayor parte de la reconstrucción. Normalmente representa apenas entre el 4 y el 5 por ciento del costo total. El esfuerzo principal siempre recae sobre el Estado afectado.
Nosotros lo vivimos en el terremoto del Eje Cafetero. Colombia recibió una solidaridad extraordinaria de numerosos países, pero la cooperación internacional representó alrededor de USD 40 millones frente a una reconstrucción cercana a los USD 1000 millones. Fue un apoyo fundamental, pero la mayor responsabilidad la asumió el Estado colombiano.
Ahí es donde Venezuela enfrenta hoy su mayor dificultad. A diferencia de Colombia en 1999, o incluso de la propia Venezuela durante la tragedia de Vargas ese mismo año, el país llega a esta emergencia con una capacidad institucional mucho más limitada, menos recursos fiscales y un Estado con enormes dificultades para liderar una reconstrucción de esta escala.
La experiencia del terremoto de Vargas en Venezuela, también en 1999, es ilustrativa. La remoción de escombros tomó varios años y, más de dos décadas después, todavía existen zonas que nunca lograron recuperarse plenamente. Si eso ocurrió cuando Venezuela contaba con mayores recursos y una institucionalidad más sólida, el desafío actual es considerablemente mayor.
Por esa razón es necesario plantear la necesidad de una misión internacional de carácter temporal y multinacional que ayude a coordinar la recuperación. No se trata de sustituir al Estado venezolano, sino de fortalecer sus capacidades mientras recupera su capacidad operativa. Una misión de ese tipo podría coordinar la distribución de la ayuda, consolidar los censos de damnificados, apoyar la reconstrucción de infraestructura crítica y garantizar que los recursos internacionales se utilicen con criterios técnicos y de transparencia.
En mi opinión, Estados Unidos es el único país con la capacidad financiera, logística y política para convocar y liderar un esfuerzo internacional de esa magnitud, siempre en coordinación con los organismos multilaterales y los países de la región.
El terremoto modificó por completo el escenario que Venezuela empezaba a construir. La reconstrucción, por lo tanto, no consistirá únicamente en levantar viviendas, hospitales o carreteras. Será también un proceso de recuperación institucional, económica y social que exigirá años de trabajo y un compromiso sostenido de la comunidad internacional.
Publicado por: Laura Solano
Fuente de esta noticia: https://dialogo-americas.com/es/articles/coordinar-la-reconstruccion-las-lecciones-de-colombia-tras-un-gran-terremoto/
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