
El calentamiento global provocado por la actividad humana alcanzó 1,37 grados Celsius en 2025 respecto a la era preindustrial y, si la trayectoria no cambia con fuerza, superará los 1,5 grados alrededor de 2030. No es una profecía envuelta en humo apocalíptico, ni una exageración de comité, ni otra de esas cifras que se leen con solemnidad durante diez segundos antes de pasar a la siguiente pantalla. Es la conclusión central del informe Indicators of Global Climate Change 2025, publicado en la revista Earth System Science Data y elaborado por más de 70 científicos de 56 instituciones de 17 países.
El dato entra con la delicadeza de una puerta cerrándose de golpe: el margen que separa el clima actual del límite más ambicioso del Acuerdo de París ya no se mide en generaciones, sino en unos pocos años. Rebasar los 1,5 grados no significa que el planeta se apague una mañana de 2030 como un frigorífico viejo. Significa algo menos teatral y bastante más serio: que la temperatura media global habrá cruzado una frontera de riesgo, con impactos más frecuentes, más caros y más difíciles de manejar sobre la salud, el agua, la agricultura, las costas, los ecosistemas y la economía cotidiana. La física no grita. Hace cuentas.
El umbral de París ya no está al fondo del pasillo
Durante años, los 1,5 grados funcionaron como una línea roja elegante, útil para cumbres internacionales, pancartas, discursos con traducción simultánea y presentaciones ministeriales con demasiados gráficos azules. Ahora esa línea roja está casi en el felpudo. El nuevo estudio calcula que la década 2016-2025 registró un calentamiento observado de 1,26 grados, de los cuales 1,24 grados fueron atribuibles a la actividad humana. El ruido natural existe, claro. El sistema climático siempre ha tenido variaciones. Pero el motor principal tiene matrícula humana: carbón, petróleo, gas, cemento, deforestación, transporte, industria, consumo energético. Lo de siempre. Lo incómodo.
La cifra de 2025, esos 1,37 grados de calentamiento inducido por actividades humanas, no aparece como una rareza simpática en una tabla. Encaja con una tendencia persistente. El informe estima que el calentamiento atribuible a la humanidad avanza a un ritmo de unos 0,27 grados por década entre 2016 y 2025, una velocidad muy alta en términos climáticos. Traducido al idioma de la calle: el planeta no se calienta como una habitación al sol durante una tarde, sino como una casa a la que se le ha roto el termostato y nadie quiere admitir quién dejó la caldera encendida.
Aquí conviene afinar. En algunos registros, un año concreto puede superar temporalmente los 1,5 grados por la combinación del calentamiento de fondo y fenómenos naturales como El Niño. Pero el objetivo de París no se evalúa por un único año abrasador, sino por una tendencia sostenida durante décadas. Un año puede estar inflado por variabilidad natural; una década ya empieza a cantar otra melodía. Y la melodía actual suena bastante clara, con muy poco espacio para la coartada del despiste.
Qué significa realmente superar los 1,5 grados
El límite de 1,5 grados no es una muralla mágica. No hay un precipicio exacto en esa cifra, ni una frontera invisible que convierta el martes en distopía. Lo que hay es una pendiente más inclinada. Cada décima adicional aumenta la probabilidad y la intensidad de fenómenos extremos: más olas de calor, más sequías severas, lluvias torrenciales más dañinas en algunas regiones, más pérdida de hielo, más presión sobre la biodiversidad y más tensión sobre la producción de alimentos.
Por eso el debate honesto no debería formularse como todo o nada. Sería cómodo, pero falso. Un mundo de 1,6 grados no es igual que uno de 1,9. Uno de 2 grados no es igual que uno de 2,7. Cada décima tiene consecuencias físicas, económicas y humanas. Esta es quizá la parte menos espectacular y más importante del mensaje climático: no hay salvación mágica, pero tampoco fatalismo serio. Reducir emisiones sigue importando aunque se rebase temporalmente el umbral. Importa cuánto se rebasa, durante cuánto tiempo y con qué rapidez se corrige la trayectoria.
La Tierra acumula calor como una cuenta sin pagar
Uno de los datos más reveladores del informe no es la temperatura de superficie, sino el desequilibrio energético de la Tierra. La expresión parece fabricada para dormir a un auditorio después de comer, pero es central. Mide la diferencia entre la energía que entra del Sol y la que el planeta devuelve al espacio. Si entra más de la que sale, el sistema climático acumula calor. Así de sencillo. Así de enorme.
Según el estudio, ese desequilibrio se ha más que duplicado desde el periodo 1976-1995. Dicho sin bata blanca: la Tierra está guardando calor a mayor velocidad. El océano, la atmósfera, los hielos y los continentes participan en esta digestión térmica. El océano se lleva la parte más silenciosa del golpe, porque absorbe una enorme fracción del exceso de calor. No protesta en titulares cada mañana, pero responde con expansión térmica, subida del nivel del mar, alteración de corrientes, pérdida de oxígeno y golpes duros para especies que viven en márgenes térmicos estrechos.
Piers Forster, director del Centro para el Futuro Climático de la Universidad de Leeds y autor principal del informe, subraya precisamente ese punto: sin influencia humana, el desequilibrio energético debería estar cerca de cero. Pero lleva aumentando desde la década de 1970 y se encuentra en niveles récord. La imagen es incómoda: la atmósfera funciona como una manta más gruesa de lo que debería, y debajo de esa manta el sistema climático acumula energía. No hace falta imaginar un volcán furioso; basta con pensar en una batería que se recalienta lentamente en el bolsillo.
La Organización Meteorológica Mundial también ha venido alertando de este patrón: los últimos años concentran récords de temperatura, calor oceánico y señales de estrés climático en múltiples regiones. La serie ya no parece una sucesión de casualidades, sino una línea con dirección. No hay mucha épica en una serie estadística, pero hay una contundencia que no necesita levantar la voz.
Emisiones récord, el detalle que nadie quiere mirar demasiado
El informe sitúa las emisiones globales de gases de efecto invernadero en un nuevo máximo histórico: 56.800 millones de toneladas de CO2 equivalente en 2024, principalmente por la quema de combustibles fósiles. La cifra es tan grande que casi pierde significado. Resulta más útil imaginarla como una factura colectiva emitida cada año contra la atmósfera, aunque el cobro no llegue siempre al mismo buzón. Unos países han emitido mucho más históricamente, otros padecen antes los daños, y dentro de cada país tampoco todos consumen, viajan, calientan, enfrían o producen igual.
Aquí aparece una de las ironías más ásperas del cambio climático. Algunas políticas contra la contaminación del aire han reducido aerosoles de azufre que, durante décadas, actuaban como una especie de parasol sucio. Eran contaminantes peligrosos para la salud, así que reducirlos era necesario. Pero al disminuir ese enfriamiento parcial, queda más expuesto el calentamiento causado por los gases de efecto invernadero. No es un argumento para contaminar más, por supuesto. Es una prueba de que el sistema climático no acepta trucos baratos. Se puede esconder parte del problema durante un tiempo, pero no hacerlo desaparecer.
El IPCC lo ha formulado muchas veces con un lenguaje menos literario y más implacable: para limitar el calentamiento humano hace falta alcanzar emisiones netas cero de CO2. Las emisiones acumuladas hasta llegar a ese punto determinan en gran medida si el mundo puede quedarse cerca de 1,5 o 2 grados. Las infraestructuras fósiles ya existentes, si siguen funcionando sin abatimiento adicional, bastan para consumir una parte enorme del margen disponible. Ahí está el elefante en la habitación, sudando discretamente.
La parte política suele disfrazarse de debate técnico, pero es bastante comprensible. El mundo sabe producir energía limpia, sabe electrificar usos, sabe mejorar eficiencia, sabe reducir metano, sabe proteger bosques y sabe cambiar procesos industriales. No lo sabe todo, ni lo puede todo de golpe, ni el coste social es neutro. Pero la dirección general no es misteriosa. Lo misterioso, más bien, es la capacidad humana de mirar un incendio desde el sofá y pedir otro informe sobre la combustión.
El presupuesto de carbono se estrecha hasta parecer una rendija
El concepto de presupuesto de carbono ayuda a entender por qué el reloj se ha estrechado tanto. Para mantener el calentamiento por debajo de un límite concreto, la humanidad solo puede emitir una cantidad adicional aproximada de CO2. No porque lo diga una asamblea de científicos con afición al dramatismo, sino porque existe una relación casi lineal entre las emisiones acumuladas de dióxido de carbono y el aumento de la temperatura global. Más toneladas, más calentamiento. Así de desagradablemente contable.
El nuevo informe calcula que, desde comienzos de 2026, quedaban unas 130.000 millones de toneladas de CO2 para aspirar a mantener el calentamiento por debajo de 1,5 grados con una probabilidad central. Al ritmo actual de emisiones, ese presupuesto se agotaría en aproximadamente tres años. Tres años. Menos que una legislatura completa en muchos países, menos que el ciclo habitual de promesas climáticas, menos que la vida comercial de muchos modelos de coche.
Este dato no significa que al agotarse ese margen todo quede perdido para siempre. Significa que el mundo entraría en una fase de sobregiro climático: habría que compensar después con reducciones mucho más abruptas y con retirada neta de CO2 de la atmósfera, algo técnicamente posible en parte, pero lleno de límites, costes, incertidumbres y riesgos. El exceso temporal por encima de 1,5 grados puede corregirse solo con una combinación muy exigente de recortes de emisiones y absorción de carbono. Y aun así, algunos impactos no esperan educadamente a que lleguen las soluciones.
La palabra irreversible conviene manejarla con cuidado. No significa que todo empeore siempre al mismo ritmo ni que no haya margen para evitar daños. Significa que ciertos sistemas, una vez empujados demasiado lejos, no vuelven fácilmente a su estado anterior en escalas humanas. Glaciares, arrecifes, permafrost, ecosistemas marinos, zonas costeras bajas. La naturaleza no funciona como una aplicación con botón de deshacer. A veces se puede restaurar. A veces se adapta. A veces se rompe.
El océano ya está dando señales muy visibles
El informe añade un indicador nuevo: los días con olas de calor marinas. Y aquí la fotografía es especialmente dura. El número de días con este tipo de episodios se ha más que triplicado a escala global entre 1991 y 2025. Solo en 2025 se registraron 65 días de olas de calor marinas en el conjunto del planeta. No son veranos agradables para peces con ganas de vacaciones. Son episodios capaces de alterar cadenas alimentarias, dañar corales, desplazar especies, golpear pesquerías y afectar economías costeras.
June-Yi Lee, del Centro de Investigación en Ciencias Climáticas de la Universidad Nacional de Pusan, ha señalado que estas olas de calor marinas son cada vez más frecuentes y encajan con el calentamiento continuo de la superficie oceánica. El detalle importa porque el mar no es un decorado azul al fondo del mapa. Es una maquinaria planetaria: regula calor, alimenta lluvias, sostiene alimentos, protege costas y absorbe una parte enorme del CO2 y del calor extra generado por las actividades humanas.
Las olas de calor marinas importan también fuera del agua. Un océano más cálido puede alimentar fenómenos meteorológicos extremos, modificar patrones de lluvia, intensificar tormentas en determinadas condiciones y afectar a la protección natural de las costas. Además, cambia la química marina: acidez, oxígeno, intercambio de carbono entre océano y atmósfera. Es una cocina lenta, pero cocina. Y cuando el mar cambia de temperatura, no cambia solo el paisaje de postal; cambia una infraestructura viva de la que dependen millones de personas.
Samantha Burgess, directora adjunta del Servicio de Cambio Climático de Copernicus en el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio, ha resumido el fondo del asunto con una claridad difícil de maquillar: casi todo el calentamiento registrado durante la última década fue impulsado por actividades humanas. La variabilidad natural existe, sí. Pero no está conduciendo el autobús. Apenas va sentada al lado.
España no mira esto desde una ventana ajena
España conoce bien esta gramática del calor. Olas de calor más tempranas, noches tropicales, sequías tensas, incendios con combustible vegetal seco, estrés hídrico en cuencas mediterráneas, presión sobre agricultura, turismo y salud pública. El calentamiento global no llega aquí como una abstracción polar con osos en miniatura; llega en recibos de agua, urgencias hospitalarias, cosechas adelantadas, playas erosionadas, seguros más caros y discusiones municipales sobre sombra, árboles y asfalto. Muy prosaico todo. Muy real.
En el Mediterráneo, el calentamiento añade una capa de fragilidad a problemas que ya estaban ahí: ocupación intensa de la costa, demanda de agua elevada, ecosistemas presionados, turismo concentrado en meses cada vez más calurosos y ciudades que durante décadas confundieron el hormigón con el progreso. La adaptación no será una palabra bonita en documentos públicos; será plantar sombra, repensar horarios, proteger a mayores y trabajadores expuestos, gestionar embalses con menos ingenuidad y asumir que el verano largo no es solo una postal rentable.
La agricultura también se mueve en ese terreno de incertidumbre. Cambian calendarios de floración, aumenta la evaporación, se estrecha el margen para algunos cultivos y se vuelve más delicada la gestión del agua. No todo impacto es uniforme ni automático. Habrá regiones, sectores y tecnologías capaces de adaptarse mejor que otros. Pero el patrón general es claro: más calor implica más presión sobre sistemas que ya vivían al límite. La palabra resiliencia queda estupenda en una mesa redonda; en el campo, a veces, huele a tierra seca.
La salud pública será otro frente decisivo. Las olas de calor ya no son solo un asunto meteorológico, sino sanitario. Aumentan riesgos cardiovasculares, respiratorios y laborales; golpean con más dureza a personas mayores, niños, enfermos crónicos y trabajadores al aire libre. También empeoran las noches, que son el momento en que el cuerpo debería recuperarse. Una noche tropical no es una anécdota de terraza: puede ser una carga fisiológica añadida. El calor, cuando insiste, deja de ser ambiente y se convierte en presión.
Lo que cambia al pasar de 1,5 grados
El umbral de 1,5 grados tiene algo de símbolo político, pero no es un número decorativo. Se consolidó porque los estudios científicos mostraban diferencias claras entre un mundo de 1,5 y uno de 2 grados. Medio grado adicional puede traducirse en más calor extremo, más pérdida de biodiversidad, más exposición de población vulnerable, más presión sobre recursos hídricos y más daños en ecosistemas sensibles. La diferencia no cabe en un lema, aunque a veces se intente meterla ahí con calzador.
La adaptación entra en escena, aunque no como coartada. Adaptarse significa rediseñar ciudades para el calor, reforzar alertas sanitarias, gestionar agua con menos ingenuidad, proteger costas, cambiar cultivos donde haga falta, preparar infraestructuras para extremos más violentos. Pero la adaptación pierde eficacia conforme aumenta el calentamiento. Hay límites físicos, económicos y sociales. Adaptarse sin reducir emisiones sería como poner cubos bajo una gotera mientras alguien sigue agrandando el agujero del tejado.
Por eso la mitigación —la reducción real de emisiones— sigue siendo el centro del tablero. Energía, transporte, vivienda, industria, alimentación, uso del suelo. No hay una sola palanca, ni una solución con brillo de milagro. Hay una combinación de decisiones técnicas, políticas y culturales. Algunas serán incómodas. Otras, bastante razonables incluso sin hablar de clima: aire más limpio, ciudades menos hostiles, energía menos dependiente de combustibles importados, edificios que no se conviertan en hornos, suelos agrícolas menos degradados.
También hay una cuestión de justicia. Quienes menos han contribuido históricamente al calentamiento suelen estar más expuestos a sus impactos y tienen menos recursos para defenderse. Esto ocurre entre países, pero también dentro de cada sociedad. No vive igual una ola de calor quien tiene una casa aislada, aire acondicionado y teletrabajo que quien duerme en un piso mal ventilado o trabaja ocho horas sobre asfalto. El cambio climático no elimina desigualdades: las ilumina con una luz bastante cruel.
El dato frío y la vida caliente
La noticia no está en que 2030 sea una fecha redonda, cercana, casi publicitaria. La noticia está en que el clima ya se mueve dentro de la zona que la ciencia lleva décadas describiendo, con una precisión incómoda para quienes preferían tratarla como exageración juvenil, moda ideológica o superstición verde. El calentamiento humano inducido llegó a 1,37 grados en 2025, las emisiones siguen en máximos, el presupuesto de carbono compatible con 1,5 grados se estrecha hasta parecer una rendija y el océano acumula calor con una paciencia que no conviene confundir con calma.
El planeta no negocia titulares, no vota presupuestos ni entiende de ciclos electorales. Responde a concentraciones de gases, a toneladas acumuladas, a balances de energía. Esa es la parte brutalmente democrática de la física: no se impresiona con el sarcasmo, tampoco con la propaganda. La diferencia entre llegar a 1,5 grados, rebasarlos poco o convertirlos en una estación de paso hacia cotas mucho peores dependerá de decisiones tomadas en esta década. No en un futuro de ciencia ficción con ciudades flotantes y políticos arrepentidos. En esta.
Y ahí queda la paradoja, bastante humana: nunca se había sabido tanto sobre el problema, nunca habían sido tan visibles sus señales y nunca había parecido tan pobre la excusa de no haberlo entendido. El calentamiento global superará probablemente los 1,5 grados hacia 2030 si las emisiones continúan cerca de los niveles actuales. La frase cabe en una línea. Sus consecuencias, no.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/temperatura-tierra-sube-1-5-grados-en-2030/
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