
Sigue dando que hablar el caso de la camioneta del presidente Orsi. Sin dudas es increíble que el primer mandatario haya hecho lo que hizo. Se habla de lo mal que se comunicó, de la inoperancia de los asesores, de las declaraciones desacertadas del propio presidente, además de las de los principales jerarcas del gobierno y del presidente del FA. El problema de fondo es que la acción del Presidente no tiene justificación posible. Aceptó un regalo, vestido de generoso descuento, de una empresa que comercializa con el Estado y, lo más grave, pagó con un bien que no era suyo. Los hechos son claros y no hay forma de justificarlos.
La pregunta que surge a partir de esos hechos es: ¿y ahora qué? ¿Se aceptará el fallo de una desprestigiada JUTEP? ¿Hay que llevar el caso a la justicia? ¿Hay elementos de juicio como para imputar al presidente de uno o más delitos? ¿El parlamento debería iniciar un juicio político al presidente? Las respuestas a estas preguntas indudablemente están influidas por el lugar que se ocupe en la política: unos tenderán a desdramatizar e intentar dar por terminado el asunto, otros buscarán hacer el mayor estrago posible a la fuerza que gobierna, con la mirada claramente puesta en 2029.
En buena parte de los frentistas existe un sentimiento de bronca al haber recibido su partido un misilazo en la línea de flotación, justamente en el tema del cual más alardearon en la campaña electoral: el de la honestidad en el gobierno. Más allá de que aún estaban frescos sonados casos de los períodos anteriores del FA en el gobierno (PLUNA, Casinos, ANTEL Arena, regasificadora, etc.), en la campaña electoral de 2024 supieron sacar provecho de algunos episodios poco transparentes en el gobierno de la Coalición, particularmente los casos de Astesiano y Marset. Se presentaron ante el desmemoriado electorado como la opción honesta, y les dio resultado. Por eso la indignación de tantos frentistas en estos días: sienten que se tiró por la borda el capital político más importante que podían esgrimir. Y, además, ¡por una camioneta! Por más que ya había caído un vicepresidente por un colchón y un short, la militancia frenteamplista no puede creer el daño que, por tan poca cosa, se puede causar a sus posibilidades futuras de continuidad.
Es claro que existe una interna frenteamplista complicada. No se le perdona al MPP que haya arrasado electoralmente de la forma que lo hizo, quedando prácticamente dueños de la pelota en la izquierda vernácula. Ahora apareció una ventana que probablemente marque el inicio de su declive y las distintas fuerzas que se mueven en esa bolsa de gatos comienzan a moverse. Lo del 1 % a los más ricos y otras iniciativas voluntaristas, por ahora criteriosamente postergadas, tendrán seguramente una nueva oportunidad que hasta hace poco no tenían.
Por su lado, la oposición hace su juego con la mirada puesta, aunque no lo digan, en el 2029. Aunque ya surgieron voces para bajar la pelota al piso ante la posibilidad de un gobierno de Cosse, que nadie que razone con sensatez quiere, hay quienes piensan que cuanto más sangre corra ahora, mayores serán las posibilidades de un regreso triunfal. No quiero ser aguafiestas, pero una y otra vez quedó demostrado que la memoria del electorado a la hora de votar es extremadamente corta. De acá al 29 muy pocos se van a acordar de la camioneta de Orsi, siempre que logre encaminar soluciones a los grandes problemas que hoy aquejan a la sociedad.
Y también están los que ven en esta situación la posibilidad de lavar sus propias culpas. Si la cabeza visible de quienes se habían apropiado del discurso de la honestidad está en tela de juicio, todo lo que se diga de ellos queda atenuado y, probablemente, hasta tolerado. Respiran aliviados algunos que estaban en el candelero acusados, con o sin razón, de corrupción en su gestión de gobierno.
El efecto más negativo de este episodio, que se suma a otros que desde hace mucho tiempo se vienen sucediendo, es que, ahora sí, “¡son todos iguales!”. Si el líder de los Robespierre criollos tampoco es honesto, ya no queda nadie que se salve. De ahí al “¡que se vayan todos!” puede no haber mucha distancia. Lo vimos hace no mucho tiempo no muy lejos de aquí.
La sociedad uruguaya reclama soluciones a sus grandes problemas. La inseguridad es cada vez mayor, el endeudamiento con los usureros se agrava día a día, la droga prolifera especialmente entre adolescentes y jóvenes, la ideología de género avanza con su secuela de violencia y destrucción de vínculos familiares, la cultura de la muerte se impone con la eliminación de los que no tienen derecho a nacer o de quienes son considerados una carga para la sociedad, la venganza contra quienes defendieron a la sociedad de la insania guerrillera hace más de medio siglo se sigue consumando…
Son muchos los problemas y demasiado importantes como para seguir pendientes de la camioneta presidencial. Tarde o temprano pagaremos muy caro no haber sabido encontrarle el punto final a tantas desgracias.
*Ex senador de la República
Guido Manini Ríos
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/opinion/que-gobierne-la-honestidad/
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