
Hay mujeres que, aun en medio del cansancio, las luchas y las lágrimas silenciosas, dejan sembrado en sus hijos un legado que trasciende el tiempo. Porque una verdadera madre no educa únicamente con palabras; educa con el ejemplo, con la forma en que ama, perdona, sirve, resiste y permanece.
Ser madre es una de las responsabilidades más profundas y sagradas que existen. No se trata solamente de cuidar un hijo mientras crece, sino de formar un corazón, moldear un carácter y dejar huellas invisibles que acompañarán a ese ser humano toda la vida. Cada abrazo, cada consejo, cada sacrificio y cada oración terminan convirtiéndose en parte de la identidad de los hijos.
Hoy comprendo con más claridad el valor de una madre. Comprendo que muchas de las cosas buenas que le transmití a mi hija nacieron primero en el corazón y en el ejemplo de la mía. Ella me enseñó, incluso sin darse cuenta, cómo amar con paciencia, cómo sostener una familia aun en medio de las tormentas y cómo permanecer firme cuando la vida parecía difícil.
Y ahora, al ver a mi hija como madre, entiendo que el amor verdadero sí deja herencia. Que las enseñanzas sembradas con ternura pueden cruzar generaciones enteras. Lo que una madre cultiva en silencio puede florecer años después en sus hijos y en los hijos de sus hijos.
Desde este espacio también quiero rendir homenaje a aquellos hijos que han sabido cumplir uno de los mandamientos más humanos y espirituales: honrar padre y madre. Porque honrar no es solamente obedecer; es acompañar, escuchar, cuidar, valorar, agradecer y permanecer presentes mientras aún hay tiempo.
Vivimos en un mundo que muchas veces corre demasiado rápido y olvida lo esencial. Por eso hoy quiero invitar a cada hijo a amar a su madre profundamente, no solo en una fecha especial, sino cada día de su vida. Abrácenla, escúchenla, llámenla, compartan tiempo con ella. No den por eterno aquello que es temporal.
La vida es corta y efímera. Hoy podemos tener a quienes amamos, y mañana no sabemos. Y quizás una de las mayores tranquilidades que puede tener el alma cuando una madre parte por ley natural, es sentir la satisfacción del deber cumplido. Saber que se amó, que se acompañó, que se estuvo presente hasta el último momento, incluso en la distancia.
Así lo hicimos mis hermanos y yo con nuestra madre. La despedimos con amor, sin culpa, sin palabras pendientes y con la paz de haber caminado junto a ella hasta el final de sus días. Y aunque el dolor de la ausencia humana permanece, también permanece una esperanza más grande que la muerte.
Hoy recuerdo a mi madre, “Doña Filo”, o como yo le decía con ternura: “mi feita”. Y aunque su ausencia humana todavía duele, mi corazón se aferra a una esperanza que va más allá del tiempo y de la muerte: la esperanza de la resurrección.
Me aferro a la certeza espiritual de que el amor verdadero no desaparece, porque aquello que nace desde el alma permanece aun cuando los ojos ya no puedan verlo. Tengo la fe de que un día, en la eternidad de Dios, volveremos a encontrarnos, y entonces comprenderemos que el amor nunca fue interrumpido, solo transformado.
Mientras llega ese día, su legado continúa vivo entre nosotros. Vive en sus hijos, en sus nietos, en sus bisnietos y en cada persona que tuvo el privilegio de cruzarse con su vida. Porque mi madre no fue una mujer común; fue de esas almas generosas que eran capaces de quitarse el pan de la boca para ofrecerlo al más necesitado. Su grandeza nunca estuvo en lo material, sino en la inmensidad de su corazón.
Hoy entiendo que las personas como ella no desaparecen realmente. Permanecen en nuestra manera de amar, de cuidar, de servir, de educar y de mirar la vida con gratitud. Permanecen en las palabras que nos enseñaron, en los gestos que heredamos sin darnos cuenta y en la sensibilidad que dejaron sembrada en nuestra alma.
Una madre nunca se va del todo cuando sus enseñanzas siguen habitando el corazón de sus hijos.
Y aunque hoy ya no pueda abrazarla físicamente, todavía la encuentro en los recuerdos, en las oraciones, en los valores que nos dejó y en cada acto de amor que nace gracias a lo que ella sembró en nosotros.
Porque hay seres que, aun después de partir, siguen iluminando la vida de quienes los amaron. Y mi madre, “mi feita”, es y seguirá siendo una de esas luces eternas.
«Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas”. Proverbios 31:10 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
