
Colección privada en peligro: actuar a tiempo antes que lamentar después…
En su casa del barrio La Pastora, en Punta del Este, José Luis Clavijo ha reunido, a lo largo de toda una vida, un conjunto singular de piezas líticas que hoy conforman un verdadero museo. No es un museo formal ni institucional, pero sí uno de los más auténticos: nacido de la experiencia, de la curiosidad y de una relación íntima con la tierra y el mar. Y, sin embargo, ese tesoro –pacientemente reunido– espera aún un destino adecuado.
José Luis, conocido como Jota Clavijo, nació en Punta del Este en de 1951 y allí pasó su infancia cuando el lugar era todavía un paisaje abierto, de dunas y playas casi desiertas. Todavía las casas en la península llegaban a la costa o terminaban sobre las rocas. En los largos y fríos meses de invierno quedaban solo las familias del lugar. Los que quedaban se conocían y se sabía quiénes eran. Todavía se encontraban sobre la costa acelgas silvestres y espinacas que solían recolectar con su abuela y primos en animadas excursiones por lo que hoy es la rambla de circunvalación.
La península era como una isla antes de los grandes edificios donde se destacaba la presencia omnipresente el faro. Para los niños el patio de recreo era la costa siempre cambiante y el puerto, donde pasó gran parte de su infancia acompañando a su padre en las faenas de la pesca y el vaivén de las barcas pesqueras. Solían entonces ir hasta la Punta de la Salina para esperar ansiosos el regreso de las barcas. Le encantaba mirar a lo lejos la Isla de Lobos, donde su abuelo había sido faenero a comienzos del siglo XX.
A los 7 años, mientras jugaba a los indios con sus amiguitos en la Punta del Corral, detrás del Puerto, encontró una boleadora indígena. Una piedra de granito pulida, una revelación que despertó su curiosidad y que marcaría su vida.
De familia puntaesteña
Le pedimos que recordara a su padre, el conocido Queque Clavijo. Su verdadero nombre era Luciano Domingo Clavijo Enrique, nacido en una familia dedicada al mar por generaciones. Fue de las primeras en radicarse en la península a mediados del siglo XIX. Sucesivamente fue pescador, buzo y patrón de pesca. Desde muy joven tuvo sus propias embarcaciones: la Isabelita, la Rondanina y más tarde la Sol y Ríos, esta última vendida posteriormente al Club de Pesca Punta del Este y de la cual fue patrón por varios años. Lo recuerda como un viejo “lobo de mar” respetado por todos por su conocimiento de la costa y el medio marino.
Volviendo a Jota, le preguntamos sobre sus años siguientes, su formación en ese mundo de mar entre palangres y redes e historias de tormentas y naufragios. Como todo puntaesteño de esa época hizo sus primeros estudios en la excelente Escuela Nº 5.
En la adolescencia, conoció en Maldonado el Museo del Profesor Francisco Mazzoni, con quien entablo amistad y quien lo dejaba visitar a sus anchas el museo, interesándose por la historia local. Y por los restos indígenas que existían en el museo.
Fue así que siendo adolescente comenzó en su casa una colección a la que llamaba minimuseo. Había conseguido una antigua cristalera de caoba que su padre había cambiado por una red, donde iba guardando las cosas curiosas que encontraba. Lo que encontraba tanto del mar como de tierra fue creciendo: material indígena, caracoles y animales marinos en formol, objetos antiguos, etc. Pronto se transformó en punto de visitas de la gente del barrio y después de las escuelas de Maldonado, cuyas maestras venían con los alumnos desde una buena distancia para ver la colección.
De recorrida por el mundo
No siguió estudios formales, sino que gracias a su espíritu curioso, tal vez una de sus principales virtudes, desde muy joven salió a recorrer todo el Uruguay y luego por varios años viajó por toda América del Sur. Siempre interesado en arqueología e historia, se embreñó por trillas y caminos fuera de cualquier mapa, fuera en busca de ruinas y vestigios de antiguas civilizaciones precolombinas o de aldeas perdidas en la selva. En su caminar autodescubrió su don artístico, lo que le permitió dominar diversas técnicas de arte y artesanía con las que ganar su sustento y continuar las rutas.
En los años 70 se encontraba en Brasil, donde estudio escultura y grabado en la Fundación de Arte de Ouro Preto en Minas Gerais. Y luego cruzó el océano hasta Europa, donde vivió y continuó con su arte, visitando ciudades, museos y monumentos, sobre los que había leído en los libros de historia.
Cruzó el Mediterráneo descubriendo el increíble mundo árabe del norte de África. Atravesó el desierto del Sahara de oasis en oasis, perdiéndose por aldeas y sabanas del África subsahariana, a veces el único occidental en cientos de kilómetros a la redonda. Luego continuó en Asia, donde peregrinó por pueblos perdidos a los pies de los Himalaya, al encuentro de otras dimensiones espirituales, en un nuevo repensar sobre la vida y el sí mismo. Navegó en barcos de paletas por el Ganges y nadó en las playas paradisíacas de Goa… Antiquísimas culturas, ciudades llenas de colores y vida. Paisajes y situaciones que quedaron para siempre grabados en su memoria y que lo colocaban en medio de la gran aventura que resultaba ser su propia vida.
De regreso a Europa, mientras trabajaba en las vendimias en Suiza surgió la idea de una vida en comunidad con varios amigos del camino. En 1981 regresó a América del Sur desde las Islas Canarias en un barco carguero, ya en compañía de Sara, una joven portuguesa que conoció en la Isla de Menorca. Se establecieron en Pirenópolis, Goiás, Brasil, donde integraron una comunidad agro artesanal a la que llamaron Terra Nostra. Allí, en medio de una naturaleza fuerte y exuberante, nacieron sus tres hijos y desarrollaron trabajos artesanales, especialmente en plata. Tanto fue el trabajo en plata en arte y artesanía que hoy la ciudad es conocida como la Capital de la Plata. En 2019 a las joyas allí producidas se les otorgaba el sello oficial de indicación geográfica.
De vuelta al pago
Luego de visitarlo en su casa museo en el barrio La Pastora de Punta del Este y quedar deslumbrados con su colección arqueológica, pasamos a referirnos a este otro aspecto de su vida. Algo que consideramos realmente valioso para nuestra historia patrimonial y la propia historia de Punta del Este.
Fue a mediados de los 80 que las remembranzas de familia y recuerdos lo trajeron todas las temporadas de regreso a su Punta del Este natal. Venían de diciembre a marzo para visitar a su familia y comercializar sus joyas en la feria artesanal de la plaza Artigas. Y al comienzo de los 90 adquirieron una pequeña vivienda en el barrio La Pastora, cerca del mar que lo vio crecer.
Llevado por su insaciable curiosidad y teniendo en cuenta que esporádicamente se encontraban objetos indígenas en la costa, en sus tiempos libres continuó con su pasión por el buceo en la Playa Mansa entre las paradas 1 y 3. Tenía la sospecha de que allí también podría encontrar material indígena. Después de un tiempo de búsquedas sin resultados, su labor empezó a dar frutos. Comenzó a encontrar boleadoras, mazas, rompe cocos y otros elementos líticos que año a año fue acomodando en estantes y hasta en el piso de la sala. Al cabo de un tiempo, viendo la cantidad y calidad del material encontrado, comenzó a registrar los objetos para tratar de ordenarlos y que en un futuro pudiesen ser estudiados. Al mismo tiempo, entró en contacto con arqueólogos y estudiosos alertando sobre aquel patrimonio que corría serio riesgo de ser perdido.
Durante más de 40 años, con paciencia y perseverancia realizó esta tarea, sin detectores ni tecnología, guiado por la intuición. Sus amigos decían que tenía “un detector incorporado”, aunque él prefiere decir “que las piedras lo llaman”…
Poco a poco, verano a verano, fue rescatando, reuniendo, clasificando y estudiando miles de piezas. Así formó en su casa un verdadero museo lítico. En su concepto, una de las colecciones arqueológicas privadas más interesantes del país. En 2012 expuso parte de su colección en la Sala del Patrimonio de Punta del Este y en el 2018 participó voluntariamente de una excavación arqueológica en la playa de La Pastora con un equipo universitario multidisciplinario a cargo de la arqueóloga Marcela Caporale.
Hoy, esa colección constituye un valioso testimonio del pasado prehispánico de nuestra región. Para que estos mensajes de piedra de nuestros antepasados que habitaron lo que es hoy Punta del Este no sean irremediablemente perdidos, planteamos la urgente necesidad de encontrarles un destino adecuado para su preservación, difusión y estudio.
Juan Antonio Varese
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/cultura/historia-litica-de-punta-del-este-en-busca-de-destino/
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