La muestra se amplía con otras piezas de Feni que permiten adentrarse en su imaginario. Entre ellas, destaca You Wouldn’t Know God If He Spat in Your Eye (1975), un rollo de 53 metros realizado durante su exilio en Londres. Más que una obra, un flujo: criaturas, figuras, palabras que se suceden como en una procesión alucinada. En ese continuo aparecen repeticiones obsesivas —“Exilio, Exilio, Exilio”—, frases enigmáticas y nombres propios como Nina Simone o Stevie Wonder, configurando un diario visual donde lo político y lo íntimo se entrelazan sin jerarquías.
En Hector Pieterson (1987), Feni toma como punto de partida la célebre fotografía de Sam Nzima del niño asesinado durante la revuelta de Soweto en 1976. Pero no la reproduce: la transfigura. A través de figuras estilizadas, convierte al cuerpo del niño en un símbolo de inocencia universal frente a la violencia del Estado. La imagen deja de ser documento para convertirse en alegoría.
Otras obras como The Classroom (1965), Woman and Boy o Saying No (1967) profundizan en esa línea táctil e inmediata que define su trabajo. Figuras inquietas que desafían la disciplina, composiciones que cuestionan la segregación educativa, gestos que rechazan las etiquetas reductoras de “arte de los townships”. Feni no ilustra una realidad: la descompone.
Todo este conjunto se presenta en proximidad directa con el Guernica de Picasso y con cuatro de sus dibujos preparatorios realizados en mayo de 1937 en París. Bocetos que revelan el proceso de construcción de una obra concebida como encargo político por el Gobierno de la II República para el pabellón español en la Exposición Universal de París. La pintura como herramienta de denuncia, pero también como objeto susceptible de apropiación, censura y disputa.
Porque si algo ha demostrado el Guernica a lo largo de su historia es su capacidad de convertirse en arma simbólica. Ha sido prohibido, desplazado, reproducido hasta el exceso. Pocas obras han sido tan instrumentalizadas y, sin embargo, tan resistentes a esa instrumentalización. En palabras de Garb, plantea de forma persistente la relación entre estética y política, entre arte y propaganda, entre imagen y poder.
Ese mismo debate atravesaba el Johannesburgo de los años sesenta, donde se discutía la capacidad del arte para incidir en el cambio político, su responsabilidad frente a la opresión o su vulnerabilidad ante la censura. En un contexto dominado por el fotoperiodismo y la estética documental, emergía una pregunta incómoda: ¿es más eficaz lo “realista” que lo “expresionista” para la crítica social? Y, en paralelo, otra aún más compleja: ¿qué significa “lo africano” frente a la modernidad europea?
La deuda de Picasso con el arte africano es conocida. Él mismo reconocía en esa tradición una potencia formal y espiritual. Feni, en un gesto casi dialéctico, devuelve esa influencia al centro del debate, no para reivindicarla, sino para tensionarla. Su obra no es heredera, sino interlocutora.