A solo 8 kilómetros de Minas, entre los pliegues de las Sierras de Carapé, existe un lugar donde el tiempo parece haberse detenido mucho antes de la llegada de los españoles. No son ruinas coloniales ni fortines de guerra; son construcciones de piedra que, según algunos expertos, guardan un conocimiento astronómico y espiritual de civilizaciones que la historia olvidó nombrar.
¿Qué son estos enigmáticos montículos de piedra esparcidos por todo el cerro? ¿Quiénes los apilaron con una precisión que desafía la erosión natural? ¿Con qué propósito se alinean con el sol y los puntos cardinales? Para responder estas preguntas hay que viajar al corazón del departamento de Lavalleja, donde el Valle del Hilo de la Vida guarda un secreto milenario que pone en jaque la idea de que en Uruguay no hubo grandes civilizaciones constructoras.
¿Por qué llamarlo el Stonehenge uruguayo?
La comparación con el famoso monumento megalítico de Inglaterra no es caprichosa ni un simple recurso para atraer turistas. Responde a tres razones que convierten a este rincón de Lavalleja en un sitio único en la región.
La primera es el misterio de sus alineaciones astronómicas. Así como en la llanura de Salisbury las piedras gigantes marcan la salida del sol en el solsticio de verano, los túmulos de este valle no están dispersos al azar. Investigadores han señalado que muchas de estas estructuras se orientan con los puntos donde el sol emerge durante los solsticios y equinoccios. Eso sugiere que sus constructores poseían un conocimiento avanzado de la bóveda celeste y utilizaban el paisaje como un calendario solar gigante.
La segunda razón tiene que ver con el propio concepto de megalitismo. Uruguay suele ser percibido, incluso por muchos uruguayos, como un territorio de pueblos nómadas que no dejaron grandes monumentos de piedra. Encontrar más de un centenar de estructuras apiladas de forma deliberada rompe ese paradigma de golpe. En el Stonehenge original, el enigma es cómo movieron piedras de varias toneladas; aquí, el enigma es quiénes y por qué decidieron intervenir un cerro entero con miles de piedras pequeñas y medianas, creando una obra de ingeniería que ha resistido siglos de erosión y clima sin derrumbarse.
La tercera coincidencia es la más sutil pero también la que más curiosidad despierta: la de ser un centro ritual y energético. Stonehenge es mundialmente famoso como lugar sagrado y de sanación. El Valle del Hilo de la Vida ha ganado una fama similar, no por sus piedras imponentes, sino por las extrañas sensaciones que dicen experimentar quienes lo recorren. De eso hablaremos más adelante, porque merece un capítulo aparte.
Un territorio de 1.400 millones de años bajo la mirada de la UNESCO
Para entender la magnitud de lo que significa el Valle del Hilo de la Vida, hay que mirar hacia abajo, mucho más abajo de las piedras. La última información científica sitúa este territorio en una antigüedad geológica de 1.400 millones de años (sí, mil cuatrocientos millones de años). Hoy, ese valor ha sido reconocido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que está evaluando la zona como parte del Geoparque Manantiales Serranos.
No se trata solo de un puñado de cerros lindos. Todo el departamento de Lavalleja está en carrera para convertirse en un Geoparque Mundial, un sello que protegería su patrimonio geológico, biológico y cultural. La misión evaluadora de la UNESCO ya recorrió el Valle del Hilo de la Vida junto a otros geositios como el Cerro Arequita y el Parque Salus, en un proceso que definirá su futuro en abril de 2026.
Pero la sorpresa no termina en las rocas. A solo 3 kilómetros de este valle, un hallazgo revolvió la arqueología local hace un año: la Cueva Amarilla. Allí se encontró evidencia de presencia humana datada en 12.400 años antes del presente. Es decir, mucho antes de lo que se creía para la región. Estas informaciones van tejiendo un contexto real de la zona: no estamos ante un simple paisaje bonito, sino ante una cuna de civilizaciones milenarias que habitaron estas sierras cuando el mundo salía de la última glaciación.
Los centinelas de piedra que el tiempo no pudo borrar
El valle alberga más de un centenar de estructuras conocidas como cairns o túmulos: construcciones cónicas de piedra laja superpuesta sin cimentación que se alzan sobre la ladera noroeste de un cerro con forma de media luna. No son grandes bloques verticales como los menhires ingleses, sino acumulaciones cuidadosas de piedras medianas y pequeñas, una versión más silenciosa pero igual de intrigante del megalitismo europeo.
Lo que hace que este lugar sea magnético para el visitante no es solo su antigüedad —estimada en unos mil años según estudios geológicos— sino un detalle que desconcierta a los investigadores: mientras el cerro ha sufrido los efectos de la erosión durante siglos, canalizando el agua de lluvia por sus laderas, los montículos permanecen intactos, como si el tiempo hubiera decidido respetarlos.
El arqueólogo Jorge Baeza relevó y numeró el conjunto en 1997, describiendo piedras ordenadas en círculo, orientadas con el eje mayor hacia adentro y rematadas con una piedra de cuarzo blanco a modo de tapa. En el interior, piedras menores y fragmentos del mismo cuarzo sugieren que no se trata de acumulaciones azarosas, sino de construcciones con un propósito deliberado.
La versión oficial, sostenida por investigadores como Daniel Granada en su “Vocabulario rioplatense razonado” de 1896, sugiere que podrían ser monumentos funerarios o antiguos puestos de vigilancia de grupos indígenas locales. Sin embargo, la falta de excavaciones sistemáticas ha impedido confirmar esta hipótesis, dejando la puerta abierta a interpretaciones más audaces.
Un nombre que es una promesa
El lugar debe su nombre, “Hilo de la Vida”, a una vertiente de agua pura que atraviesa el valle en forma de cascada, brotando de un manantial subterráneo que, según aseguran los lugareños, nunca se seca, ni siquiera en las sequías más extremas. Ese hilo líquido serpentea entre las piedras como una metáfora viviente: frágil pero persistente, pequeño pero indispensable.
Fue precisamente ese curso de agua el que atrajo a los pobladores originarios a este rincón de las Sierras de Minas. Y quizás también lo que llevó al naturalista inglés Charles Darwin —el científico que revolucionó la biología con su teoría de la evolución— a dejar una breve anotación en su diario cuando recorrió la región a bordo del HMS Beagle en 1833. Aunque Darwin no describió los túmulos con precisión, su paso por estas sierras quedó registrado como testimonio de un paisaje que ya entonces llamaba la atención.
Más de un siglo después, el antropólogo uruguayo Renzo Pi Hugarte (1934-2012), considerado el fundador de la antropología académica en Uruguay y autor del libro fundamental “El Uruguay Indígena”, rescató esa observación olvidada. En su obra “Historias de aquella ‘gente gandul’” (1999), Pi Hugarte vinculó la mención de Darwin con el Valle del Hilo de la Vida, conectando así el Stonehenge uruguayo con dos referentes de peso: el padre de la biología moderna y el máximo especialista en pueblos originarios del país.
Cuando la ciencia se encuentra con el misterio
Llegamos al punto que genera más fascinación y también más escepticismo. Lo que distingue a este valle de cualquier otro sitio arqueológico del país es lo que ocurre —o al menos eso dicen quienes lo visitan— cuando se camina entre los túmulos. Hay relatos de visitantes que aseguran que sus brújulas se vuelven erráticas, que los dispositivos electrónicos fallan sin explicación y que las varillas de radiestesia se activan con fuerza en puntos específicos del terreno.
“La energía se puede percibir haciendo el simple ejercicio de poner las palmas de las manos hacia el sol y claramente una mano queda mucho más caliente que la otra”, explican los guías del lugar. Durante los equinoccios, cuentan, los péndulos utilizados para mediciones energéticas se quedan completamente quietos, como si el valle contuviera el aliento en esos días sagrados.
Quienes creen en la geobiología sostienen que el valle está ubicado sobre fallas geológicas y corrientes de agua subterráneas que generarían un campo electromagnético particular. Esa sensación de “lugar de poder” es, en gran medida, lo que le ha valido el apodo de Stonehenge uruguayo en los círculos de turismo espiritual.
La comunidad académica, por su parte, prefiere hablar de pseudociencia y sugiere que estas sensaciones responden a factores subjetivos o a la sugestión del entorno. No existen evidencias científicas que respalden la existencia de campos electromagnéticos anómalos en la zona. Sin embargo, para los miles de visitantes que cada año recorren el sendero, la experiencia trasciende lo medible. Y en un mundo cada vez más escéptico, el deseo de creer que aún hay lugares mágicos en el mapa tiene su propia fuerza.
Un destino que despierta los sentidos
El turismo espiritual y de bienestar está en auge, y este valle se ha posicionado como uno de los puntos de encuentro más importantes del sur del país para quienes buscan algo más que un simple paseo campestre. No es casualidad que en los alrededores se encuentren el Templo Budista Chagdud Gonpa Sengue Dzong —cuyo maestro fundador tuvo una visión que lo llevó a elegir estas tierras— y el Cerro Místico, un emprendimiento dedicado a retiros de meditación y desconexión.
La geología tiene mucho que ver. Toda la región se asienta sobre piedras de cuarzo, un mineral que algunas corrientes espirituales asocian con propiedades de sanación y amplificación energética. “Villa Serrana y buena parte del resto del departamento se erige sobre piedras de cuarzo, que permiten una sanación poderosa”, explica Virginia Calabria, emprendedora del lugar, en una entrevista con el semanario Domingo de El País.
Pero hay también una razón más terrenal para este resurgir místico. Como señala Ximena Guerrero, una montevideana que hace años se mudó a la zona y promueve el turismo alternativo, estas sierras son uno de los pocos puntos del Uruguay que se salvan de la contaminación: las tierras no son prósperas para grandes plantaciones, no hay fumigación y la naturaleza se conserva casi intacta.
Cómo vivir la experiencia
El Valle del Hilo de la Vida es más que un sitio arqueológico: es una experiencia completa. Para llegar, se toma la ruta nacional N° 12 hasta el kilómetro 343 (Puente Otegui). Desde allí, son 3 km hasta el mojón 346 de la misma ruta, y luego 5 km por camino vecinal hasta el corazón del valle. El desvío está señalizado.
Un dato crucial: A diferencia de un paseo campestre común, la visita tiene costo y se realiza siempre acompañada por un guía. Esto es fundamental para preservar la integridad de las estructuras milenarias y para entender su verdadero significado. No se puede ingresar libremente; hay que respetar el régimen de visitas guiadas.
El lugar es atendido por sus propios dueños, una pareja de médicos que se enamoró del valle y decidió compartirlo con el mundo cuidando al mismo tiempo el tesoro arqueológico y el medio ambiente. Cuentan con un parador de estilo rústico donde se puede almorzar degustando un cordero con verduras cultivadas allí, o simplemente tomar un té de hierbas con cedrón y marcela mientras se contempla el paisaje.
Para quienes buscan una inmersión más profunda, en los alrededores se ofrecen actividades como yoga, pilates y tai chi, aprovechando lo que muchos describen como la atmósfera única de este rincón de Lavalleja.
Al caer la noche, si el cielo está despejado, las piedras adquieren un protagonismo distinto. Los guías locales cuentan historias sobre cómo las luces del cielo parecen interactuar con los túmulos en ciertas fechas del año. Y aunque la ciencia aún no tenga todas las respuestas, quizás eso sea lo más valioso: que el Valle del Hilo de la Vida nos recuerda que, incluso en un país pequeño y sin grandes pirámides ni templos monumentales, hay un pasado profundo —de 1.400 millones de años y de 12.400 años de humanidad— que sigue esperando ser contado.
Contacto: Para reservar tu visita y consultar horarios y costos, puedes comunicarte al teléfono 099 663 084






Mónica Píriz
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/actualidad/el-stonehenge-uruguayo-el-enigma-de-las-mil-piedras-en-el-valle-del-hilo-de-la-vida/
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