Irán convierte palabras de Sánchez contra la guerra en propaganda sobre misiles contra Israel y abre un nuevo frente diplomático para España.
Irán colocó la imagen de Pedro Sánchez y una de sus frases contra la guerra en una pegatina adherida supuestamente a un misil dirigido contra Israel, según difundieron la noche del domingo Tasnim, agencia próxima a la Guardia Revolucionaria, y la agencia Mehr. El gesto, que en otro contexto podría parecer una extravagancia propagandística más de un conflicto saturado de símbolos, se convirtió en cuestión diplomática en pocas horas. Israel recogió el material, lo difundió desde su Ministerio de Exteriores y lanzó una crítica directa al presidente del Gobierno español, a quien reprochó que sus palabras aparezcan ahora sobre proyectiles que, sostiene, apuntan a civiles.
La clave de la noticia no está en una relación inexistente entre Sánchez y el régimen iraní, sino en el uso interesado de sus declaraciones. El presidente español habló días antes en Bruselas para defender su “no a la guerra”, denunciar la ofensiva contra Irán como ilegal y pedir a la Unión Europea una respuesta firme que se alejara de la lógica belicista. Teherán tomó esas palabras, las vació de su contexto diplomático y las convirtió en propaganda militar. Israel hizo la operación contraria: usó esa misma imagen para presentar a Sánchez como un dirigente cuya retórica, aunque no lo pretenda, termina siendo funcional a los enemigos del Estado hebreo. En ese cruce, tan áspero como calculado, está el corazón del episodio.
La imagen que encendió la polémica
Lo que difundieron las agencias iraníes no fue un comentario ambiguo ni una interpretación libre, sino una imagen muy concreta. Se veía una pegatina con la fotografía de Pedro Sánchez y una frase en inglés pegada sobre lo que parecía ser el cuerpo de un misil. El texto decía: “Por supuesto, esta guerra no solo es ilegal, sino también inhumana. Gracias, primer ministro”. Junto a esa imagen apareció otro mensaje todavía más explícito, propio de la retórica oficial iraní: “Inscripciones en misiles que pronto serán disparados hacia los territorios ocupados”. Ese sintagma, “territorios ocupados”, forma parte del lenguaje con el que la propaganda de la república islámica se refiere a Israel. Nada estaba colocado ahí por casualidad. Era una pieza construida para circular, para ser reenviada y para sembrar un efecto político más amplio que el puramente militar.
La operación no se quedó en una foto fija. Mehr difundió además un vídeo en el que se ve el momento en que la pegatina se adhiere al supuesto misil. Las mismas plataformas iraníes publicaron otra imagen con un segundo adhesivo, esta vez de agradecimiento a los manifestantes de Londres que protestaron contra lo que calificaban como “crímenes de guerra” en Irán. Esa segunda pegatina ayuda a entender mejor el encuadre completo. No se trataba solo de “homenajear” a Sánchez, si es que cabe usar esa palabra en una escena así, sino de montar una pequeña galería de solidaridades occidentales recicladas para el consumo propagandístico del régimen. En un lado, un presidente europeo. En otro, manifestantes londinenses. Y en medio, misiles, iconografía bélica y una narrativa de resistencia internacional.
La difusión posterior multiplicó el impacto. El Ministerio de Exteriores de Israel subió a X un montaje con ese material y ahí se apreciaba además el logo de Press TV, el canal iraní de línea oficialista. En paralelo, otros medios señalaban que el material original había salido del ecosistema de Tasnim. Ese detalle tiene importancia porque sitúa la escena dentro de un engranaje mediático vinculado al aparato del Estado iraní y, muy en particular, a su estructura de propaganda militar. No era un vídeo perdido en una cuenta marginal de Telegram. Era un contenido con sello, con intención y con un destino obvio: producir escándalo, hacer ruido y transformar unas palabras pronunciadas en un foro europeo en parte del decorado visual de una guerra abierta.
De Bruselas a una pegatina sobre un proyectil
Pedro Sánchez había fijado su posición solo tres días antes, el 20 de marzo, ante los líderes de la Unión Europea. En el Consejo Europeo celebrado en Bruselas, el presidente insistió en su “no a la guerra”, defendió el sistema multilateral basado en reglas y en el derecho internacional, y reclamó una respuesta “firme y unida” que se alejara de la lógica belicista. El Gobierno español sostuvo además que España no apoya la ofensiva contra Irán por considerarla ilegal. En términos diplomáticos, el mensaje era cristalino: rechazo a la escalada, desconfianza hacia la vía militar y apuesta por una salida política. No era una declaración improvisada, ni una frase lanzada al vuelo en un pasillo. Era la posición oficial del jefe del Ejecutivo español en una cumbre europea, con el conflicto de Oriente Próximo ya alterando la política energética, la seguridad marítima y la estabilidad regional.
Ese contexto es precisamente lo que la propaganda iraní borra. Cuando una frase sale de Bruselas, nace en el terreno de la política internacional, de los comunicados y de las alianzas. Cuando esa misma frase aparece pegada sobre un misil, cambia de atmósfera de golpe. Ya no suena a diplomacia: suena a apropiación, a secuestro de sentido. Sánchez no bendijo a Irán, no avaló el lanzamiento de misiles ni ofreció respaldo político al régimen de los ayatolás. Pero Irán no necesitaba demostrar ninguna de esas cosas. Le bastaba con tomar una condena occidental de la guerra, estamparla sobre un arma y sugerir que incluso en Europa hay dirigentes cuyas palabras encajan con el relato de Teherán. Esa es la maniobra. Bastante rudimentaria, sí. También bastante eficaz.
La frase exacta y el salto de contexto
La fuerza de este episodio está en el contraste. Por un lado, un presidente europeo que critica una guerra por ilegal e inhumana. Por otro, un régimen que coloca esa misma frase sobre un proyectil con destino propagandístico contra Israel. El salto de contexto es brutal. La idea original de Sánchez era desescalar; la reutilización iraní hace exactamente lo contrario. Esa es la razón por la que el caso ha provocado tanto revuelo en España y fuera de España. No porque exista una conexión material entre La Moncloa y la pegatina, que no la hay, sino porque la guerra moderna se alimenta precisamente de este tipo de secuestros simbólicos. Una imagen basta para contaminar un debate entero.
Además, el momento no podía ser más sensible. La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, iniciada a finales de febrero, ha entrado ya en una fase prolongada, con ataques cruzados, amenaza sobre el estrecho de Ormuz, repercusiones en varios países de la región y balances de víctimas que siguen creciendo entre cifras oficiales, estimaciones parciales y recuentos de organizaciones independientes. España lleva días condicionando su agenda económica y exterior a ese conflicto. El Gobierno ha activado un plan de choque por el impacto energético, ha retrasado la presentación de los Presupuestos y ha endurecido su discurso contra una escalada que considera contraria al derecho internacional. La frase de Sánchez no salió de un vacío. Salió de una crisis que ya pesa sobre el bolsillo, la diplomacia y la seguridad europea. Irán lo entendió y lo convirtió en munición de relato.
La respuesta de Israel y el aviso a Europa
Israel no tardó ni un día en devolver el golpe, también en el terreno simbólico. El mensaje difundido por su Ministerio de Exteriores fue deliberadamente agresivo: “Pedro Sánchez: el régimen de los mulás de Irán te agradece poniendo tus palabras en los misiles que dispara contra civiles en Israel y el mundo árabe. ¿Qué se siente al saber que tu rostro y tus palabras aparecen en esos misiles?”. El tono no era diplomático, ni buscaba matices. Era un reproche público, formulado para avergonzar, arrinconar y retratar al presidente español como alguien cuyas declaraciones han sido absorbidas por el lenguaje del enemigo. La pregunta central del mensaje no era jurídica ni estratégica; era emocional y reputacional. Israel no intentaba debatir si la guerra es legal. Intentaba fijar una foto moralmente incómoda.
El remate del comunicado israelí fue todavía más duro. Exteriores añadió una advertencia que elevaba el episodio de la controversia política al marco de la seguridad continental: “Ten en cuenta que Europa, incluida España, está al alcance de estos misiles”. Ahí aparece otro elemento clave. Israel no se dirige solo a Sánchez, ni siquiera solo a España. Interpela a toda Europa, recordándole que la amenaza iraní no se limita a Tel Aviv o Haifa, sino que forma parte de un tablero más amplio. En otras palabras, el Gobierno israelí usa la pegatina para rearmar un argumento estratégico: quien habla de desescalada, viene a decir, no siempre mide el alcance real del adversario. Es una forma de presionar políticamente a la UE, de obligarla a mirar el misil antes que el discurso sobre la legalidad internacional.
Ese giro no es menor. En lugar de entrar a discutir el fondo de la posición española —el rechazo a una guerra que Madrid considera ilegal—, Israel desplaza el foco al terreno más visual y más emocional del conflicto. No habla de resoluciones, ni de proporcionalidad, ni de diplomacia multilateral. Habla de civiles, de misiles y de un rostro europeo pegado a la carcasa de un arma. Es una táctica comprensible desde el punto de vista propagandístico. El misil simplifica. La imagen simplifica. La indignación simplifica. Y en tiempos de guerra esa simplificación suele ser mucho más eficaz que cualquier argumentación jurídica, por sólida que sea.
Un choque que llega con la relación rota
El episodio no cae en terreno neutral. España e Israel arrastran una crisis diplomática seria desde hace meses, y lo ocurrido con la imagen de Sánchez la vuelve aún más áspera. A principios de marzo, el Gobierno español rebajó de forma permanente su representación diplomática en Israel y dejó la embajada en Tel Aviv en manos de una encargada de negocios, después de retirar a la embajadora. La medida se produjo en plena escalada entre ambos países por la guerra en Oriente Próximo y por la oposición española a la ofensiva contra Irán. Israel, por su parte, tampoco tiene embajador en Madrid desde 2024, cuando llamó a consultas a su representante tras el reconocimiento español del Estado palestino. Ese es el clima previo. Uno bastante envenenado.
La relación venía ya dañada por dos frentes distintos que ahora se han mezclado. El primero es Gaza, donde España endureció su discurso, impulsó medidas contra el tráfico de armas con destino a Israel y denunció la deriva de la ofensiva militar israelí. El segundo es Irán, donde el Gobierno de Pedro Sánchez se ha situado con claridad fuera del marco de apoyo que querían Washington y Tel Aviv. El ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, llegó a acusar a España a comienzos de marzo de estar “con los tiranos” por su rechazo a la guerra. Vista esa secuencia, la pegatina del misil no parece un rayo en cielo despejado. Es un episodio más en una confrontación diplomática que ya estaba abierta, solo que esta vez la forma elegida ha sido muchísimo más visual y más corrosiva.
También pesa la posición concreta de Madrid sobre el despliegue militar occidental. Margarita Robles y José Manuel Albares dejaron claro que España no participará en ninguna misión militar en el estrecho de Ormuz y que el objetivo no puede ser administrar mejor la guerra, sino ponerle fin. Al mismo tiempo, el Gobierno español ha impedido el uso de bases conjuntas en el sur del país para operaciones aéreas vinculadas a esa ofensiva. Ese rechazo no es retórico; tiene consecuencias prácticas. Y esas consecuencias han irritado tanto a la Administración de Donald Trump como al Gobierno de Benjamín Netanyahu. Por eso, cuando aparece una imagen de Sánchez en un misil iraní, la escena funciona casi como una metáfora deformada del conflicto político real: España intenta situarse fuera de la guerra y la guerra la arrastra al centro del escaparate.
La dimensión interna española tampoco es secundaria. La guerra ha obligado a Sánchez a aplazar los Presupuestos de 2026, ha forzado la aprobación de un plan de 5.000 millones de euros para amortiguar el golpe energético y ha colocado a Oriente Próximo en el centro del debate político nacional. El precio del gas, el petróleo, el transporte, la electricidad y la cadena de suministros ya no son abstracciones geopolíticas. Son materia de Consejo de Ministros. Son discusión parlamentaria. Son desgaste. En ese marco, la imagen del misil con la foto del presidente no solo daña por fuera; también complica por dentro, porque ofrece a sus adversarios un símbolo potente con el que atacar su política exterior, incluso aunque el símbolo esté basado en una apropiación propagandística ajena.
La utilidad propagandística de una foto
Irán no pegó la foto de Sánchez por admiración, ni por cortesía, ni por un extraño arrebato ibérico del aparato revolucionario. Lo hizo porque necesita construir legitimidad internacional en medio de una guerra que lo presenta, a ojos de sus enemigos, como amenaza regional, potencia desestabilizadora y patrocinador de ataques contra civiles. Tomar la frase de un presidente europeo y ponerla sobre un misil permite insinuar que incluso dentro de Occidente hay voces que compran el núcleo de su relato: que esta guerra es ilegal, que es inhumana y que la ofensiva liderada por Estados Unidos e Israel ha desbordado todos los límites. No importa que esas voces no apoyen a Irán. La propaganda trabaja con zonas de contacto, no con contratos firmados.
Ahí está la razón de fondo por la que el régimen utiliza material extranjero, pancartas de manifestaciones occidentales o declaraciones de dirigentes europeos. Teherán intenta escapar del aislamiento narrativo. Quiere mostrar que su discurso resuena fuera de sus fronteras, que no está solo, que la condena a la guerra no pertenece solo a sus aliados tradicionales. La pegatina con la cara de Sánchez cumple exactamente esa función. No pretende demostrar una alianza; pretende fabricar la sensación de que existe una grieta moral en el bloque occidental. Y si para lograrlo hay que convertir una frase antibelicista en un adhesivo sobre un proyectil, se hace. La crudeza del método forma parte del mensaje.
Israel entendió de inmediato esa lógica y reaccionó con la misma moneda. Si Irán intenta sumar a Sánchez a su decorado propagandístico, Israel se esfuerza en volver esa apropiación contra el propio Sánchez. Le dice, en esencia: mira dónde han terminado tus palabras. Es un movimiento táctico eficaz porque no obliga a demostrar que el presidente español haya actuado en favor de Irán; basta con subrayar que el régimen iraní ha encontrado utilidad en su discurso. En un entorno polarizado, donde cada matiz se castiga y cada frase se arranca de su contexto con una rapidez obscena, esa contaminación basta para producir daño político. Lo importante deja de ser lo que dijo el presidente y pasa a ser dónde apareció su cara.
La guerra contemporánea, además, ha reducido mucho la distancia entre propaganda y munición. Un misil ya no es solo un arma. Es también una superficie visual, un soporte de mensaje, una pieza de vídeo. Telegram, X, canales oficiales, montajes de ministerios y logos de televisiones estatales forman parte del mismo ecosistema en el que se fabrica la percepción pública del conflicto. Por eso esta historia ha viajado tan rápido. Es una escena perfecta para la época: una frase moral, una imagen reconocible, un enemigo identificable y una amenaza implícita a Europa. Todo entra en pocos segundos, todo se comparte con facilidad y todo empobrece el debate a una velocidad tremenda.
El daño de una imagen que ya corre sola
Lo ocurrido no prueba una cercanía entre Pedro Sánchez y el régimen iraní. Tampoco demuestra que la posición española haya cambiado ni que Madrid haya suavizado un milímetro su defensa del derecho internacional. Pero sí prueba algo importante: que la guerra del relato puede convertir una declaración diplomática en un artefacto tóxico en cuestión de horas. Basta una pegatina, un vídeo breve y dos cuentas oficiales para que un presidente europeo quede atrapado entre la instrumentalización de Teherán y la ofensiva política de Jerusalén. Eso es exactamente lo que ha sucedido. Sánchez habló como jefe de Gobierno de un Estado miembro de la UE; Irán lo recicló como icono útil; Israel lo devolvió al tablero convertido en problema.
El impacto político de esa imagen no se mide en términos militares, sino en desgaste y significado. España queda retratada, otra vez, en el centro de una disputa regional que intentaba observar desde la legalidad internacional y la distancia crítica. El Gobierno seguirá defendiendo que su posición es la misma: rechazo a la guerra, apuesta por la diplomacia y oposición a una escalada que amenaza con incendiar aún más Oriente Próximo y golpear a Europa por la vía energética, económica y de seguridad. Pero la realidad es que la fotografía del misil ya circula sola, despegada de cualquier matiz, de cualquier comparecencia y de cualquier precisión diplomática. Y esa es, probablemente, la parte más incómoda del episodio: la guerra ha encontrado una manera de usar contra Sánchez precisamente las palabras con las que él decía querer frenarla.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/iran-uso-a-sanchez-en-un-misil-contra-israel/
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