1. Songs in the Key of Life – Stevie Wonder
Innervisions y Talking Book son los discos que le dieron a “Little” Stevie Wonder sus pantalones largos. Songs in The Key of Life es su escalera al cielo, un disco doble (con un EP extra) que explora todas las facetas del soul y el funk, mezclando letras de amor e injusticia social con una línea poética que lo elevaba sobre otros artistas del género. Es también un viaje sónico, su más gloriosa colaboración con el dúo de programadores de sintetizador Tonto’s Expanding Head Band. Las 21 canciones oscilan entre el groove fusión (“Contusion”), un delicado diálogo entre arpa y voz (“If It’s Magic”), himnos sobre la indignidad y la pobreza (“Village Ghetto Land”) y un slow-funk inimitable, “Pastime Paradise”, que en los 90 fue popularizado por Coolio como “Gangsta’s Paradise”. Elton John, Kanye West y Michael Jackson se rindieron a sus surcos.
2. Agents of Fortune – Blue Öyster Cult
Tras lidiar varios años con su críptico hard-rock, ensombrecido en gran parte por las oscuras letras de ciencia ficción del crítico de rock Richard Metzger, los Blue Öyster Cult finalmente tuvieron con Agents of Fortune su primer disco de oro, en gran parte gracias al pegadizo single “(Don’t Fear) The Reaper”. El maquillaje sigue estando ahí, en el mago ocultista que ilustra la portada, en letras como “E.T.I. (Extra Terrestrial Intelligence)”, “Morning Final” y “Tatoo Vampire”, pero el grupo neoyorquino de Eric Bloom y Buck Dharma busca una tangente más firmemente melódica en Agents of Fortune, notable en “The Reaper” (utilizada más de una vez en films de horror slasher) y “The Revenge of Vera Gemini”, donde Patti Smith hace contrapunto vocal con Eric Bloom. Un tesoro oculto para los fans del hard-rock.
3. The Royal Scam – Steely Dan
Luego de renunciar a la vida en gira, Steely Dan inició una escalada obsesiva por convertir el estudio de grabación en un laboratorio de maravillas. Legiones de sesionistas desfilaron frente a Fagen y Becker; la mayoría recuerda la experiencia como un posgrado de excelencia y terquedad en busca de la mejor toma. The Royal Scam pertenece a los discos incomprendidos del dúo. Tal vez, los rotos y expulsados del sistema retratados en las letras provocaron el ninguneo de muchos seguidores poco afectos a las crisis. Puro sarcasmo y crudeza para describir la decadencia del imperio a través de melodías pop dominadas por modos de jazz, soul y funk. La mejor muestra es el arranque furibundo de la guitarra de Larry Carlton para exponer la indignación del protagonista de “Don’t Take Me Alive”, canción espejo del rol de Al Pacino en Tarde de perros, la obra maestra de Sidney Lumet estrenada en 1975.
4. Frampton Comes Alive! – Peter Frampton
Es uno de los discos más vendidos de la historia y, por lo tanto, quizás, el registro en vivo por excelencia. Sin embargo, para su autor, el guitarrista y cantante inglés Peter Frampton, acabó siendo una carga pesada, un álbum demasiado pop que ensombreció su arte como mago de las seis cuerdas –algo a lo que daría rienda suelta años después, en el Glass Spider Tour de David Bowie–. Es cierto que Comes Alive es demasiado largo y por momentos indulgente, pero la inclusión de dos clásicos de fierro, “Show Me the Way” y “Baby I Love Your Way”, lo vuelve un obligado disco rutero y justifica holgadamente su existencia.
5. Ramones – Ramones
Grabado durante siete jornadas en los estudios Plaza Sound, ubicados en el octavo piso del mítico Radio City Music Hall neoyorquino, el disco debut de los Ramones costó solo 6.400 dólares y se registró bajo el método Chuck Berry, el mismo que utilizabanLos Beatles en sus comienzos: bajo y batería en un canal, la guitarra en otro y la voz repartida. Sonido de piso y a toda velocidad, un plan simple que mezclaba bubblegum y surf-rock pasado de anfetaminas. Ninguno de los catorce temas se acerca a los tres minutos y es la precisión del instante la que enaltece la eficacia de los tres tonos para crear un fabuloso cómic con forma de disco imbatible. El tiempo lo convertirá en un manual de estilos múltiples para varias generaciones de aspirantes a punk-rockers.
6. Hotel California – The Eagles
Ningún disco sintetiza el sueño californiano mejor que Hotel California. El hecho de que los siete integrantes de The Eagles no fueran oriundos del “Golden State” implica la fábula de reinvención de aquellos que emigraban a Los Ángeles: una ciudad donde todo era posible, incluyendo la música más sofisticada. Hotel California cubre todas las bases: el rock de Joe Walsh “Life in the Fast Lane”, la agridulce balada country pop “New Kid in Town” (del trío Souther-Frey-Henley), el siniestro tema que titula al disco, con su ritmo levemente reggae, el épico final con cuerdas, “The Last Resort”. Cuando Hotel California pasó ocho semanas en el número uno al inicio de 1977, confirmó lo que había pasado con Frampton Comes Alive! y luego con Rumours de Fleetwood Mac: el melódico rock californiano era el sonido americano de mediados de los setenta.
7. Station to Station – David Bowie
En medio de un tsunami personal, la invención de Thin White Duke caracteriza las obsesiones de David Bowie durante su estadía angelina: ovnis, cocaína y ocultismo marcan las líneas de una obra mayor en la discografía del Rey David. Tan solo seis canciones, con largos desarrollos y guitarras bien al frente, explican Station to Station como un manifiesto de locura y redención. Un disco de soul sin soul, influenciado por la vanguardia alemana (Can, Kraftwerk, Neu!) y un espejo inspirador para la generación post-punk británica. Antes de la mal llamada “trilogía berlinesa”, El Duque Blanco adelantó el futuro poniendo en juego el físico y la mente, un vía crucis que encuentra una salida en la búsqueda espiritual, como quedó inmortalizado en el himno oculto llamado “Word on a Wing”.
8. Ain’t That a Bitch – Johnny “Guitar” Watson
He aquí un disco con actitud. Johnny “Guitar” Watson, el “Gangster of Love”, pasó los veinte años previos a Ain’t That a Bitch grabando singles de rock’n’roll, funk, baladas soul confesionales, música sepia urbana a lo Sinatra y todos esos estilos convergen en este disco, registrado en un estudio con la mejor tecnología de la época bajo el padrinazgo de Frank Zappa. Watson se ocupa de todo: compone, produce, arregla, canta, toca la guitarra y –después de despedir al bajista Steve Neil, que le pedía más dinero– también el bajo. En el track de apertura, “I Need It”, maneja el ritmo como un pugilista endemoniado; en “Superman Lover”, se transforma en un amante potente e inmune a la kriptonita (“puedo subir edificios de un simple salto”). Aterciopelado y creativo, Ain’t That a Bitch pelea para estar en el top 5 de los mejores discos funk de la historia.
9. A Day at the Races – Queen
Si creían que A Night at the Opera era el súmum de la pompa, todavía faltaba oír su secuela, otro título inspirado en los films de los Hermanos Marx por un berretín del guitarrista Brian May, que vuelve a competir en pirotecnia con las vocalizaciones operísticas de Freddie Mercury. A Day at the Races es más explosivo, pero es también como una versión camarística del disco anterior. En vez de una “Bohemian Rhapsody 2”, Freddie interpreta al piano la breve y melancólica “You Take My Breath Away” (posiblemente la mejor balada del grupo), mientras May se reconcilia con el riff en la ruidosa “Tie Your Mother Down”. En suma, otro clásico.
10. Destroyer – Kiss
Los fanáticos de la primera hora tardaron años en reconocer los aportes de Bob Ezrin. El productor canadiense amplió las miras de Kiss más allá del maquillaje y la pirotecnia. Destroyer es una prueba de destreza y el disco capaz de llenar grandes estadios. Por primera vez incorporan una orquesta sinfónica, un coro de niños (“Great Expectations”) y hasta incluyen una balada (“Beth”) que enamoró a hijas, madres y abuelas de todo el planeta. En la materia hard-rock mejoran la puntería con himnos para multitudes como “Detroit Rock City” y el glamoroso “Shout It Out Loud”. El final es otra pieza de riesgo, “Rock ’N’ Roll Party”, que aún suena tenebrosa y experimental.
11. Desire – Bob Dylan
El álbum que sucede a Blood on the Tracks es otro guion imposible en la vida deDylan. Escrito a cuatro manos junto al dramaturgo Jacques Levy, en la lista de aliados también se destaca la participación estelar de Scarlet Rivera, una violinista que Zimmerman conoció en las calles de Nueva York. La nueva gran voz del country-rock, Emmylou Harris, será el tercer eslabón clave de Desire. Los ocho minutos de “Hurricane”, bajo el dominio del violín gitano de Scarlet, revelan las intenciones de Bob: así se debe protestar en 1976; una cruzada activa ante la injusta condena que sufrió el boxeador Rubin Carter, o la extraña idealización de un mafioso inmortalizado en los once minutos de “Joey”. El largo adiós a su exesposa Sara cierra esta auténtica masterpiece dylaniana. Caravana emocional que tendrá vida activa en la gira loca de la Rolling Thunder Revue.
12. The Modern Lovers – The Modern Lovers
Lanzado tres años después de ser grabado, el debut de Jonathan Richman nunca dejó de ser un álbum influyente, en especial en las ediciones con bonus tracks de inicios de 2000. Para 1976 (y, podría decirse, aún hoy) fue un disco visionario desde el primer surco, cuando en “Roadrunner” Richman nos invita a viajar en coche a través de la noche americana. El pulso minimalista tiene el ADN de Velvet Underground, pero Jonathan introduce un elemento “juguetón” y vulnerable en su arte, ausente en grupos similares como los Ramones, Stooges o los propios VU. Busca comprensión femenina (“I Wanna Sleep in Your Arms”), canta a los cuatro vientos su rechazo a las drogas (“I’m Straight”) y, en “Pablo Picasso”, defenestra al pintor cubista por mujeriego. Duro por fuera, tierno por dentro. Un disco inimitable.
13. Warren Zevon – Warren Zevon
De la soleada California, Warren Zevon sólo rescató las melodías. Las estrellas que lo acompañan en su segundo disco (Lindsey Buckingham, Stevie Nicks, Phil Everley, Carl Wilson, Jackson Browne en la producción) entienden la belleza de las canciones, pero están lejos de su mensaje desolador. Zevon escribe sobre forajidos (“Frank and Jesse James”), drogadictos (“Carmelita”), tratantes de blanca (“The French Inhaler”), abusadores (“Poor Poor Pitiful Me”) y lunáticos marginales (“I’ll Sleep When I’m Dead”) con un sarcasmo que lo acerca más a Randy Newman que al riñón Eagles/Jackson Browne del que, en apariencia, se desprenden sus creaciones. Compartiendo rock con baladas y ornamentales arreglos, Zevon desliza en su voz el tenor de sus agrias historias y consigue un clásico indispensable de los años setenta en California.
14. Presence – Led Zeppelin
La cancelación de la gira de 1975 por el grave accidente automovilístico sufrido por Robert Plant marcó los tiempos de Presence. El cantante registró la mayoría de los temas sentado en una silla de ruedas. Aquí no hay teclados ni canciones acústicas, es una banda herida que reacciona con crudeza y una contundencia que recuerda a sus primeros tiempos. “Achilles Last Stand” es un grito desde las entrañas, en “For Your Life” aparecen todos los trucos de los White Stripes y “Nobody’s Fault But Mine” sigue siendo un monumento expresivo del mejor Zeppelin, aunque en realidad sea el eco de un viejo y olvidado blues de Blind Willie Johnson. El disco fue muy mal recibido por la crítica, pero para los fanáticos significó oro puro. El tiempo se encargó de convertirlo en un clásico.
15. Hejira – Joni Mitchell
Después de ese complejo tapiz de historias al borde y experimentación titulado The Hissing of Summer Lawns, Joni hace un disco desnudo con acústica, guitarra eléctrica y el bajo de Jaco Pastorius, resultando en lo que es para muchos la cima de su carrera. Pleno de texturas y músculo digno de un álbum de rock, Hejira es un viaje por el desierto que muestra la foto de tapa, vadeando entre la bravura de “Talk to Me”, las escenas oníricas de “Furry Sings the Blues” (con la armónica de Neil Young) y la fragilidad de “Amelia”, firme candidata a la mejor canción de su repertorio. Con todo, lo que hace memorable al disco es la permanente seducción entre su guitarra y el bajo de Jaco, frescos de lo que pasaba dentro y fuera del estudio de grabación.
16. Zoot Allures – Frank Zappa
Indiscutible favorito del público rockero, Zoot Allures es el disco menos representativo de Zappa en los setenta. Con una banda que incluía a Terry Bozzio en batería y Eddie Jobson en teclados, Frank hace temas directos, pero tan fantásticos como sus creaciones más alocadas con The Mothers of Invention. Lo más cercano a su estándar intrincado es la insidiosa “The Torture Never Stops”, pero el disco empieza y termina con dos temas veloces, casi punk, con geniales aceleraciones de cinta en los coros. No pierdan tiempo: vayan y escuchen “Wind Up Working in a Gas Station” y “Disco Boy”, prueba de que Frank siempre estuvo a la vanguardia del rock’n’roll.
17. Small Change – Tom Waits
Como un personaje inventado por Raymond Chandler, el primer Tom Waits creó su leyenda de santo bebedor gracias a sus baladas etílicas en tiempo de jazz. Small Change pertenece a esa cosecha inicial en donde también conviven las melodías melodramáticas con las orquestaciones que iluminan al crooner borrachín. “Me he bebido un río desde que me hiciste pedazos y no tengo problemas con la bebida, excepto cuando no puedo conseguir un trago”, canta Waits cavernoso y adorable en “Bad Liver and a Broken Heart”. Todo el álbum expone el estado de ánimo de una tragedia cotidiana que no se priva de jugar con el humor: ahí está “The Piano Has Been Drinking” como un mástil averiado en un oscuro bar de Los Ángeles.
18. Shake Some Action – The Flamin’ Groovies
Originalmente una banda de garaje, los Flamin’ Groovies fueron, junto a Big Star, los primeros en plantar la semilla del power-pop con los álbumes Flamingo y Teenage Head. Pero a mediados de los setenta el grupo renovó parte del personal y viajó a Gales de la mano del productor Dave Edmunds, para grabar un clásico que elude las etiquetas. Cierto, el molde es el Mersey Beat, el Please Please Me Beatle, pero los norteamericanos hilvanan sus canciones con ovillos que sobraron de su etapa power-pop y con un poderío que alumbra a los emergentes Sex Pistols. Entre el track de apertura que titula al disco y el que lo cierra, “I Can’t Hide”, Shake Some Action es el eslabón perdido entre la beatlemanía y el punk.
19. A Trick of the Tail – Genesis
Contra todos los pronósticos, Peter Gabriel abandonó Genesis en el mejor momento del grupo. Los postulantes a ocupar el lugar vacante no convencieron y la banda barajó la posibilidad de convertirse en una formación instrumental. Temas como “Dance on a Volcano” y el poderoso “Squonk” –inspirado en “Kashmir” de Led Zeppelin– nacieron como herramientas de un plan B. La reinvención llega cuando Phil Collins pasa al frente, Tony Banks asume el rol de líder silencioso, mientras Mike Rutherford y Steve Hackett suman imaginación a las orquestaciones progresivas. Collins no tiene el carisma de Gabriel, pero suple sugestión y disfraces con extraordinaria naturalidad. El tema que le da título al álbum parece un homenaje a The Beatles, y los momentos pastorales de “Mad Man Moon” y “Entangled” recuerdan al folk de los primeros tiempos. “Ripples” es la cumbre de un disco de cambio y salvación colectiva.
20. Year of the Cat – Al Stewart
El tema final del séptimo álbum de Al Stewart, un cancionista escocés partícipe del “roots revival” británico de fines de los 60, no paró de ganar espacio en las radios de frecuencia modulada durante 1976. Year of the Cat, el álbum que contiene la canción estrella, sobresale por la calidad del registro, audio ideal para las emisoras dominadas por el acrónimo AOR (Adult Oriented Rock). Grabado en Abbey Road Studios bajo la atenta mirada de Alan Parsons, garantía de alta fidelidad y sonido espacial que ese mismo año debutará con su Project, el disco es un trabajado producto de pop-rock clásico en donde una canción es capaz de mover al mundo.
21. Silk Degrees – Boz Scaggs
La etiqueta “blue-eyed soul” no le hace justicia al disco más rutilante en la extensa trayectoria de Boz Scaggs. Además de la bomba radial contenida en los 5 minutos de disco-swing de “Lowdown”, el séptimo álbum solista del exguitarrista de la Steve Miller Band es un mapa de influencias e intercambios para entender cómo se producía música en los estudios de grabación californianos. David Paich, Jeff Porcaro y David Hungate, futuros fundadores de Toto, forman la banda que acompaña a Scaggs y son participantes activos en los arreglos, detalles y modos instrumentales del álbum. Silk Degrees también incluye la balada del año en la Costa Oeste: la versión de Rita Coolidge de “We’re All Alone”, editada un año después, se convirtió en un hit planetario.
22. Zombie – Fela Kuti
El rey nigeriano del afrobeat sacó en 1976 su mejor disco, el más influyente (grupos como Talking Heads lo adoptaron como la biblia) y perdurable. En “Zombie”, el track que ocupa el lado uno, el groove es tan intenso que podría despertar a una armada de muertos vivos. Ajustada al ritmo funky, los bronces vibrantes y los electrizantes riffs de guitarra, la canción parodiaba las marchas pertenecientes al régimen militar que gobernaba Nigeria, y se filtró en el subconsciente de los ciudadanos, que en plena calle improvisaban movimientos de zombi cada vez que veían a un soldado. La venganza no tardó en llegar, y en 1977 los militares prendieron fuego Kalakuta, el complejo comunal que albergaba a la familia de Fela. Pero Zombie quedó como testamento: un disco tan ardiente que 50 años después sigue inspirando a músicos de todas las edades.
23. Coney Island Baby – Lou Reed
Hay vida después de Metal Machine Music y también el álbum más romántico de Lou Reed hasta la fecha. Muchas de las canciones de Coney Island Baby fueron inspiradas en y dedicadas a Rachel Humphreys, una mujer trans que convivía con Lou desde 1974. Luego de los acoples regresaron las melodías velvetianas, incluso un viejo copiloto como Doug Yule aparece en los créditos del álbum. El tema que le da título al disco es la continuación de “Pale Blue Eyes”, y “Crazy Feeling” dialoga sin interferencias con “Sweet Jane”. El barrio, la amistad y un tipo enamorado trabajan en pos del mejor álbum de Reed para la segunda mitad de los 70.
24. Rastaman Vibration – Bob Marley
Después de tanto batallar, Bob Marley conoció el éxito a otra escala con la edición de Rastaman Vibration. Junto a Los Wailers alcanzó el Top 10 en Estados Unidos y repitió la marca en los charts del Reino Unido. Paradójicamente, a pesar de todo su atractivo comercial y vigor filosófico, el octavo álbum de estudio de Marley incluyó pocos clásicos y quedó atrapado entre los logros monumentales de Live! (1975) y Exodus (1977). El lado más jugado en materia de compromiso político quedó evidenciado en “War”, una canción que puso música a las palabras de un célebre discurso de Haile Selassie ante las Naciones Unidas en 1963.
25. Dirty Deeds Done Dirt Cheap – AC/DC
El tercer álbum de AC/DC no goza del reconocimiento que merece, la tardía edición en Estados Unidos (1981), tal vez, sea la explicación a semejante ingratitud. Publicado entre High Voltage (1976) y el enorme Let There Be Rock (1977), el disco no solo es “sucio” y “obsceno”, también transmite diversidad hard-rock y mueve sus letras bajo los designios de la ironía callejera; los australianos se permitían licencias que en la madre patria eran inadmisibles. La voz salvaje de Bon Scott y Angus Young quemando amplificadores se roban la atención desde el momento en que suena “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, tremendo comienzo para una obra que marcó el recambio en la esfera heavy-metal.
26. Arrival – ABBA
El cuarto disco de ABBA es un punto bisagra para el grupo sueco, sin duda su pico creativo y el álbum más vendido del año en el Reino Unido. Tras los éxitos de “Mamma Mia” y “SOS”, ABBA demuestra aquí su profundidad compositiva, su habilidad para entregar tanto hits como baladas conmovedoras. Ese eclecticismo está, de hecho, acentuado en el track que titula al disco: un tema que Benny Andersson escribió inspirado en el folk sueco y donde Anni-Frid Lyngstad y Agnetha Fältskog se descuelgan con misteriosas armonías vocales. Los clásicos abundan: “When I Kissed the Teacher” abre el álbum con ecos al pop femenino de los sesenta; “My Love, My Life” es el tipo de balada tan superficial que duele y que solo ABBA podía hacer. Y nada supera a “Dancing Queen”, el mayor monumento del grupo y una de las canciones más insoslayables del pop.
27. The Third Reich’N’Roll – The Residents
Siempre dispuestos a patear el tablero del mainstream, con The Third Reich’N’Roll, The Residents crearon su propio Top 40 deforme, compuesto por arreglos avant-garde de treinta canciones que rankearon entre inicios y finales de los sesenta. En medio de la cacofonía pueden oírse ecos de hits como “Wipe Out” de los Surfaris y “Hey Jude” de los Beatles, todos apelotonados en dos suites –las dos caras del disco– tituladas Swastikas on Parade y Hitler Was a Vegetarian, diseñadas para sonar familiares y completamente extrañas al mismo tiempo. Lo más brutal es la salvaje disección de “Satisfaction”, que generó furor entre el temprano público punk. Tal fue el éxito que la canción fue editada como single y vendió 30 mil copias de un tirón, un hito que, paradójicamente, por poco les da un lugar en el Top 40 a los propios Residents.
28. Bigger Than Both of Us – Daryl Hall & John Oates
Hall & Oates iniciaron su carrera con Abandoned Luncheonette y War Babies, dos álbumes que circulaban entre los corredores del R&B, el folk y ciertas viñetas progresivas. Para Bigger Than Both of Us, la dupla se inclinó hacia el Philly Soul, como lo marcan el track apertura, “Back Together Again”, y el hit “Rich Girl”, con texturas de bronces, bajo funky y alternancias vocales. En la introducción y la cadencia de “Crazy Eyes” sobrevive algo del folk inicial; la balada “Do What You Want, Be What You Are” compite con lo mejor de Harold Melvin & The Blue Notes. “Kerry”, por su parte, es el futuro: una tajada de puro pop que apunta hacia el estrellato de Private Eyes.
29. Radio Ethiopia – Patti Smith Group
Horses nació de la crudeza y el amateurismo musical. Radio Ethiopia, su secuela, encuentra al grupo de Patti Smith con mayor control de sus instrumentos, resultando en un álbum más elaborado pero no menos abrasivo que su predecesor. La diferencia también está en la producción. Mientras John Cale favorecía el primitivismo de Horses, el productor Jack Douglas reclama más aire en las canciones, como se destaca en las incursiones al reggae de “Ain’t It Strange” y “Poppies”. Patti arranca con su energía habitual en “Ask the Angels”; lo mismo ocurre en “Pumping (My Heart)”, pero se sirve de elementos más melódicos, como buscando mayor atracción radial (algo que conseguirá en “Because the Night”, su colaboración con Bruce Springsteen). Lo mejor: el track que titula al disco, diez minutos de arrojo virulento donde Patti se corona como madrina del punk.
30. La Düsseldorf – La Düsseldorf
Mientras Bowie preparaba en Berlín la revolución sónica, un grupo ya había encendido las primeras chispas en otra ciudad germana. Recién disuelto Neu!, Klaus Dinger mudó el ritmo motorik a La Düsseldorf, esta vez relegando la batería a su hermano Thomas y Hans Lamper, para hacerse cargo de voz y guitarras. El álbum es como la foto nocturna del aeropuerto de Düsseldorf que ilustra la portada: misteriosa, alusiva a un tiempo de Guerra Fría donde Europa era un hervidero de secretos mal escondidos. “Düsseldorf” y “La Düsseldorf” desaceleran el ritmo de Neu! y generan vistas de esa Alemania mutante. “Silver Clouds” es un reluciente boceto de “Heroes” y “Time” la continuación de la faceta ambient de Neu!. Ignorado por años, no es descabellado pensar que sin este álbum no habrían existido la Trilogía de Berlín ni el post-punk que vino después.
31. Jaco Pastorius – Jaco Pastorius
“Hola, me llamo Jaco Pastorius y soy el mejor bajista del mundo”. Así se presentaba John Francis Pastorius III y fue la frase que utilizó para ingresar en Weather Report, la banda más importante de jazz-rock durante los 70. El gesto arrogante aplica para el debut solista de Pastorious, con tan solo 25 años y justo antes de entrar en la banda liderada por Joe Zawinul, el músico cumplió el sueño de grabar un disco apabullante. La carta de presentación arranca con una versión del “Donna Lee” de Charlie Parker para bajo y congas (Don Alias), y queda claro que es el bajo del futuro. Todo el álbum es un viaje lunar sin referencias previas. Pastorius era un adorable fanfarrón más cercano a la órbita del rock de grandes estadios, pero poseía la sofisticación armónica de un músico de jazz. Con su bajo sin trastes, redefinió el sonido y la función de su instrumento.
32. Moonmadness – Camel
Cuando el punk pateaba las puertas de las fortalezas progresivas, Camel parecía ajeno a esos reclamos. No eran Yes ni Emerson, Lake & Palmer, habían obtenido una buena repercusión con un disco instrumental (The Snow Goose) y se preparaban para mantenerse en un terreno cada vez más resbaladizo. Moonmadness es una salida válida a los excesos del virtuosismo, cero pompa y circunstancia, y el cuarteto liderado por la guitarra de Andrew Latimer está más cerca del Pink Floyd espacial y guarda una adhesión a los modos jazzísticos de la escena de Canterbury. Aparecen más voces que en los discos anteriores y cada tema juega con la ensoñación lunar gracias a los sintetizadores de Peter Bardens.
33. Tom Petty & The Heartbreakers – Tom Petty & The Heartbreakers
“Cambié ira por ambición”, dice Tom Petty en el genial documental Runnin’ Down a Dream (2007). Al frente de los Heartbreakers esa máxima se cumplió al pie de la letra y explica el osado debut de la banda de Florida. El rock guitarrero de Springsteen, las enseñanzas de los Byrds y la proto-new-wave naciente forman un atractivo mejunje. Un disco áspero y nervioso, con autoridad compositiva, como queda demostrado en el mid-tempo “Breakdown” o que revela talento para el rescate de glorias perdidas. “Cuando escuché ‘American Girl’, me pregunté: ‘¿Cuándo compuse esto?’”, dice Roger McGuinn, en el mismo documental. Petty puso la canción del ex Byrds en el final del disco y lo convirtió en el primer gran éxito de los fabulosos Heartbreakers.
34. The Clones of Dr. Funkenstein – Parliament
Así como Mothership Connection se inspiró en Star Trek y 2001, The Clones of Dr. Funkenstein es una parodia a los films de James Whale en donde George Clinton opera como el megalómano doctor que, en vez de crear una criatura lobotomizada, entrega un fabuloso híbrido de funk y disco capaz de hacer vibrar la bóveda de un banco. Es también el álbum donde el colectivo P-Funk, conocido como Parliafunkadelicment Thang, termina de cohesionarse, incorporando a Fred Wesley y Maceo Parker, los bronces laderos de James Brown, para un crucial toque de cold sweat marcial a la vieja escuela.
35. Black and Blue – The Rolling Stones
Injustamente subestimado frente a otros álbumes de los Stones de la década del 70, Black and Blue contiene algunos de los estilos que la banda hará propios en un futuro cercano: “Hot Stuff” prefiguró los movimientos disco de Some Girls (1977), mientras que “Fool to Cry” podría ser el R&B más sensual que hayan grabado. El álbum también incluye el primer acercamiento formal al reggae con “Cherry Oh Baby”, una versión del tema de Eric Donaldson. Y hay más, “Memory Motel” con Jagger y Richards compartiendo micrófono, el piano y la voz de Billy Preston educando a todos los presentes en “Melody”, y la incorporación definitiva de Ronnie Wood aportando “Hey Negrita”. Distendidos y colocados, los Rolling tocanco para vos: hagan la prueba, los músicos están en la misma habitación en donde suena el disco.
36. Blondie – Blondie
A la distancia, no es difícil ver el debut epónimo de Blondie como uno de los primeros álbumes “revivalistas”. Comandados por Debbie Harry y el guitarrista Chris Stein, la banda abrevaba en el legado de las girl groups y el mod inglés. Lo que hacía la diferencia era la actitud. Arriba del escenario, Harry se convertía en una sex symbol no convencional, una especie de Marilyn confrontativa y bisexual que usaba la segunda persona del singular para dirigirse tanto a chicas como a muchachos. “X-Offender” y “Rip Her to Shreads” apuntan al bubblegum pop/punk que entronizará a Blondie como quintaesencia new wave en Parallel Lines. Pero la joya del disco es “The Attack of the Giant Ants”, un track tribal que alude a las películas de ciencia ficción de los cincuenta y simboliza la obsesión del grupo con la cultura pop norteamericana.
37. Wired – Jeff Beck
El músico que parte la guitarra en una de las mejores escenas de Blow Up estaba destinado a ser el futuro Jimi Hendrix. Junto a los Yardbirds ocupó ese lugar durante buena parte de los 70. Después, sin embargo, Jeff Beck eligió un lugar menos iluminado. Luego de varias experiencias en grupo, armó un perfil solista con vista al rock fusión. Luego de deslumbrar con Blow By Blow (1975), escribe la segunda parte de una saga brillante. En Wired ocupa el lugar de intérprete y deja en manos de un seleccionado de gurúes (Max Middleton, Narada Michael Walden, Jan Hammer) la parte compositiva. La mejor prueba de vida es la versión de la oda de Charles Mingus a Lester Young, “Goodbye Pork Pie Hat”. No es solo jazz-rock, el funk parece una línea de conexión entre los músicos y hasta asoma un homenaje a Stevie Wonder en los momentos más grooveros del disco.
38. Timeless Flight – Steve Harley & Cockney Rebel
Steve Harley jugó en la segunda línea del glam detrás de Bowie y Bolan, pero para Timeless Flight renovó totalmente su sonido, cambiando la amplificación de guitarras por ritmos mecedores, pianos y sintetizadores. Desafortunadamente, pocos estaban escuchando. Timeless Flight es una pequeña obra maestra, un slow burner que mejora con repetidas escuchas, aglutinada por el carisma de Harley y una instrumentación cuidada, por momentos casi experimental. Entre el soft-rock y el pop-folk, las canciones se mueven con fluidez encantadora: el himno “Black or White”, la melancólica “All Men Are Hungry”, la circular e hipnótica “Don’t Go, Don’t Cry”. Las fotos internas del disco muestran la camaradería que surgió de las canciones. Para compartir una noche amena con un amigo, nada mejor que un whisky y, sonando de fondo, Timeless Flight.
39. Faithful – Todd Rundgren
Un lado del vinilo son covers (“If 6 Was 9” de Hendrix, “Rain” y “Strawberry Fields Forever” de los Beatles), el otro contiene algunos de los mejores temas del brujo de Filadelfia. La balada acústica “Cliche” (Todd solo con su guitarra) es una frágil maravilla, una melodía que gira, hipnótica, y es sin duda una de las cinco mejores canciones de su repertorio. “Love of the Common Man” levanta el disco con un soul upbeat, al estilo de clásicos como “Just One Victory”. “When I Pray” es una rareza, con un ritmo afro que se adelanta a las exploraciones de Paul Simon y Peter Gabriel. Y “The Verb ‘to Love’” cierra el disco de modo glorioso, una torch ballad donde Todd se pregunta por qué decimos “te amo” cuando solo sentimos deseo.
40. Still Life – Van der Graaf Generator
A cuatro años de la separación de Van der Graaf Generator, Peter Hammill decidió rearmar su vieja banda con un sonido más directo, menos “progresivo”. El segundo capítulo se inició con Godbluff (1975), pero donde la banda realmente suena con los carburadores en rojo es en su secuela, Still Life, que en términos de ferocidad podría competir mano a mano con cualquiera de los discos de punk-rock que estaban a la vuelta de la esquina. En los extremos del marco compositivo (y del tracklist) está “La Rossa”, lo más cercano al hard-rock de Van der Graaf Generator (y un favorito de los shows), y “Pilgrims”, un track que literalmente va progresando desde una quebradiza balada hasta un desgarrador tema típico de Hammill. Con una evolución paulatina de principio a fin, Still Life es menos un disco que una odisea musical.
41. Legalize It – Peter Tosh
Pese a haber contribuido con algunas de las mejores melodías de The Wailers, Peter Tosh siempre vivió bajo la sombra de Bob Marley, hasta que su debut solista con Legalize It lo estableció como una de las máximas figuras del reggae. Lejos de los álbumes más “combativos” de Tosh (como Mama Africa y Equal Rights), aquí su principal preocupación es la legalización de la marihuana, pero todo se presenta de un modo tan descontracturado, casi humorístico, que termina siendo la carta ganadora del disco. Tosh está en la cima en la juguetona “Ketchy Shuby” y en las capas musicales de “Why Must I Cry” (coescrita con Marley), donde lamenta las frustrantes luchas, tanto en una situación sociopolítica como en una relación sentimental. Alternando entre baladas y temas upbeat, Legalize It es uno de los grandes clásicos del reggae.
42. The Wild Tchoupitoulas – The Wild Tchoupitoulas
Originalmente, The Wild Tchoupitoulas era una suerte de “comparsa” del carnaval de Luisiana conocido como Mardi Gras; su ritmo era tan minimalista e hipnótico que llamó la atención de Art Neville y Zigaboo Modeliste, e invitaron al “jefe” de los Tchoupitoulas, Big Chief Jolly, a hacer una grabación con su banda instrumental, The Meters. Y el resultado es excepcional, una mezcla del funk de The Meters con el ritmo tribal de los indios del Mardi Gras. El disco trasciende por ser la primera grabación que llevó la cultura Mardi Gras a los estudios sin adulterarse con sonidos occidentales. Entre la invocación de las voces, el ritmo seco de la batería deModeliste y el trance de la percusión, The Wild Tchoupitoulas es lo más cercano al revolucionario Gris-gris de Dr. John y una obra maestra que definió el sonido funk/R&B de Nueva Orleans.
43. Crucis – Crucis
En un show consagratorio en el Teatro Astral, Charly García quedó deslumbrado ante la exhibición instrumental de Crucis. Ahí les propuso producir su disco debut. A cambio se llevó el bajista, un adolescente José Luis Fernández, para iniciar un nuevo proyecto de banda. El álbum captura los ecos de un momento que en Argentina iba a extenderse varios años: era imposible imaginar un grupo punk en los primeros tiempos de la dictadura militar y el rock progresivo parecía el mejor antídoto para escapar del infierno cercano. Cincuenta años después todavía sorprenden los momentos en que la guitarra de Pino Marrone se entrevera con los teclados de Aníbal Kerpel, mientras Gonzalo Farrugia parece un integrante de Yes marcando la nitidez del golpe junto a los esfuerzos denodados de Gustavo Montesano de ponerles letra a esos largos e intensos viajes astrales.
44. El jardín de los presentes – Invisible
Tercer disco para un trío obsesionado con los tigres (entre otros animales). Moviéndose desde el power trío inicial hacia texturas más ambiciosas, Invisible deja a un lado el ritmo más duro para abrazar filamentos de tango y jazz en un momento en que imperaba el concepto del rock fusión. Y así consigue su álbum más perdurable. Con el agregado de Tommy Gubitsch en guitarra líder, Spinetta tiene más espacio para elaborar su poesía (el lamento de un borracho en “Los libros de la buena memoria”) y canciones perfectas como “200 años” (cuya sección instrumental se adelanta al sonido onírico de The Durutti Column) y “Las golondrinas de Plaza de Mayo”, con los bandoneones de Juan José Mosalini y Rodolfo Mederos. La eterna riña entre tangueros y rockeros finalmente encuentra un feliz armisticio en este disco.
45 Porsuigieco – Porsuigieco
Cuando nuestro rock era un secreto a voces, PorSuiGieco se convirtió en el primer supergrupo folk al estilo Crosby, Stills, Nash & Young. No había un plan, salvo el deseo de compartir algunos shows. Todavía la explosión del Adiós Sui Generis no había sucedido, y Charly y Nito lidiaban con la precariedad de los lugares destinados al rock y la falta de convocatoria. León Gieco, Raúl Porchetto y María Rosa Yorio (por entonces la pareja de Charly) sumaron voces y canciones al proyecto. Grabado en los estudios Phonalex, la propuesta acústica derivó en un ensamble más eléctrico y elaborado con la participación de una auténtica legión de músicos: Oscar Moro, Gustavo Bazterrica, Pino Marrone y Gonzalo Farrugia, entre otros. El disco fue lanzado en mayo de 1976 cuando ya el país vivía la peor dictadura militar. Sufrió la censura de “El fantasma de Canterville”, un blues de García cantado por Gieco que explicaba el estado de las cosas, aunque el tema fue escrito durante el último año del gobierno democrático.
46. La Máquina de Hacer Pájaros – La Máquina de Hacer Pájaros
No es unánime, pero muchos fanáticos de Charly García reconocen a La Máquina como el punto más alto en una trayectoria con muchas cimas inalcanzables para otros mortales. La necesidad de dejar atrás los límites artísticos de Sui Generis y encarar un proyecto grupal con músicos más experimentados quedó plasmada en un exuberante disco debut que asumía conceptos del rock sinfónico y se internaba en la fusión sin perder el faro de la canción. Oscar Moro, Carlos Cutaia, Gustavo Bazterrica y José Luis Fernández logran el milagro de un García contenido en una banda. Desde “Bubulina” a la suite “Hoy te vi entre las luces”, el álbum forma un bloque original, sentido y de una búsqueda permanente. Un documento esencial del más puro rock argentino en tiempos de dictadura.
47. Alas – Alas
Gustavo Moretto (teclados, trompeta y voz) dejó Alma y Vida para formar una nueva banda junto a Carlos Riganti (batería) y Alex Zuker (bajo). El trío tenía todo para emular a Emerson, Lake & Palmer dentro de la línea más sinfónica del progresivo. Como exploradores en un viaje antártico, los músicos crearon las líneas para fusionar al rock más virtuoso con ritmos propios del tango y el folklore. Astor Piazzolla aplaudió la iniciativa y hasta confesó que se sentía más cerca de grupos como Alas o Invisible que de sus pares tangueros. A mediados de 1976, Alas lanzó el disco homónimo que contenía solo dos extensas composiciones: “Buenos Aires solo es piedra” y “La muerte contó el dinero”; cada una ocupaba un lado del vinilo, a su vez dividida en seis y siete subtemas, respectivamente. A la distancia, Alas sigue siendo un disco valiente, arriesgado y un tesoro a descubrir para entender cómo nació el cruce entre el rock y el tango.
48. Jailbreak – Thin Lizzy
La banda de Phil Lynot estaba al borde del abismo y tenía un pie afuera de la compañía que los editaba desde 1970. Jailbreak salvó mucho más que la ropa de los Thin Lizzy. Inspirado en “Born to Run” de Springsteen, así como en las raíces irlandesas de Lynott (en particular el soul celta de Van Morrison), el sexto álbum del cuarteto de Dublín maneja concentración y determinación para producir potentes bombas de hard-rock, como el tema que le da título al álbum, o despacharse con la perfección pop-rock de la insuperable “The Boys Are Back in Town”, el Fender Precision de Phil se convirtió en una escuela de swing para las futuras generaciones de bajistas británicos. En tanto, las guitarras gemelas de Scott Gorham y Brian Robertson regalan otra marca de fábrica que desde Iron Maiden a Riff utilizaron con suerte dispar.
49 Sad Wings of Destiny – Judas Priest
El segundo álbum de Judas marcó el inicio de su identidad metálica. Si bien en Sad Wings of Destiny hay rastros de sus ancestros del hard-rock (Zeppelin, Purple), se percibe una creciente confianza en las guitarras de K.K. Downing yGlenn Tipton. La voz de Rob Halford es otra gran revelación del álbum y “Victim of Changes”, una sinfonía oscura de casi ocho minutos, se mantendría en el repertorio del grupo por décadas. Al principio, el disco no gozó de la difusión global que más tarde encabezó laNew Wave of British Heavy Metal con bandas como Iron Maiden, Saxon yDef Leppard. PeroSad Wings… es un clásico fundacional.
50. Boston – Boston
Desde la tapa, un dibujo que muestra varias guitarras como si fueran naves espaciales augura un rato de entretenimiento. Tom Scholz, el amo y señor de Boston, ya era un cerebro tecnológico en la escuela secundaria. Junto al cantante Bradley Delp se encerraron en un pequeño estudio montado en el sótano de la casa de Scholz y durante seis años grabaron las canciones del disco. El líder de Boston toca casi todos los instrumentos y también se encarga del registro. La fórmula era simple: superponer capas de riffs de guitarras armonizadas sobre melodías instantáneas como la magnífica “More Than a Feeling”, tema que se bailaría hasta en las discotecas.
Daniel López
Fuente de esta noticia: https://www.diariodecultura.com.ar/home/50-discos-que-cumplen-50-anos-en-2026-stevie-wonder-ramones-queen-marley-invisible-y-mas/
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