
Cada año, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se llena de flores, descuentos comerciales y mensajes superficiales que hablan de celebración. Sin embargo, desde una perspectiva histórica y humana, esta fecha no nació para festejar, sino para recordar la lucha de millones de mujeres por sus derechos, su dignidad y su vida.
El origen de esta conmemoración se remonta a las luchas obreras de finales del siglo XIX y principios del XX. Mujeres trabajadoras, muchas de ellas inmigrantes y obreras textiles, alzaron su voz para exigir condiciones laborales dignas, jornadas justas y el reconocimiento de su humanidad. Aquellas protestas, muchas veces reprimidas violentamente, marcaron un antes y un después en la historia de los derechos de las mujeres. El 8 de marzo fue reconocido posteriormente por las Naciones Unidas como un día de memoria, reflexión y reivindicación.
Por eso, cuando esta fecha se transforma en un acto comercial o en una celebración vacía, se pierde el sentido profundo de su origen. No es un día para festejar, sino para recordar que la lucha continúa.
Mientras en muchas partes del mundo se reparten flores, en otros lugares la realidad de millones de mujeres sigue siendo devastadora. En Afganistán, por ejemplo, el régimen talibán ha restringido gravemente los derechos femeninos: se les prohíbe estudiar, trabajar en numerosos ámbitos, participar plenamente en la vida pública o decidir sobre su propio destino. En contextos así, el valor social de una mujer puede quedar reducido a una condición de subordinación extrema, donde su dignidad es ignorada y su libertad anulada.
Esta realidad nos recuerda que aún no hay nada que celebrar.
Al mismo tiempo, en muchas sociedades contemporáneas se ha instalado una interpretación confusa del feminismo. Cuando el discurso se reduce a la exaltación del libertinaje o a debates simplificados sobre derechos individuales sin considerar el valor profundo de la vida, el movimiento corre el riesgo de perder su raíz histórica y su sentido de justicia. El verdadero propósito de la lucha de las mujeres ha sido siempre la dignidad, el respeto, la igualdad real y la protección de la vida, no la banalización de su causa.
Por ello, el 8 de marzo debe ser un día de conciencia. Un día para recordar que aún enfrentamos desigualdades estructurales, violencia, discriminación y dolor.
En Colombia, esta realidad golpea de manera especialmente dolorosa cuando ocurren tragedias que nos estremecen como sociedad. Recientemente, el país se ha visto sacudido por el feminicidio de dos hermanas, un hecho que deja el corazón devastado. Contemplar el sufrimiento de una madre que pierde a sus hijas es una de las imágenes más desgarradoras que puede existir. Ninguna palabra alcanza para describir ese dolor. Ante hechos así, resulta imposible hablar de celebración.
Porque cuando una mujer es asesinada por el simple hecho de ser mujer, toda la sociedad fracasa.
Este día, por tanto, debe ser un llamado a alzar la voz por nosotras y por aquellas que ya no pueden hacerlo. Por las niñas que aún crecen en entornos donde su valor es cuestionado. Por las mujeres que sufren violencia en silencio. Por quienes han perdido la vida en medio de la indiferencia.
Es cierto que desde aquel primer 8 de marzo mucho se ha ganado: derechos políticos, acceso a la educación, participación en la vida pública y avances en la protección jurídica. Pero también es cierto que aún queda mucho camino por recorrer. La igualdad real no se logra únicamente con leyes, sino con transformaciones profundas en la cultura, en la educación y en la conciencia colectiva.
Desde una mirada espiritual, el valor de una mujer no se mide por su rol social, por su capacidad productiva ni por los estereotipos que la rodean. El valor de una mujer nace de su dignidad intrínseca como ser humano, portadora de vida, de sensibilidad, de inteligencia y de fuerza interior.
Por eso, el 8 de marzo no debería llenarse de celebraciones superficiales. Debería ser un día de memoria, silencio, reflexión y compromiso. Un día para mirar de frente la realidad del mundo y preguntarnos qué estamos haciendo para transformarla.
Haciendo alusión a la imagen, es un homenaje a las amas de casa, creada por el artista español José Luis Fernández e inaugurada en 2001. Desde este espacio quiero rendir un homenaje muy especial a esas mujeres que “no hacen nada”. A esas que se quedan en casa “sin hacer nada”, lavando la ropa de toda la familia, planchando uniformes, cocinando cada día, limpiando cada rincón del hogar, organizando la vida de todos, cuidando a los hijos, acompañando tareas, sanando dolores y sosteniendo el ánimo de quienes las rodean.
A esas mujeres que, según algunos, “no trabajan”, aunque sus jornadas empiezan antes que el sol y terminan cuando todos ya están dormidos. A esas que sostienen la vida cotidiana con sus manos, su tiempo y su amor, pero cuyo esfuerzo muchas veces se vuelve invisible porque no aparece en una nómina ni en una factura.
Esta imagen es para ellas. Para las que “no hacen nada”, pero en realidad hacen posible todo. Porque mientras el mundo sigue girando, hay hogares enteros que se mantienen en pie gracias a ese trabajo silencioso que demasiadas veces se da por sentado. Y quizá algún día comprendamos que lo verdaderamente irónico no es que ellas “no hagan nada”, sino que todavía haya quien crea que es así.
Y aun en medio de tantas luchas, hay una verdad profunda que ninguna injusticia puede borrar: ante los ojos de Dios, cada mujer tiene un valor infinito. No somos invisibles, no somos prescindibles, no somos menos. En la mirada de Dios, cada mujer es una princesa de su creación, portadora de dignidad, amor y propósito.
Que este 8 de marzo sea entonces un día para recordar quiénes somos realmente: mujeres valiosas, fuertes, llamadas a la vida, al cuidado y a la transformación del mundo.
Que alcemos la voz por quienes ya no pueden hacerlo, que acompañemos a quienes sufren, y que nunca olvidemos que nuestro valor no lo define la sociedad ni las circunstancias, sino la dignidad que Dios ha puesto en cada una de nosotras.
Porque mientras exista una sola mujer que sufra injusticia, la lucha continúa.
Pero mientras haya fe, conciencia y valentía en nuestros corazones, la esperanza también seguirá viva.
«Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, esa será alabada». Proverbios 31:30 (RVR1960)
Si necesitas apoyo psicológico o corporativo especializado
Te ofrezco acompañamiento profesional en:
Terapia individual: manejo emocional, ansiedad, autoestima, duelos y crecimiento personal.
Terapia de pareja: fortalecimiento del vínculo, comunicación y resolución de conflictos.
Apoyo corporativo: programas de bienestar laboral, gestión emocional y mejora del clima organizacional.
Capacitación en habilidades blandas: liderazgo empático, comunicación asertiva, inteligencia emocional y trabajo en equipo.
Dra. Elizabeth Rondón. Especialista en bienestar emocional, relaciones humanas y desarrollo organizacional.
Tlf. +583165270022
Correo electrónico: Elizabethrondon1711@gmail.com
ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana pero actualmente es en Cali Colombia con una vasta experiencia en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
