ISWAP golpea Borno con 15 muertos y 200 secuestrados en Ngoshe, una ofensiva brutal que revive el terror en el noreste de Nigeria.
El noreste de Nigeria ha vuelto a estallar con una de esas ofensivas que dejan una huella inmediata en el mapa y otra más profunda, más sucia, en la vida de quienes siguen atrapados en la guerra. Al menos 15 personas han muerto y unas 200 han sido secuestradas en un ataque yihadista atribuido a Estado Islámico en la Provincia de África Occidental, ISWAP, en la localidad de Ngoshe, dentro del área de Gwoza, en el estado de Borno. El golpe se produjo de madrugada, cuando los atacantes irrumpieron en la zona, asaltaron una base militar y atacaron también un campamento de desplazados internos, lo que convirtió la operación en algo más grave que un simple choque con el Ejército: fue una embestida directa contra soldados y civiles, a la vez, en el mismo escenario.
La dimensión del secuestro es lo que explica el impacto de esta noticia. No se trata solo de un ataque con muertos, por duro que ya sea eso, sino de una incursión con una capacidad de arrastre brutal sobre población civil vulnerable. Las informaciones conocidas hasta ahora coinciden en que muchos de los secuestrados son mujeres y niños, mientras una parte de los supervivientes huyó hacia comunidades cercanas del vecino Camerún. Ese dato cambia el tono entero de lo ocurrido. Aquí no hay únicamente una ofensiva armada contra posiciones del Estado; hay un episodio de violencia masiva en un lugar que, en teoría, debía servir de refugio para gente que ya había sido desplazada por el conflicto.
Una madrugada de terror en Ngoshe y Pulka
El ataque se desencadenó a primera hora del miércoles 4 de marzo y afectó a más de un punto. Ngoshe fue el epicentro, sí, pero no el único objetivo. También hubo acciones contra posiciones militares en Pulka, otra localidad de la misma zona de Gwoza, una de las áreas más frágiles y castigadas del sur de Borno. Según los testimonios difundidos desde el terreno, los combatientes llegaron en gran número, con capacidad para presionar varios frentes a la vez. No fue una irrupción improvisada, ni una columna desordenada que aparece, dispara y se va. Todo apunta a una operación armada pensada para desbordar la respuesta de las tropas, sembrar el caos entre la población y salir con rehenes.
Fuentes vinculadas a la Fuerza de Tarea Conjunta Civil, la milicia local que coopera con el Ejército nigeriano, describieron la ofensiva como una de las más graves que ha sufrido la zona en mucho tiempo. Uno de sus miembros, Sumaila Haruna, confirmó que ISWAP atacó Ngoshe de madrugada, golpeó una posición militar y extendió el terror entre la población local y los desplazados. Su relato dibuja una escena conocida en el noreste de Nigeria: disparos de noche, columnas de hombres armados entrando con rapidez, confusión total entre los civiles y un número aún difícil de cerrar de desaparecidos y muertos mientras amanece.
Desde el lado militar, un teniente integrado en la Operación Hadin Kai, el dispositivo desplegado por Nigeria en el noreste contra los grupos yihadistas, también confirmó que hubo ataques contra Ngoshe y Pulka y que el Ejército sufrió bajas. Ese mando situó en 12 el número de soldados muertos en el enfrentamiento, una cifra que después se encajó dentro del balance total de al menos 15 fallecidos conocidos hasta ahora. Según esa misma versión, las tropas lograron reaccionar más tarde, rastrear a los atacantes e interceptar a parte del grupo, causando la muerte de más de 50 supuestos combatientes durante la retirada. En este tipo de guerras, los balances militares suelen llegar con niebla, con cifras provisionales, con versiones que se corrigen. Pero el trazo grueso ya está claro: ISWAP golpeó con fuerza y dejó un daño enorme.
El campamento de desplazados, en el centro del golpe
Hay un detalle que convierte esta matanza y este secuestro en algo especialmente grave: el objetivo no fue solo una base militar. Los yihadistas atacaron también un campamento de desplazados internos, es decir, un espacio donde vivían personas que ya habían abandonado sus hogares por culpa de la violencia. Ese matiz no es secundario; es central. Un campamento de desplazados existe para proteger a quienes ya han escapado una vez. Cuando un grupo armado entra ahí, mata y secuestra, lo que destruye no es solo un lugar físico. Destruye la idea misma de refugio.
La mayoría de los cautivos, según los testimonios locales, serían mujeres y niños. Esa composición del secuestro remite de inmediato a una de las tácticas más crueles y persistentes de la insurgencia en el noreste de Nigeria. No se trata únicamente de golpear al Estado. Se trata de romper comunidades, vaciarlas, castigar su tejido familiar, convertir a la población en moneda de guerra y, de paso, lanzar un mensaje de poder. Cuando un grupo como ISWAP se lleva a centenares de personas, no está buscando solo una ventaja operativa. Está construyendo miedo, y el miedo, en esta guerra, vale casi tanto como las armas.
Gwoza, un territorio marcado por la guerra
La zona de Gwoza lleva años viviendo en el borde. Está situada en el sur del estado de Borno, muy cerca de la frontera con Camerún, en un área que por su geografía resulta especialmente sensible. Hay corredores de paso, rutas complicadas, terreno difícil y la cercanía de las montañas Mandara, un espacio que durante años ha servido como refugio o vía de escape para grupos armados. En este contexto, cada ataque importante abre de inmediato una doble posibilidad: una parte de los agresores puede dispersarse hacia zonas boscosas o montañosas y una parte de la población civil puede intentar huir hacia territorio camerunés o hacia otras comunidades nigerianas.
Eso fue exactamente lo que ocurrió tras el ataque. Numerosos supervivientes escaparon de la zona a toda prisa, algunos hacia Pulka, otros hacia localidades próximas, y otros directamente hacia Camerún. La escena vuelve a repetirse con una precisión trágica: familias que salen corriendo sin pertenencias, ancianos desplazados otra vez, menores perdidos en el desorden, mujeres que buscan cobijo en otro lado mientras sigue sin saberse quién ha sido secuestrado y quién solo ha huido. En las primeras horas siempre hay una gran confusión entre desaparecidos, fugados y cautivos. Pero incluso con esa cautela, la cifra de unos 200 secuestrados sitúa lo ocurrido entre los episodios más graves de la región en los últimos tiempos.
El senador por Borno Sur, Mohammed Ali Ndume, también confirmó que el ataque había dejado muertos, secuestrados y un nuevo movimiento de población. Su intervención resulta importante porque coloca el episodio no solo en el plano militar o local, sino también en la agenda política de un estado que vuelve a ver cómo el conflicto se reactiva con una violencia extrema en uno de sus puntos más delicados. Borno es, desde hace años, el corazón de la insurgencia y el lugar donde cada ofensiva de cierto tamaño se convierte enseguida en una prueba incómoda para el discurso oficial sobre la seguridad.
ISWAP y la mutación del yihadismo en el noreste
Para entender este ataque hay que mirar el conflicto en perspectiva. El noreste de Nigeria sufre la violencia de Boko Haram desde 2009, cuando esa insurgencia empezó a consolidarse como una amenaza de gran escala contra el Estado y contra la población civil. A partir de ahí, el escenario se fue enredando: operaciones militares, pérdida y recuperación de territorios, cambios de liderazgo, luchas internas y, sobre todo, una transformación de la propia galaxia yihadista en la región. En 2016 se produjo una fractura clave con la consolidación de ISWAP, una escisión de Boko Haram alineada con la órbita del autodenominado Estado Islámico.
Desde entonces, Boko Haram e ISWAP han convivido entre la rivalidad, la competencia y la superposición táctica, pero ambos comparten un objetivo de fondo: imponer un proyecto islamista violento en parte de Nigeria y erosionar el control del Estado sobre amplias zonas del país. Nigeria presenta además un mapa religioso y social complejo, con un norte de mayoría musulmana y un sur predominantemente cristiano, aunque reducir el conflicto a esa sola clave sería demasiado simple. La realidad ha mostrado durante años que las víctimas del yihadismo no pertenecen a un único perfil: miles de musulmanes del norte también han sido asesinados, expulsados o secuestrados por estos grupos.
La cifra acumulada del desastre es descomunal. Boko Haram e ISWAP han provocado más de 35.000 muertes y alrededor de 2,7 millones de desplazados, principalmente dentro de Nigeria, pero también en países vecinos como Camerún, Chad y Níger. Es una guerra de larga duración, con picos de intensidad distintos, que no ha desaparecido en ningún momento. A veces baja de los grandes titulares internacionales, se vuelve menos visible, menos seguida, casi de fondo. Pero en el terreno sigue ahí, y ataques como el de Ngoshe recuerdan que la capacidad de estos grupos para desestabilizar una región entera sigue siendo enorme.
La diferencia entre ISWAP y Boko Haram sobre el papel y sobre el terreno
Durante años se intentó presentar a ISWAP como una organización distinta, más enfocada en objetivos militares y menos indiscriminada con la población civil que el Boko Haram más clásico. Sobre el papel, esa diferencia podía tener algún sentido táctico. Sobre el terreno, los hechos la desmontan una y otra vez. Cuando un grupo armado entra en un campamento de desplazados, mata civiles y secuestra a centenares de personas, ya no hay matiz que aguante. Las siglas cambian, los portavoces cambian, la propaganda cambia; la realidad sigue siendo la misma: comunidades enteras sometidas al terror.
El ataque de Ngoshe es, en ese sentido, muy revelador. Muestra a un ISWAP con capacidad para coordinar golpes simultáneos, para castigar al Ejército y para lanzar un mensaje de terror a la población. Y, además, en una zona muy simbólica. Gwoza no es un punto menor en la historia del conflicto. Es un lugar que ya fue escenario de algunos de los episodios más duros de la expansión de Boko Haram y uno de esos nombres que reaparecen una y otra vez cuando la violencia yihadista recobra intensidad.
Un golpe contra el Ejército y contra la idea de seguridad
El ataque deja en evidencia un problema estructural del despliegue militar nigeriano en el noreste. Muchas de las posiciones del Ejército en Borno están situadas en zonas remotas, alejadas de grandes núcleos logísticos, con carreteras difíciles, mala comunicación y una dependencia elevada de refuerzos que no siempre llegan a tiempo. Cuando un grupo insurgente logra concentrar hombres, armas y sorpresa sobre una base avanzada, la capacidad de resistencia de esa posición se reduce mucho. Si, además, hay otro ataque en un punto cercano, como ocurrió en Pulka, la respuesta se complica todavía más.
Eso no significa que el Ejército no combata o no responda. La propia versión militar insiste en que las tropas se enfrentaron con dureza a los atacantes y que después lograron abatir a decenas de ellos. El problema es otro: responder no siempre equivale a proteger a tiempo. La ofensiva ya había roto la base, matado soldados, golpeado a civiles y permitido el secuestro masivo antes de que la reacción nigeriana pudiera reconducir del todo la situación. Esa diferencia, aparentemente técnica, es en realidad el centro del problema. Nigeria puede degradar células insurgentes, puede matar comandantes, puede lanzar operaciones aéreas; pero si una comunidad sigue siendo vulnerable a un ataque así, la sensación de seguridad no se asienta.
El mensaje político del ataque es igual de duro. El Gobierno de Bola Tinubu ha mantenido la presión militar sobre distintos focos de violencia en el país, incluido el yihadismo del norte. Pero episodios como este golpean directamente la credibilidad del relato oficial sobre el control del territorio. Porque no estamos hablando de un incidente menor, sino de un secuestro masivo en una zona donde el Estado tiene despliegue militar. Y cuando eso ocurre, el debate deja de ser solo cuántos insurgentes han muerto y pasa a ser cuántos civiles han quedado otra vez a merced de la guerra.
El campamento roto y la nueva ola de desplazamiento
La dimensión humanitaria de este episodio es inmensa y no termina en el recuento de cadáveres o secuestrados. Cada ataque contra un campamento de desplazados genera una cadena de consecuencias que se extiende mucho más allá del lugar del asalto. Se pierden alimentos, ropa, medicinas, documentos, mantas, herramientas de subsistencia, pequeños bienes que para cualquier familia desplazada significan casi todo lo que le queda. El resultado es una nueva huida. Otra más. Y en esa repetición hay algo especialmente cruel: personas que ya habían abandonado su casa vuelven a salir corriendo sin saber siquiera si el siguiente lugar será más seguro.
El noreste de Nigeria arrastra una de las crisis humanitarias más persistentes de África, y el ataque en Ngoshe vuelve a tensar una red ya agotada. En los estados de Borno, Adamawa y Yobe, millones de personas viven desde hace años entre la inseguridad, la pobreza extrema, la fragilidad alimentaria y la dependencia parcial o total de ayuda humanitaria. Un solo golpe de esta magnitud desordena todo: satura otras comunidades, presiona campamentos cercanos, exige asistencia urgente, genera nuevas necesidades médicas y psicológicas y, además, complica el trabajo de las organizaciones que ya operan con recursos limitados.
Los secuestros masivos empeoran todavía más ese panorama. No solo porque arrancan de golpe a centenares de personas de sus familias, sino porque dejan detrás una comunidad paralizada, pendiente de nombres, de rumores, de listas incompletas, de confirmaciones que tardan en llegar. El efecto sobre la vida cotidiana es devastador. Mercados que dejan de abrir, escuelas que vuelven a cerrarse, rutas que se consideran peligrosas, familias que se separan por miedo a nuevas incursiones. En guerras como esta, la violencia no termina cuando callan los disparos. Sigue trabajando después, en silencio.
Mujeres y niños, otra vez en el centro del horror
Que la mayoría de los secuestrados sean mujeres y niños reabre una de las heridas más profundas del conflicto nigeriano. Boko Haram y sus escisiones han recurrido durante años al secuestro de menores y mujeres como parte de su repertorio estratégico. Detrás de esa práctica hay varios objetivos superpuestos: reclutamiento forzoso, matrimonios impuestos, castigo colectivo, utilización propagandística y control social mediante el terror. Cada vez que se confirma una captura masiva con este perfil, la memoria de la región se activa de inmediato, porque el precedente es demasiado largo, demasiado oscuro y demasiado conocido.
Ngoshe entra así en una línea de continuidad muy reconocible dentro de esta guerra. No es un episodio aislado ni una anomalía táctica. Es la prolongación de una forma de violencia que usa el cuerpo y el destino de los civiles como arma de combate. Ahí reside buena parte de la gravedad del caso. Los secuestrados no son una cifra secundaria que acompaña a los muertos; son, en realidad, el núcleo de la noticia. Porque de esas aproximadamente 200 personas depende ahora una segunda fase de la tragedia: la búsqueda, la eventual negociación, la incertidumbre, el miedo a que sean desplazadas a zonas de difícil acceso y el riesgo real de que parte de ellas acabe absorbida por la propia lógica del grupo que las capturó.
El noroeste también arde y Nigeria combate en varios frentes
El problema para Nigeria es que esta violencia no se limita al noreste. Aunque Borno siga siendo el epicentro simbólico y operativo del yihadismo vinculado a Boko Haram e ISWAP, el país soporta también otros focos armados en distintas regiones. En el noroeste, por ejemplo, ha ganado protagonismo Lakurawa, un grupo aparentemente relacionado con Estado Islámico-Provincia del Sahel, ISSP, que viene cometiendo atentados en estados como Kebbi y Sokoto. Eso significa que Abuja está obligada a repartir atención, recursos e inteligencia en varios tableros a la vez.
Los combates contra estas estructuras se intensificaron todavía más desde que Estados Unidos, junto con fuerzas nigerianas, ejecutó a finales de diciembre de 2025 una serie de ataques aéreos contra posiciones yihadistas en el noroeste del país. Aquella cooperación fue presentada como un refuerzo importante en la lucha antiterrorista, pero el ataque de Ngoshe deja claro que la presión militar, por sí sola, no basta para sellar las grietas. Nigeria pelea en varios frentes y algunos de esos frentes están conectados por una misma realidad de fondo: territorio difícil, comunidades vulnerables y grupos armados que se adaptan rápido.
Esa dispersión del conflicto añade una capa extra de complejidad. El país no afronta una sola insurgencia lineal, con un centro definido y un único mando. Afronta una constelación de violencias armadas que a veces se solapan, a veces compiten y otras simplemente explotan el mismo tipo de debilidad estatal. En ese contexto, el noreste sigue siendo el laboratorio más brutal y más viejo del problema. Y por eso un ataque como el de Ngoshe tiene tanta fuerza simbólica: recuerda que, pese a años de ofensiva, Borno sigue siendo un territorio donde el Estado aún no ha conseguido cerrar la herida.
Borno vuelve al punto más incómodo
Lo que deja este ataque es una fotografía muy dura de la situación real en el noreste de Nigeria. Un grupo yihadista fue capaz de asaltar una base militar, atacar un campamento de desplazados, matar al menos a 15 personas, secuestrar a unas 200 y forzar la huida de supervivientes hacia otras comunidades e incluso hacia Camerún. Todo eso en una zona donde el Ejército está desplegado y donde la lucha contra la insurgencia lleva años siendo prioritaria. No es un accidente táctico menor. Es un golpe de gran envergadura con implicaciones militares, humanitarias y políticas.
Ngoshe resume, en realidad, casi todos los males de esta guerra. La fragilidad de las posiciones avanzadas del Ejército. La vulnerabilidad extrema de los desplazados. La capacidad de ISWAP para combinar violencia militar y castigo civil. La porosidad de la frontera. La dificultad para estabilizar de forma duradera áreas donde el Estado entra y sale, avanza y retrocede, promete seguridad y luego vuelve a llegar tarde. Es un episodio concreto, sí, fechado y localizado, pero también es una síntesis brutal de un conflicto que se resiste a desaparecer.
La noticia, en su forma más desnuda, es esta: el noreste de Nigeria ha sufrido una de sus peores sacudidas recientes y la suerte de cerca de 200 secuestrados sigue marcando el centro del drama. Todo lo demás —las declaraciones, las operaciones de respuesta, los balances que se afinan con las horas— orbita alrededor de ese dato. Un pueblo golpeado, una base atacada, un campamento roto y una fila larguísima de ausencias. Borno vuelve a ser el lugar donde Nigeria pierde pie cuando más necesita demostrar que lo tiene.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/nigeria-15-muertos-y-200-secuestrados/
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: Telegram Prensa Mercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: https://t.me/prensamercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://www.whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1W
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
Prensa Mercosur es un diario online de iniciativa privada que fue fundado en 2001, donde nuestro principal objetivos es trabajar y apoyar a órganos públicos y privados.
- ★“Era tan infeliz en mi propia piel”: la frase de Demi Lovato que sorprendió a sus seguidores
- ★Propuesta de día libre por cumpleaños para trabajadores desata crítica de gremios
- ★El cierre del estrecho de Ormuz dispara el precio del petróleo y agita los mercados: el barril cerró en USD 92
- ★El Banco do Brasil lanza el sistema de pagos PIX en Argentina para turistas brasileños
- ★HONOR inicia nueva historia de los celulares en el mundo con el “Robot Phone”: se robó el show en el MWC 2026
