
En una conversación reciente con un empresario surgió una reflexión que no he podido dejar de pensar. Era una persona con una personalidad curiosamente contradictoria: profundamente desconfiado de su propia industria, pero al mismo tiempo voraz en los negocios. Una mezcla de ambición y cautela que, en realidad, no es tan extraña en el mundo empresarial actual.
Mientras lo escuchaba hablar sobre experiencias pasadas, oportunidades perdidas y riesgos evitados, apareció una pregunta que se transformó en el centro de esta reflexión: ¿realmente creamos aquello en lo que creemos?
Muchas veces parece que sí, pero no siempre de la manera que imaginamos. Con frecuencia, no estamos diseñando únicamente nuestras aspiraciones, sino también nuestros límites. Cuando anteponemos el miedo a perder antes que el valor de arriesgarnos a lo desconocido, es posible que estemos, sin darnos cuenta, prediseñando nuestros propios fracasos.
En el mundo de los negocios —y también en la vida personal— existe una tendencia creciente a esperar constantemente la validación del otro: una respuesta positiva, una señal de seguridad, una garantía de éxito antes de dar el paso. Buscamos confirmar que el terreno es seguro antes de caminar. Sin embargo, esa búsqueda de certeza absoluta puede convertirse en una forma sofisticada de inmovilidad.
Tal vez deberíamos reflexionar más sobre lo que generamos cuando proyectamos nuestras expectativas en los demás. En los negocios, en la amistad y en las relaciones humanas solemos caer en un paradigma silencioso: la idea de que el otro necesita más de nosotros de lo que nosotros necesitamos de él. En realidad, esa percepción muchas veces es solo una ilusión.
Todos necesitamos de alguien en distintos momentos y para diferentes propósitos. Las relaciones —personales o profesionales— se construyen sobre interdependencias, no sobre jerarquías invisibles de necesidad.
A veces un “sí” puede significar aceptar algo peligrosamente riesgoso. Otras veces, un “no” puede protegernos de un error. Pero también ocurre lo contrario: un “no” motivado por el miedo puede cerrar la puerta a oportunidades extraordinarias.
Es en la apertura al riesgo y al descubrimiento donde surge una de las mayores fuentes de crecimiento. Cada decisión, cada intento, cada proyecto fallido o exitoso forma parte de un proceso constante de aprendizaje. En ese proceso, la vida misma se convierte en una aventura intelectual, creativa y humana.
Quizás la verdadera cuestión no sea evitar el fracaso, sino evitar vivir paralizados por la posibilidad de fracasar.
Porque, al final, existe una verdad incómoda pero liberadora: o lo creas tú, o alguien más lo hará por ti. Las ideas, las oportunidades y las innovaciones no esperan indefinidamente. Siempre habrá alguien dispuesto a intentar lo que otros temen intentar.
Tal vez la clave esté en dejar de crear fantasmas mentales que condicionan nuestras decisiones. Liberarnos de esos temores que distorsionan nuestra percepción del riesgo y recuperar algo que los niños poseen de manera natural: la curiosidad de explorar el mundo sin pensar primero en todo lo que podría salir mal.
El éxito rara vez nace de la certeza absoluta. Con más frecuencia surge de la valentía de actuar en medio de la incertidumbre.
Después de todo, en el mundo financiero —como en la vida— es bien sabido que de diez aventuras empresariales, nueve pueden fracasar. Pero también es cierto que esa única oportunidad que puede transformarlo todo… puede perderse simplemente por no haber tenido el coraje de intentarlo.
@womentalks for @prensamercosur 2026
ACERCA DEL CORRESPONSAL
BRIYIDT RIPAMONTI
Es colombiana empresaria de Miami Florida, editora de algunas revistas de renombre y activista en la protección del planeta Fundadora de la organizacion SOS Water Global
- ★Creas lo que crees? El riesgo de diseñar nuestros propios fracasos
- ★¿Es el mes de marzo realmente un mes tan rosa para las mujeres?
- ★Inundaciones Globales en Febrero: Una Realidad Climática en Aumento
- ★🌍 Inundaciones Globales en Febrero: Una Realidad Climática en Aumento
- ★ COP 30 Brasil crea el primer bono de resiliencia climática por USD 100 millones
