
Tengo que confesar que durante mucho tiempo los números, las estadísticas, el conteo de la asistencia dominical y las cifras abundantes en una jornada evangelística eran sumamente importantes para mí. De alguna manera sentía que los números confirmaban el trabajo que estábamos haciendo en la iglesia y que todo iba bien en el ministerio.
Nunca discutimos sobre una «teología del conteo» ni sobre la importancia real de los números. Para los líderes de ese entonces no había más que hablar, porque era evidente que la palabra «multitud» aparecía unas ciento treinta veces en los evangelios y unas veinticuatro en Hechos. Juan vio un inmenso número de personas redimidas por el Señor en su visión apocalíptica (Ap 7:9). Entre esa multitud incontable deberían estar algunos de los que ya nosotros habíamos contado. Esa era realmente nuestra esperanza.
Los números en el Nuevo Testamento
Esta fascinación por el conteo parece surgir de la lectura bíblica. Los evangelios mencionan con números aproximados a los que fueron alimentados por el Señor en un par de oportunidades (Mt 14:21; 15:38). La primera predicación en Pentecostés trajo para la iglesia una primera cosecha de unas tres mil almas (Hch 2:41) y luego se sumaron otras cinco mil (Hch 4:4).
Es evidente que el crecimiento numérico que la iglesia estaba experimentando era notable, pero poco a poco los cristianos fueron madurando y teniendo un mayor entendimiento de la obra de Dios. En la medida en que la iglesia fue creciendo, las estadísticas fueron haciéndose cada vez más difusas y menos precisas. No bastaba ya con saber que eran más, sino que había otros factores más importantes que iban por delante de las cifras.
Uno de los primeros indicios de ese cambio lo encontramos en la descripción temprana que hizo Lucas de los primeros creyentes. El contexto nos demuestra que la iglesia de Jerusalén estaba viviendo un maravilloso tiempo en el que eran notables la generosidad, la hermandad, la adoración vibrante y la comunión mutua. Sin embargo, la suma de todos esos factores no tenía directa proporción con el crecimiento numérico porque, al final, «el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos» (Hch 2:47b).
La palabra original para «añadir» da a entender que ese incremento en conversos era una obra directa de Dios conforme a Su propósito y soberana voluntad. Se trataba de un milagro que solo Dios puede hacer: levantar muertos a la vida.
Esta última comprensión del actuar divino la podemos confirmar cuando Lucas nos dice que un tiempo después, producto de la persecución, los discípulos que salieron huyendo de Jerusalén predicaban el evangelio con buenos resultados en diferentes lugares. Sin embargo, una vez más, Lucas clarifica el proceso y dice que «la mano del Señor estaba con ellos, y gran número que creyó se convirtió al Señor» (Hch 11:21). El número queda asociado al poder y al actuar directo de Dios, y no simplemente a la fidelidad o estrategia de esos cristianos.
Crecer en la Palabra
Hay otro aspecto notable que antecede al crecimiento numérico: el crecimiento de la Palabra. Lucas lo expone con cierta sutileza mientras narra el problema con las viudas griegas, la elección de los primeros diáconos y la decisión que tomaron los apóstoles con respecto a sus prioridades ministeriales.
Todo ese telón de fondo podría hacernos pensar que algunos otros aspectos, como el crecimiento, fueron descuidados, pero no fue el caso. Lucas concluye ese episodio diciendo: «Y la palabra de Dios crecía, y el número de los discípulos se multiplicaba en gran manera en Jerusalén, y muchos de los sacerdotes obedecían a la fe» (Hch 6:7, énfasis añadido).
Es interesante que lo que crece ahora es «la palabra de Dios», poniendo el énfasis en que el mensaje del evangelio seguía extendiéndose y, por lo tanto, cumpliendo su objetivo de multiplicación de discípulos al ser anunciado a muchas más personas.
Nuestra principal preocupación es que el Señor reciba la gloria en todo lo que hacemos en obediencia fiel a Sus propósitos y mandamientos
Aunque el crecimiento numérico le pertenezca al Señor, crecer en la Palabra y el conocimiento del Señor es algo que nos corresponde también a nosotros. Pedro termina su última carta con estas palabras de exhortación: «Crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P 3:18).
El apóstol estaba anciano y había visto a la iglesia crecer desde ese pequeño grupo de discípulos temerosos reunidos en el aposento alto (Hch 1:12-14), hasta un movimiento de iglesias que se había esparcido por todo el vasto Imperio romano. Había sido testigo de primera mano de cómo el Señor llama a los que quiere para Sí conforme a Su voluntad una y otra vez.
No fue su elocuencia lo que produjo un gran número de conversiones, porque durante su primer sermón fue interrumpido por sus oyentes mientras hablaba (Hch 2:37). Ya el Espíritu Santo los había conmovido y estaba haciendo Su obra. Lo mismo sucedió cuando visitó la casa de Cornelio sin saber exactamente lo que tenía que hacer y empezó simplemente a predicar el evangelio. Lucas nos lo cuenta: «Mientras Pedro aún hablaba estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban el mensaje» (Hch 10:44). La sorpresa fue mayúscula, aunque mayor fue la convicción de que Dios va siempre delante y hace lo que le place conforme a Su voluntad (Sal 115:3). Esa es la razón para el énfasis en crecer en el conocimiento del Señor, porque lo que nos corresponde es conocerle para poder seguirle con propiedad y fidelidad.
Pablo también experimentó la misma realidad de un Dios involucrado por completo en hacer crecer a Su iglesia. Lo vivió en carne propia cuando iba camino a Damasco. Él no estaba por convertirse, ni tampoco tenía la más mínima afinidad, o siquiera cierta simpatía, por los cristianos. No, ellos eran su mayor enemigo y él rechazaba a Jesucristo con todas sus fuerzas, pero el Señor lo detuvo y lo convirtió en Su siervo.
Luego vivió la misma experiencia que vivió Pedro cuando estaba predicando en Filipos. Mientras predicaba a las mujeres a la orilla del río, Lucas nos cuenta que Dios hizo una obra sobrenatural en Lidia, a quien «el Señor abrió su corazón para que recibiera lo que Pablo decía» (Hch 16:14).
Colaboradores del Señor
Es sorprendente la manera en que Dios obra y multiplica a Sus redimidos. La verdad es que las epístolas dejan realmente de contar y no muestran la más mínima preocupación por mantener cierto tipo de contabilidad eclesial. Por el contrario, Pablo no pierde la oportunidad para hacer desvanecer cualquier pretensión de crecimiento numérico que dependa de sus fuerzas o estrategias:
¿Qué es, pues, Apolos? ¿Y qué es Pablo? Servidores mediante los cuales ustedes han creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento (1 Co 3:5-7).
La salvación es del Señor y, por lo tanto, también el crecimiento de la iglesia. No hay nada de qué jactarse porque no depende de nosotros. Sin embargo, Pablo continúa su reflexión luego de dejar en claro ese punto principal, para decirnos: «Ahora bien, el que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propio trabajo. Porque nosotros somos colaboradores en la labor de Dios, y ustedes son el campo de cultivo de Dios, el edificio de Dios» (3:8-9).
No trazamos nuestros propios planes, sino que buscamos descubrir y seguir las pisadas dejadas por nuestro Señor Jesucristo
Es cierto que los números no dependen de nosotros, pero tampoco significa que somos observadores pasivos en las tribunas mientras Dios juega Su partido en solitario. ¡De ninguna manera! Plantar y regar es nuestra responsabilidad, y nuestro trabajo será evaluado y recompensado.
El llamado a evangelizar sigue en pie, lo mismo que el hacer discípulos y ministrar con los dones que se nos han concedido para beneficio del cuerpo de Cristo. Ser llamados «colaboradores en la labor de Dios» es todo un privilegio inmerecido, pero el campo y el edificio no nos pertenecen, son del Señor.
Nuestra parte
Si ya no tenemos por qué preocuparnos por los números, entonces, ¿cuál debe ser nuestra preocupación como colaboradores de Dios? ¿Qué deberíamos estar observando y evaluando como parte del crecimiento de la iglesia más allá de los números? Creo que debemos tener una preocupación, observación y evaluación fundamental con respecto a la obra de Dios en nuestros días.
Nuestra principal preocupación es que el Señor reciba la gloria en todo lo que hagamos y que cada una de las cosas que hacemos sea en obediencia fiel a los propósitos y mandamientos establecidos por el Señor mismo en Su Palabra eterna (Ef 3:20-21).
La salvación es del Señor y, por lo tanto, también el crecimiento de la iglesia. No hay nada de qué jactarse porque no depende de nosotros
Nuestra mayor observación radica en que no trazamos nuestros propios planes, sino que buscamos intencional y esforzadamente descubrir y seguir las pisadas dejadas por nuestro Señor Jesucristo, y estar atentos para poder encontrar y hacer las buenas obras que el Señor ya preparó de antemano para nosotros (1 P 2:21; Ef 2:10). Debemos observar bien para poder decirle finalmente al Señor, como lo enseñó Jesucristo: «Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: “Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”» (Lc 17:10).
Finalmente, si algo nos toca evaluar como colaboradores de Dios es que el propósito final de la iglesia sea realmente consumado en nuestra propia iglesia. Pablo dijo que el propósito final para toda la colaboración ministerial es «la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4:12-13).
Muchas veces nos enfocamos en medir tantos aspectos organizativos y numéricos del ministerio, pero nos olvidamos del más importante y que debería ser el más evidente: que todos y cada uno de nosotros nos estemos pareciendo cada día más a nuestro Señor Jesucristo.
Pepe Mendoza
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/iglesia-crecimiento-cantidad/
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