
Pakistán eleva la escalada con bombardeos sobre Kabul y Kandahar y arrastra a Afganistán a un choque militar con riesgo regional.
Pakistán ha llevado su pulso con Afganistán a un terreno mucho más peligroso que el de los habituales choques de frontera. La aviación paquistaní ha golpeado Kabul, Kandahar y otras posiciones afganas, el régimen talibán ha respondido con fuego antiaéreo y ataques de represalia en varios puntos de la línea divisoria, y el propio ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Muhammad Asif, ha dado por rota la fase de contención al hablar ya de “guerra abierta”. Lo que hasta hace poco parecía otro episodio áspero en una frontera históricamente incendiaria se ha convertido, de golpe, en la escalada militar más seria entre ambos países en años, con explosiones en la capital afgana, intentos de ataque sobre Bagram y una presión diplomática internacional que crece por horas.
La escena es mucho más grave de lo que sugiere la fórmula burocrática de “incidente transfronterizo”. Kabul ha amanecido entre estruendos y ráfagas, el portavoz talibán Zabihullah Mujahid ha asegurado que las defensas afganas dispararon contra aviones paquistaníes sobre la capital y, al mismo tiempo, Islamabad mantiene en marcha una operación militar bautizada como “Ghazab Lil Haq”, mientras ambos gobiernos lanzan balances de bajas incompatibles entre sí y todavía imposibles de verificar de forma independiente. El dato político relevante no está solo en el intercambio de fuego; está en que las dos capitales ya hablan y actúan como si la crisis hubiera cruzado una frontera nueva, una más oscura.
Un salto que ya no cabe en el marco de una simple represalia
La secuencia de los últimos días explica por qué el choque ha cambiado de tamaño. Afganistán lanzó el jueves por la noche una ofensiva transfronteriza amplia sobre Pakistán, presentada por Kabul como respuesta a los bombardeos paquistaníes del domingo anterior. Islamabad, a su vez, replicó con nuevos ataques aéreos de madrugada sobre la capital afgana, sobre Kandahar y sobre Paktia, mientras en la frontera se reanudaban los combates con artillería, puestos avanzados en tensión y fuego cruzado en varios tramos. A partir de ahí, la lógica de represalia dejó de parecer episódica y empezó a sonar a conflicto abierto, aunque todavía sin una declaración formal de guerra al estilo clásico.
Ese salto no se entiende sin el lenguaje elegido por Islamabad. Khawaja Muhammad Asif, una de las voces más duras del Gobierno paquistaní, resumió el cambio de fase con una frase que ha corrido por todas las cancillerías: “se nos ha colmado la paciencia”. En paralelo, desde Kabul, el ministro del Interior afgano, Sirajuddin Haqqani, advirtió de que el coste de esta confrontación será “muy alto” y deslizó además una idea inquietante: según su versión, Afganistán todavía no ha desplegado todo su potencial militar y lo que está combatiendo ahora son sobre todo fuerzas de primera línea. En otras palabras, ninguno de los dos quiere aparentar contención ante el otro.
La gravedad del momento también tiene una dimensión física, casi de mapa. La frontera entre ambos países mide unos 2.600 kilómetros, serpentea por pasos montañosos, áreas tribales, viejas rutas de contrabando y corredores donde la soberanía siempre ha sido un asunto menos nítido de lo que sugieren los atlas. Cuando dos Estados con una relación tan envenenada entran en una dinámica de bombardeos, represalias y movilización verbal a lo largo de una línea así de porosa, el riesgo de error de cálculo se dispara. Un disparo mal interpretado, un avión que cruza demasiado, una posición bombardeada con víctimas civiles… y la escalada adquiere otra velocidad.
El nudo real está en el TTP y en la vieja disputa de la frontera
Pakistán justifica su ofensiva con una acusación que lleva tiempo repitiendo y que ahora ya marca toda su estrategia: Afganistán estaría dando cobijo al Tehrik-e-Taliban Pakistan, el TTP, la principal insurgencia talibán paquistaní, responsable de una larga cadena de atentados, asaltos y operaciones armadas dentro del país. Kabul lo niega con rotundidad. Los talibanes afganos sostienen que no permiten que el territorio afgano se use para atacar a terceros y que el problema de seguridad paquistaní es, en esencia, un problema interno de Pakistán. Ese cruce de relatos es el corazón de la crisis. Sin él, no se entiende nada.
El TTP no es una sigla secundaria en esta historia. Surgió en 2007 como una coalición de grupos armados ilegalizados que decidieron coordinarse contra el Estado paquistaní y apoyar a los talibanes afganos cuando estos combatían a Estados Unidos y a la OTAN. Aunque se trata de estructuras distintas, la afinidad política, ideológica y operativa entre el TTP y el poder talibán afgano es una de las grandes obsesiones de Islamabad. Pakistán sostiene que muchos de sus jefes y combatientes se refugiaron al otro lado de la frontera tras el regreso de los talibanes al poder en 2021. Kabul lo rechaza, pero esa sospecha se ha convertido en doctrina de seguridad para el Estado paquistaní.
A ese factor se suma la cuestión de la línea Durand, una frontera con más de un siglo de historia y con una legitimidad muy distinta a cada lado. Fue trazada en 1893 por el diplomático británico Mortimer Durand para fijar la separación entre el entonces Afganistán y la India británica. Pakistán la asume como su frontera occidental internacionalmente reconocida; Afganistán nunca la ha aceptado del todo. El problema no es solo jurídico. La línea parte territorios pastunes, rompe continuidades tribales y deja sobre el terreno una sensación antigua de amputación política. Cada vez que Islamabad refuerza puestos, levanta vallas o lanza operaciones cerca de esa raya, Kabul lo lee también como una reafirmación de una frontera que nunca ha querido validar plenamente.
La tensión, de hecho, no empezó esta semana. En octubre ya hubo enfrentamientos muy serios, con muertos entre soldados, civiles y supuestos milicianos, hasta que una mediación de Qatar permitió un alto el fuego. Aquella tregua enfrió la situación, pero no la resolvió. Después vinieron contactos fallidos en Turquía, nuevos tiroteos esporádicos y un deterioro constante de la confianza entre ambas partes. Lo de ahora no es una chispa aislada; es el estallido de un combustible que llevaba meses acumulándose en depósitos distintos: insurgencia, frontera, soberanía, prestigio militar y rivalidad estratégica.
Kabul, Kandahar y Bagram: por qué los objetivos importan tanto
No es lo mismo bombardear una posición remota en una provincia fronteriza que golpear Kabul y Kandahar. Ahí está una parte decisiva del mensaje paquistaní. Kabul es la capital, el corazón político del emirato talibán; Kandahar es, además, uno de los centros simbólicos del movimiento, la ciudad desde la que históricamente ha irradiado buena parte de su autoridad. Atacar esos puntos equivale a decir que Islamabad ya no se limita a perseguir infiltraciones en la periferia, sino que está dispuesto a presionar al poder talibán allí donde se siente más Estado. Esa es la razón por la que en Kabul la reacción ha sido tan sonora, tan defensiva y tan propagandísticamente importante.
En ese contexto, Bagram añade otra capa simbólica. La antigua gran base militar de Estados Unidos en Afganistán, al norte de Kabul, sigue siendo un lugar cargado de memoria estratégica. Las autoridades afganas aseguraron este domingo que frustraron un intento paquistaní de bombardear la base hacia las cinco de la mañana mediante sistemas antiaéreos y defensas de misiles. Pakistán no respondió de inmediato a esa acusación, pero el mero hecho de que Bagram vuelva al centro de la conversación dice bastante del tipo de conflicto que está tomando forma: uno que ya no se libra solo en pasos remotos, sino en lugares que condensan poder, humillación, retirada y control territorial. Incluso el año pasado, Donald Trump llegó a insinuar que quería recuperar presencia estadounidense en esa instalación. Bagram, por sí sola, sigue hablando.
El otro detalle inquietante es que las versiones sobre víctimas y daños son opacas y contradictorias. Cada bando asegura haber infligido grandes pérdidas al otro, pero nadie ha podido certificar con rigor esas cifras. Lo que sí está claro es que ya hay civiles afectados. AP documentó imágenes de población herida en el distrito paquistaní de Bajaur, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, y Reuters ya había recogido días antes que la ONU cifraba en al menos 13 los civiles muertos en una oleada previa de ataques paquistaníes dentro de Afganistán. Esa combinación —propaganda oficial por un lado, población atrapada por otro— suele ser una de las primeras señales de que el conflicto empieza a salirse del control de quienes dicen dirigirlo.
Los protagonistas que empujan la escalada
Detrás de los comunicados hay nombres muy concretos. Khawaja Muhammad Asif, ministro de Defensa paquistaní, es el rostro más visible del endurecimiento de Islamabad. Su declaración de “guerra abierta” no fue una torpeza verbal, sino una forma deliberada de fijar el marco político de la crisis. Del lado afgano, Zabihullah Mujahid ha sido la voz de la resistencia inmediata en Kabul, insistiendo en que la defensa antiaérea actuó sobre la capital y pidiendo a la población que no cunda el pánico. Más relevante aún es Sirajuddin Haqqani, ministro del Interior y figura central del aparato de seguridad talibán, que ha deslizado que el país aún no ha puesto toda su fuerza en juego. Son mensajes distintos, pero ambos comparten una misma intención: transmitir firmeza y negar cualquier imagen de debilidad.
También aparece en segundo plano Amir Khan Muttaqi, ministro de Exteriores afgano, que ha mantenido conversaciones telefónicas con Mohammed bin Abdulaziz Al-Khulaifi, ministro de Estado catarí. Ese movimiento refleja que Kabul quiere abrir una salida diplomática sin ceder en el plano militar ni reconocer la narrativa paquistaní sobre el TTP. No es una postura sencilla. Los talibanes necesitan parecer resistentes ante Pakistán, pero tampoco les conviene una guerra larga con un vecino militarmente muy superior y con capacidad de estrangular todavía más la economía, el tránsito y la ya frágil estabilidad afgana.
En el lado paquistaní hay otra dimensión menos visible y muy importante: la presión doméstica. Pakistán lleva años lidiando con una violencia insurgente persistente, especialmente en Khyber Pakhtunkhwa y otras áreas próximas a la frontera. Los ataques del TTP han golpeado comisarías, convoyes, puestos de control y unidades militares, y eso ha reforzado dentro del Estado una idea cada vez más asentada: si Kabul no actúa contra esos grupos, Islamabad se reserva el derecho de actuar por su cuenta. Esa doctrina es precisamente la que ha llevado la aviación paquistaní a objetivos dentro de Afganistán con una frecuencia y una contundencia mucho mayores que en otras etapas recientes.
Un vecino mucho más fuerte y una guerra nada sencilla
En términos estrictamente militares, Pakistán juega con una ventaja abrumadora. Según los datos recopilados por Reuters a partir del International Institute for Strategic Studies, el país cuenta con alrededor de 660.000 militares en activo, una fuerza aérea muy superior, miles de blindados, miles de piezas de artillería y, además, un arsenal nuclear estimado en 170 cabezas. El Afganistán talibán, en cambio, se mueve en torno a 172.000 efectivos, con la aspiración de crecer hasta 200.000, pero con un aparato militar mucho más rudimentario, una aviación prácticamente residual y serias dificultades para mantener y operar parte del material heredado tras la caída del Gobierno respaldado por Occidente en 2021. En un choque convencional, la desproporción es enorme.
Pero las guerras en esa frontera rara vez responden del todo a la lógica del manual convencional. Afganistán puede ser más débil en términos de Estado, pero el universo talibán conoce bien la guerra irregular, la dispersión de fuerzas, el combate en terreno quebrado y la elasticidad táctica de las milicias. Pakistán puede golpear con mucha más precisión y volumen; eso no significa que pueda convertir esa superioridad en una victoria política limpia. La historia reciente de la región está llena de potencias militarmente muy fuertes que acabaron empantanadas en escenarios donde el mapa se controlaba de día y se evaporaba de noche. Aquí el peligro para Islamabad no es perder una guerra de tanques, sino entrar en una espiral larga, costosa y cada vez menos gobernable. Esa lectura es una inferencia razonable a partir del terreno, del historial del conflicto y de la asimetría que describen las propias fuentes disponibles.
Tampoco Afganistán sale bien parado en un pulso prolongado. El emirato talibán sigue cargando con aislamiento internacional, falta de reconocimiento formal y una economía muy golpeada. Un conflicto sostenido con Pakistán puede cerrar pasos clave, endurecer controles, entorpecer el comercio y complicar todavía más el movimiento de personas y mercancías. Y hay un punto especialmente sensible: Pakistán ya venía expulsando a afganos y endureciendo su política migratoria, lo que añade otra capa de tensión humana a una relación ya muy frágil. Cuando a ese cuadro se le suma la guerra de artillería y aviación, la factura no tarda en trasladarse de los despachos a las casas, a los mercados y a las carreteras.
La diplomacia corre detrás de los bombardeos
La reacción exterior da una medida bastante exacta de la preocupación. Qatar, Arabia Saudí, Rusia, China, la Unión Europea y Naciones Unidas han pedido contención y se han mostrado dispuestos a facilitar una mediación. Antonio Guterres, a través de su portavoz, expresó su profunda preocupación por la escalada y por sus efectos sobre la población civil. Incluso Irán, que comparte frontera con ambos países, había ofrecido ayuda para facilitar el diálogo antes de quedar a su vez sacudido por la otra gran tensión regional de estos días, los ataques de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní. El tablero, por tanto, no está aislado: esta crisis estalla en un vecindario ya saturado de nervios.
Hay un matiz importante en la posición internacional. Mientras varios actores piden un alto el fuego o, al menos, una desescalada inmediata, Estados Unidos ha expresado apoyo al derecho de Pakistán a defenderse. Esa frase, que en otros contextos podría parecer rutinaria, aquí pesa bastante. Islamabad la interpreta como una legitimación política de su tesis central: que el problema es el santuario del TTP en Afganistán y que, ante la pasividad talibán, la acción militar propia está justificada. Kabul, naturalmente, lo ve justo al revés: como una cobertura externa para una violación de soberanía. Esa diferencia de encuadre complica cualquier mediación porque el desacuerdo no es solo militar; es de legitimidad básica.
Qatar vuelve a aparecer porque ya fue un actor útil en octubre, cuando logró facilitar un alto el fuego tras los combates de entonces. Pero la mediación de 2025 y las rondas posteriores en Turquía no consiguieron construir una solución duradera, solo aplazaron la siguiente crisis. Ese precedente importa. Quiere decir que incluso si en las próximas horas o días se alcanza una pausa, el problema de fondo seguirá ahí: Pakistán seguirá exigiendo que los talibanes afganos corten de raíz el espacio del TTP; los talibanes seguirán negándolo y resistiéndose a actuar bajo presión paquistaní; y la línea Durand seguirá funcionando como una herida abierta donde cualquier incidente puede mutar en choque armado.
Un conflicto que ya cambió de escala
A 1 de marzo de 2026, lo más prudente es evitar dos errores opuestos. El primero sería vender que ya existe una guerra total clásica, con frentes definidos y objetivos de invasión sostenida. Eso, de momento, no está probado. El segundo, quizá peor, sería minimizar lo que está ocurriendo y seguir hablando de “choques fronterizos” como si Kabul no hubiera escuchado explosiones, como si Bagram no hubiera vuelto al centro del tablero, como si el ministro de Defensa paquistaní no hubiera pronunciado la expresión “guerra abierta” y como si la diplomacia internacional no se hubiese activado de forma urgente. La verdad está en medio, pero muy cerca de una constatación dura: el conflicto ya ha cambiado de escala.
Lo que viene ahora puede tomar dos caminos y ninguno resulta cómodo. El primero es una congelación inestable, una pausa sin acuerdo sólido, con menos bombardeos visibles pero con la tensión militar intacta y preparada para volver a estallar. El segundo es una escalada por acumulación, más ataques aéreos, más represalias fronterizas, más víctimas civiles y más presión interna sobre dos gobiernos que necesitan demostrar que no retroceden. Vista la secuencia de esta semana, vista la profundidad del conflicto con el TTP, vista la carga simbólica de Kabul, Kandahar y Bagram, y vista la fractura histórica de la línea Durand, ya no parece sensato tratar este episodio como un simple sobresalto. Pakistán y Afganistán han entrado en una fase nueva, mucho más peligrosa, y de su duración dependerá buena parte de la estabilidad de toda la región.
La entrada ¿Guerra abierta? Pakistán bombardea Kabul y Kandahar se publicó primero en Don Porqué – El porqué detrás de cada noticia.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/guerra-abierta-pakistan-bombardea-kabul-y-kandahar/
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