
El mercado de bonos de EEUU ya reacciona al avance de la IA: caen los rendimientos, crece el miedo al paro y se enfría parte de la economía.
El mercado de bonos de Estados Unidos ha empezado a lanzar una señal incómoda, bastante más fría que el entusiasmo de las grandes tecnológicas y, quizá por eso mismo, más reveladora. En los últimos compases de febrero, cada nuevo sobresalto relacionado con la inteligencia artificial ha ido acompañado de compras de deuda pública a largo plazo, una dinámica que ha llevado al bono estadounidense a diez años a tocar mínimos de varios meses por debajo del 4,02%, mientras el treinta años bajaba también con claridad. La lectura ya no gira solo alrededor de una IA capaz de elevar la productividad. Lo que empieza a cotizarse es algo más áspero: que esa misma tecnología pueda triturar puestos de trabajo, desordenar sectores enteros y enfriar parte de la economía antes de que aparezcan los supuestos beneficios generales de la revolución digital.
Eso explica por qué la deuda se está comportando de una manera que, hace solo unas semanas, habría sonado contraintuitiva. Si el relato dominante durante 2025 y comienzos de 2026 consistía en celebrar una carrera frenética entre OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, xAI o DeepSeek, ahora la conversación se ha torcido. Los inversores siguen viendo potencial en la IA, sí, pero al mismo tiempo empiezan a protegerse frente a un escenario en el que la tecnología funciona demasiado bien en tareas que hasta ahora sostenían miles de negocios y millones de empleos, sobre todo en oficinas, servicios y trabajo cualificado de entrada. Ahí está el cambio de tono. No se teme tanto el fracaso del invento como su eficacia brutal.
La señal que llega desde la deuda
El mercado de bonos rara vez se mueve por capricho. Cuando los rendimientos bajan con fuerza, la señal suele mezclar varias cosas: búsqueda de refugio, expectativas de inflación más contenida, previsión de tipos más bajos y, en ocasiones, la sospecha de que el crecimiento que viene por delante no será tan lustroso como parece en los titulares. Eso es exactamente lo que ocurrió a partir de mediados de febrero. Reuters explicó el día 18 que la caída generalizada de las rentabilidades a lo largo de la curva podía interpretarse como una apuesta por una explosión de productividad ligada a la IA, lo bastante potente como para reforzar la idea de más recortes de tipos. Pero esa explicación se ha ido quedando corta. Porque, conforme avanzaron los días, la misma caída de rendimientos empezó a convivir con un segundo miedo, bastante menos amable: el de una economía con más eficiencia y menos necesidad de trabajadores.
Ese matiz importa mucho. Una mejora de productividad, por sí sola, suele sonar a buena noticia. Más producción con menos costes, márgenes mejores, inflación más dócil. El problema llega cuando esa ganancia no se reparte de manera gradual, sino a martillazos. Si una empresa puede hacer lo mismo con la mitad de analistas, menos personal de soporte, menos administrativos, menos programadores junior o equipos creativos mucho más pequeños, la productividad sube, sí, pero el ingreso de miles de hogares puede caer al mismo tiempo. En el agregado macroeconómico, el resultado es una mezcla rara: compañías más ágiles, beneficios potencialmente más altos en algunos segmentos y, en paralelo, más paro estructural, menor capacidad de consumo en determinadas capas de la población y dudas serias sobre cuánto podrá absorber el resto del sistema. El bono, que mira a varios trimestres vista y no al aplauso del momento, está oliendo justo eso. (Reuters)
Ya no preocupa que la IA falle, sino que acierte demasiado
El viraje del debate se ve con nitidez en las cifras que han ido apareciendo esta última semana. Reuters recogió el 25 de febrero que los economistas de Goldman Sachs estiman que la IA fue responsable de entre 5.000 y 10.000 pérdidas netas mensuales de empleo el año pasado en los sectores estadounidenses más expuestos a la automatización. No es una hecatombe total, ni mucho menos, pero sí es una cifra suficiente para que el mercado empiece a tomarse en serio que el fenómeno no se limita a presentaciones espectaculares, modelos cada vez más rápidos y promesas de futuro. Además, la firma Challenger, Gray & Christmas vinculó la IA al 7% de los despidos planificados en enero en Estados Unidos. En lenguaje bursátil, eso ya no es humo. Eso son recortes reales, presupuestos reales y compañías reales reordenando plantilla.
Los ejemplos no salen de un único sector, y ahí está una de las claves del miedo. Amazon confirmó 16.000 recortes corporativos dentro de una remodelación guiada por eficiencia e IA. Autodesk anunció en enero unos 1.000 despidos, alrededor del 7% de su plantilla global, para redirigir gasto hacia su plataforma en la nube y proyectos de inteligencia artificial. Dow comunicó el recorte de 4.500 empleos, el 13% de su fuerza laboral, mientras reorganiza procesos con automatización e IA. Pinterest va a eliminar hasta el 15% de su plantilla para reorientar recursos a puestos y estrategia centrados en esta tecnología. SEB, el grupo francés, anticipó que su reestructuración puede afectar hasta a 2.100 empleos en el mundo de aquí a 2027. WiseTech prepara unos 2.000 despidos, cerca de un tercio de su plantilla, al integrar IA en software y operaciones internas. No es un episodio aislado en Silicon Valley. Es una onda que ya atraviesa tecnología, industria, consumo, seguros, química, telecomunicaciones y servicios.
Hay un caso especialmente expresivo porque une el castigo social y el premio del mercado en una sola escena. Block, la compañía de Jack Dorsey, anunció a finales de febrero un recorte cercano a la mitad de su plantilla como parte de una estrategia de integración intensiva de IA. Lo significativo no fue solo el ajuste, sino la reacción bursátil: las acciones subieron con fuerza y la empresa pasó a proyectar una mejora notable de margen operativo. El mensaje implícito fue casi brutal en su claridad: la bolsa celebró que una compañía necesitara menos trabajadores para ganar más dinero. Esa lógica, que en términos de cuenta de resultados puede parecer impecable, es la que inquieta al mercado de deuda cuando intenta proyectar qué pasará con los salarios, la demanda interna y la estabilidad del empleo si el mismo patrón se multiplica en muchas firmas a la vez.
El daño potencial está entrando por el trabajo de oficina
Durante años se creyó que la automatización golpearía sobre todo tareas rutinarias, físicas o de back office muy mecánico. La novedad de 2026 es que la IA generativa y los modelos avanzados han empezado a penetrar justo en el terreno que se consideraba relativamente protegido: código, análisis, atención remota, tramitación documental, marketing operativo, diseño de procesos, soporte jurídico estándar, producción de contenidos y muchas funciones intermedias del mundo corporativo. No siempre destruyen el puesto completo, pero sí reducen las horas necesarias, encogen equipos y, sobre todo, debilitan el escalón de entrada. Ese detalle preocupa mucho a los bancos centrales porque, cuando se atasca el empleo de inicio, no solo se frena la contratación del presente: también se resiente la formación del trabajador futuro.
Eso ayuda a entender por qué la inquietud se ha colado ya en la propia Reserva Federal. La gobernadora Lisa Cook avisó el 24 de febrero de que la IA está provocando una transformación generacional del mercado laboral y puede desembocar en un aumento del desempleo que el banco central no podría compensar con el recetario habitual de bajar tipos. La razón es bastante simple, aunque suene dura: si el problema es estructural y no meramente cíclico, abaratar el dinero no resuelve la raíz del daño. Puede incluso complicarlo, porque recortar demasiado para luchar contra un paro de origen tecnológico podría terminar alimentando la inflación o enviando señales equivocadas sobre la verdadera salud de la economía. Cook no hablaba de un temor abstracto, sino de un cambio de fondo en cómo trabajan las empresas y en cuántas personas creen que necesitan.
La Fed ya discute si el paro “normal” puede subir
El mismo 24 de febrero, Raphael Bostic, presidente saliente de la Reserva Federal de Atlanta, fue todavía más lejos. En una entrevista advirtió de que Estados Unidos puede estar entrando en un periodo de desempleo estructuralmente más alto porque las empresas, gracias a la IA, podrían necesitar menos mano de obra que antes. Bostic ligó el problema a la llamada tasa natural de desempleo, la referencia de paro compatible con la estabilidad de precios. La mediana de la Fed la sitúa en el 4,2%, y la tasa de desempleo de enero estaba en el 4,3%. Si la productividad mejora, pero la demanda de trabajadores cae de manera persistente, ese equilibrio cambia. Y si cambia, los mismos números que antes parecían benignos podrían empezar a significar otra cosa.
Bostic introdujo, además, una idea que resume muy bien el desconcierto actual. Para el banco central, bajar tipos cuando el paro sube por debilidad económica es una respuesta conocida. Pero si el paro sube porque una tecnología nueva reduce la necesidad de contratar, la política monetaria tiene menos margen. Ahí entran otras herramientas: recualificación, gasto público, redes de protección, incentivos a la transición laboral. No son tareas típicas de la Fed. Son tareas de política fiscal y de organización del mercado de trabajo. Esa es una de las razones por las que el mercado de bonos está prestando tanta atención a la cuestión: si los bancos centrales no pueden amortiguar el golpe con facilidad, el riesgo para el crecimiento se vuelve más persistente y más difícil de gestionar.
En ese contexto aparece también el nombre de Kevin Warsh, designado para tomar el relevo en la presidencia de la Fed en mayo según la hipótesis que maneja parte del mercado. Warsh ha defendido que una gran ola de productividad asociada a la IA sería estructuralmente desinflacionaria, una visión que encaja con la primera lectura del rally de los bonos: más eficiencia, menos presión de precios, más espacio para bajar tipos. Pero el contraste con Bostic y Cook es evidente. Unos ven productividad compatible con alivio monetario. Otros temen que esa misma productividad venga acompañada de menos empleo, más desigualdad sectorial y una economía que ya no responda igual a las palancas de siempre. El mercado de deuda lleva semanas intentando poner precio a esa contradicción.
El 6 de marzo puede ser otra prueba de fuego
Por eso el informe oficial de empleo de Estados Unidos previsto para el 6 de marzo ha ganado tanta importancia. El consenso recogido por Reuters apunta a una creación de 60.000 puestos en febrero, muy por debajo del sorprendente dato de 130.000 registrado en enero, con una tasa de paro esperada en el 4,3%. Si ese enfriamiento se confirma y coincide con más anuncios corporativos de ahorro de plantilla apoyado en IA, la tesis defensiva del bono podría reforzarse todavía más. Si, en cambio, el empleo aguanta y la economía demuestra que puede digerir esta ola tecnológica sin grandes daños inmediatos, parte del miedo reciente puede aflojar. Lo relevante es que el dato laboral ya no se interpretará solo como un termómetro de actividad, sino también como una pista sobre sustitución tecnológica.
No todo apunta a una carnicería laboral inmediata
Sería un error, eso sí, convertir la alarma del bono en una sentencia cerrada. Hay datos recientes que complican el relato catastrofista y obligan a afinar mucho más. Un trabajo del Banco de Pagos Internacionales con más de 12.000 empresas no financieras de la Unión Europea y Estados Unidos concluye que la adopción de IA aumenta la productividad laboral un 4% en el corto plazo y que ese efecto se explica sobre todo por más capital, más software, más datos y más inversión complementaria, no por destrucción de empleo a nivel de empresa. El estudio tampoco detecta una caída del empleo agregado en el corto plazo en las firmas que adoptan IA, y sí observa salarios más altos en esos entornos. Es decir, la historia no es una línea recta hacia el despido masivo. Al menos de momento, la realidad es más desigual y más fragmentada.
Ese matiz europeo resulta especialmente interesante porque introduce una diferencia crucial entre adopción tecnológica y capacidad para capturar sus beneficios. Las compañías medianas y grandes sacan más partido. Las que acompañan la IA con inversión en software, datos y formación también. Las pequeñas y las menos preparadas, en cambio, corren el riesgo de quedarse rezagadas. Así que el problema macro no tiene por qué traducirse de inmediato en una avalancha uniforme de despidos, pero sí puede expresarse como una brecha creciente entre empresas y sectores. Algunas ganarán tamaño, eficiencia y margen. Otras perderán negocio, personal y valor. Eso también ayuda a entender la reacción del mercado de bonos: incluso si el saldo global de empleo no se hunde de golpe, la transición puede enfriar segmentos enteros del tejido económico durante bastante tiempo.
La otra fuerza que tira en sentido contrario
El rompecabezas se complica todavía más porque la IA no solo empuja a los inversores a comprar deuda por temor a un frenazo social o laboral. También está generando una necesidad gigantesca de financiación a largo plazo para levantar centros de datos, infraestructura eléctrica, redes, refrigeración y capacidad de cómputo. Un análisis de la Reserva Federal de Dallas publicado el 10 de febrero calcula que la emisión de deuda con grado de inversión ligada a inversiones en IA podría rondar los 300.000 millones de dólares en 2026, equivalentes a unos 360.000 millones en duración similar a un bono a diez años. En términos de mercado, eso significa una oferta enorme de papel largo. Y cuando aumenta mucho la oferta de deuda, las rentabilidades tienden, en principio, a presionarse al alza.
Dicho de otra forma, la IA está empujando en dos direcciones opuestas a la vez. Por un lado, puede ser desinflacionaria y defensiva si reduce costes, contiene salarios y enfría la contratación. Por otro, puede ser inflacionaria en activos y tipos reales si obliga a movilizar cantidades colosales de inversión en infraestructura. El análisis de Dallas señala, además, que esa financiación no llega solo vía bonos corporativos; también puede trasladarse al mercado mediante swaps y otros mecanismos que añaden duración sintética. Todo eso debería tender a elevar rendimientos o, como mínimo, a impedir que caigan demasiado. El hecho de que, aun con esa perspectiva, el mercado haya comprado bonos con tanta intensidad en tramos recientes sugiere que el miedo a la disrupción económica pesa hoy más que la alegría por el boom inversor.
Y hay un ángulo adicional que no conviene perder de vista. La inversión masiva en IA está sosteniendo exportaciones, cadenas industriales y demanda de componentes a escala global. La propia Reserva Federal ha señalado en febrero que el auge de la infraestructura de IA ya estaba impulsando el comercio internacional desde comienzos de 2025. Eso significa que la tecnología, al mismo tiempo que amenaza ciertas capas del empleo de servicios, también está sosteniendo producción, logística, energía y fabricación avanzada en otros tramos de la economía. El mercado, otra vez, no está viendo un relato limpio. Está viendo un mundo partido, con ganadores muy fuertes y perdedores potencialmente numerosos.
Wall Street ya busca ganadores y víctimas
La tensión se ha reflejado también en la bolsa. Reuters explicó el 27 de febrero que sectores como software, gestión patrimonial o servicios inmobiliarios han sufrido por las dudas sobre qué negocios saldrán reforzados y cuáles quedarán tocados por la IA. La caída de Nvidia tras unos resultados muy vigilados no calmó los nervios, en parte porque sigue sobrevolando una pregunta sencilla y tremenda: si los grandes clientes están gastando fortunas en centros de datos, chips y capacidad de procesamiento, ¿van a obtener realmente un retorno que justifique semejante desembolso? Mientras esa incógnita siga abierta, las acciones pueden castigar a los supuestos damnificados y, al mismo tiempo, premiar a las empresas que demuestren que pueden aumentar márgenes recortando estructura.
Esa búsqueda de ganadores y víctimas explica la extraña convivencia de señales. Los índices generales resisten a ratos porque industriales y consumo defensivo sostienen parte del mercado, pero la tecnología aplicada al trabajo de oficina, el software y algunos modelos de negocio intermediarios viven bajo una lupa cada vez más incómoda. Kristina Hooper, estratega de Man Group, resumió bien el clima cuando planteó que el mercado sigue atrapado en un vaivén constante entre quienes van a usar la IA para ganar productividad y quienes corren el riesgo de ser reemplazados por ella. Esa indefinición, lejos de suavizar la tensión, la multiplica. Cuando nadie sabe del todo dónde está el siguiente herido, el dinero se vuelve más defensivo, más selectivo y más rápido para esconderse en deuda soberana.
Cuando la eficiencia deja de parecer una buena noticia
Lo más llamativo de este episodio es que obliga a revisar una intuición muy asentada: la idea de que más eficiencia siempre equivale a mejor economía. En la práctica no funciona así. Si la eficiencia llega de manera gradual, con inversión complementaria, formación, recolocación y tiempo para absorber el cambio, puede traducirse en más producción, mejores salarios y empresas más sólidas. Pero si aparece de golpe en demasiadas tareas, si bloquea la entrada de nuevos trabajadores, si vacía servicios enteros o si concentra casi toda la ganancia en unas pocas compañías con músculo tecnológico, el resultado puede ser mucho más áspero. Crece la productividad en los balances, pero se enfría el empleo en los márgenes. Aumentan los beneficios en un lado y se debilita la demanda en otro. El bono está reaccionando precisamente ante esa fricción.
Por eso la señal del mercado de deuda no encaja ni con el pánico fácil ni con la euforia ingenua. Lo que está diciendo es algo bastante más concreto: la IA ya ha dejado de ser solo una historia de innovación y ha pasado a ser una historia de tipos de interés, empleo, salarios, inversión y estabilidad macroeconómica. En febrero de 2026 esa transición se volvió visible de verdad. Lisa Cook advirtió del riesgo de un paro que la Fed no podría domar con facilidad. Raphael Bostic habló de un mercado laboral que quizá necesite menos gente de manera permanente. Goldman Sachs puso cifras a las pérdidas mensuales de empleo en sectores expuestos. Challenger vio la IA detrás de una parte relevante de los despidos planificados. Dallas Fed calculó la montaña de deuda necesaria para financiar el nuevo hormigón digital. Y el bono, silencioso, hizo lo suyo: bajar rentabilidades como quien empieza a descontar que la fiesta tecnológica puede traer una factura más complicada de lo que parecía hace apenas un trimestre.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/bonos-temen-una-ia-que-borre-empleos/
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