
En Estados Unidos, el filete, la hamburguesa o las alitas de pollo tienen un coste climático que va mucho más allá de la caja del supermercado. Un nuevo estudio publicado en la revista Nature Climate Change calcula que el consumo de carne en 3 531 ciudades estadounidenses genera cada año unas 329 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Es un volumen similar a todas las emisiones por combustibles fósiles usados en los hogares del país y superior a las emisiones anuales de países completos como Reino Unido o Italia.
Para hacerse una idea de la escala, las ciudades de EE UU consumen más de 11 millones de toneladas de carne al año. De esa cantidad, unos 4,6 millones corresponden a pollo, 3,7 millones a carne de vacuno y 2,7 millones a cerdo. El pollo es lo que más se come, pero no es lo que más calienta el planeta. El gran problema es la ternera.
Un mapa detallado de la huella climática de la carne
El trabajo, liderado por el investigador Benjamin P. Goldstein, no se queda en promedios nacionales. Los autores han reconstruido, casi con precisión de bisturí, las cadenas de suministro de carne que alimentan a cada ciudad. A esa huella de gases de efecto invernadero la bautizan como “carbon hoofprint”, la huella de carbono por pezuña.
La conclusión central es sencilla, pero incómoda. La carne que se come en las ciudades se produce, casi siempre, en zonas rurales muy alejadas y con prácticas muy distintas. Eso significa que lo que un consumidor urbano decide poner en el plato tiene consecuencias climáticas repartidas por cientos de condados agrícolas.
El caso de Los Ángeles es un buen ejemplo. Según el estudio, buena parte de la carne de vacuno que llega a la ciudad pasa por mataderos en solo diez condados. Sin embargo, esos centros dependen de ganado criado en 469 condados distintos y de piensos cultivados en 828 condados. Una red inmensa que recorre miles de kilómetros antes de terminar en la nevera de cualquier hogar angelino.
“Hay que entender que no existe un único número de emisiones para toda la carne que comemos”, resume Rylie Pelton, coautora del trabajo. Cada combinación de ciudad, ganadería y tipo de pienso genera un resultado distinto.
No toda la carne contamina igual
El estudio confirma algo que los científicos llevan años señalando. La carne de vacuno concentra la mayor parte del problema climático de este sector. Requiere más superficie, más agua, más alimento y genera mucho metano, un gas de efecto invernadero especialmente potente en las primeras décadas tras su emisión.
En cambio, el pollo, aun siendo la proteína animal más consumida en estas ciudades, tiene una intensidad climática menor por kilo producido. El cerdo se queda en un término medio. Aun así, los autores insisten en que el tipo de animal no lo explica todo. La región de origen, el manejo del ganado, el uso de fertilizantes en los cultivos de pienso o incluso el tipo de electricidad que alimenta los mataderos pueden disparar o reducir la huella de carbono por kilo de carne.
En la práctica, esto significa que dos personas que comen cantidades similares de carne pueden tener huellas climáticas muy diferentes solo por vivir en ciudades con “meatsheds” distintos, es decir, con cuencas de abastecimiento de carne que tiran de territorios y sistemas productivos muy dispares.
¿Se puede reducir a la mitad sin dejar de comer carne?
La parte más llamativa del estudio no está solo en el diagnóstico. Está en las soluciones. El equipo ha simulado varios escenarios posibles. Uno de ellos propone sustituir la mitad de la carne de vacuno que se consume por pollo. Otro plantea combinar esa sustitución con una reducción fuerte del desperdicio de carne en comercios y hogares.
El resultado conjunto es que las emisiones asociadas a la carne consumida en las ciudades de EE UU podrían caer hasta un 51 por ciento sin necesidad de eliminar la carne del menú, solo ajustando qué tipo de carne se consume y tirando menos comida a la basura.
Para el lector de a pie, esto se traduce en decisiones bastante concretas. Elegir más pollo y menos ternera en la lista de la compra, revisar la nevera antes de volver al supermercado, congelar sobrantes en lugar de olvidarlos en el fondo del cajón. Pequeños gestos que, sumados, evitan producir carne que nunca se llega a comer, pero sí deja su rastro de CO₂.
Goldstein resume el mensaje de fondo con una idea clara. Reducir el impacto climático de la carne no pasa solo por comer menos, sino por saber de dónde viene y cómo se ha producido. Y ahí las ciudades tienen un papel clave, porque concentran la demanda y pueden orientar compras públicas, menús escolares u hospitalarios hacia productos con menor huella climática.
Las ciudades, el clima y lo que hay en el plato
La mayoría de planes climáticos urbanos se han centrado hasta ahora en edificios, transporte, residuos o energía. Este estudio recuerda que la sostenibilidad de una ciudad también se juega en algo tan cotidiano como el menú del día o el bocadillo de media mañana. En algunas urbes con climas suaves y redes eléctricas relativamente limpias, la huella de la carne puede acercarse o incluso superar a la de la energía que se consume en casa.
La pregunta incómoda queda planteada. Cuando hablamos de ciudades sostenibles, ¿solo pensamos en coches eléctricos, placas solares y carriles bici, o también en el origen de la carne que llega a nuestros platos?
El estudio científico “The carbon hoofprint of cities is shaped by geography and production in the livestock supply chain” ha sido publicado en la revista Nature Climate Change.
ECOticias.com El periódico verde
Fuente de esta noticia: https://www.ecoticias.com/eco-america/nuevo-estudio-confirma-que-el-consumo-de-carne-genera-329-millones-de-toneladas-de-co%E2%82%82-al-ano-en-ee-uu
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