
En los últimos cinco años, Ecuador ha atravesado una transformación profunda y acelerada de su panorama de seguridad interna, pasando de ser considerado un país con índices de violencia relativamente bajos en el contexto regional a convertirse en uno de los epicentros más preocupantes del crimen organizado y del sicariato en América Latina. La prensa ecuatoriana —particularmente diarios de alcance nacional y regional— ha documentado de manera sistemática un crecimiento sostenido de los homicidios intencionales, muchos de ellos con características propias del sicariato: ejecuciones selectivas, uso de motocicletas, armas de fuego de corto calibre y ataques en espacios públicos, a plena luz del día.
Este fenómeno no surge de manera espontánea ni puede atribuirse a una sola causa o a un solo gobierno, sino que se inscribe en una combinación de factores estructurales que incluyen la expansión de redes del narcotráfico internacional, la debilidad del sistema penitenciario, la corrupción institucional, la precarización social posterior a la pandemia y la limitada capacidad del Estado para sostener políticas públicas de seguridad de largo plazo. Los diarios han insistido en que la violencia no solo se ha incrementado en términos cuantitativos, sino que también se ha diversificado territorialmente, alcanzando ciudades costeras, puertos estratégicos, cantones turísticos y zonas tradicionalmente alejadas de los grandes focos del crimen.

Este cambio ha tenido un impacto directo en la percepción ciudadana de inseguridad, que se refleja tanto en encuestas como en la narrativa cotidiana de los medios: el miedo se ha normalizado, y la idea de que “nadie está a salvo” se ha instalado como un lugar común del discurso público. En este contexto, el sicariato se convierte no solo en una modalidad delictiva, sino en un síntoma de un Estado que llega tarde o no llega, y de instituciones que parecen incapaces de prevenir, investigar y sancionar de manera efectiva. La prensa, al recoger estos hechos, cumple un doble rol: informar y, al mismo tiempo, interpelar al poder político sobre su responsabilidad frente a una crisis que, lejos de ser coyuntural, se ha vuelto estructural.
El análisis de la cobertura periodística entre 2019 y 2024 muestra que el incremento de la violencia coincide con una etapa de alta inestabilidad política y económica, marcada por transiciones presidenciales, protestas sociales y una creciente desconfianza hacia las instituciones del Estado.
Durante la administración de Guillermo Lasso, los diarios registraron un aumento particularmente pronunciado de los homicidios, así como una serie de masacres carcelarias que expusieron de forma cruda la pérdida de control estatal sobre los centros penitenciarios. Estas masacres, ampliamente cubiertas por la prensa, no solo evidenciaron la presencia de bandas criminales organizadas al interior de las cárceles, sino también su capacidad de operar con ramificaciones en el exterior, ordenando asesinatos y ajustes de cuentas en las calles.
Los medios insistieron en que la respuesta gubernamental fue mayoritariamente reactiva, basada en estados de excepción, militarización y discursos de “mano dura”, sin que se observara una estrategia integral que abordara las causas profundas del problema. A ello se sumó la percepción de una Fiscalía sobrecargada, una Policía con limitaciones logísticas y humanas, y un sistema judicial lento, factores que contribuyen a la impunidad. En numerosos reportajes se repite una constante: tras el impacto inicial de un crimen violento, la información sobre avances investigativos se diluye o desaparece, dejando a las víctimas y a la ciudadanía con la sensación de que los casos quedan inconclusos.

Esta percepción no necesariamente implica que no existan investigaciones en curso, pero sí revela una brecha comunicacional y de resultados entre el Estado y la sociedad. La prensa, al señalar esta discontinuidad, construye un relato de abandono que cala hondo en la opinión pública y refuerza la idea de que la violencia es un fenómeno fuera de control. En este sentido, la etapa previa al actual gobierno sienta las bases de una crisis heredada, cuya resolución exige más que medidas de emergencia y requiere una reforma profunda del aparato de seguridad y justicia.
Uno de los aspectos más reiterados en la cobertura mediática es la aparente ausencia de políticas públicas de seguridad sostenidas en el tiempo, capaces de articular prevención social, inteligencia criminal, control territorial y fortalecimiento institucional. Los diarios ecuatorianos han señalado que, históricamente, las estrategias de seguridad han tendido a cambiar con cada gobierno, respondiendo más a urgencias políticas inmediatas que a diagnósticos técnicos de largo plazo.
Esta discontinuidad ha debilitado la capacidad del Estado para anticiparse a la expansión del crimen organizado, que opera con una lógica estratégica y transnacional. El sicariato, en particular, es presentado por la prensa como un “servicio” dentro de economías criminales más amplias, donde la muerte se convierte en una herramienta para disciplinar, intimidar o eliminar rivales. Frente a ello, la respuesta estatal aparece fragmentada: operativos policiales puntuales, capturas de ejecutores materiales, pero pocas veces desarticulación de las estructuras financieras y logísticas que sostienen estos crímenes. Los medios también han enfatizado la falta de inversión en prevención, especialmente en territorios vulnerables donde la presencia del Estado es débil y donde jóvenes sin oportunidades se convierten en blanco fácil para el reclutamiento criminal.
En este marco, la violencia no se explica solo como un problema de seguridad, sino como un reflejo de desigualdades estructurales no resueltas. La prensa, al dar voz a expertos, académicos y organizaciones sociales, ha insistido en que sin educación, empleo, rehabilitación penitenciaria y políticas sociales robustas, cualquier estrategia represiva será insuficiente. Sin embargo, estas advertencias parecen chocar con una lógica política que privilegia soluciones rápidas y visibles, aun cuando su efectividad sea limitada. Esta tensión entre lo urgente y lo importante atraviesa la narrativa mediática y condiciona la evaluación que la ciudadanía hace de sus gobernantes. La falta de políticas públicas coherentes, más que un eslogan, se convierte así en una categoría analítica recurrente en el discurso periodístico sobre la crisis de seguridad en Ecuador.

Los casos emblemáticos de violencia no resuelta ocupan un lugar central en la memoria colectiva y en la cobertura de los medios, funcionando como símbolos de la impunidad percibida. Entre ellos, los hechos ocurridos en el cantón General Villamil Playas han sido mencionados reiteradamente como ejemplo de crímenes que conmocionaron a la opinión pública y cuya resolución no ha sido claramente comunicada. La prensa local y nacional ha reportado asesinatos múltiples, ataques armados en zonas urbanas y rurales, y ejecuciones vinculadas presuntamente a disputas entre bandas.
En muchos de estos casos, la información oficial inicial se limita a confirmar el número de víctimas y a anunciar investigaciones en curso, pero con el paso del tiempo no se conocen detenciones relevantes ni sentencias judiciales. Este silencio alimenta especulaciones, rumores y teorías sobre la capacidad real del Estado para enfrentar a organizaciones criminales que parecen operar con un alto grado de impunidad. Los diarios recogen testimonios de familiares de víctimas que denuncian abandono, miedo y desconfianza hacia las autoridades, así como la sensación de que denunciar puede implicar riesgos adicionales. En este contexto, surge la pregunta —recurrente en columnas de opinión y reportajes— de si la Policía y otros operadores de justicia están siendo intimidados, infiltrados o simplemente desbordados.
Aunque estas afirmaciones no siempre cuentan con pruebas concluyentes, su persistencia en el discurso mediático revela una crisis de credibilidad institucional. La violencia, entonces, no solo mata cuerpos, sino que erosiona la confianza social, un elemento indispensable para cualquier política de seguridad efectiva. General Villamil Playas y otros escenarios similares se convierten así en referencias obligadas para entender cómo la violencia local se integra en un problema nacional de gobernabilidad y Estado de derecho.
La llegada de Daniel Noboa al poder se produce en este escenario de alta conflictividad y expectativas contradictorias. Desde el inicio de su carrera política, la prensa ha destacado su perfil atípico: joven, con formación académica internacional y proveniente de una de las familias empresariales más poderosas del país, ligada a la figura de Álvaro Noboa.
Esta biografía ha sido utilizada tanto por sus defensores como por sus críticos. Mientras algunos medios resaltan su renovación generacional y su capacidad de comunicación, otros subrayan su limitada experiencia en gestión pública y en el manejo de crisis complejas como la de seguridad. En columnas de opinión y análisis políticos, aparece con frecuencia la idea de que su imagen mediática —cuidadosamente construida— contrasta con la crudeza de la realidad que enfrenta el país. Es importante señalar que muchas de las caracterizaciones más duras sobre su figura pertenecen al terreno de la opinión y no de los hechos verificables; sin embargo, su reiteración en el debate público las convierte en un elemento relevante para entender la percepción ciudadana.
Los diarios han recogido también el apoyo que recibe de sectores del electorado que valoran su estilo y su discurso de orden, así como las críticas de quienes consideran que sus respuestas han sido insuficientes o excesivamente militarizadas. La figura presidencial, en este contexto, se convierte en un espejo donde se proyectan frustraciones acumuladas durante años de inseguridad y violencia. Más que un juicio definitivo, la prensa presenta a Noboa como un presidente puesto a prueba por una crisis que lo precede, pero que definirá su legado político.
En términos de políticas de seguridad, el gobierno de Noboa ha continuado y profundizado el uso de estados de excepción y la participación de las Fuerzas Armadas en tareas de control interno, una estrategia que cuenta con respaldo social en contextos de miedo, pero que también genera interrogantes sobre su sostenibilidad y sus efectos a largo plazo.
Los diarios han informado sobre operativos masivos, despliegues militares y reformas legales orientadas a endurecer penas, al tiempo que han dado espacio a voces críticas que advierten sobre riesgos para los derechos humanos y la institucionalidad democrática. Esta dualidad se refleja en la cobertura: por un lado, titulares que celebran capturas o incautaciones; por otro, reportajes que señalan que el número de homicidios sigue siendo elevado y que el sicariato no ha desaparecido. La prensa especializada insiste en que la eficacia de una política de seguridad no puede medirse solo por acciones visibles, sino por resultados sostenidos y verificables en el tiempo.
En este sentido, el desafío para el actual gobierno es doble: demostrar capacidad operativa inmediata y construir una estrategia integral que trascienda la coyuntura. La comparación con gobiernos anteriores es inevitable y, a menudo, injusta en términos temporales, pero forma parte del juego político y mediático. Noboa gobierna bajo el escrutinio constante de una ciudadanía cansada de promesas incumplidas y de una prensa que, en su rol fiscalizador, exige respuestas claras. La percepción de inexperiencia, real o atribuida, se convierte así en un factor político que condiciona la recepción de sus medidas, independientemente de su contenido técnico.
Un elemento clave en el análisis periodístico es la relación entre violencia y sistema de justicia. Los diarios han documentado de manera reiterada la brecha entre detenciones iniciales y sentencias firmes, especialmente en casos de sicariato. La figura del “autor material” capturado contrasta con la ausencia de información sobre los autores intelectuales, lo que refuerza la idea de que las estructuras criminales permanecen intactas.
Esta situación se agrava por la sobrecarga de fiscales, la falta de protección efectiva a testigos y la lentitud procesal. La prensa ha señalado que, en algunos casos, los detenidos recuperan la libertad por errores procesales o falta de pruebas, lo que genera indignación social y cuestionamientos al sistema. En este contexto, la pregunta sobre si la Policía está amenazada no surge de la nada, sino de un cúmulo de indicios, rumores y denuncias indirectas que los medios recogen con cautela.
Aunque no siempre se puede afirmar de manera categórica que exista una amenaza generalizada, sí es evidente que los operadores de justicia trabajan en condiciones de alto riesgo. La falta de resultados visibles no necesariamente implica complicidad, pero sí evidencia limitaciones estructurales. La prensa, al exponer estas falencias, contribuye a un debate necesario, aunque también corre el riesgo de profundizar la desconfianza ciudadana si no se acompaña de información contextual y responsable.
Desde una perspectiva histórica, la crisis actual puede interpretarse como el resultado de decisiones acumuladas —y omisiones— a lo largo de varios gobiernos. La reducción de presupuestos en seguridad, la falta de reforma penitenciaria, la débil coordinación interinstitucional y la ausencia de políticas sociales robustas han creado un terreno fértil para el avance del crimen organizado. Los diarios, al revisar este proceso, suelen evitar asignar culpas exclusivas, pero sí señalan responsabilidades compartidas.
En este sentido, la administración de Lasso aparece como un punto de inflexión por la magnitud del deterioro, pero no como el origen del problema. La llegada de Noboa no borra esta historia, sino que la hereda. La prensa, consciente de ello, oscila entre la crítica y la expectativa, reflejando una sociedad que exige resultados, pero que también comprende la complejidad del desafío. La narrativa mediática, lejos de ser homogénea, muestra matices, contradicciones y debates internos que enriquecen el análisis. Esta pluralidad es fundamental para evitar simplificaciones y para entender que la violencia no se resuelve con discursos ni con imágenes, sino con políticas públicas consistentes y sostenidas.
El caso de General Villamil Playas y de otras “chacinas” no resueltas funciona como un recordatorio constante de las deudas pendientes del Estado. Cada aniversario, cada nuevo hecho violento, reactiva el recuerdo de crímenes pasados y la sensación de justicia inconclusa. Los diarios, al retomar estos casos, cumplen una función de memoria social que incomoda al poder, pero que resulta indispensable para una democracia.
La ausencia de respuestas claras alimenta el escepticismo y la resignación, dos enemigos silenciosos de la participación ciudadana. En este escenario, el liderazgo político se mide no solo por la capacidad de reaccionar ante la crisis, sino por la voluntad de rendir cuentas, explicar limitaciones y corregir errores. La figura presidencial, más allá de simpatías o antipatías, se convierte en el principal referente simbólico de esta lucha. Noboa, como antes Lasso y otros, enfrenta el desafío de demostrar que el Estado puede recuperar el control y la confianza perdida. La prensa, al documentar avances y retrocesos, se posiciona como un actor clave en este proceso, aunque no exento de tensiones y críticas.
En conclusión, la pesquisa en los diarios ecuatorianos de los últimos cinco años revela un panorama complejo, marcado por un aumento sostenido de la violencia y el sicariato, una percepción extendida de impunidad y una profunda desconfianza hacia las instituciones encargadas de garantizar la seguridad.
La falta de políticas públicas integrales y sostenidas aparece como un hilo conductor en la narrativa mediática, así como la idea de que los cambios de gobierno no han logrado revertir una tendencia que se ha vuelto estructural. La figura de Daniel Noboa emerge en este contexto como un presidente sometido a una prueba histórica, cargando con expectativas desmesuradas y críticas severas, muchas de ellas ancladas en percepciones sobre su experiencia y su origen social. Más allá de calificativos, lo que muestran los diarios es una sociedad que exige resultados concretos: saber quiénes son los responsables de los crímenes, por qué no han sido sancionados y qué se hará para evitar que la violencia siga normalizándose.
La respuesta a estas preguntas no es simple ni inmediata, pero su ausencia prolongada erosiona la legitimidad democrática. La prensa, al mantener el tema en la agenda, cumple un rol indispensable, recordando que detrás de cada cifra hay vidas truncadas y comunidades marcadas por el miedo.
En este escenario de violencia persistente y crisis institucional, resulta cada vez más evidente el agotamiento de un discurso político que, año tras año, recurre a la culpabilización permanente del pasado, señalando de manera casi automática a Rafael Correa como explicación única de todos los males que aquejan al país. Si bien es legítimo analizar responsabilidades históricas y evaluar decisiones de gobiernos anteriores, la reiteración de este recurso retórico se ha convertido en una coartada para la inacción presente. La inseguridad que hoy golpea a los ecuatorianos no es un fenómeno congelado en el tiempo, sino una realidad dinámica que se ha agravado bajo distintas administraciones, con distintos signos políticos, y que exige respuestas inmediatas, técnicas y sostenidas. Continuar apuntando el dedo hacia atrás puede servir para cohesionar discursos partidistas o evitar costos políticos, pero no devuelve la vida a las víctimas ni garantiza seguridad a las comunidades que hoy viven bajo amenaza constante. La ciudadanía, reflejada en la cobertura periodística y en el sentir social, demanda menos confrontación simbólica y más decisiones concretas: políticas públicas integrales, fortalecimiento real de la justicia, depuración institucional, control efectivo del territorio y una estrategia clara contra el crimen organizado. La paz no se construye desde la negación ni desde la polarización permanente, sino desde la asunción de responsabilidades en el presente. Ecuador necesita que sus líderes dejen de administrar culpas y comiencen a administrar soluciones, porque cada día perdido en disputas discursivas es un día más ganado por la violencia. Es hora de detener el señalamiento estéril, romper con la lógica del enemigo permanente y asumir, sin excusas, el compromiso histórico de devolver la paz, la seguridad y la dignidad a los ecuatorianos.
¿Donde Están LOS ASESINOS?
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es un periodista brasileño, originario de Goiás, reconocido por su trabajo en la cobertura de temas internacionales y por su liderazgo en la organización Prensa Mercosur.
Prensa Mercosur: Se desempeña como presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur, un medio centrado en noticias sobre integración regional, geopolítica y derechos humanos en América Latina.
Geopolítica: A menudo comenta y analiza las relaciones diplomáticas entre el Mercosur y grandes potencias como China.
Repatriación (2016): Alcanzó notoriedad en 2016 cuando fue repatriado de Ecuador a Brasil en una misión de la Fuerza Aérea Brasileña (FAB), acompañado de su familia, tras situaciones de emergencia en el país andino.
Presencia Internacional: Mantiene una fuerte conexión con Paraguay y Ecuador, participando en eventos académicos y diplomáticos, como visitas a la UNILA (Universidad Federal de la Integración Latinoamericana) para fomentar programas de intercambio.
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