
Columnista Invitado: Periodista , German Rojas – @germanrojasm8
Legalidad, poder y memoria histórica: ecos del pasado en el siglo XXI
En pleno siglo XXI, ningún gobierno puede actuar en la oscuridad absoluta. La hiperconectividad, la vigilancia internacional, los organismos multilaterales y la presión mediática global hacen inviable la reproducción literal de los modelos totalitarios del siglo XX.
Sin embargo, la historia no se repite en forma idéntica: se transforma.
El régimen de Adolf Hitler no comenzó con cámaras de gas. Comenzó con decretos, estados de excepción, reformas legales y discursos de orden.
El segundo mandato de Donald Trump ocurre dentro de una democracia consolidada, con separación de poderes y escrutinio global permanente. Pero eso no impide analizar patrones.
- La legalidad como blindaje
En la Alemania nazi, muchas decisiones represivas fueron formalmente “legales” tras la aprobación de la Ley Habilitante de 1933. El aparato estatal se transformó desde dentro, utilizando herramientas jurídicas para concentrar poder.
Hoy, en Estados Unidos, las políticas migratorias más estrictas, órdenes ejecutivas y decisiones de seguridad nacional se sustentan en marcos jurídicos vigentes y son objeto de litigio constante en tribunales federales.
La diferencia estructural es clara:
En el Tercer Reich, la legalidad fue modificada para eliminar contrapesos.
En EE. UU., los contrapesos institucionales siguen operando.
Pero el debate no se limita a la legalidad formal. La pregunta es qué narrativa política impulsa la expansión del poder ejecutivo y cómo esa narrativa moldea la percepción pública del “orden” y la “amenaza”.
- El enemigo interno como motor político
El nazismo construyó una narrativa donde el enemigo no solo era externo, sino interno: judíos, comunistas, opositores políticos.
En el discurso contemporáneo del trumpismo, críticos identifican una narrativa en la que:
Migrantes irregulares son presentados como amenaza estructural.
Medios críticos son catalogados como adversarios del pueblo.
Sectores políticos opositores son descritos como fuerzas destructivas.
No existe una política de persecución racial sistemática comparable al antisemitismo nazi. Pero sí existe una estrategia política que moviliza emocionalmente a través de la identificación de un “otro” que pone en riesgo la identidad nacional.
La similitud no está en la escala, sino en el recurso discursivo.
- Detención, control y mensaje disuasivo
La Gestapo fue instrumento de terror político y operó sin control judicial real.
U.S. Immigration and Customs Enforcement es una agencia federal con funciones migratorias que actúa bajo supervisión judicial y legislativa.
Compararlas estructuralmente sería históricamente impreciso. Sin embargo, en el plano simbólico, algunos analistas sostienen que las redadas masivas y detenciones públicas cumplen una función política adicional: enviar un mensaje de autoridad, firmeza y disuasión colectiva.
En el siglo XXI, el poder no necesita actuar en secreto absoluto; puede ejercer presión bajo la luz pública, dentro del marco legal, pero generando impacto político similar en términos de percepción de control.
- Nacionalismo y promesa de restauración
El discurso nazi giraba en torno a la restauración de la grandeza alemana tras la humillación de la Primera Guerra Mundial.
El lema “Make America Great Again” también parte de una narrativa de declive y recuperación.
En ambos casos el relato comparte una estructura básica:
La nación ha sido debilitada.
Existen responsables identificables.
Se requiere liderazgo fuerte para restaurarla.
La diferencia esencial radica en que el nacionalismo nazi derivó en supremacismo racial biológico y expansión territorial. El nacionalismo estadounidense contemporáneo se desarrolla dentro de un sistema electoral competitivo y plural.
- Medios y disputa por el relato
El régimen nazi eliminó la prensa independiente y centralizó la propaganda bajo control estatal absoluto.
En Estados Unidos, los medios siguen operando libremente. No existe monopolio informativo. Sin embargo, la confrontación constante con la prensa crítica y el señalamiento reiterado de “fake news” forman parte de una estrategia que erosiona la confianza pública en las instituciones mediáticas.
No es censura estructural. Es disputa por la legitimidad del relato.
- Agresión externa y poder militar: la dimensión internacional
El régimen de Adolf Hitler impulsó una política de expansión territorial explícita: la anexión de Austria, la ocupación de Checoslovaquia y la invasión de Polonia fueron pasos deliberados hacia una guerra total bajo la doctrina del lebensraum.
En el segundo mandato de Donald Trump, la reciente escalada militar contra Irán marca un punto de tensión significativo. El anuncio de operaciones de combate de gran escala, justificadas como defensa preventiva ante amenazas estratégicas, reabre el debate sobre el uso del poder militar como herramienta política.
No existe hoy una doctrina de expansión territorial comparable al proyecto nazi. Tampoco un programa ideológico de dominación racial global.
Sin embargo, sí emergen elementos comparativos en términos de narrativa:
La legitimación del uso de la fuerza como respuesta necesaria ante amenazas existenciales.
El señalamiento de un régimen extranjero como peligro estructural que debe ser neutralizado.
La apelación al patriotismo y a la defensa nacional como argumento central.
La diferencia fundamental radica en que el sistema internacional actual está atravesado por tratados multilaterales, organismos de supervisión y opinión pública global en tiempo real. Cada acción militar es examinada inmediatamente por aliados, adversarios y tribunales.
En los años treinta, la comunidad internacional reaccionó tarde. Hoy, la reacción es simultánea.
- La visibilidad global como límite histórico
En la década de 1930, la maquinaria estatal podía consolidarse gradualmente antes de que el mundo comprendiera su magnitud.
En el siglo XXI:
Las decisiones son transmitidas en tiempo real.
Los tribunales pueden suspender órdenes ejecutivas en días.
Organismos internacionales monitorean derechos humanos.
Las redes sociales amplifican denuncias y apoyos por igual.
La visibilidad global funciona como límite estructural que impide replicar modelos totalitarios clásicos en su forma original.
Pero la existencia de límites no elimina la necesidad de vigilancia democrática.
Conclusión editorial
La historia no ofrece copias exactas, ofrece advertencias.
Comparar el presente con el pasado no implica afirmar equivalencia moral ni histórica. Implica identificar patrones: la construcción del enemigo, la expansión del poder ejecutivo, el uso político del miedo, la apelación a la restauración nacional y la legitimación de la fuerza como instrumento de orden.
El siglo XXI impone marcos legales y exposición pública que no existían en 1933. Pero la memoria histórica sigue siendo el mecanismo más potente de prevención.
El debate no es si vivimos en 1939.
El debate es si hemos aprendido lo suficiente de 1933
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN COLOMBIA
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