
Foto: Casa Blanca
Por Carlos Loría – redactor periodístico
Hay una vieja tradición en la política estadounidense de bautizar las cosas al revés. La Ley del Aire Limpio que permitió más emisiones. El programa de No Child Left Behind que dejó a millones de niños atrás. El Patriot Act que desmanteló libertades civiles en nombre del patriotismo. Donald Trump, que siempre fue más de instinto que de tradición, ha superado todos esos antecedentes de un solo golpe: creó un organismo llamado Board of Peace, lo llenó de dictadores, lo presidirá de por vida y lo declaró superior a las Naciones Unidas.
Hay que detenerse en eso un segundo. No es una hipérbole ni una exageración periodística. Es la descripción literal de lo que ocurrió a finales de 2025, cuando lanzó su más reciente juguete: un consejo para la paz que de pacifista tiene poco y nada.
El 22 de enero de 2026, en Davos, frente a los mismos ejecutivos y líderes mundiales que cada año se reúnen a hablar de sostenibilidad mientras llegan en jets privados, Trump anunció formalmente el lanzamiento del Board of Peace. Pocas semanas después, el 19 de febrero, el consejo celebró su primera reunión en Washington, en el edificio que hasta hace poco se llamaba Instituto de Paz de los Estados Unidos, renombrado —por supuesto— con el nombre del presidente.
Gaza es el primer trofeo del Consejo de la Paz
El telón de fondo era Gaza, o al menos ese fue el pretexto inicial. El Board of Peace figura como el noveno punto de un plan de veinte que la administración Trump diseñó para acabar con el conflicto entre Israel y Hamas. Fue aprobado en noviembre de 2025 mediante la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, aunque con Rusia y China absteniéndose —detalle que debería haber encendido alguna alarma sobre lo que venía.
El problema es que el mandato del Board of Peace no se limita a Gaza. El borrador de su estatuto describe a la organización como un mecanismo internacional para promover estabilidad, paz y gobernanza en “áreas afectadas o amenazadas por conflictos”.
Que es, básicamente, cualquier lugar del mundo en cualquier momento de la historia. El paraguas es tan amplio que cabe bajo él casi cualquier intervención, cualquier influencia, cualquier decisión política que alguien decida tomar en nombre de la paz. Hasta lugares como las Islas Malvinas, reclamadas por Argentina y tomadas ilegalmente por Reino Unido; o la Isla Calero, un montículo de arena en la frontera acuática históricamente perteneciente a Costa Rica pero invadida militarmente por Nicaragua desde hace más de 15 años.
Para pertenecer, los países miembros deben aportar US$1.000 millones de cuota inicial
El presidente vitalicio: Trump al mando por siempre
El estatuto del Board of Peace tiene una cláusula que merece ser leída con calma, sin apuro, dejando que las palabras hagan su trabajo: Trump ejercerá como presidente de la organización indefinidamente. Solo podrá ser removido por renuncia voluntaria o por incapacidad declarada mediante voto unánime del Consejo Ejecutivo. Unánime. No mayoría simple. No dos tercios. Unanimidad.
El Consejo Ejecutivo, además, está compuesto por Jared Kushner —yerno de Trump—, Marco Rubio —su secretario de Estado—, Steve Witkoff —su enviado especial—, y Tony Blair. Es decir: la gente que Trump pone para que lo voten no puede, estructuralmente, votar en su contra. Ha diseñado un organismo internacional del que nunca podrá ser despedido, que solo se disolverá cuando él lo decida, y donde las únicas personas con capacidad de removerlo son sus propios colaboradores.
Si algún politólogo buscara el diseño institucional más parecido al de una organización autoritaria disfrazada de multilateralismo, le costaría trabajo mejorar este modelo.
La lista negra de “pacificadores” de Trump
Luego viene la parte que hace que todo lo anterior, que ya era bastante, resulte casi menor. Los miembros del Board of Peace. Albania, Argentina, Armenia, Azerbaiyán, Baréin, Bielorrusia, Bulgaria, Egipto, Hungría, Indonesia, Israel, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Mongolia, Marruecos, Pakistán, Paraguay, Catar, Arabia Saudita, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Uzbekistán y Vietnam.
Leída de corrido, la lista suena a cualquier cosa menos a un directorio de democracias comprometidas con la paz y los derechos humanos. Tiene más parecido con el tipo de alianzas que uno firma cuando necesita que alguien mire para otro lado.
Empecemos por los casos más ilustrativos
Bielorrusia. Alexander Lukashenko. El hombre al que la propia Unión Europea lleva años llamando “el último dictador de Europa”. El mismo que ordenó el desvío de un vuelo comercial para arrestar a un periodista opositor a bordo. El aliado más fiel de Vladimir Putin en el continente, que prestó su territorio para que las tropas rusas invadieran Ucrania en 2022. Ese Lukashenko. Ese país. Ese gobierno. Miembro fundador del Consejo Internacional de la Paz.
Trump envió una invitación personal a Putin, que tiene una orden de arresto vigente emitida por el Tribunal Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra cometidos en Ucrania. No es una acusación periodística ni un insulto político: es una orden judicial internacional. Putin, por su parte, respondió con lo que podría calificarse como el cinismo más limpio de toda esta historia: sugirió usar activos rusos congelados en Estados Unidos para pagar la cuota de membresía permanente —fijada en mil millones de dólares—. El hombre acusado de crímenes de guerra quiere entrar al consejo de paz pagando con el dinero que le confiscaron.
Israel también es miembro fundador. Sí, el Israel de Benjamin Netanyahu, que tiene orden de arresto del Tribunal Penal Internacional. También por presuntos crímenes de guerra. El TPI no es un tribunal de opinión ni un foro de debate; es la instancia judicial internacional más importante para casos de esta naturaleza, y su Sala de Cuestiones Preliminares emitió esa orden después de evaluar las pruebas disponibles. La comunidad internacional no ha llegado a un veredicto definitivo, pero la acusación existe y es formal. Netanyahu forma parte del Board of Peace mientras el cese al fuego en Gaza depende, en buena medida, de las condiciones que su gobierno impone y modifica según su conveniencia.
A todo eso, ni Gaza ni Palestina tienen representación en el Board of Peace: no fueron invitados ni sería aceptados siquiera. La paz para los palestinos que se busca sin la participación de los propios palestinos.
La lista de nombres solo se pone más extraña
El húngaro Viktor Orbán estaba en la reunión de esta semana. La Unión Europea lo ha sancionado y enfrentado repetidamente por erosionar el Estado de derecho, la independencia judicial y la libertad de prensa. Orbán, que viajó a Moscú en plena guerra de Ucrania para reunirse con Putin cuando ningún otro líder europeo lo hacía.
Orbán, cuyo gobierno ha utilizado los fondos europeos para beneficio propio mientras bloqueaba decisiones comunitarias por interés bilateral. Ese Orbán también firma el estatuto del consejo de paz. Y como si todo fuera una fiesta, se le vio cantando una canción de Elvis Presley junto a su amigo, el ultraderechista Javier Milei, presidente de Argentina. Era todo un ambiente feliz, pacífico, según ellos.
Abdel Fatah al-Sisi llegó al poder en Egipto en 2013 mediante un golpe de Estado contra el primer presidente elegido democráticamente en la historia del país. Desde entonces ha gobernado con una combinación de represión, encarcelamiento masivo de opositores y control total del espacio civil. Organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado durante años las condiciones en las que viven los presos políticos egipcios. Sisi, en este consejo, representa la estabilidad. O eso se supone.
Uzbekistán y Kazajistán son casos por demás, casi, irónicos. Dos repúblicas de Asia Central que llevan décadas con el mismo partido en el poder, sin oposición real, con libertad de expresión cercenada y sistemas judiciales que responden al ejecutivo. Tampoco democracias. Tampoco aliados naturales de ningún proceso de paz que aspire a tener legitimidad ante la comunidad internacional.
También está Vietnam. Estado de partido único. El Partido Comunista de Vietnam controla todos los poderes del Estado. No hay elecciones competitivas, no hay prensa independiente, no hay poder judicial autónomo. Miembro del Consejo de Paz.
Trump declaró, con la llaneza que lo caracteriza, que el Board of Peace “va a estar por encima de la ONU y se asegurará de que funcione correctamente”.
Fuente de esta noticias es de LARED21 Diario Digital: Leer más
