
Hungría amenaza con vetar sanciones a Rusia por Druzhba en la UE mientras Ucrania sufre un ataque aéreo y EE UU traza cumbre Putin-Zelenski.
Hungría ha puesto un candado a la próxima tanda de sanciones europeas contra Moscú y lo ha hecho con una condición muy concreta: petróleo. El ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ha advertido de que Budapest bloqueará decisiones “importantes” para Kiev —incluido el impulso político del paquete número 20 de sanciones— mientras Ucrania no restablezca el tránsito de crudo hacia Hungría y Eslovaquia por el oleoducto Druzhba, una arteria heredada de la época soviética que en 2026 sigue marcando la agenda en Bruselas.
La amenaza llega en un fin de semana de guerra a gran escala, con ataques masivos rusos sobre Ucrania: durante la noche del domingo 22 de febrero, Kiev contabilizó 297 drones y 50 misiles lanzados contra varias regiones, con daños en infraestructuras energéticas, incendios, rescates y víctimas. El presidente Volodímir Zelenski afirmó que el sector energético fue el objetivo principal. Y, en paralelo, desde Estados Unidos, el enviado especial Steve Witkoff dijo esperar una nueva ronda de contactos “en las próximas tres semanas” que podría desembocar en una cumbre Putin-Zelenski, incluso con una posible reunión a tres con el presidente estadounidense Donald Trump. Sobre el papel suena a diplomacia; en el terreno, las sirenas no han dejado de sonar.
Hungría sube el precio del consenso europeo
La frase de Szijjártó no fue una insinuación sino un ultimátum con nombre y apellidos: Druzhba. Según el jefe de la diplomacia húngara, Ucrania debe reanudar el transporte de petróleo hacia Hungría y Eslovaquia; si no, Budapest no permitirá que la Unión Europea apruebe “decisiones importantes” para Ucrania. En el lenguaje comunitario, esa palabra —unanimidad— lo explica casi todo: las sanciones contra Rusia suelen requerir el acuerdo de los 27, y basta un solo “no” para frenar el tren, dejarlo temblando en la estación y obligar a renegociar vagón por vagón.
Hungría no solo apunta a las sanciones. En los últimos días, el Gobierno de Viktor Orbán también ha advertido de que vetará un gran instrumento financiero europeo para Ucrania: un préstamo de 90.000 millones de euros destinado a sostener su economía y su esfuerzo militar. Son dos palancas distintas —castigo a Moscú y apoyo a Kiev—, pero Budapest las enlaza como si fueran la misma cuerda: si Ucrania no facilita el tránsito del crudo, Hungría no facilitará el consenso político. En Bruselas, donde cada coma se negocia, ese tipo de planteamiento se percibe como una estrategia de bloqueo total, un “todo o nada” con sabor a combustible.
Detrás hay una realidad incómoda que Europa arrastra desde el inicio de la invasión: Hungría y Eslovaquia, aunque son miembros de la UE y de la OTAN, siguen dependiendo en gran medida de energía rusa y han mantenido posiciones más templadas —o directamente amistosas— con Moscú que la mayoría de socios. Esa dependencia no es una abstracción: son refinerías configuradas para un tipo de crudo, rutas de suministro interiores, decisiones industriales tomadas hace décadas. Pero en guerra, lo técnico se convierte en político con una facilidad pasmosa: lo que ayer era un mapa de tuberías hoy es un mapa de presiones.
Druzhba, la tubería que se volvió frontera
Druzhba significa “amistad”, ironía seca, y su trazado conecta la historia energética de Europa Central con el presente bélico. El punto clave en este episodio es que el tránsito hacia Hungría y Eslovaquia se interrumpió el 27 de enero, después de un ataque con drones que dañó infraestructuras de la red en el oeste de Ucrania. Budapest y Bratislava sostienen que la interrupción es responsabilidad de Kiev; Kiev responde que el origen es la agresión rusa y acusa a sus vecinos de convertir una crisis provocada por Moscú en un chantaje contra Ucrania.
En este choque, las palabras importan tanto como los litros. La diplomacia ucraniana ha hablado de “ultimátums” y “blackmail” —chantaje—, y ha criticado que Hungría y Eslovaquia pongan plazos y condiciones que, en la práctica, obligan a Kiev a elegir entre su seguridad y su política de tránsito. Ucrania insiste en que está trabajando en alternativas, incluyendo rutas marítimas y otros corredores internos, como el eje Odesa-Brody, pero los tiempos logísticos no suelen encajar con los tiempos políticos, y menos cuando hay cumbres, aniversarios y votaciones en el calendario europeo.
El pulso no se entiende del todo sin mirar al otro cable que atraviesa la frontera: electricidad. Eslovaquia y Hungría han amenazado con cortar exportaciones de energía de emergencia hacia Ucrania si el petróleo no vuelve a fluir. Y ese dato pesa porque esas exportaciones —según cifras manejadas en el debate— representan una parte considerable de la electricidad de emergencia que Ucrania compra en Europa, crucial para sostener su red después de los bombardeos rusos. Es una escena rara: un país en guerra necesita energía para mantener hospitales, comunicaciones y calefacción; dos socios comunitarios amenazan con cerrar el grifo eléctrico para presionar por un grifo petrolero. Una doble presión, en direcciones cruzadas.
Bruselas mira el calendario: sanciones “20”, préstamo y aniversario de guerra
Los ministros de Exteriores de la UE tienen previsto reunirse en Bruselas el lunes 23 de febrero para discutir el vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, con la intención política de que coincida con el cuarto aniversario del inicio de la invasión a gran escala, el martes 24 de febrero. Ese tipo de fechas son gasolina simbólica: refuerzan el mensaje de unidad, sirven de foto y resumen un compromiso. Y, precisamente por eso, el veto húngaro duele más: no es solo un freno administrativo, es una grieta visible en un momento muy señalado.
El contenido exacto del paquete, como suele ocurrir, se negocia con discreción: restricciones financieras, controles de exportación, medidas contra redes de elusión, sanciones a individuos y entidades. Lo relevante hoy es el contexto: Europa intenta endurecer el cerco a Moscú mientras Rusia golpea otra vez el sistema energético ucraniano. En esas circunstancias, que un socio anuncie que bloqueará las sanciones “hasta que” se arregle un conflicto de tránsito coloca a la UE en un dilema de reputación: ceder puede parecer debilidad; no ceder puede implicar quedarse sin paquete, sin unidad, sin mensaje.
Budapest se defiende con un argumento recurrente: cortar la energía rusa sería devastador para la economía húngara. Lo repite Orbán, lo repite Szijjártó. Otros gobiernos y especialistas lo discuten, apuntando a que la UE ya ha reducido drásticamente su dependencia del gas ruso y a que existen vías de diversificación, pero también admiten que el coste no es homogéneo y que los países sin acceso directo al mar tienen menos margen. En el fondo, la pregunta que se hace Bruselas —aunque no siempre en voz alta— es si Hungría está usando una necesidad real, energética, como cobertura de una estrategia política más amplia.
El préstamo de 90.000 millones y el pulso de Orbán
La segunda palanca anunciada por Hungría, el bloqueo del préstamo de 90.000 millones, añade un elemento de alto voltaje. Porque ya no se trata solo de castigar a Rusia: se trata de sostener a Ucrania. Budapest deja claro que no separa ambas cosas. Y eso tiene una consecuencia práctica: obliga a los otros socios a negociar con Hungría no desde el terreno moral de “apoyar a un país invadido”, sino desde una mesa de intercambio, casi mercantil. Petróleo a cambio de consenso. Tránsito a cambio de préstamo. Un trueque que incomoda en capitales que han construido su discurso en torno a la defensa del orden internacional.
Además, la política interior aparece en el borde del cuadro. Desde Hungría se ha sugerido que la interrupción del tránsito es una forma de “blackmail” para encarecer el combustible y presionar políticamente. En el horizonte asoman citas electorales y debates domésticos. Esto no convierte automáticamente el argumento en falso, pero sí ayuda a entender por qué la retórica se ha endurecido: cuando la gasolina sube, no es una estadística; es conversación de barra, factura, enfado, voto.
Para Kiev, en cambio, el enfoque es otro: considera que Hungría y Eslovaquia están dirigiendo su presión al objetivo equivocado. La idea, expresada con crudeza por la diplomacia ucraniana, es que si hay que presionar a alguien por el petróleo y por el daño en infraestructuras, ese alguien es Moscú, no Kiev. Y, en el mismo paquete emocional, Ucrania recuerda que su red energética está siendo atacada una y otra vez por Rusia. Es difícil pedirle a un país que “garantice” tránsitos perfectos mientras le bombardean subestaciones.
Una noche con 297 drones y 50 misiles
La madrugada del 22 de febrero dejó una cifra que, por sí sola, explica el tipo de guerra que se libra: 297 drones y 50 misiles de distintos tipos, con un componente importante de misiles balísticos, según el recuento difundido desde Kiev. Los ataques golpearon la capital y su región, y también áreas de Dnipro, Kirovogrado, Mykolaiv, Odesa, Poltava y Sumy. En la región de Kiev se reportó al menos un fallecido y varios heridos; los servicios de emergencia hablaron de rescates entre escombros, y en algunos distritos se registraron incendios y daños en viviendas.
La Fuerza Aérea ucraniana comunicó que neutralizó o interceptó 274 drones y 33 misiles, pero el volumen total hace que incluso una defensa eficaz deje impactos: se habló de 14 misiles y 23 drones que alcanzaron objetivos en 14 localizaciones. En un contexto de ataques recurrentes, ese patrón —interceptar la mayoría pero sufrir daños significativos— termina erosionando infraestructuras, recursos y ánimo. No es solo el golpe inicial; es la reparación, la reposición, el personal que trabaja bajo amenaza, el material que no llega a tiempo.
La región de Kiev, además, ofrece un mapa más detallado de los efectos: se citan daños e incidentes en varios distritos, como Fastiv, Bucha, Boryspil, Brovary u Obukhiv. En el distrito de Fastiv se informó de un fallecimiento y de heridos, incluido un menor. En zonas como la aldea de Putrivka se organizaron trabajos de rescate. Cada nombre de localidad, en este tipo de crónicas, es una pista del alcance: no es un punto concreto, es una dispersión que obliga a multiplicar recursos de emergencia.
En Odesa, al sur, se reportaron impactos sobre infraestructuras energéticas y grandes incendios que terminaron siendo extinguidos. Es una de las constantes de esta fase del conflicto: Rusia insiste en castigar la energía como sistema. Golpear centrales, subestaciones, redes de distribución, depósitos… todo lo que permita provocar apagones, reducir capacidad industrial, complicar calefacción y suministro. Zelenski lo resumió con claridad: el objetivo principal fue el sector energético. En el invierno, esa estrategia muerde más.
Defensa aérea, daños y el pulso de la retaguardia
El ataque no se entiende solo por lo que destruye, sino por lo que obliga a activar: defensa aérea, guerra electrónica, sirenas, refugios, cortes preventivos. Ucrania ha pedido reiteradamente más sistemas de defensa, más munición antiaérea, más capacidad para frenar drones y misiles balísticos. Y, al mismo tiempo, se enfrenta a la realidad industrial de una guerra larga: interceptar cientos de objetivos en una noche consume recursos que no son infinitos. La defensa funciona, pero pagarla es otro frente.
Rusia, por su parte, también difundió su propia versión de la noche: su Ministerio de Defensa aseguró haber derribado 86 drones ucranianos. Además, en la ciudad de Luhansk —ocupada por Rusia— autoridades prorrusas dijeron que drones ucranianos alcanzaron un depósito de petróleo, con un vigilante herido y el incendio de un tanque de combustible. Es el recordatorio de que, aunque el golpe principal sobre el sistema energético lo sigue ejecutando Moscú, la guerra de drones atraviesa fronteras y líneas de control, y se ha convertido en un intercambio constante de ataques en profundidad.
En la misma semana, Zelenski añadió un dato que busca subrayar la intensidad: en los últimos siete días, dijo, Rusia lanzó más de 1.300 drones, más de 1.400 bombas aéreas y cerca de 100 misiles. En términos de relato, Kiev intenta sostener la idea de que Moscú prioriza la guerra sobre la diplomacia, incluso mientras se menciona la posibilidad de conversaciones en “tres semanas”. Es difícil hablar de treguas cuando se cuentan drones por miles.
Lviv: una bomba para quienes acudieron a la llamada
Mientras el cielo se llenaba de drones y misiles, otro episodio sacudió el oeste de Ucrania, lejos del frente más visible: Lviv. Allí, explosiones con artefactos improvisados mataron a una agente de policía y dejaron 25 heridos, según el balance difundido por autoridades ucranianas. La víctima tenía 23 años. En las horas siguientes se anunció la detención de un sospechoso. Y el caso se describió como un “ataque” o un “acto terrorista”, palabras que elevan la gravedad y abren una lectura distinta: no hablamos de un impacto aéreo, sino de violencia dirigida en la calle.
Los detalles conocidos dibujan una secuencia inquietante, casi de trampa. La policía recibió un aviso por una presunta intrusión en una tienda en la calle Danylyshyna, cerca del centro de la ciudad. Acudió una patrulla. Hacia las 00.30 se registró una primera explosión. Poco después, al llegar un segundo equipo, se produjo otra. Ese patrón se asocia a lo que algunos responsables describen como táctica de “doble golpe”: provocar una primera explosión para atraer a los servicios de emergencia y atacar después a quienes acuden. El alcalde de Lviv, Andriy Sadovyi, calificó el hecho como un acto terrorista.
El ministro del Interior, Ihor Klymenko, afirmó que se investigaba la implicación de servicios rusos, y que se había arrestado a una mujer ucraniana como sospechosa de ejecutar el ataque. Es un punto delicado porque aún está bajo investigación, pero encaja con una preocupación creciente en Ucrania: el uso de reclutamiento local para acciones de sabotaje y terrorismo, a veces coordinadas por canales de mensajería. Kiev sostiene que Moscú busca sembrar miedo no solo con misiles, sino con ataques que rompan la sensación de retaguardia segura.
Zelenski expresó condolencias y afirmó que se habían puesto recursos a disposición de la investigación. Lviv, además, tiene un peso simbólico: es una ciudad que ha servido como refugio, como centro logístico, como retaguardia cultural y política. Cuando ocurre allí un ataque de este tipo, el impacto va más allá de las víctimas directas: cambia la forma en que una ciudad mira sus rutinas, cómo se desplaza una patrulla, cómo se gestiona una llamada aparentemente menor. Una tienda, una intrusión, una patrulla… y, de golpe, una explosión.
Witkoff, “tres semanas” y la hipótesis de una cumbre
En este contexto, la declaración del enviado especial estadounidense Steve Witkoff resuena de forma extraña: habló de una nueva ronda de conversaciones sobre Ucrania en las próximas tres semanas y dejó abierta la puerta a una cumbre entre Vladímir Putin y Volodímir Zelenski, incluso a un formato más ambicioso con una reunión trilateral que incluiría al presidente Donald Trump. Witkoff dijo que él y Jared Kushner habían presentado propuestas “a ambas partes” y que confiaban en que se produjera ese encuentro. También deslizó una idea sobre Trump: que no se implicaría en una reunión así si no creyera que puede cerrar el asunto y obtener “el mejor resultado”.
Desde el lado ruso, el mensaje fue recogido con interés. Kirill Dmitriev, representante especial de Putin, defendió que la paz solo puede lograrse mediante el diálogo y elogió el papel de Witkoff y Kushner en la búsqueda de una salida, incluyendo el restablecimiento de relaciones entre Rusia y Estados Unidos “incluso en el ámbito económico”. Este tipo de declaraciones tienen una lectura inmediata: Moscú intenta proyectar disposición a hablar, y a la vez mantener su marco de exigencias. Kiev, mientras tanto, ha reiterado en múltiples ocasiones que no aceptará concesiones territoriales como condición de paz.
El problema del calendario es que la guerra no espera. Que se hable de “tres semanas” no detiene la dinámica del frente ni los ataques al sistema energético. Además, los antecedentes de negociaciones muestran que las palabras “cumbre” y “contactos” suelen funcionar como presión y como narrativa, pero no garantizan resultados. En un conflicto de alta intensidad, una foto de líderes puede ser un hito, sí, pero el contenido real suele depender de asuntos espinosos: garantías de seguridad, retirada, fronteras, sanciones, reconstrucción, justicia por crímenes, mecanismos de verificación. Nada de eso se resuelve en una tarde.
Aun así, la intervención estadounidense introduce un elemento que Europa observa con mezcla de expectativa y recelo. Expectativa, porque cualquier camino hacia una desescalada interesa. Recelo, porque el juego diplomático puede alterar la arquitectura de sanciones, ayudas y alineamientos, y porque algunos gobiernos temen acuerdos rápidos que congelen el conflicto en términos favorables a Moscú. En ese ambiente, el veto húngaro adquiere otra capa: Hungría no solo discute petróleo; discute el ritmo y la profundidad del compromiso europeo en un momento en que Estados Unidos insinúa un posible giro diplomático.
Una semana en que Europa se juega su unidad
La fotografía final —sin necesidad de llamarla final— es una Europa presionada por dos fuerzas que tiran en direcciones opuestas. Por un lado, la necesidad de sostener a Ucrania y de responder a ataques como el del 22 de febrero, con drones, misiles y golpes al sistema energético. Por otro, la fragilidad interna de una UE donde el consenso es requisito y donde Hungría ha decidido usar el Druzhba como palanca para condicionar sanciones y financiación. En el centro, un país en guerra que acusa a dos socios de chantaje y que, al mismo tiempo, intenta reparar infraestructuras bajo fuego.
La amenaza húngara no es un simple gesto de política interna; afecta a calendarios y símbolos europeos: el paquete de sanciones que se quería ligar al cuarto aniversario de la invasión, el gran préstamo que se presenta como salvavidas económico, la idea de unidad frente a Moscú. Y lo hace con una lógica dura: si no hay petróleo hacia Hungría y Eslovaquia, Hungría no ayudará a mover el engranaje europeo. Es una forma de decir que, en la UE, la solidaridad también se negocia en barriles.
Mientras tanto, Ucrania se enfrenta a una doble vulnerabilidad. La primera es física: la red energética golpeada, localidades de la región de Kiev con incendios y rescates, Odesa con instalaciones afectadas, víctimas y heridos. La segunda es política: la necesidad de apoyo sostenido en una Unión Europea que discute sobre sanciones y préstamos con un ojo en Moscú y otro en sus propias divisiones. Y, como telón de fondo, la posibilidad —todavía solo posibilidad— de unas conversaciones en “tres semanas” que podrían llevar a una cumbre de alto nivel. Entre tuberías y sirenas, Europa y Ucrania entran en días en los que cada decisión pesa más, y cada veto se siente como un golpe en una puerta que debería estar abierta.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: RTVE.es, Cadena SER, Reuters, Associated Press, Ukrinform.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/hungria-tumba-las-sanciones-a-rusia/
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