
SALUD MENTAL, DIGNIDAD Y EL VERDADERO SENTIDO DE “PONER LA OTRA MEJILLA”
En la vida, tarde o temprano, nos toca enfrentar una de las paradojas más difíciles del crecimiento personal: perdonar a personas que jamás se arrepienten, aceptar disculpas que nunca llegaron, y amar a personas que nos envidian sin razón aparente.
No es una experiencia romántica. No es fácil. Y, sobre todo, no es un acto ingenuo. Es un proceso profundo que atraviesa la salud mental, la dignidad personal y la espiritualidad.
Perdonar no es justificar: una clave para la salud mental.
Desde la psicología, el perdón no significa negar el daño, minimizar la herida ni reconciliarse obligatoriamente con quien nos hirió. Perdonar es soltar el peso emocional que nos ata al dolor.
Cuando no perdonamos, el resentimiento se convierte en una carga silenciosa: Se manifiesta como rumiación mental (“¿por qué me hizo esto?”). y esto genera estrés crónico. Alimenta estados de ansiedad, tristeza o rabia contenida.
Afecta la autoestima, porque la herida queda abierta en la narrativa interna.
Perdonar es, en muchos casos, un acto de higiene emocional: no lo hacemos por el otro, lo hacemos por nosotros.
No es absolver al agresor; es liberarnos de seguir viviendo psicológicamente en la escena del daño.
Aceptar disculpas que nadie pidió: cerrar ciclos internos.
Hay heridas que jamás reciben una disculpa.
Y aquí ocurre algo duro pero necesario: si esperamos que el otro repare para sanar, quedamos atrapados en una dependencia emocional del victimario.
Aceptar una disculpa que nunca llegó no es resignación, es madurez emocional.
Es decir, internamente:
“No necesito que el otro reconozca su error para yo recuperar mi paz.”
Este proceso se conoce en psicología como cierre simbólico:
cerramos la herida dentro de nosotros, aun cuando la historia externa nunca tuvo justicia emocional.
No es olvidar.
Es dejar de permitir que la herida defina nuestra identidad.
Amar a quien envidia: cuando la espiritualidad se encuentra con la psicología.
Amar a quien nos envidia no significa exponernos a su toxicidad.
Aquí es importante aclarar algo: el amor espiritual no es lo mismo que la permisividad emocional.
La envidia suele ser una expresión de:
Insatisfacción interna.
Comparación constante.
Dolor no resuelto.
Sensación de inferioridad proyectada.
Desde una mirada espiritual madura, amar al que envidia es comprender que su hostilidad no nace de nuestra luz, sino de su propia herida.
Desde la psicología, esto se llama despersonalizar el ataque: entender que muchas agresiones no hablan de ti, sino del mundo interno del otro.
Amar, en este contexto, es no devolver odio, pero sí poner límites.
Puedes amar desde lejos.
Puedes desear bienestar sin permitir invasión emocional.
“Poner la otra mejilla”: ¿sumisión o conciencia?
La frase de Jesús ha sido históricamente malinterpretada.
Muchos la han leído como un llamado a aguantar abusos.
Pero desde una lectura psicológica y espiritual profunda, el mensaje es otro:
“Poner la otra mejilla” no es permitir que te destruyan.
Es romper el ciclo de la violencia emocional.
En términos modernos:
- No responder con la misma agresión.
- No dejar que el odio del otro te convierta en alguien que no eres.
- No permitir que el trauma te robe tu humanidad.
Jesús no enseñaba pasividad patológica, enseñaba libertad interior:
la capacidad de no quedar esclavizado por la reacción impulsiva, por la venganza, por el rencor. Poner la otra mejilla es un acto de poder emocional, no de debilidad.
Es decir: “No voy a permitir que tu oscuridad gobierne mi conducta.”
Salud mental + espiritualidad: un equilibrio necesario.
La salud mental sin espiritualidad puede volverse fría y defensiva.
La espiritualidad sin salud mental puede volverse ingenua y
…autodestructiva.
El equilibrio sano integra ambas:
La psicología nos enseña a poner límites, a reconocer el daño, a cuidar nuestra integridad emocional.
La espiritualidad nos invita a no quedarnos atrapados en el rencor, a transformar el dolor en conciencia y compasión.
Cuando se separan, caemos en extremos: o nos volvemos duros y cerrados, o nos volvemos “buenos” a costa de nuestra salud mental. La madurez es aprender a amar sin permitir el abuso y a perdonar sin renunciar a la dignidad.
Perdonar sin arrepentimiento: lo que realmente significa
Perdonar a quien no se arrepiente no implica volver a confiar, ni restablecer vínculos, ni exponerte de nuevo al daño. Significa algo mucho más íntimo y poderoso:
Dejar de cargar con el rencor como si fuera tu identidad.
Dejar de vivir con el agresor “dentro de tu mente”.
Dejar de permitir que la herida dirija tus decisiones futuras.
En términos psicológicos, es recuperar el locus de control interno: tu paz ya no depende del comportamiento del otro.
En términos espirituales, es elegir no vivir desde la herida, sino desde la conciencia.
Dignidad: el límite que hace sano al perdón
Perdonar no es abrir la puerta sin condiciones.
El perdón auténtico convive con la dignidad.
Perdonas, pero:
Pones distancia si hay daño repetido.
No justificas lo injustificable.
No romantizas el maltrato en nombre de la “espiritualidad”.
No te traicionas para sostener una imagen de bondad.
La dignidad es el marco que convierte el perdón en un acto de amor propio, no en una forma sofisticada de abandono personal.
El perdón como acto de libertad interior.
En la vida, sí:
nos toca perdonar a quienes nunca se arrepienten,
aceptar disculpas que jamás llegaron,
y amar a personas que nos envidian sin razón.
Pero esto no nos vuelve débiles.
Nos vuelve libres.
Libres del rencor que enferma.
Libres de la dependencia emocional del agresor.
Libres de repetir patrones de violencia interna.
Perdonar, cuando se hace con conciencia psicológica y profundidad espiritual, no es un favor al otro: es una forma radical de autocuidado del alma y de la mente. Y quizá ahí está el verdadero sentido de “poner la otra mejilla”:
no ofrecer el rostro al golpe, sino ofrecerle al mundo una versión de ti que no está gobernada por la herida, sino por la conciencia.
“Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”. Efesios 4:32(RVR1960)
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