
Bastian Escobar, 9 años, debuta en ‘Moscas’ y sorprende en la Berlinale: rodaje, química con Hugo Ramírez y pulso puro de Eimbcke en Berlín.
Bastian Escobar tiene nueve años, es mexicano y ha aterrizado en la competición oficial de la Berlinale con una mezcla poco frecuente de desparpajo y verdad. Debuta en el cine con ‘Moscas’, la nueva película de Fernando Eimbcke, presentada este miércoles en Berlín, y su interpretación ha sido una de esas que cambian la temperatura de una sala sin necesidad de subrayados: está ahí, respira, sostiene la mirada y, cuando toca, desarma con ternura sin pedir permiso. En un festival donde la palabra “descubrimiento” se gasta rápido, lo de Escobar se ha contado de otra manera, casi con asombro limpio: un niño que no parece estar “haciendo de niño”, sino viviendo el plano.
En la rueda de prensa, Bastian no se escondió detrás de frases prestadas. Dijo, riéndose, que se lo pasó “muy, demasiado” bien, y el auditorio respondió con carcajadas de alivio, como si por un momento se aflojara el corsé del festival. A la vez, soltó una confesión de las que no se entrenan: se sintió “un poquito enojado” cuando el director pedía repetir alguna escena porque no había salido bien. “A mí me gustaban”, dejó caer, tan serio y tan niño a la vez, como quien no entiende por qué el mundo adulto complica lo que ya parecía bonito. Y luego, agradecido, remató con una frase que suena a verdad simple: le encanta actuar y la experiencia le pareció “muy bonita”. Esa naturalidad, sin maquillaje verbal, encaja con lo que se ha visto en pantalla: un chaval que no actúa para gustar, actúa porque está ahí.
‘Moscas’: una historia pegada al hospital y a la calle
En ‘Moscas’, Bastian Escobar interpreta a Cristian, un niño que se mueve por Ciudad de México junto a su padre, con la vida partida en dos por una enfermedad: su madre está ingresada, con cáncer, en un hospital enorme. La película sitúa el núcleo del relato en ese territorio que conocen demasiadas familias y que, sin embargo, casi siempre se cuenta desde el adulto: pasillos, esperas, cafeterías, ascensores, silencios, la tensión rara de hablar en voz baja. Cristian está allí, en medio, respirando ese aire de hospital que huele a desinfectante y a café recalentado. Y el padre también, intentando sostenerse. No hace falta convertirlo en un héroe: a veces basta con que no se caiga.
Justo enfrente del centro sanitario aparece un lugar que cambia el rumbo cotidiano de los personajes: una mujer llamada Olga, interpretada por Teresita Sánchez, alquila una habitación para familiares de ingresados. Necesita dinero; ofrece cama. Esa economía mínima —un cuarto, unas llaves, una convivencia a ratos tensa— introduce un segundo pulso en la historia: el de la supervivencia alrededor de la enfermedad. Cristian y su padre se quedan allí. Y a partir de ese gesto, tan sencillo, el relato se vuelve más físico: la distancia corta entre hospital y habitación, el ir y venir, la convivencia con una adulta que no es familia pero se convierte en parte del paisaje emocional. Olga no es un adorno; es un personaje que entiende lo que cuesta estar cerca del dolor ajeno sin romperse.
Hay una decisión de fondo que atraviesa la película y que se ha comentado en torno a su paso por Berlín: el humor como distancia, no como chiste. En historias de enfermedad grave, el riesgo del melodrama es constante; ‘Moscas’ se asoma al dolor sin convertirlo en espectáculo. Ese equilibrio se apoya en la mirada del niño. Cristian observa, pregunta, se distrae, se enfada, juega, se calla. La vida real hace esas curvas y, cuando el cine las respeta, el resultado suele ser más contundente que cualquier lágrima obligatoria.
Bastian Escobar: el niño que rompe el guion… y lo mejora
Una de las frases más reveladoras de estos días la puso el propio Fernando Eimbcke sobre la mesa: llegaban por las mañanas con las escenas planificadas al detalle y Bastian “lo destrozaba todo”. Dicho así suena a desastre; en realidad suena a cine. Lo que describe el director es un tipo de energía que no se deja encerrar en marcas exactas ni en intenciones prefabricadas. Un niño que entra en escena y, sin proponérselo, obliga a reorganizar lo que parecía cerrado. En un rodaje adulto eso puede ser un problema; en una película que busca verdad, puede ser la salvación.
Eimbcke, que inicialmente pensaba en los adolescentes como personajes “perfectos” por su conflicto permanente, dijo haber descubierto algo que tiene sentido apenas se mira de cerca: los niños son cineastas innatos. No porque sepan de cámaras, claro, sino porque viven en presente continuo. Un niño no “interpreta” el presente, lo habita. Esa cualidad, cuando se encuadra bien, convierte pequeños gestos en material cinematográfico: la forma de agarrar una botella, una risa a destiempo, una mirada que se queda colgada en una esquina del cuarto. Bastian Escobar parece moverse en ese registro: no empuja la emoción, no la exhibe, no la anuncia. La deja aparecer.
Y luego está la otra cara del rodaje, la que casi nunca se ve pero lo cambia todo: la paciencia. El director subrayó la enorme paciencia del pequeño durante la filmación, una palabra que en niños no se regala porque sí. Rodar es esperar, repetir, escuchar instrucciones, volver a empezar, sostener la energía durante horas. Que un actor de nueve años mantenga el pulso ahí, en un set con adultos, y además conserve esa frescura que “estropea” la planificación, habla de un talento muy concreto: el de no petrificarse. Porque hay niños prodigio que se vuelven rígidos, como si su gracia dependiera de hacerlo todo “bien”. Aquí parece lo contrario: lo mejor sale cuando no intenta hacerlo perfecto.
El vínculo con Hugo Ramírez: una pareja que se siente real
La película se sostiene en gran parte por la relación entre el padre y el hijo. Ese padre lo interpreta Hugo Ramírez, y lo que contó sobre el guion añade una capa interesante: al leerlo se vio reflejado en su propia infancia, conectó con una parte de su vida “no tan bonita” y se le hizo un nudo en la garganta. No hace falta convertir esa confesión en literatura: cuando un actor reconoce algo así, suele significar que entró en el proyecto con una cercanía emocional que no se fabrica en una tarde de ensayo. Eso no garantiza una gran actuación, pero sí suele dar un suelo firme: el personaje no está “inventado”, está recordado a ratos.
Sobre la química con Bastian Escobar, Ramírez explicó que son de la misma ciudad, un detalle aparentemente pequeño que, en rodajes, pesa. Compartir acentos, ritmos, maneras de decir, referencias de calle, puede ahorrar explicaciones y facilitar una complicidad que se nota en pantalla como una especie de respiración compartida. Ramírez lo resumió con una imagen clara: “Veo a Bastian y me veo cuando era chiquillo”. Hay algo casi brutal en esa frase, porque convierte al niño en espejo. Y un espejo, en un set, puede ser peligrosísimo o maravilloso. Aquí parece haber sido lo segundo.
Esa verdad de pareja —padre e hijo— es el tipo de cosa que el cine no puede fingir del todo. Se pueden ensayar textos, sí, pero la confianza tiene una textura: cómo se acercan, cómo se tocan, cómo se interrumpen, cómo se miran sin mirar. ‘Moscas’ apuesta por una relación veraz, y en ese marco Bastian no queda como “el niño que actúa muy bien” al lado de un adulto que lleva el peso; queda como parte de un organismo de dos, un dúo que atraviesa la historia con una mezcla de cansancio, afecto y supervivencia diaria.
Teresita Sánchez y el personaje de Olga: el cuarto frente al hospital
En el otro extremo del triángulo emocional aparece Olga, interpretada por Teresita Sánchez. Su personaje encarna una realidad conocida y poco retratada con precisión: la de quienes montan una economía informal —o directamente precaria— alrededor de los hospitales. Habitaciones alquiladas por noches, por semanas, por lo que se pueda. Camas que se convierten en refugio temporal. Gente que llega con una bolsa y se va con otra, sin saber qué pasará al día siguiente. Olga necesita dinero, sí, pero la película no se limita a esa motivación. La coloca en un lugar complejo: es anfitriona y es frontera. Recibe, regula, observa, a veces cuida, a veces se protege. No es una santa ni una villana. Es una adulta que se mueve en un mundo donde la enfermedad también tiene precio.
Ese cuarto frente al hospital funciona como una extensión del propio centro sanitario, pero con otra luz. El hospital es institucional, frío, ruidoso a su manera; la habitación alquilada tiene intimidad, roces, pequeñas normas, y sobre todo tiempo. Tiempo muerto, tiempo de espera, tiempo para que Cristian vuelva a ser niño por momentos. En ese espacio, la historia puede permitirse escenas que no son estrictamente “de trama” pero dicen mucho: cómo se cena, cómo se duerme mal, cómo se habla sin hablar, cómo se cuela una risa aunque todo esté mal. Ahí crece la ternura, no en un discurso.
La presencia de Teresita Sánchez también es clave por contraste: frente a la energía cambiante del niño y la tensión contenida del padre, Olga aporta un tipo de estabilidad áspera, de adulta que ha visto de todo y no se asusta fácil. Su relación con Cristian no necesita grandes escenas; basta con gestos concretos. Y en una película titulada ‘Moscas’, donde lo pequeño —lo que zumba, lo que molesta, lo que parece insignificante— puede convertirse en símbolo de un día interminable, un personaje así ancla la historia en tierra.
Lo que se vio en Berlín: aplausos, sorpresa y una idea de cine
Que ‘Moscas’ esté en la competición oficial de la Berlinale coloca el filme en una vitrina donde cada plano se mira con lupa. No es un pase discreto: es un contexto de máxima exigencia, con prensa internacional, comparaciones inevitables, expectativas que a veces pesan más que la película. En ese escenario, lo que ha destacado alrededor de Bastian Escobar no ha sido solo la ternura —palabra peligrosa en crítica porque puede sonar a condescendencia—, sino la solidez de la interpretación. “Soberbia” se ha dicho, y no es un adjetivo que se suelte a la ligera cuando se habla de un niño, precisamente porque siempre existe el riesgo de exagerar la novedad. Aquí la impresión compartida es otra: el niño sostiene el relato sin romperlo, y eso es trabajo de actor, no de mascota del festival.
La rueda de prensa también dejó un detalle humano que explica por qué su figura está circulando tanto: Bastian no simula profesionalidad adulta. No está ahí recitando un manual de promoción; está contando cómo lo vivió. Y en un festival donde las respuestas suelen venir pulidas, esa fricción resulta refrescante. Que admita enfado por repetir tomas, que diga “a mí me gustaban”, que agradezca “todo lo que me dieron”, dibuja el retrato de un debutante real. A veces lo más convincente no es lo perfecto, es lo que se escapa un poco por los bordes.
Eimbcke, por su parte, explicó algo fundamental sobre el tratamiento del niño durante el rodaje: el equipo trabajó para que estuviera a gusto, su madre estuvo siempre presente y se tomó una decisión consciente de protegerlo y cuidarlo, evitando llevarlo a momentos emocionalmente difíciles. Esto no es un detalle decorativo; es parte de la arquitectura ética de la película. Un niño puede interpretar un personaje con carencias sin vivirlas en el set. Puede acercarse al dolor sin ser empujado al abismo. Y cuando el cine consigue eso sin perder verdad en pantalla, se nota una mano firme detrás: dirección, producción, acompañamiento, límites claros.
El salto que abre ‘Moscas’ en la carrera de un niño actor
Lo que queda de este estreno en Berlín es una imagen nítida: Bastian Escobar ha debutado en un festival de primera línea con un papel complejo, en una película atravesada por una enfermedad grave y por el desgaste emocional de una familia, y lo ha hecho sin el gesto típico del “niño que interpreta tristeza”. Su Cristian se mueve por Ciudad de México con una mezcla de desconcierto y energía que suena auténtica, y esa autenticidad, cuando aparece en cine, suele tener consecuencias: de repente el nombre empieza a circular, se abren conversaciones, llegan miradas nuevas sobre la película y sobre el director, y el foco se amplía.
También queda el retrato de un rodaje que se adaptó al niño y no al revés. “Tuvimos que improvisar mucho”, vino a decir Eimbcke al contar cómo Bastian alteraba la planificación, y esa frase describe una forma de trabajar que no siempre se permite en producciones grandes: dejar espacio para lo inesperado. Si ‘Moscas’ ha conquistado a tantos en su presentación es, en parte, por esa apuesta. No por el caos, sino por la vida. Por asumir que un niño de nueve años no va a moverse como un adulto, y que precisamente ahí está el valor.
Y por último queda la pareja que forma con Hugo Ramírez, esa sensación de familia real en la que nadie está actuando para lucirse, sino para sostener la escena juntos. En tiempos de interpretaciones calculadas, ver en pantalla a un niño que se enfada “un poquito” porque le piden repetir, y que al mismo tiempo entrega una actuación capaz de emocionar sin empujar, tiene algo raro y valioso. Bastian Escobar sale de la Berlinale no como promesa abstracta, sino como una presencia concreta: un nombre, un rostro, un personaje —Cristian— y una película, ‘Moscas’, que ha encontrado en su debut el mejor altavoz posible.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Agencia EFE, Berlinale, Kinótico, SWI swissinfo.ch, Noticine, Berlinale Press.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/quien-es-bastian-escobar/
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