
Los momentos de prueba, confusión o dolor muestran lo que atesoramos en el corazón. Lamentablemente, muchas veces dan evidencia de que hemos olvidado la Palabra que estamos llamados a obedecer y al Dios en quien debemos confiar. Aún así, Dios usa esos momentos para llevarnos a examinar nuestro corazón, de manera que nuestras acciones reflejen el evangelio que decimos atesorar.
Atesorando el evangelio en verdad y acción
Atesorar el evangelio es atesorar la obra de Cristo, atesorar la obra de Cristo es atesorarlo a Él, y cuando Jesús es nuestro tesoro, los afectos que nacen del corazón mueven nuestras acciones en la dirección correcta. Esto no significa alcanzar la perfección en esta vida, tampoco significa que nos aplicamos a un deber moral meramente, sino que aprendemos a amar más al Señor que a nosotros mismos, que a nuestro pecado y que a nuestra razón.
Atesorar el evangelio es el fundamento para que nuestras acciones le sigan y atestigüen que verdaderamente nuestro mayor tesoro es Cristo y Su obra (ver Fil 1:20-21). Si deseamos que nuestras acciones sean coherentes con el mensaje del evangelio que anhelamos atesorar, pienso que necesitamos recordar dos realidades constantemente: el evangelio y que estamos en un proceso de santificación. De ese modo, atesoramos el evangelio en verdad y acción.
Recuerda el evangelio
El evangelio es la buena noticia de que Cristo vivió una vida perfecta y sin pecado en lugar del pecador, murió en la cruz para perdonar los pecados de los Suyos y resucitó para proveerles vida eterna. Estamos llamados a responder a semejante obra de gracia con arrepentimiento y fe en Cristo.
El acto de recordar el evangelio no es solo intelectual, es un ejercicio espiritual al que nos habituamos con la práctica. Recuerdo una ocasión en la que me quejé con uno de mis pastores sobre lo que una hermana habló de mí. Le expresé lo indignada que estaba, pero él muy sabiamente me respondió: «¿Y qué? ¿Es cierto lo que dice? ¿Acaso Dios no lo sabe y está en control? Recuerda que todos, incluidos tú y ella, somos pecadores y estamos luchando con ser un poco más como Jesús cada día, ¿cómo responderás?».
Atesorar el evangelio es atesorar la obra de Cristo, atesorar la obra de Cristo es atesorarlo a Él, y estos afectos mueven nuestras acciones
Podemos atravesar el sufrimiento y resolver nuestros deseos insatisfechos al recordar nuestra identidad, quién es Dios y qué ha hecho por nosotros en Cristo. De hecho, necesitamos regresar a estas verdades continuamente para que el orgullo, la amargura y el rencor no se aniden en nuestro corazón. Aun cuando pecamos podemos acercarnos al Señor sin culpa, pidiéndole que nos renueve todos los días a través del poder de Su Espíritu. De este modo, podemos decir como Pablo: «Ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gá 2:20).
Dicho esto, te animo a que cada día —antes de dormir, por ejemplo— medites en cómo están siendo tus palabras hacia otros. Pídele al Espíritu Santo que te muestre a quién has herido y de qué formas. Luego, ruega al Señor que te conceda arrepentimiento para pedir perdón y que te ayude a perdonar si te han lastimado. Además, puedes hacer esta oración constantemente: «Señor, muéstrame mis motivaciones, ¿por qué hice esto en vez de hacer lo que dice Tu Palabra?». Sé que Dios te lo mostrará, porque tu santificación es Su voluntad (1 Ts 4:3). De estas maneras, regresamos una y otra vez al evangelio para vivirlo.
No olvides que, al recibir la salvación del Señor, recibimos un nuevo corazón, el cual es el centro de nuestro ser, donde se albergan nuestra voluntad, pensamientos y sentimientos. Pero estos también necesitan ser renovados diariamente con la Palabra de Dios para que nuestras acciones, por medio del Espíritu Santo, sean diferentes. La obra de Cristo, el evangelio, en nuestro lugar no solo nos justifica (nos declara justos ante Dios), sino que también nos santifica: nos aparta para servirle y adorarle, mientras nos perfecciona cada día para vivir en santidad (Ro 6:6-11).
Considera también que el enfoque de tu santificación no es conductual, pues solo a partir de una relación con el Señor respondes en verdadera fidelidad y obediencia a Su gran amor para ti mostrado en Cristo.
Recuerda que estás en un proceso de santificación
Confiemos en que Dios no nos salvó para dejarnos a nuestra suerte o a nuestra sabiduría, sino que nos está perfeccionando para hacer una obra en nosotros que glorifique Su nombre (Fil 1:6).
La santificación implica morir al viejo hombre, a sus formas de pensar, actuar y valorar, para vivir en el nuevo hombre creado en justicia y santidad de Cristo (Ef 4:24). Como Michael Snetzer dice: «La santificación está compuesta, para decirlo brevemente, de estos dos elementos: vivificación y mortificación». El Espíritu Santo es el encargado de hacer brillar el evangelio en nuestros corazones al mostrarnos lo que debemos mortificar y lo que debemos vivificar.
Por causa de la santificación que el Señor está obrando, nuestras acciones mostrarán cada vez más un corazón que atesora el evangelio
A través de la comunión con otros, de la exposición fiel a la predicación de la Palabra, del discipulado y de todos los hábitos de gracia crecemos en conocimiento para perseguir la santidad, mientras confiamos en que es por la gracia de Dios que somos sostenidos y que es por Su fidelidad que no seremos destruidos.
Al mismo tiempo, muchas veces somos santificados por el Señor a través del dolor y de las pruebas que imperan en este mundo. El apóstol Pablo dice:
Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza. Y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado (Ro 5:3-5).
Piensa en David, quien huyó de Saúl por casi catorce años, a pesar de que Dios le había dicho que era el rey escogido. Piensa en Jacob y en su trayectoria fuera de su hogar, porque había engañado a su padre y estaba enemistado con su hermano. Piensa en Pablo, a quien le fue dado un aguijón para que no se enorgulleciera. Todos ellos aprendieron con el tiempo a sostenerse de la salvación otorgada, para obedecer a Dios por amor. Dios no obligó a ninguno de ellos a amarlo, pero les mostró su necesidad de Él y que solamente Él podía satisfacer, ayudar, consolar y transformar sus corazones más allá de sus situaciones. La forma en la que respondieron nos enseña cuánto aprendieron a atesorar al Señor.
Por causa de la santificación que el Señor está obrando en nosotros, nuestras acciones mostrarán cada vez más un corazón que atesora el evangelio.
Sigue atesorando a Cristo
Te pregunto: ¿tus acciones muestran que te atesoras más a ti que al Señor? ¿Tus acciones muestran que deseas tener la razón más que amar a tu hermano? ¿Tus acciones muestran que deseas la gloria para ti y no para el Señor? ¿Tus acciones muestran que tu identidad no está en Cristo, sino en lo que puedas lograr y por eso eres demandante con otros? Si es así, no te desanimes, recuerda el evangelio y corre de nuevo a Dios. El Señor ha prometido: «Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón» (Jr 29:13).
Cuando nos arrepentimos y pedimos perdón o perdonamos, estas acciones muestran que tenemos el evangelio presente, que atesoramos más a Cristo y Su vida formándose en nosotros que a nuestra razón y justicia. Cuando perseveramos en medio de cualquier circunstancia, recordando que Dios está haciendo una obra de santificación en nosotros, aprendemos a atesorar más el evangelio.
El Señor nos da Su paz, quietud, gozo y contentamiento, que vienen a ser virtudes que se reflejan en cómo hablamos, nos relacionamos y servimos. Nuestras acciones revelan dónde está nuestro tesoro (Mt 6:21). Entonces, sigue atesorando a Cristo y recordando Su obra en ti y, cada día, tus acciones mostrarán más que atesoras el evangelio.
Susana de Cano
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/acciones-atesorar-evangelio/
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