
Treinta años después del fin de la Guerra Fría, el orden que garantizó estabilidad al continente se desmorona. La pregunta ya no es quién lidera el mundo, sino si Europa podrá evitar quedar al margen de las decisiones que lo definirán.
La 62ª edición de la Conferencia de Seguridad de Múnich dejó una sensación incómoda en muchas capitales europeas. Bajo el lema “Under Destruction”, el encuentro evidenció algo que hasta hace poco se decía en voz baja: el orden internacional que garantizó durante décadas la prosperidad y la seguridad del continente ya no existe tal como lo conocíamos. Mientras otras potencias actúan para moldear la nueva etapa, Europa parece limitarse a reaccionar.
La imagen es elocuente. En el hotel Bayerischer Hof, escenario tradicional de debates estratégicos, se habló de guerra, energía, comercio, inteligencia artificial y reforma del multilateralismo. Pero, más allá de los diagnósticos acertados, faltó una hoja de ruta clara. El problema europeo no es la falta de análisis, sino la ausencia de dirección.
El fin de lo evidente
Durante décadas, Europa dio por sentadas tres certezas: el paraguas de seguridad estadounidense, un comercio global relativamente abierto y un sistema multilateral donde su peso económico se traducía en influencia política. Hoy, las tres bases están en cuestión.
El canciller alemán Friedrich Merz reconoció en Múnich que el orden internacional previo ha dejado de existir. Identificó dependencias energéticas, retrasos tecnológicos y fragilidades industriales. Fue un discurso honesto. Pero el continente sigue atrapado entre la conciencia del problema y la incapacidad para actuar con rapidez.
La Unión Europea, diseñada para integrar economías y evitar conflictos internos, no fue pensada para competir en un entorno de rivalidad sistémica. La unanimidad en política exterior, las diferencias estratégicas entre Este y Oeste y la fragmentación industrial dificultan cualquier giro rápido.
China: estrategia a largo plazo
Si se busca un ejemplo de planificación sostenida, hay que mirar a China. Desde que el presidente Xi Jinping lanzó en 2013 la Iniciativa de la Franja y la Ruta, Pekín ha tejido una red de infraestructuras, financiación y acuerdos comerciales que conecta Asia, África, América Latina y Europa.
Lo que comenzó como un ambicioso plan de carreteras, puertos y ferrocarriles es hoy una arquitectura geoeconómica. No se trata solo de comercio. Se trata de influencia. Los préstamos, los acuerdos de suministro y las inversiones en infraestructuras estratégicas generan dependencias a largo plazo.
En paralelo, el grupo BRICS ha fortalecido herramientas alternativas a las dominadas por Occidente. La Nueva Banco de Desarrollo financia proyectos en países emergentes y el Contingent Reserve Arrangement ofrece liquidez sin pasar por el Fondo Monetario Internacional. Acuerdos bilaterales en monedas locales reducen la exposición al dólar. El mensaje es claro: el Sur Global quiere opciones.
China, además, ha sabido presentar su visión como inclusiva. En Múnich, el ministro de Exteriores Wang Yi defendió un “multilateralismo revitalizado” con un papel central para Naciones Unidas. Puede discutirse la coherencia de ese discurso, pero la estrategia existe. Europa, en cambio, aún debate cuál debe ser su lugar en un mundo multipolar.
Estados Unidos: del garante al negociador
El segundo actor clave es Estados Unidos. Bajo el liderazgo de Donald Trump, Washington ha adoptado un enfoque abiertamente transaccional. La alianza transatlántica ya no se presenta como un compromiso histórico inquebrantable, sino como una relación sujeta a condiciones.
En Múnich, el secretario de Estado Marco Rubio habló del “siglo occidental”, pero dejó claro que la prioridad es “America First”. Defensa, comercio, energía y migración se convirtieron en materias negociables. El mensaje implícito fue que Europa debe aportar más si quiere mantener el respaldo estadounidense.
Este giro no implica necesariamente una ruptura, pero sí un cambio profundo. Desde 1945, la arquitectura de seguridad europea descansaba en la garantía de Washington. Hoy, esa garantía se percibe como menos automática. Para muchos países del Este, la dependencia sigue siendo existencial. Para otros, la idea de autonomía estratégica gana terreno.
El problema es que la autonomía europea sigue siendo más un eslogan que una realidad. No hay un ejército común, la industria de defensa está fragmentada y las inversiones conjuntas avanzan con lentitud.
Rusia e India: flexibilidad en la multipolaridad
Mientras tanto, Rusia ha buscado compensar su aislamiento occidental reforzando lazos con Asia. La guerra en Ucrania cerró muchas puertas en Europa, pero abrió otras en India y China. Moscú apuesta por una narrativa de mundo multipolar donde Occidente ya no dicta las reglas en solitario.
Por su parte, India ha perfeccionado una diplomacia pragmática. Compra energía rusa, coopera con Estados Unidos en el Indo-Pacífico, participa en los BRICS y dialoga con el G7. Su concepto de “autonomía estratégica” no es retórico: se traduce en decisiones concretas, a veces contradictorias, pero orientadas a maximizar margen de maniobra.
Esa flexibilidad contrasta con la rigidez europea. La UE tiende a presentar sus políticas como coherentes con valores universales. Sin embargo, en un entorno competitivo, los valores por sí solos no garantizan influencia si no van acompañados de poder económico, tecnológico y militar.
El momento BRICS
La cumbre de los BRICS celebrada en Río de Janeiro en 2025 marcó un punto de inflexión. El grupo amplió su agenda más allá de la economía e incorporó debates sobre gobernanza digital, inteligencia artificial y reforma de la arquitectura de seguridad global. Países que antes se percibían como actores secundarios ahora se ven a sí mismos como codiseñadores del sistema internacional.
Para Europa, esto supone un desafío doble. Por un lado, pierde centralidad en foros donde antes dominaba. Por otro, debe competir por la influencia en regiones donde China y otros actores ofrecen financiación rápida y sin condicionamientos políticos estrictos.
Las décadas perdidas
El problema europeo no surgió en 2026. Se gestó durante años de complacencia. Tras el fin de la Guerra Fría, el continente confió en que la globalización y el derecho internacional consolidarían un entorno estable. Mientras tanto, descuidó la inversión en defensa, externalizó producción estratégica y se hizo dependiente de suministros energéticos y tecnológicos.
Europa siguió siendo un gigante económico, pero no tradujo esa fuerza en capacidad geopolítica. Es el mayor donante de ayuda al desarrollo y uno de los principales socios comerciales del mundo. Sin embargo, rara vez utiliza ese peso como herramienta estratégica coordinada.
La fragmentación interna agrava el problema. Francia insiste en la autonomía estratégica; Alemania prioriza sus exportaciones; los países bálticos y Polonia miran a Washington para su seguridad. Sin una cultura estratégica común, cada crisis reabre viejas divisiones.
¿Qué le falta a Europa?
Primero, una visión compartida. No basta con defender un orden internacional basado en reglas si otros actores están redefiniendo esas reglas. Europa necesita definir qué intereses está dispuesta a proteger y qué costes asumirá para hacerlo.
Segundo, capacidad de decisión. La unanimidad en política exterior limita la reacción rápida. Reformar este mecanismo es políticamente sensible, pero sin cambios la UE seguirá reaccionando tarde.
Tercero, inversión en sectores clave. Defensa, semiconductores, inteligencia artificial y energía son campos donde la dependencia externa puede convertirse en vulnerabilidad estratégica. Sin autonomía tecnológica, la soberanía es parcial.
Cuarto, narrativa. China habla del “sueño chino”, Estados Unidos de grandeza nacional, India de autonomía. Europa suele presentarse como guardiana de normas. Eso es valioso, pero no moviliza por sí solo. Necesita un relato que combine prosperidad, seguridad y capacidad de acción.
Un continente en la encrucijada
Europa no carece de recursos. Si se considera como bloque, su economía rivaliza con la de las mayores potencias. Tiene universidades de excelencia, empresas líderes y una tradición diplomática consolidada. También posee “poder blando”: estándares regulatorios, atractivo cultural y experiencia en integración regional.
La cuestión es si podrá convertir ese potencial en influencia real en un mundo competitivo. La alternativa no es el colapso inmediato, sino la irrelevancia progresiva. Convertirse en un espacio próspero pero periférico en las grandes decisiones estratégicas.
La Conferencia de Seguridad de Múnich funcionó como espejo. Mostró a un continente consciente de los cambios, pero aún indeciso sobre cómo responder. Mientras China, Estados Unidos y los BRICS avanzan con estrategias definidas, Europa debate procedimientos.
El tiempo no es infinito. En un sistema internacional en transición, quienes no moldean las reglas terminan adaptándose a las de otros. Para Europa, la pregunta ya no es si el mundo ha cambiado, sino si está dispuesta a cambiar con él.
Redacción
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/internacional/que-explica-el-retroceso-de-europa-ante-china-ee-uu-y-los-brics
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