
“Vamos como pollo sin cabeza”, “no tengo tiempo”, “siempre voy con prisas”. Este tipo de afirmaciones se escuchan constantemente a nuestro alrededor; incluso puede que seamos nosotros mismos quienes las repetimos una y otra vez. En medio de esta vorágine que muchas veces vivimos, nos encontramos no solo cumpliendo con lo que nos corresponde hacer, sino también asumiendo tareas y compromisos a los que hemos dicho que sí sin haber sabido poner límites.
Entre los ámbitos más comunes en los que no solemos poner límites encontramos:
En el trabajo: respondemos mensajes fuera del horario laboral (más a menudo de lo que sería saludable), decimos que sí a tareas para “no quedar mal” y, en muchas ocasiones, no pedimos aclaraciones por miedo.
En las relaciones personales: toleramos comentarios o bromas que nos incomodan, evitamos expresar cómo nos sentimos para no generar conflictos o nos mostramos siempre disponibles sin pararnos a pensarlo.
Con nosotros mismos: no descansamos lo que el cuerpo y la mente necesitan, nos exigimos llegar a todo —un “todo” imposible de alcanzar— y tendemos a compararnos, casi siempre en negativo.
Parece que decir “no” es ser egoísta, y confundimos no poner límites con ser buena persona. Cuando decimos “no”, puede invadirnos la culpa: una culpa totalmente irracional. Las emociones, como señales que son, nos aportan información; sin embargo, cuando esa culpa nace de un pensamiento distorsionado como “he dicho que no, soy un egoísta, realmente podría hacerlo”, lo único que hace es engañarnos. Por eso, conviene preguntarnos: ¿realmente soy responsable de aquello que me está haciendo sentir culpable?
Vamos más allá: ¿Jesús puso límites?
Jesús puso límites muchas veces, de forma clara y consciente. Veamos algunos ejemplos concretos:
- Se retiraba para descansar y orar.
Aunque la gente lo buscaba y lo necesitaba, Jesús se apartaba a lugares solitarios. No estaba siempre disponible, ni siquiera para “buenas causas” (Mc 1,35; Lc 5,16).
Es habitual intentar estar disponibles para todo, pero, como Jesús, necesitamos momentos de pausa. No podemos renunciar a la oración, ni siquiera cuando creemos que lo hacemos por una buena causa, porque es Dios —y la relación con Él— quien nos llena, nos ordena y nos capacita para estar de manera sana al servicio de los demás. - Dijo “no” a demandas que no formaban parte de su misión.
La gente quería que se quedara en un lugar, pero Él afirmó que debía ir a otros pueblos; no permitió que otros decidieran su propósito (Lc 4,42–43).
Saber decir no a aquello que nos aleja de lo que Dios nos pide, aunque sea bueno y lícito, también es un acto de fidelidad. - No se justificó ante acusaciones injustas.
Ante Pilato, guardó silencio frente a falsas acusaciones y no entró en discusiones que no conducían a la verdad (Mt 27,12–14).
Cuántas veces nos justificamos de más o acabamos discutiendo asuntos que no nos acercan a la verdad. - Corrigió con firmeza cuando fue necesario.
Incluso a alguien cercano como Pedro le dijo: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque piensas como los hombres, no como Dios” (Mt 16,23). El amor no elimina la corrección.
Ser firmes no es sinónimo de ser maleducados. Vivir en la verdad implica, en ocasiones, mantenernos firmes en aquello que Dios nos pide, incluso cuando alguien que nos quiere nos invita a tomar otro camino. - Puso límites a la falta de respeto en el templo.
Expulsó a los comerciantes y defendió lo sagrado cuando fue invadido (Mt 21,12–13). Jesús no tuvo miedo al conflicto cuando estaba en juego la verdad.
Muchas veces, por evitar el conflicto, aceptamos situaciones con las que no estamos de acuerdo y que, a largo plazo, terminan haciéndonos daño. - No permitió que lo buscaran solo por interés.
Señaló que algunos lo seguían únicamente por el pan y no por el mensaje:
“En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros” (Jn 6,26–27).
Darnos a los demás forma parte de la vida cristiana, pero siempre revisando si aquello que hacemos es realmente sano y verdadero. Cuando intuimos que alguien nos busca solo por interés, es importante expresar cómo nos sentimos, sin miedo a un posible rechazo.
Podemos concluir que Jesús perdona, pero también confronta; se retira, guarda silencio o se va cuando es necesario. Perdonar no implica reconciliarse, del mismo modo que amar no significa aceptar cualquier comportamiento ni vivir sufriendo. Cuántas veces en nuestra vida cristiana queremos parecernos a Jesús, pero sin embargo, cuando pensamos en las cosas en las que nos podemos parece a Él, la primera que nos viene no suele ser poner límites. Los límites que no ponemos los cristianos por no entender bien a Jesús, es algo que en consulta he comprobado cientos de veces que nos hace sufrir. Aprendamos pues de estos ejemplos y seamos como Jesús: amaremos, siendo firmes en aquello que nos pide Dios y pongamos límites.
Marta
Fuente de esta noticia: https://feyvida.com/blog/jesus-tambien-puso-limites-y-no-dejo-de-amar/
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