
En el último artículo sobre discipulado empezábamos una introducción al tema y hoy nos vamos a centrar un poco más en él, en lo que es verdaderamente el discipulado. Voy a empezar con un texto de la Palabra de Dios, al capítulo 1 del Evangelio de san Juan, a partir del versículo 36, y dice así:
Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)». Al día siguiente, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret». Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe le contestó: «Ven y verás». Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?». Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
El discipulado: llamada, encuentro y decisión
Esta es una palabra un poco larga, pero a mí me gusta mucho porque el Evangelio de Juan es un evangelio especial. Narra los acontecimientos de la vida de Jesús de una manera muy personal. Aquí se nos cuenta, de una forma bastante creíble e histórica, cómo Jesús se encuentra con unas personas y cómo, a partir de ese encuentro, sus vidas se transforman y empiezan a seguirle. Conocemos la historia de ellos, lo que pasó después, y sabemos que le siguieron hasta el final. El propio Juan, murió seguramente en la isla de Patmos siendo ya muy mayor; los demás padecieron el martirio, según nos cuenta la tradición.
A pesar de que empleamos mucho la palabra “discípulo” y de que también la Palabra de Dios la emplea, hemos dicho muchas veces que la palabra griega “mathētēs” significa alguien que sigue a un maestro. Sin embargo, curiosamente es una palabra que no se emplea mucho en ninguna de las iglesias: ni en la católica, ni en la evangélica, ni en la ortodoxa. Se habla mucho de creyente, se habla mucho de militante, se habla mucho de practicante, pero no se habla tanto de discípulo.
Y esto es curioso. Yo creo que la palabra discípulo se ha convertido casi en un signo distintivo de la pequeña tradición de Fe y Vida, que todavía es muy pequeña, pero que ya tiene algo distintivo. Me alegro muchísimo de ver cómo en muchos eventos y declaraciones empieza a emplearse la palabra discipulado. En inglés se emplea más “discipleship”, pero en español no tanto, y últimamente en España se empieza a usar, y estoy muy contento, porque creo que es algo bueno. Es una forma de denominar a los seguidores de Jesús que es muy bíblica, muy fiel a la Escritura y muy exacta.
Un discípulo, hablando a nivel católico, no es lo mismo que un creyente, tampoco es lo mismo que un practicante, ni es lo mismo que un militante. Un discípulo ciertamente es un creyente, seguramente es un practicante, y puede que sea o que no sea un militante. Un militante es una persona que hace cosas por la Iglesia, por el Reino de Dios. Un discípulo puede ser militante o puede no serlo. Puede haber personas que, por su situación de vida, no puedan hacer nada más allá de su vida cotidiana: una persona enferma, una madre con muchos hijos, alguien con un trabajo durísimo. Esa persona no será militante, pero puede ser discípula.
Jesús no nos manda a ir y hacer creyentes, ni a ir y hacer militantes; nos manda a ir y hacer discípulos. En la gran comisión de Mateo, Jesús dice: “Id y haced discípulos de todas las naciones”. Jesús nos manda a hacer discípulos, y esto es fundamental.
Conversión y seguimiento: el eje que da forma a la vida cristiana
El discipulado está al alcance de cualquiera. No discrimina por cultura, por estatus social, por salud, ni por orientación. Puede ser discípulo una persona sana o enferma, incluso una persona con enfermedad mental. Nadie tiene la culpa de una enfermedad. No todos pueden vivir el discipulado del mismo modo, pero todos pueden vivirlo. Y todos están llamados a la santidad.
Un discípulo es alguien que ha tenido un encuentro con el Señor, sensible o no sensible, y que ha decidido seguirle, haciendo de ese seguimiento el centro de su vida. La sensibilidad no mide la autenticidad del encuentro con Dios. Si has tenido una experiencia fuerte, estupendo; si no la has tenido, es igual de válido. En el Nuevo Testamento, salvo el caso de san Pablo, no se narran grandes experiencias sensibles, sino decisiones. El discipulado empieza cuando uno decide seguir a Jesús seriamente.
La conversión es hacer de Jesús el eje de la vida, el pilar alrededor del cual se construye todo lo demás: trabajo, amistades, afectos, vida personal y vida espiritual. Cuando algo no encaja en ese eje, hay que dejarlo. La conversión no es solo un acto humano; nadie puede seguir a Jesús sin el Espíritu Santo. La decisión es nuestra, pero la fuerza viene de Dios.
El seguimiento se puede resumir en dos cosas: buscar qué quiere Dios de ti y hacerlo, incluso equivocándote. Dios no juega al escondite. La voluntad de Dios suele ser más sencilla de lo que pensamos. Lo importante no es acertar siempre, sino buscar de corazón y actuar con fidelidad.
Disciplina, gracia y verdad sobre uno mismo
La puerta de entrada al discipulado es la conversión, y el discipulado es un proceso. Una conversión sin discipulado se queda incompleta, y un discipulado sin conversión es una falsedad. Además, el discipulado implica disciplina. Sin una cierta disciplina es difícil crecer espiritualmente, aunque la disciplina sola no basta: es necesaria la gracia del Espíritu Santo.
En el Reino de Dios no se mide a las personas por su productividad. Hay medios fuertes y medios débiles según el mundo, pero no según Dios. Una persona enferma o limitada puede aportar más al Reino que alguien muy activo. Nunca debemos compararnos, porque Dios tiene un plan único para cada uno.
Finalmente, el discipulado implica tomarse en serio a uno mismo. Muchas veces no creemos que Dios pueda obrar a través de nosotros, y ese es uno de los mayores obstáculos. Dios puede hacer obras grandes en nosotros si se lo permitimos. El drama no es que Dios no quiera actuar, sino que muchas veces no nos atrevemos a creerlo.
Estas son algunas de las bases fundamentales del discipulado, y tenemos que aplicarnos el cuento y espabilar.
Josué Fonseca
Fuente de esta noticia: https://feyvida.com/blog/el-discipulo/
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