
La expresión low hanging fruit significa literalmente la fruta que cuelga más baja. En contextos organizacionales y culturales, se usa para describir aquello que es fácil de señalar, criticar o atacar, no porque sea lo más importante, sino porque es lo más visible, accesible y hasta rentable emocionalmente. Permite dar la impresión de firmeza moral sin demasiado costo ni profundidad.
En ese sentido, Bad Bunny es para muchos un low hanging fruit. El anuncio de su participación como cabeza del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX 2026 —el evento televisivo más visto en Estados Unidos— ha avivado tanto la celebración como la crítica pública. El artista puertorriqueño, ganador reciente del Grammy al Álbum del Año con un disco completamente en español (Debí Tirar Más Fotos), es ahora objeto de debate cultural, político y moral.
Criticar a Bad Bunny —su música, su estética o sus declaraciones públicas— es fácil. Su presencia en uno de los escenarios culturales más grandes del mundo ha irritado a conservadores, activado debates sobre idioma e identidad, y generado respuestas emocionales que rara vez se asemejan o surgen de una reflexión profunda.
Por supuesto, los cristianos que consumen conscientemente este tipo de contenido deben examinar su discernimiento. La Escritura nos llama a tener cuidado de cómo andamos, «no como insensatos sino como sabios» (Ef 5:15) y nos dice: «Transfórmense mediante la renovación de su mente» (Ro 12:2). Decir esto no relativiza la santidad; la afirma con cuidado y responsabilidad espiritual.
Es mucho más fácil denunciar el pecado allá afuera que confrontar la mundanalidad que muchas veces está normalizada dentro de la iglesia
Pero aquí está el punto más profundo —y más incómodo— que raramente está en el centro de estas conversaciones: concentrarnos exclusivamente en Bad Bunny puede convertirse en una distracción espiritual. Es mucho más fácil denunciar el pecado allá afuera que confrontar la mundanalidad que muchas veces está normalizada dentro de la iglesia.
Es más cómodo hablar de artistas seculares que hablar de la sensualidad tantas veces tolerada en el corazón cristiano, del materialismo popular disfrazado de «bendición», del yoísmo espiritual que suele usar la religión como medio para la autorrealización, o de la falta de temor de Dios que se expresa en una vida sin arrepentimiento ni santidad verdaderos.
Esto no es mera especulación. La historia bíblica nos advierte con crudeza que el juicio de Dios comienza por Su casa (1 P 4:17). El profeta Isaías denunció no solo la idolatría pagana, sino también la apostasía interna de Israel: «Este pueblo se acerca a Mí con sus palabras / Y me honra con sus labios, / Pero aleja de Mí su corazón» (Is 29:13). El problema no era solo lo que había «afuera»; era lo que había dentro del pueblo de Dios.
De igual manera, el apóstol Pablo confrontó a la iglesia de Corinto, no por lo que el mundo hacía, sino por cómo la inmoralidad estaba arraigada entre los creyentes. A quienes se habían envanecido les dice: «¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa?» (1 Co 5:6). Su llamado fue directo, urgente y, sobre todo, interno.
En un mundo que idolatra la novedad, el espectáculo y la notoriedad, la iglesia no está exenta de tentaciones similares. Podemos denunciar la mundanalidad secular sin detectar la mundanalidad espiritual dentro de nuestras congregaciones. Podemos hablar de cuán «peligrosos» son ciertos artistas mientras toleramos un evangelio reducido, un discipulado superficial y una santidad que no se refleja en la vida.
La Escritura nos llama a ser un remanente diferente, no por estridencia moral, sino por obediencia radical. Josué proclamó: «Escojan hoy a quién han de servir… Pero yo y mi casa, serviremos al SEÑOR» (Jos 24:15). Esas palabras son una invitación a la distinción espiritual, no a la crítica cultural por sí sola.
Del mismo modo, Pablo exhorta a los creyentes a no participar en las obras infructuosas de las tinieblas, sino a exponerlas (Ef 5:11). Claro que hay lugar para el discernimiento cultural o la advertencia profética, pero la advertencia sin santidad en nuestro propio pueblo es ruido, no fidelidad.
El verdadero llamado de Dios para nosotros no es a ser expertos en criticar la cultura, sino a ser fieles representantes de Cristo dentro de ella
El problema de señalar mayormente el low hanging fruit es que hacerlo parece dar una sensación de victoria espiritual porque declaramos la maldad de los de afuera, pero sin exigir el costo del arrepentimiento profundo puede convertirse en la misma hipocresía que Jesús condenaba de los religiosos de su tiempo. Es fácil criticar lo que no tenemos que someter a nuestra propia vida. Es fácil escribir una declaración condenatoria de un espectáculo global sin cuestionar cuán parecidos estamos siendo al mundo en nuestra forma de vivir y pensar.
Jesús mismo acusó a muchos fariseos con estas palabras: «¡Hipócritas! Saben examinar el aspecto de la tierra y del cielo; entonces, ¿por qué no examinan este tiempo presente?» (Lc 12:56). El problema no era la falta de juicio; es la falta de juicio honesto, introspectivo y transformado por Cristo.
El verdadero llamado de Dios para nosotros no es a ser expertos en criticar la cultura, sino a ser fieles representantes de Cristo dentro de ella. Un pueblo que no se vende a la sensualidad, que no vive para el consumo, que no gira en torno al «yo» como centro de la vida. Un pueblo sobrio, santo, crucificado con Cristo en medio de una generación torcida.
El mundo hará una y mil veces lo que el mundo hace. El Super Bowl dará espectáculo, la cultura generará debates, y la controversia seguirá. Pero la pregunta es si la iglesia será distinta —no solo más ruidosa en sus críticas— y más obediente en su santidad.
Si solo hablamos del low hanging fruit, podemos sentirnos fieles sin serlo realmente. Por otro lado, si confrontamos la mundanalidad dentro de la iglesia, eso sí cuesta… pero eso es lo verdaderamente profético.
Joselo Mercado
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/criticar-facil-exhortar-profetico/
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