
Bruselas avala que Ryanair cobre por la maleta grande en cabina, pero tumba descuentos ficticios y avisos de urgencia en su web de reservas.
El Tribunal de Empresa de Bruselas ha bendecido una de las discusiones más repetidas en cualquier puerta de embarque: Ryanair puede seguir cobrando un extra por la maleta de cabina “grande” (la que suele ir al compartimento superior y que la compañía vincula al formato de 10 kilos), aunque al mismo tiempo deberá retirar de su proceso de reserva varias prácticas que el juez considera engañosas o confusas. La decisión, fechada el 28 de enero de 2026 y conocida públicamente el 3 de febrero, entra con bisturí: recorta el marketing, pero no desmonta el modelo de extras.
En concreto, el tribunal ordena a la aerolínea que deje de anunciar descuentos apoyados en precios de referencia falsos, que frene los mensajes de urgencia artificial sobre supuesta escasez de plazas y que no vuelva a jugar al escondite con algunos costes del equipaje (mostrar el cargo en un tramo y no en el otro, o presentarlo de manera irregular durante la compra). Si no aplica los cambios, se expone a una multa diaria de 5.000 euros, y dispone de tres meses desde la notificación para corregirlo. El caso lo impulsó Testachats, con apoyo de Euroconsumers.
La sentencia de Bruselas, con bisturí y sin anestesia
El fallo no se limita a un “sí” o un “no”, que sería más cómodo para los titulares y más inútil para entender lo que pasa. Habla de cómo se vende. De un lado, admite que una tarifa básica pueda incluir solo un bulto pequeño y que todo lo demás se trate como servicio adicional; de otro, recuerda que la venta online no es un casino: la pantalla no puede empujar con trampas, porque eso rompe la comparación de precios y, en el fondo, el mercado. En esa idea —transparencia— está el nervio de la condena, más que en el tamaño exacto de una mochila o en la forma del trolley.
Desde las asociaciones de consumidores lo presentaron como un golpe directo a la “escenografía” del low cost. Marco Scialdone lo resumió con una frase que se entiende sin manual jurídico: no vale empujar ventas con descuentos falsos, costes ocultos o mensajes que simulan escasez. También desde Testachats se insistió en que el proceso de compra debe desglosar el precio con claridad, sin obligar a adivinar qué parte del importe es tarifa y qué parte es peaje por ir “como se viaja”.
La compañía, en cambio, celebró lo que más le interesaba: el respaldo al cobro por la maleta grande de cabina y, además, el aval a otra práctica polémica, el cobro asociado a sentarse junto a un menor durante la reserva. Dara Brady habló de una resolución “clara y completa” que —según su lectura— vuelve a confirmar que su política de equipaje de cabina encaja con el derecho europeo. Testachats dejó abierta la puerta a recurrir los puntos en los que el tribunal no le dio la razón.
Cuando “equipaje de mano” significa dos cosas a la vez
Hay palabras que parecen inocentes hasta que se convierten en factura. Equipaje de mano es una de ellas: suena a algo simple, casi doméstico, pero en la práctica es una frontera móvil entre lo que se considera parte del transporte y lo que se vende como “extra”. En los últimos años, esa frontera se ha estrechado como un pasillo de avión en hora punta: algunas aerolíneas han empujado el concepto hacia el bulto mínimo, y han convertido la maleta que antes era “normal” en una especie de privilegio tarifado. Por eso cada sentencia sobre este asunto se lee como si fuese una previsión meteorológica: cambia el ánimo, anticipa tormentas en los mostradores, pero rara vez despeja del todo.
Bolsa bajo el asiento y maleta de 10 kilos: la línea que separa todo
Lo que el tribunal belga acepta, tal como se ha explicado en estos días, es la lógica de dos niveles: un bulto pequeño que cabe bajo el asiento como mínimo incluido, y una maleta mayor (la de cabina “grande”, asociada a ese límite de 10 kg en la conversación pública) como servicio opcional que puede tener precio. La clave es que ese “opcional” no se construya con medias verdades: si la compra te lleva de la mano hacia el extra como si fuese inevitable, ya no es elección, es empujón. Y el juez, precisamente, ha querido cortar el empujón, no el extra.
En la práctica cotidiana, este matiz tiene efectos visibles: cambia la discusión del “me cobran por una maleta” al “me lo dijeron tarde”. Porque el conflicto no siempre estalla por pagar, sino por pagar después de haber creído que no tocaba. El low cost vive de esa línea fina: tarifa inicial muy baja, y luego un rosario de decisiones —prioridad, asiento, maleta, flexibilidad— que van sumando. Cuando la suma aparece tarde o se presenta con trucos visuales, el billete barato empieza a oler a precio partido, a cuenta de la vieja.
La sentencia también valida que se pueda cobrar en el proceso de reserva por garantizar que un adulto se siente junto a un menor, un punto especialmente sensible porque mezcla seguridad, comodidad básica y monetización. El tribunal, en este caso, no compró el argumento de que esa proximidad deba ir siempre incluida sin coste. Ese aval no es menor: refuerza la idea de que la compañía puede segmentar el viaje en piezas, aunque el debate político y social sobre dónde debería estar el mínimo común siga abierto.
La web de reservas bajo lupa: descuentos, urgencia y costes que bailan
Lo que más irrita al tribunal no es el extra en sí, sino la manera de presentarlo. En la reserva online, cada pantalla funciona como un pasillo de supermercado: etiquetas, ofertas, avisos, colores, pequeños sustos. Y ahí, según el fallo, Ryanair cruza líneas que la ley no tolera. Se le reprocha vender con un guion que puede confundir: anunciar rebajas sobre supuestos precios anteriores que no son reales, sugerir que las plazas se agotan cuando esa urgencia no está justificada, y mostrar ciertos cargos de equipaje de forma inconsistente a lo largo del proceso.
Descuentos fantasma y urgencias de escaparate
El asunto de los precios de referencia falsos suena técnico, pero es simple: se anuncia un “antes” tachado y un “ahora” seductor, aunque ese “antes” no haya sido el precio real aplicado, o no lo haya sido de forma verificable. El consumidor ve una ganga; el juez ve un señuelo. Es un mecanismo viejo como la publicidad, pero en internet se vuelve más delicado porque el usuario no tiene el cartel físico delante, solo una cifra que aparece y desaparece, y porque las comparaciones entre aerolíneas se hacen a velocidad de pestañas abiertas. El tribunal ordena parar esa práctica.
Luego está la escasez: mensajes tipo “quedan pocas plazas a este precio” o “solo X asientos disponibles” que, si no responden a una realidad comprobable, funcionan como un empujón emocional —rápido, automático— para que no se abandone la compra. El fallo considera que ese uso es engañoso. Y aquí hay una consecuencia menos visible pero potente: si el regulador o el juez empiezan a perseguir estas “urgencias”, el diseño de las webs cambia, porque muchos portales viven precisamente de esa presión. No es una pelea estética; es una pelea por la información.
El tercer punto es el más pegajoso porque se nota en el bolsillo: la sentencia critica que los costes del equipaje no se presenten con la misma claridad en todos los tramos o pantallas, por ejemplo cuando se muestra el cargo en la ida y no en la vuelta, o cuando el desglose aparece tarde y obliga a reconstruir el precio mentalmente. También se han mencionado los paquetes o tarifas “agrupadas” en la reserva como parte del ecosistema que puede inducir a error si no se explican con nitidez. El tribunal exige corregirlo en un plazo y con amenaza de sanción diaria.
Europa en ebullición: el caso belga no cae del cielo
Este pulso llega con el suelo europeo ya caliente. En los últimos meses, varios reguladores y tribunales han intentado encauzar lo que consideran una política agresiva de precios y suplementos. En esa oleada, Ryanair ha encadenado frentes: en Italia recibió una sanción de más de 255 millones de euros por abuso de posición dominante en su relación con agencias de viaje, y en España se ha movido entre multas y recursos por el cobro de determinados extras vinculados al equipaje. La compañía ha dicho que recurrirá decisiones en ambos países, mientras defiende que su política de cabina es legal y habitual en el sector.
El episodio español, además, tiene una segunda capa: Bruselas —en sentido institucional— abrió el 8 de octubre de 2025 un procedimiento de infracción contra España por las sanciones a aerolíneas por cobrar ciertos recargos del equipaje de mano, al considerar que puede vulnerar la libertad de fijación de precios que reconoce la normativa europea. En ese choque aparecen nombres y siglas con peso: el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, dirigido por Pablo Bustinduy, defendió que cobrar por equipaje de mano es abusivo; la Comisión respondió con un expediente y un plazo para contestar; y el debate se instaló en la idea de qué se entiende por “equipaje imprescindible” y qué se considera “servicio extra”.
En paralelo, los tribunales españoles han ido tomando decisiones cautelares que muestran lo delicado del asunto. El Tribunal Superior de Justicia de Madrid suspendió cautelarmente algunas multas mientras se resolvían recursos, con exigencia de avales, y el expediente europeo añadió presión política y jurídica al tablero. En esa discusión entran varias compañías mencionadas en los procedimientos españoles —Vueling, easyJet, Norwegian Air Shuttle, Volotea— además de Ryanair, y el foco ya no está solo en el tamaño de una maleta: también en asientos contiguos, tarjetas de embarque impresas, claridad de la información.
La letra grande del billete barato
El mensaje que deja el tribunal belga es incómodo por lo preciso: no dice que el low cost sea abusivo por definición, ni que cobrar por una maleta sea automáticamente ilegal; dice que el negocio de los extras tiene que jugar con reglas de visibilidad. Puedes vender un billete desnudo y luego ofrecer ropa —maleta, prioridad, asiento—, pero no puedes esconder el precio en pliegues ni inventarte rebajas ni simular que el tiempo se acaba. En Bélgica, la sanción potencial de 5.000 euros al día convierte esa exigencia en algo más que una advertencia moral: es una obligación con calendario.
También deja una tensión viva que no se resuelve con una sentencia: qué parte del viaje debería ser mínimo garantizado. Porque una cosa es que la ley permita segmentar, y otra que la sociedad lo acepte sin discusión, especialmente cuando se trata de familias y menores. El tribunal ha avalado que se pueda cobrar por sentarse junto a un niño; otros países y autoridades han sostenido lo contrario en distintos contextos, y el debate europeo sobre derechos de los pasajeros sigue reescribiéndose con cada expediente y cada reforma en ciernes. Lo que hoy es un “extra” mañana puede convertirse en estándar por decisión política, o al revés.
De momento, la fotografía es esta: Ryanair mantiene el pilar de cobrar por la maleta grande de cabina, pero tendrá que retocar el escaparate digital para que el precio no sea un rompecabezas. Y cuando se retoca un escaparate así, no cambia solo una web: cambia la manera en que se compite. Menos sombras, más letra grande… aunque el billete siga siendo barato solo si se viaja, literalmente, ligero.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: EFE, BOE, Comisión Europea, RTVE, Reuters, El País.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/ryanair-puede-cobrar-por-tu-maleta-de-mano/
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