
La enseñanza ¿quién no lo sabe? Es ante todo una obra de infinito amor.
José Martí
En 1900, José Enrique Rodó publicó Ariel, un llamado a la juventud de América a cultivar la razón, la sensibilidad estética y la espiritualidad por encima del utilitarismo material. Más de un siglo después, sus palabras resuenan con una urgencia descarnada en un Uruguay donde uno de cada tres niños menores de seis años es pobre, y donde el Instituto del Niño y Adolescente (INAU), la institución creada para proteger a los más vulnerables, parece navegar en un mar de crisis institucional, déficit presupuestario y tragedias evitables.
Los nuevos datos del INE confirman lo que la sociedad intuye: la pobreza en Uruguay tiene rostro infantil. Un 32,2% de los niños menores de seis años viven en hogares pobres. La pobreza es “multidimensional”: no solo escasez de ingresos, sino privación en educación, vivienda digna, saneamiento y protección social. Son niños que crecen en un entorno de exclusión y segregación socioterritorial, donde, como reconoció más de una vez a los medios la presidenta del INAU, Claudia Romero, muchos ni siquiera se sienten seguros al cruzar la calle.
Sobre este suelo fértil para la desesperanza, se superpone una epidemia de violencia. El Sistema Integral de Protección a la Infancia y la Adolescencia contra la Violencia (Sipiav) intervino en casi 9000 situaciones en el último año: 24 por día. Expertos estiman que la cifra real podría duplicarse. A esto se suma la violencia del narcotráfico: a fines de 2025 la Plataforma de Infancias y Adolescencias (PIAS) informó que 66 niños, niñas y adolescentes fueron lastimados por armas de fuego en el transcurso del año. Según el registro que lleva la organización de la sociedad civil, 49 fueron heridos de bala y 17 fueron asesinados.
Ante este panorama, el INAU, el “Próspero” que debería proteger a nuestros “Arieles” más frágiles, está desbordado. Hoy por hoy, en sus diversas modalidades, tiene algún tipo de vínculo con aproximadamente 106.800 niños. Mas, su sistema de protección especial, que atiende a unos 8000 niños y adolescentes institucionalizados, está colapsado. De hecho, la internación es, en palabras del vicepresidente Mauricio Fuentes y de la presidenta Claudia Romero, tal como lo expresaron a La Mañana en marzo del año pasado, una situación que es mejor evitar, trabajando directamente con las familias de estos niños y adolescentes.
Uruguay tiene una de las tasas de institucionalización más altas de la región, el triple del promedio. El 87% de esos niños tiene algún vínculo familiar, lo que indica que, con los apoyos adecuados, podrían no estar en un hogar del INAU. Sin embargo, faltan herramientas, personal y voluntad política para fortalecer a las familias y promover modalidades alternativas de cuidado. Mientras, la puerta de ingreso sigue abierta, alimentada por la violencia y la pobreza extrema.
Las tragedias recientes son la punta del iceberg de un sistema en crisis. En poco más de un mes, tres menores bajo protección del Estado murieron en circunstancias trágicas: un adolescente ahogado tras fugarse de un centro, un niño de 10 años fallecido mientras dormía en una clínica psiquiátrica y una joven de 15 años que pereció intoxicada por el humo de un incendio en un hogar de Tacuarembó. Cada una de estas muertes interpela la calidad de la protección estatal y exige, como señaló la Institución Nacional de Derechos Humanos, una respuesta “urgente, transparente y diligente”.
Detrás de estas tragedias humanas hay una crisis de recursos. El INAU arrastra un déficit presupuestal estimado en $ 2300 millones para 2025, heredado de compromisos asumidos y no pagos. La plantilla de funcionarios, lejos de aumentar acorde a la demanda, se redujo en los últimos años, mientras la complejidad de los casos se multiplica. Hay saturación, deterioro edilicio y, como denunció el sindicato en declaraciones para esta edición de La Mañana, una “crisis institucional llamativa”.
Frente a esta realidad, las palabras de Rodó adquieren un significado profundo y doloroso. Ariel representaba “la parte noble y alada del espíritu”, el “entusiasmo generoso”, la “espiritualidad de la cultura”. ¿Qué puede significar Ariel para un niño que no come bien, que vive con miedo, que no tiene un lugar seguro donde soñar? ¿Cómo hablar de alas cuando las bases mismas de la supervivencia y la dignidad están comprometidas?
La paradoja es desgarradora: Uruguay, un país que ha producido pensadores, que ha levantado banderas de justicia social y educación pública, hoy ve cómo su futuro –encarnado en sus niños– se quiebra en la indiferencia, la burocracia y la falta de una política de Estado integral y amorosa.
Formar a la juventud es el verdadero motor del crecimiento a largo plazo. Pero no se puede formar a quien no se protege, no se alimenta, no se cuida. Dotar a nuestros jóvenes de herramientas, conocimientos, técnicas, de contenidos artísticos y espirituales, como pedía Rodó, requiere primero garantizarles una infancia sin violencia, sin hambre, sin abandono.
Es imperativo un pacto nacional por la infancia. Un acuerdo que trascienda gobiernos y coloque a los niños en el centro de la agenda política, con un presupuesto adecuado y bien administrado, personal capacitado y una estrategia clara y holística de fortalecimiento familiar. Un pacto que, inspirado en el Ariel rodoniano, combine la eficacia material con la altura espiritual, entendiendo que salvar a un niño no es un gasto, sino la inversión más sagrada en el porvenir.
La imagen final de Ariel es la de un genio que, liberado, se lanza a los aires para desvanecerse en la lumbre divina. Por ese motivo, no podemos permitir que la luz de la infancia uruguaya se apague antes de desplegarse. El llamado de Rodó a la juventud debe transformarse, hoy, en un llamado a la sociedad en su conjunto –gobierno, oposición, medios, ciudadanos–. Todos deberían asumir la tarea de ser el Próspero que nuestros Arieles necesitan: no un mago distante, sino un protector decidido, que, con voluntad política, recursos concretos y, sobre todo, con un amor inquebrantable, les devuelva el derecho a ser, simplemente, niños.
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/opinion/del-ariel-de-rodo-al-inau-de-la-realidad-la-infancia-como-asignatura-pendiente/
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