
Durante más de medio siglo, el Hospital Psiquiátrico La Castañeda representó para México una mezcla de esperanza científica y pesadilla social. Inaugurado con pompa en 1910 por el entonces presidente Porfirio Díaz, se suponía que aquel coloso de muros blancos y arquitectura francesa sería el símbolo de un país que avanzaba hacia la modernidad. Pero lo que comenzó como un proyecto de salud mental ejemplar, terminó convirtiéndose en uno de los capítulos más oscuros de la historia médica y humana del país.
Más de 60 años de funcionamiento dejaron miles de historias de dolor, olvido y sufrimiento. Pacientes sin diagnóstico, mujeres recluidas por “histeria”, indigentes abandonados y enfermos reales conviviendo en condiciones de hacinamiento extremo. En sus pabellones, se practicaron métodos considerados crueles incluso para la época: electrochoques, lobotomías, aislamientos prolongados y tratamientos con drogas experimentales.
Hoy, décadas después de su cierre y demolición, las sombras de La Castañeda parecen seguir vivas. En Amecameca, Estado de México, donde fue reubicado su edificio central, los testimonios coinciden: algo, o alguien, sigue ahí dentro.
Escenario del horror
El Hospital General Psiquiátrico La Castañeda abrió sus puertas el 1 de septiembre de 1910, como parte de las celebraciones del centenario de la Independencia de México. Su construcción, a cargo del arquitecto Salvador Echegaray, combinaba el estilo francés del siglo XIX con un diseño de pabellones distribuidos alrededor de amplios jardines. Se levantó en los terrenos de Mixcoac, en lo que hoy es la zona poniente de la Ciudad de México.
En su inauguración, se habló de “dignificar la atención a los enfermos mentales”, pero la realidad pronto desmintió las promesas oficiales. Con el paso de los años, el hospital comenzó a recibir no solo a enfermos psiquiátricos, sino a personas consideradas “incómodas” para la sociedad: alcohólicos, prostitutas, mendigos, rebeldes políticos e incluso mujeres confinadas por sus propios familiares.
La Castañeda fue creciendo sin control. En la década de 1940 llegó a albergar más de 4,500 internos, aunque solo contaba con capacidad para 1,500. Las condiciones eran deplorables: habitaciones sin ventilación, escasez de comida, higiene precaria y castigos físicos. Algunos pabellones, como el de los “incontrolables” o el de “agitados”, se volvieron temidos incluso por el personal médico.
Con el tiempo, el lugar se volvió un símbolo del abandono del Estado hacia los más vulnerables. Médicos y enfermeros fueron denunciados por abusos, mientras los pacientes se perdían en un limbo entre la ciencia y el castigo social.
En 1968, el gobierno mexicano decidió clausurar definitivamente el hospital. Oficialmente, se argumentó que la infraestructura ya era obsoleta, pero muchos aseguran que las condiciones de maltrato y las muertes no documentadas fueron determinantes.
Tras su demolición, parte del material y algunos objetos fueron trasladados a distintos hospitales psiquiátricos del país. Sin embargo, el edificio central —la parte más emblemática de su arquitectura— fue desmontado piedra por piedra y reinstalado en Amecameca, al pie del volcán Popocatépetl. Allí, entre montañas y niebla, se convirtió en un centro de atención médica.
Pero desde el principio, los trabajadores comenzaron a notar cosas extrañas. Luces que se encendían solas, puertas que se cerraban violentamente, voces que surgían de los pasillos vacíos. Algunos empleados renunciaron al poco tiempo, convencidos de que el traslado del edificio no había bastado para deshacerse del peso espiritual que arrastraba.
“Dicen que trajeron también a los fantasmas”, comenta Juan Morales, un vecino de Amecameca que vive a pocas cuadras del lugar. “Por las noches se escuchan lamentos, como si alguien pidiera ayuda desde adentro”.
Los fenómenos paranormales de La Castañeda
Las historias de actividad sobrenatural en el edificio de Amecameca comenzaron a circular apenas unos meses después de su instalación. Al principio, los relatos eran esporádicos, pero con el paso de los años se volvieron constantes. Visitantes, personal médico y curiosos aseguran haber presenciado fenómenos imposibles de explicar.
Uno de los testimonios más recurrentes es el de una enfermera vestida de blanco que camina por los pasillos del antiguo hospital, sobre todo en las madrugadas. Su figura, según los relatos, parece flotar más que caminar, y desaparece en las zonas donde antiguamente se encontraban los dormitorios de mujeres.
Hay también reportes de pacientes espectrales, figuras humanas que se asoman por las ventanas del segundo piso o se sientan en las bancas del patio central. Quienes los han visto aseguran que, al acercarse, se desvanecen en el aire, dejando tras de sí un olor a formol o alcohol medicinal.
Los sonidos son quizá lo más aterrador. Grabaciones realizadas por investigadores de lo paranormal registran murmullos, llantos y gritos que parecen provenir de habitaciones vacías. Algunos visitantes afirman haber escuchado su nombre susurrado al oído, o haber sentido cómo alguien les tocaba el hombro cuando no había nadie más cerca.
En 2009, un grupo de exploradores urbanos grabó un video dentro del edificio y captó un sollozo infantil que se prolongó durante varios segundos, pese a que no había niños en el lugar. El material fue analizado por expertos en audio que no lograron determinar su origen.
Otro fenómeno común es la manipulación de objetos. Puertas que se abren y cierran sin corriente de aire, camillas que se deslizan por los pasillos, luces que titilan de manera irregular y figuras religiosas que aparecen volteadas o desplazadas de su sitio original.
“Una noche dejé el instrumental médico sobre una mesa”, relata María del Carmen, ex-enfermera del hospital. “Al regresar, todo estaba en el suelo. Lo curioso es que no se escuchó ningún ruido. Simplemente, cuando volví, las cosas estaban en otra posición”.
Los fenómenos paranormales asociados a La Castañeda dividen opiniones. Algunos investigadores los atribuyen a manifestaciones residuales: energías que se imprimen en los lugares donde se vivió sufrimiento extremo. Otros, más escépticos, sostienen que se trata de sugestión colectiva, alimentada por décadas de rumores y películas de terror.
El psicólogo Arturo Bernal, especialista en trauma histórico, explica:
“Lugares como La Castañeda acumulan memoria emocional. Durante años fueron espacios de desesperación, miedo y dolor. Esa carga simbólica hace que la gente proyecte esas emociones y perciba presencias que en realidad son construcciones mentales”.
Aun así, los testimonios son demasiados para ser ignorados. Existen decenas de reportes independientes —algunos registrados por la prensa local— de guardias nocturnos y visitantes que aseguran haber experimentado manifestaciones físicas imposibles de explicar racionalmente.
En 2015, un grupo de investigadores de fenómenos paranormales de la Universidad Autónoma del Estado de México realizó un recorrido nocturno con equipo de detección electromagnética. Durante la sesión, los sensores marcaron variaciones de energía intensas en los antiguos pabellones, justo en las áreas donde, según los registros históricos, se practicaban los tratamientos más invasivos.
El eco de los pacientes olvidados
Más allá del misterio, La Castañeda fue, ante todo, un reflejo de la sociedad mexicana del siglo XX. En sus registros quedaron los nombres de más de 20,000 pacientes, muchos de los cuales murieron sin diagnóstico ni familia que los reclamara. Algunos fueron enterrados en fosas comunes dentro del mismo predio, otros simplemente desaparecieron de los archivos.
Entre las historias más trágicas está la de María Teresa Gutiérrez, una joven internada en 1934 por “trastornos de conducta” tras negarse a casarse con el hombre elegido por su familia. Los documentos indican que fue sometida a tratamientos de aislamiento durante años, hasta su muerte. Hoy, algunos aseguran que su espíritu es uno de los que deambula por los pasillos de Amecameca, buscando ser recordada.
También se menciona a Don Leandro, un paciente anciano que pasó casi tres décadas recluido sin recibir visitas. Según el personal de limpieza, su sombra se aparece junto a las ventanas del ala norte, donde solía sentarse a mirar hacia el volcán.
El traslado de La Castañeda a Amecameca no eliminó su carga emocional. Al contrario, parece haberla amplificado. Rodeado de montañas, con frecuentes bancos de niebla y un clima húmedo, el entorno contribuye a la atmósfera inquietante del lugar.
Durante el día, el edificio conserva cierta belleza arquitectónica: su fachada simétrica, los ventanales de arco y los corredores amplios. Pero al caer la noche, la temperatura baja drásticamente y el silencio se vuelve opresivo. Los guardias aseguran que, en esas horas, los pasillos “respiran”.
Pese a su reputación, el sitio ha sido visitado por curiosos, fotógrafos y cineastas. Algunos rodajes de películas y documentales han tenido que detenerse por sucesos extraños: fallas eléctricas inexplicables, equipos que se descargan o ruidos metálicos provenientes de habitaciones vacías.
En 2022, un colectivo cultural local propuso convertir el edificio en un museo de la memoria psiquiátrica, con el fin de rescatar su historia sin negar los horrores que albergó. Pero el proyecto no avanzó: las autoridades municipales se mostraron renuentes, en parte por los costos, en parte por las supersticiones que aún pesan sobre el inmueble.
Hoy, más de medio siglo después de su cierre, La Castañeda sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva mexicana. Es recordada no solo como el manicomio más grande del país, sino también como un espejo del miedo social hacia la locura, la diferencia y la marginación.
Los fenómenos paranormales, más allá de su veracidad, funcionan como una metáfora: el eco de miles de voces que la historia prefirió callar. Las apariciones, los gritos y las sombras son, para muchos, la manifestación simbólica del olvido.
El historiador Jorge Lira, autor de un estudio sobre instituciones psiquiátricas en México, resume así el fenómeno:
“No es que los fantasmas existan o no. Es que, mientras no se reconozca lo que ocurrió dentro de esas paredes, el país seguirá oyendo sus gritos”.
El Hospital Psiquiátrico La Castañeda no solo forma parte de las leyendas urbanas mexicanas: también ha inspirado obras de arte, novelas, documentales y exposiciones. Su historia toca temas universales —la locura, la exclusión, el sufrimiento humano— que aún resuenan en la cultura popular.
Hoy, en Amecameca, el edificio sobrevive en medio de árboles viejos y silencio. Desde el exterior, parece un lugar cualquiera, pero basta dar unos pasos dentro para sentir el cambio: el aire denso, el eco de los pasos, la sensación de ser observado. Algunos visitantes salen sin ver nada; otros juran haber sentido “una mirada detrás del hombro” o escuchado una respiración cercana.
Quizás La Castañeda no esté maldita en el sentido tradicional. Quizás su maldición sea más profunda: haber sido testigo de tanto dolor que ni el tiempo ni la demolición lograron borrar.
*Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: contacto@josemanuelgarciabautista.net
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