
Un vecino entrenó a cuervos para identificar gorras MAGA con comida oculta; ahora las arrancan en segundos y la historia es viral en EE UU…!
El protagonista no tiene nombre y apellidos en la historia pública, pero sí alias, calendario y una paciencia casi monástica. Se hace llamar “biz_dave” en Threads y durante meses alimentó a los cuervos de su barrio hasta conseguir que asociaran una imagen muy concreta —la gorra roja MAGA, el símbolo más reconocible del trumpismo— con una recompensa escondida debajo. El experimento, contado por él mismo y amplificado después por varios medios, termina en una escena que parece escrita para volverse viral: un cuervo baja en picado, abre las alas como una navaja, mete el pico en la visera y arranca la gorra de un tirón, como si fuera un enemigo declarado.
La noticia se publicó en España en eldiario.es, firmada por earthboy, con un arranque casi cinematográfico: un hombre camina con el sol de frente, el aire le mueve la visera, y de pronto el golpe seco del ave rompe la normalidad. A partir de ahí, lo que hay no es solo una anécdota graciosa, sino un cóctel raro de política convertida en uniforme, fauna urbana y un debate incómodo sobre qué pasa cuando se entrena a un animal listo —muy listo— para intervenir en una pelea humana.
El hilo del experimento: comida, repetición y una gorra roja como llave
“biz_dave” se presenta como un tipo corriente con vena de friki: se describe como “gran nerd” y artista a tiempo muy parcial, más cercano al garaje que al laboratorio. En sus publicaciones explica que la primera etapa fue la de siempre con los cuervos: ganarse su confianza sin forzar nada, dejar comida con constancia, aguantar semanas en las que no bajan o bajan y se largan con recelo. Según su propio relato, tardó unos cuatro meses en lograr que acudieran de forma regular al punto de alimentación.
Ahí aparece el truco, que en realidad es un método de aprendizaje básico y potentísimo: convertir un objeto en “tapa de premio”. Empezó a colocar comida atractiva —habla de cacahuetes, restos de pollo, larvas secas tipo mealworms y pienso de perro— bajo una gorra roja con el lema MAGA. Al principio, el pájaro encuentra el alimento de casualidad, o porque el humano levanta un poco la prenda. Después, el cuervo hace lo que mejor sabe hacer: aprende la regla útil. Si levantas, hay botín. Si tiras, sale. Si insistes, ganas.
La segunda etapa, siempre según esa narración, duró unos tres meses: el tiempo necesario para que los cuervos pasaran de “esto es una rareza humana” a “esto es una palanca”. En vídeos y capturas que circularon con la historia se ve la mecánica con claridad: el ave aterriza, tantea con el pico, prueba la tela, encuentra el borde, tira, y la gorra ya no es prenda: es acceso.
Aquí conviene subrayar un matiz importante, porque en internet se pierde entre chistes y gifs: el propio autor no aporta una verificación independiente de “ataques” sistemáticos a personas por la calle. Lo que sí muestra —y eso es lo que disparó el tema— es que ha logrado un comportamiento repetido frente a ese objeto, con esa forma y ese color, y que los cuervos responden al patrón con rapidez. El salto de “arranca una gorra colocada” a “asalta a cualquiera que la lleve” es el espacio donde se instala la polémica.
MAGA como símbolo portátil: cuando una gorra es más que una gorra
En Estados Unidos, la gorra MAGA no es un accesorio neutro. Desde 2016 funciona como una señal inmediata, casi un carné a la vista: apoyo a Donald Trump, pertenencia a un bloque cultural, a veces desafío, a veces provocación, según el contexto. Ese rojo intenso con letras blancas se reconoce a metros, incluso de reojo, incluso desde un coche. Y por eso la historia engancha: porque no trata solo de aves inteligentes, sino de un emblema que ya carga con décadas de discusión concentradas en una prenda.
El relato, además, llega en un momento en que la política estadounidense se vive con una estética de merch permanente. Gorras, camisetas, banderas, pegatinas, sudaderas. Se vota, se discute… y se viste. Y cuando la política se viste, se expone a una lectura instantánea: alguien te mira y cree saber quién eres por lo que llevas en la cabeza. El experimento de “biz_dave” juega con eso como quien mete un alfiler en un globo: no discute ideas, no entra en discursos, solo ataca el símbolo visible.
La frase que más se repitió en la ola viral es un contraste que él mismo plantea: hay gente que quiere hacerse amiga de cuervos para que traigan baratijas brillantes; él tiene “otros objetivos”. Es una manera de decir que esto no va de naturaleza, va de gesto político. Y ahí aparece lo delicado: entrenar a un animal para que actúe sobre un símbolo de un bando convierte una broma doméstica en un episodio de una guerra cultural que no se apaga con risas.
Qué pueden hacer de verdad los cuervos: memoria, aprendizaje social y “te tengo fichado”
Si esta historia resultara inverosímil, sería por la parte política, no por la parte animal. Los córvidos (cuervos, cornejas, grajos, urracas) llevan años humillando a la idea de “pájaro tonto”. Son animales con cerebro grande en proporción, conducta social compleja y una capacidad asombrosa para leer el entorno urbano: horarios, rutinas, semáforos, perros, cubos de basura, terrazas, parques. Viven en el ruido como si fuera música.
Hay un dato que suele impresionar porque suena a novela: los cuervos pueden reconocer caras humanas y recordar durante años a quien les hizo daño o les supuso una amenaza. No se trata de magia ni de “rencor” místico; es aprendizaje con memoria y, sobre todo, transmisión: un cuervo advierte, otro aprende mirando, el grupo conserva la información como si fuera un archivo vivo. En investigaciones de universidad se ha descrito cómo responden con “mobbing” —ese acoso ruidoso en grupo— a una persona concreta asociada a peligro, incluso tiempo después.
Ese mecanismo encaja con lo que cuenta “biz_dave”, solo que invertido. En lugar de “persona peligrosa”, aquí hay “objeto rentable”. En lugar de alarma, premio. El cuervo no necesita comprender qué significa MAGA, ni quién es Trump, ni el mapa ideológico de Estados Unidos. Lo que necesita es detectar una señal estable: misma gorra, misma oportunidad. Aprenden a identificar el contorno, el color, quizá la textura, y actúan. La política la pone el humano; el algoritmo natural lo ejecuta el ave.
La ciudad entrena antes que nadie
Un cuervo de ciudad ya viene entrenado. Aprende a bajar cuando la gente tira migas, a cruzar cuando el tráfico se detiene, a esperar al camión de basura como quien espera una serie semanal. Es un animal que vive de microventajas. Por eso, cuando alguien introduce una regla nueva —“levanta esta gorra y hay comida”— el cuervo no está empezando de cero; está añadiendo una instrucción más al manual.
Y además está el aprendizaje social, que es lo que asusta y fascina a partes iguales: si un cuervo descubre una técnica útil, los demás no tardan en copiar o en aprender por observación. El comportamiento se puede extender dentro de una bandada con una rapidez que, vista desde fuera, parece “organización”.
Del vídeo gracioso al lío real: riesgos, ética y reacción en cadena
Hasta aquí, el material es perfecto para internet: un símbolo político, un animal carismático, un “villano” de gomaespuma (la gorra) y un golpe cómico. El problema es que la realidad tiene bordes. Si el comportamiento salta a la calle de forma consistente —si de verdad empiezan a hostigar a cualquiera con una gorra roja— el asunto deja de ser travesura.
Hay un primer riesgo obvio: seguridad física. Un cuervo no es un dron suave. Tiene pico, uñas, alas con fuerza. Un ataque a la cabeza puede causar heridas en cara u ojos, o provocar una reacción brusca: un manotazo, un tropiezo, una caída. Aunque el objetivo sea “solo” arrancar la gorra, el punto de impacto es delicado. En una acera con tráfico, con escaleras, con una persona mayor, con un niño… no hace falta pintar el peor escenario para entender que el margen de error es mínimo.
El segundo riesgo afecta al animal. Un cuervo que se acostumbra a asociar humanos con comida se expone a ser perseguido, ahuyentado, incluso dañado por quienes no quieren aves rondando. Y cuando se mezcla política, la cosa empeora: si alguien siente que un pájaro “le agrede” por su gorra, puede responder con violencia. El animal no entiende el símbolo; solo recibe el castigo.
El tercer riesgo es social y casi invisible: el contagio de la idea. En redes, una historia así no se queda como “un tipo hizo esto”; se convierte en plantilla mental. A partir de ahí aparecen imitadores, bromistas, gente que prueba con pan, con patatas, con lo que sea, y el comportamiento se multiplica. No hace falta que nadie publique un manual. La narrativa ya es el manual.
Aquí está el punto donde conviene ser frío: la historia que circula se apoya, en gran medida, en lo que cuenta el propio autor y en los materiales que él decide mostrar. Se han compartido vídeos de cuervos retirando gorras para buscar comida; otra cosa es demostrar una pauta extendida de “ataques” a personas al azar. La viralidad mezcla esos planos como si fueran lo mismo, y ahí se enciende el debate: ¿es una performance controlada o un problema público en gestación?
El papel de eldiario.es y el efecto altavoz en España
Que el tema haya cruzado al debate español no es casualidad. Tiene ingredientes universales: el animal inteligente que parece actuar con intención, el objeto político como diana, el humor negro sin sangre, la sensación de “la naturaleza opinando”. Y eldiario.es, a través de su sección de tendencias y cultura digital, lo presentó con una narración de escena, con datos concretos del experimento (los cuatro meses para atraerlos y los tres para asociar la gorra con la recompensa) y con el tono que se usa cuando algo es raro pero verificable en lo básico: “esto se ha contado así, esto es lo que se ve, esto es lo que se afirma”.
En España, además, la gorra MAGA funciona como icono importado. Se reconoce al instante aunque no se siga la política estadounidense al detalle. Es un símbolo casi pop: aparece en memes, en vídeos, en discusiones sobre polarización. Eso ayuda a que la historia se entienda en segundos, sin notas al pie. Y también alimenta la caricatura: el cuervo como “anti-MAGA” automático, como si el animal tuviera ideología, cuando lo que tiene es aprendizaje condicionado.
El nombre de earthboy ha quedado ligado a la pieza española porque la firma añade un punto de autoría en medio del ruido. No es “lo vi en X”, es “lo contó un medio”, con un relato armado. Ese salto —de red social a medio generalista— es lo que convierte una ocurrencia en noticia para el gran público.
¿Qué dice la ciencia frente al meme? Lo que se sabe y lo que se infla
Hay dos tentaciones habituales con historias de animales inteligentes. Una es tratarlos como robots: estímulo y respuesta sin matices. La otra es tratarlos como personas con plumas: intenciones, ideología, maldad, venganza. En el caso de los cuervos, ambas fallan porque los cuervos son… cuervos: animales con cognición sofisticada, sí, pero guiados por recompensas, riesgos y aprendizaje.
Lo verosímil del experimento está en lo básico: un cuervo puede aprender que bajo una gorra hay comida y puede desarrollar la conducta de levantarla o arrastrarla para acceder al premio. También es verosímil que repita la conducta si funciona, y que otros cuervos lo aprendan observando. Lo que no es demostrable, con lo que ha circulado públicamente, es que exista ya una pauta amplia de “ataques” a toda gorra MAGA en una ciudad concreta, como si fuera una campaña organizada. Esa parte se ha contado, sobre todo, como promesa narrativa: “ya lo hacen”, “ahora atacan”, “se han vuelto enemigos”. Es el lenguaje natural de la viralidad, que tiende a redondear.
Lo interesante, en cambio, está en la frontera: aunque no exista una oleada masiva, el experimento enseña una cosa inquietante sobre el entorno urbano. Un humano puede introducir una regla artificial en una población de animales inteligentes y obtener un comportamiento que, fuera de contexto, parece “agresión”. Y eso abre preguntas prácticas, no filosóficas: ¿hasta qué punto es responsable entrenar animales salvajes para que interactúen físicamente con objetos que la gente lleva encima? ¿Qué pasa si un ayuntamiento recibe quejas? ¿Qué pasa si alguien responde con violencia? ¿Quién paga la factura? El cuervo, casi siempre.
La gorra que vuela: por qué este episodio dice más de 2026 que de los cuervos
El éxito de esta historia tiene que ver con el estado del debate político en Estados Unidos, sí, pero también con un rasgo global: el cansancio de discutir. Una parte de internet busca acciones simbólicas que sustituyan al argumento. Son pequeñas piezas teatrales, fáciles de compartir, con un “villano” claro y un final contundente. Aquí el “villano” es una gorra, lo cual lo vuelve cómodo: se puede reír sin sentir que se está atacando a una persona… aunque la gorra, claro, va en una cabeza.
También tiene que ver con la estética. El cuervo es un animal que, culturalmente, ya viene cargado: inteligencia, misterio, oscuridad, presagio. En una acera iluminada, un cuervo negro en picado es pura imagen. Y la gorra roja es puro contraste. Es casi un cartel.
Pero si se baja el volumen del meme, lo que queda es un hecho simple y potente: un usuario, “biz_dave”, ha documentado un proceso de entrenamiento con comida para conseguir que cuervos identifiquen y manipulen una gorra MAGA. El relato se publica en España con firma, earthboy, y se convierte en noticia porque condensa tres obsesiones contemporáneas en un solo golpe de ala: política como identidad visual, redes como amplificador, naturaleza urbana como escenario.
Cuando un símbolo se convierte en cebo
En el plano más concreto, el episodio deja una imagen fácil de recordar: una visera roja que sale volando y un cuervo que se aleja con la seguridad de quien ha aprendido un truco. Y deja también un detalle casi más importante que el golpe: el tiempo. Cuatro meses para que los cuervos bajen, tres para que entiendan la gorra como “tapa”. Esa cifra, repetida en la narración, desmonta la idea de improvisación. Esto no es una ocurrencia de una tarde; es un proyecto sostenido, con repetición y recompensa.
A partir de ahí, la historia se sostiene sobre un equilibrio frágil. Si todo queda en vídeos controlados, será una anécdota peculiar —una más— del internet político. Si salta al espacio público de forma consistente, se convierte en un problema de convivencia donde nadie sale ganando: ni el que lleva la gorra, ni el que ríe el meme, ni el cuervo que acaba pagando por una pelea que no entiende. Y en medio, como siempre, el elemento más fácil de olvidar cuando el chiste funciona: el animal no está votando, está aprendiendo. Y eso, precisamente por lo humano que es el aprendizaje, inquieta más que cualquier eslogan.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: eldiario.es, SEO/BirdLife, Threads, NIH (PubMed Central), Futurism, Los Angeles Times.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/cuervos-atacan-gente-con-gorras-maga/
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