
La participación argentina en Fitur 2026 dejó una postal potente: más metros de stand, una distribución pensada para el negocio y, sobre todo, una presencia privada récord. “Hemos logrado una gran Fitur. Hemos conseguido más metros en nuestro stand, con una distribución distinta para que pueda venir más representación del sector privado. 122 empresarios y operadores estuvieron presentes en la Feria”, subrayó Laura Teruel, presidenta de la Cámara Argentina de Turismo. El mensaje fue claro: Argentina quiere jugar en primera división como destino turístico global y lo quiere hacer de la mano de su sector empresario.
Sin embargo, detrás del entusiasmo, de las agendas repletas de reuniones y del interés que sigue despertando la diversidad de paisajes argentinos —de los glaciares patagónicos a los desiertos del norte, de las cataratas a los viñedos—, emergió con fuerza un tema estructural que condiciona la conversión de ese interés en ventas concretas: la conectividad aérea interna y, en consecuencia, el monto de las tarifas aéreas. En los pasillos de Fitur, en los escritorios de negociación y en las charlas entre operadores, se repitió un diagnóstico casi unánime: Argentina tiene un producto extraordinario, pero caro por los aéreos, que la hace perder competitividad en relación con otros destinos de moda como Japón y China.
CUANDO EL AÉREO SE COME EL PAQUETE
Uno de los datos que más se repitió en las reuniones de negocios fue contundente: en algunos itinerarios, hasta un 75% del costo de un paquete se va solo en el componente aéreo. Es un porcentaje que desbalancea cualquier estructura tarifaria y que coloca a Argentina en una posición delicada frente a destinos competidores de larga distancia como Chile, Perú, Sudáfrica o incluso Australia.
Para el operador europeo —que trabaja con márgenes ajustados y con un cliente cada vez más sensible al precio final—, un paquete donde el aéreo absorbe tres cuartas partes del presupuesto deja poco margen para jugar con hoteles, experiencias, gastronomía o excursiones diferenciales. Es decir, el valor agregado del destino, aquello que realmente construye recuerdo y fidelidad, queda comprimido por el peso del traslado.
Este fenómeno tiene un efecto directo en el perfil del viajero que finalmente concreta el viaje. Con tarifas aéreas internas elevadas, Argentina se vuelve un destino más accesible para el pasajero de alta gama o de mayor poder adquisitivo, capaz de absorber esos costos sin que el precio final sea una barrera decisiva. Pero al mismo tiempo, se ralentiza la llegada de un volumen mayor de viajeros de gama media, que sí muestran interés, pero comparan y muchas veces terminan optando por alternativas donde el armado logístico es más simple y económico.
EL FACTOR TIEMPO: UN LUJO QUE NO TODOS TIENEN
A la variable precio se suma otra que, para el mercado europeo, es casi tan importante como el costo: el tiempo. Llegar a destinos icónicos como El Calafate puede implicar, para un viajero europeo, prácticamente un día adicional de viaje debido a la necesidad de pasar por Buenos Aires como nodo casi obligatorio.
La estructura histórica de la conectividad argentina, fuertemente centralizada, obliga a muchos itinerarios a “bajar” a la capital para luego volver a “subir” hacia el destino final. Desde el punto de vista geográfico, es una lógica poco eficiente; desde la experiencia del pasajero, es desgaste puro. Tras un vuelo transatlántico de larga duración, sumar escalas, esperas y conexiones internas extensas no es un detalle menor: incide en la percepción global del viaje.
En un contexto donde el turista europeo dispone de entre dos y tres semanas de vacaciones —y donde compite con destinos que le permiten optimizar cada día—, perder casi una jornada solo en alcanzar el sur profundo puede ser determinante. No se trata solo de comodidad, sino de ecuación de valor: ¿cuántos días efectivos de disfrute ofrece el destino en relación con los días invertidos en traslados?
DESTINOS DEPENDIENTES Y VULNERABLES
Este escenario impacta especialmente en aquellos destinos argentinos que dependen en gran medida del pasajero extranjero. En regiones como la Patagonia austral, el turismo internacional es una pieza clave para sostener ocupaciones, tarifas y empleo, especialmente fuera de los picos del mercado interno.
Cuando el acceso es costoso y complejo, la demanda extranjera se vuelve más selectiva y menos masiva. Esto puede ser positivo en términos de sostenibilidad y de posicionamiento de alto nivel, pero también implica mayor vulnerabilidad ante cualquier shock externo: crisis económicas en mercados emisores, conflictos geopolíticos o cambios en las tendencias de viaje.
Una conectividad más fluida y con tarifas más competitivas no solo ampliaría la base de potenciales visitantes, sino que también ayudaría a desestacionalizar y a diversificar mercados. Es decir, no se trata solo de traer “más turistas”, sino de construir una demanda más estable y resiliente.
EL EJEMPLO DEL “CORREDOR PATAGONIA FANTÁSTICA”
En ese contexto, muchos operadores valoraron especialmente lo que sucede con el corredor conocido como “Patagonia fantástica”, que facilita la conexión aérea entre tres destinos clave entre octubre y marzo. Este esquema, que permite recorrer varios íconos patagónicos con vuelos relativamente directos y coordinados, se acerca mucho a lo que busca el pasajero europeo: un paquete cerrado, con tiempos bien calculados y con la posibilidad de ver “lo máximo posible” en un solo viaje de larga distancia.
El éxito de este tipo de corredores muestra un camino. Cuando la conectividad se piensa desde la lógica del itinerario turístico —y no solo desde la rentabilidad aislada de cada tramo—, se potencia la venta del destino como conjunto. Para el operador, es más fácil diseñar; para el pasajero, más fácil entender y decidir.
La lección es clara: la integración de rutas, la coordinación de frecuencias y la previsibilidad de la oferta aérea son tan importantes como la promoción internacional. No alcanza con seducir en la feria; hay que garantizar que el producto se pueda empaquetar de forma eficiente.
MÁS QUE UN PROBLEMA DE AEROLÍNEAS
Reducir la discusión a un tema exclusivo de compañías aéreas sería simplificar en exceso. La conectividad interna es un asunto estratégico que involucra política aerocomercial, infraestructura aeroportuaria, incentivos, acuerdos entre provincias y una visión país sobre el rol del turismo en la economía.
Si Argentina aspira a capitalizar el interés que genera en ferias como Fitur, debe alinear su discurso de promoción con una estructura de transporte que lo respalde. De lo contrario, el riesgo es construir una imagen aspiracional que luego choca con la realidad operativa.
Además, en un mercado global donde los viajeros planifican con más anticipación y comparan en tiempo real, la transparencia tarifaria y la estabilidad de la oferta son factores decisivos. Los operadores necesitan previsibilidad para cotizar con meses de antelación; las variaciones bruscas de tarifas o la escasez de asientos complican esa tarea y restan competitividad.
En definitiva, el desafío que quedó sobre la mesa en Madrid es pasar de la potencia del relato a la eficiencia del sistema. Argentina ya tiene los paisajes, la hotelería, la gastronomía y las experiencias que el mundo busca. Lo que ahora reclama el mercado, con creciente claridad, es que moverse entre esos paisajes sea más simple, más rápido y más razonable en precio. Ahí se juega buena parte de la próxima etapa del crecimiento turístico argentino.
Fuente de esta noticia: https://mensajero.com.ar/actualidad/el-cuello-de-botella-a-resolver-tras-una-fitur-historica_a6973dad8572fc583846ae58f
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