
Cuando el mundo está en caos o nos enfrentamos a dificultades o tragedias, puede parecer que Dios nos observa, como cantaba Bette Midler en su famosa canción, «desde la distancia». A veces, nuestras canciones cristianas pueden dar la misma impresión, cuando proclaman que Dios «era, es y siempre será», mientras se mantiene por encima de los problemas del mundo.
Pero esa deidad distante es el Dios del deísmo, no el Dios que se revela en las Escrituras. La Biblia nos ofrece una mejor canción para cantar. Porque, aunque las Escrituras ciertamente proclaman la majestad incomparable y la gloria trascendente de Dios ( p. ej., Dt 4:39; Jr 10:10; Is 40:28; Hch 17:24; 1 Ti 1:17), sobre todo cuentan la historia de Dios que viene a morar con Su pueblo.
Dios presente en el huerto
La venida de Dios es un tema bíblico-teológico importante. Los primeros capítulos de la Biblia nos muestran que el plan de Dios, desde el principio, siempre ha sido vivir con Su pueblo. En la creación, «el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas» (Gn 1:2), y en el huerto del Edén, Dios estaba maravillosamente presente, insuflando vida en las fosas nasales de Adán (2:7) y «se paseaba en el huerto al fresco del día» (3:8).
Aunque este lenguaje de un Dios que se mueve, respira y camina es analógico (pues Dios no tiene alas, pulmones ni piernas), comunica con fuerza la «presencia» personal del Señor (v. 8). El Dios que creó el universo y que lo llena todo estaba especialmente presente en ese momento y en ese lugar, en el huerto.
Dios vino en Sinaí y promete regresar
Cuando nuestros primeros padres cayeron en pecado, Dios los expulsó del huerto y salieron de la presencia del Señor (3:23; 4:16). Pero Él nunca renunció a Su plan de vivir con Su pueblo en Su buen mundo. El Señor «se le apareció» a Abraham, a Isaac y a Jacob (17:1; 26:2; 35:9). Él descendió donde Moisés en la zarza ardiente (Éx 3:8). Él se acercó al pueblo en el Monte Sinaí (19:11, 18, 20), cuando las señales del fuego, la nube y la tormenta aparecieron en el lugar «donde estaba Dios» y adonde había prometido venir a Su pueblo y bendecirlo (20:21, 24).
Esta no fue una simple visita temporal, pues el Señor descendió para instruir a Moisés que construyera el tabernáculo «para que [Dios] habite entre ellos» (25:8). Así, primero en el desierto y luego en la tierra, «la gloria del SEÑOR llenó» el tabernáculo y el templo (40:34; ver 1 R 8:10). Juan Calvino observa que, aunque esto no significa que la «esencia infinita e incomprensible» de Dios estuviera «encerrada o confinada» dentro del templo (ver 1 R 8:27; Hch 17:24), sí revela que Dios estaba especialmente «presente allí por Su poder y gracia».
Cuando Israel cayó en pecado, Dios los expulsó de la tierra prometida y «los quitó de su presencia» (2 R 17:18, 20). Pero nunca renunció a Su plan de vivir con Su pueblo en Su mundo bueno. Por lo tanto, los escritos y los profetas prometen un día cuando el Señor regresará.
Dios nunca renunció a Su plan de vivir con Su pueblo en Su mundo bueno. Por lo tanto, los escritos y los profetas prometen un día en que el Señor regresará
Los salmos proclaman la gozosa buena nueva de que el Señor que «reina» «vendrá» a juzgar la tierra (Sal 96:2, 10-13; 98:7-9). Isaías anuncia las «buenas nuevas» de que el Dios que «reina» también «vendrá» con «poder» y «restaurará» a su pueblo (Is 40:9-10; 52:7-8). Ezequiel ve «la gloria del SEÑOR» que viene, entra y llena el templo del fin de los tiempos para «habitará entre» Su pueblo para siempre (Ez 43:2-7). Zacarías proclama que, al final, «vendrá el SEÑOR mi Dios» y reinará como «Rey sobre toda la tierra» (Zac 14:5, 9).
Una vez más, este lenguaje de Dios que viene, habita, entra y llena es analógico, ya que Dios, que llena todas las cosas, no sale de un lugar para llegar a otro. Aun así, comunica la promesa de Dios de estar otra vez palpablemente presente con Su pueblo.
Dios viene en Jesús y por Su Espíritu
En la vida y ministerio de Jesús, Dios comenzó a cumplir Su promesa de venir y habitar con Su pueblo de una nueva manera, puesto que Jesús es Dios mismo, el «Verbo» eterno y «unigénito del Padre», que «se hizo carne, y habitó entre nosotros», revelando la «gloria», la «gracia» y la «verdad» de Dios (Jn 1:1-2, 14, 18). Él es «Emanuel», que significa «Dios con nosotros» (Mt 1:23).
Esta primera venida de Dios en Jesús fue oculta y humilde. Él «vino» para «servir» y sufrir y «dar Su vida en rescate por muchos» (Mr 10:45; véase Is 53:10-12). Sin embargo, fue Dios quien vino en Cristo. Fue Dios quien estuvo con nosotros en ese lugar y en ese momento, en la cuna de Belén, en las polvorientas calles de Galilea, en el huerto de Getsemaní y en la cruz del Gólgota: Dios, en la persona de Su Hijo, especialmente presente en poder y gracia, obrando para liberarnos del pecado y de la muerte.
Al derramar Su Espíritu en el día de Pentecostés, Dios cumplió aún más Su promesa de estar presente. Los creyentes en ese día «todos fueron llenos del Espíritu Santo», y Pedro anunció la promesa de Dios de que cualquiera que se arrepienta y sea bautizado en el nombre de Jesucristo «recibirá el don del Espíritu Santo» (Hch 2:4, 33, 38). Incluso ahora, «el Espíritu de Dios habita en» la iglesia (1 Co 3:16-17) y «en» cada creyente (6:19). Esto también es Dios con nosotros.
Dios no nos observa desde la distancia. No se mantiene apartado, esperando a que nos esforcemos por llegar hasta Él. Dios ya ha venido a nosotros en Jesús
Jesús promete a todo aquel que lo ama y guarda Su Palabra que Dios Padre y Jesús el Hijo «[vendrán] a él, y [harán] con él morada» (Jn 14:23). Así como Dios estaba especialmente presente en ese lugar y en ese momento en Cristo, también está especialmente presente aquí y ahora, en nosotros y entre nosotros en Su iglesia.
La venida final de Dios
El Dios que viene aún no ha terminado de venir a Su pueblo. Jesús promete que, en el gran día final, vendrá del cielo con «poder» y «gloria» (Mr 13:26; Mt 24:30; Lc 21:27). El regreso de Jesús no solo será la segunda venida del Mesías humano, sino la venida final del mismo Dios (p. ej., Mr 8:38; 1 Ts 3:13 con Zac 14:5; o Hch 17:31 con Sal 96:13; 98:9).
Aunque Su primera venida fue oculta y humilde, la venida final de Dios será abierta y manifiesta, poderosa y gloriosa, cuando venga para establecer finalmente Su reino sobre toda la creación (Mt 24:27, 30; Hch 1:11; 1 Ts 4:16-17; Ap 1:7). Por eso el autor de la carta a los Hebreos se refiere a Jesús simplemente como «el que ha de venir» (He 10:37) y por eso Dios se declara a Sí mismo, en Apocalipsis, como «el que era, el que es y el que ha de venir» (Ap 4:8, énfasis añadido; ver 1:8). La buena noticia no es simplemente que Dios «era, es y siempre será», sino que Dios, nuestro Dios, vendrá a su pueblo.
Dios no nos observa desde la distancia. No se mantiene apartado, esperando a que nos esforcemos por llegar hasta Él. Dios ya ha venido a nosotros en Jesús. Él habita con nosotros incluso ahora por medio de Su Espíritu. Y al final, el único Dios verdadero y vivo vendrá a habitar con Su pueblo de manera plena, definitiva y eterna (21:3).
Cuando el mundo está sumido en el caos o nos enfrentamos a dificultades o tragedias, esta es la promesa que necesitamos. Toda la historia de la Biblia nos lleva a la promesa que encontramos en la última página: «Sí, vengo pronto», y nos llama a responder con la oración final de la Biblia: «Amén. ¡Ven, Señor Jesús!» (22:20).
Murray J. Smith
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/dios-que-viene/
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