
CUANDO ALEJARSE TAMBIÉN ES SALUD EMOCIONAL.
Durante mucho tiempo se nos enseñó a resistir, aguantar, adaptarnos y permanecer, incluso en entornos que nos desgastan, nos invalidan o nos colocan en estados constantes de tensión. Sin embargo, la psicología contemporánea, la neurociencia y el enfoque de autocuidado emocional coinciden en algo esencial: no todo lugar ni toda relación es compatible con nuestra salud nerviosa, emocional y mental.
Existen personas, espacios y dinámicas que activan en nosotros el llamado estado de sobrevivencia, una condición fisiológica y psicológica en la que el cuerpo permanece en alerta permanente, preparado para defenderse, huir o resistir. Vivir en este estado no es sostenible. Aprender a identificarlo y, sobre todo, aprender a retirarnos conscientemente de aquello que lo activa, es un acto profundo de amor propio y madurez emocional.
¿Qué es el estado de sobrevivencia?
El estado de sobrevivencia es una activación constante del sistema nervioso simpático, asociado a las respuestas de lucha, huida o congelamiento. Se trata de un mecanismo natural de protección ante amenazas reales. El problema aparece cuando este sistema se mantiene activo de forma crónica en contextos que no representan un peligro físico inmediato, pero sí una amenaza emocional, relacional o psicológica.
Algunas señales frecuentes incluyen:
- Hipervigilancia constante.
- Sensación de tensión, ansiedad o irritabilidad.
- Dificultad para relajarse o descansar profundamente.
- Pensamientos defensivos, rumiativos o anticipatorios.
- Fatiga emocional y corporal.
- Sensación de estar “en modo resistencia” todo el tiempo.
Muchas veces no es el entorno en sí mismo, sino la historia emocional que ese entorno despierta: heridas no resueltas, memorias traumáticas, patrones de abandono, exigencia o invalidación.
Características de los entornos o personas que activan la sobrevivencia.
- Inestabilidad emocional o relaciona
- Ambientes impredecibles, conflictivos o cargados de tensión constante.
- Falta de límites claros.
- Invasión de espacio personal, emocional o psicológico.
- Invalidación emocional.
- Minimización, burla o negación de las emociones propias.
- Control, manipulación o ambigüedad afectiva.
- Relaciones donde el afecto es condicionado o impredecible.
- Exigencia excesiva o juicio permanente.
- Sensación de no ser suficiente o de estar siempre evaluado.
- Activación de memorias pasadas no integradas
- Personas o lugares que despiertan heridas antiguas sin posibilidad de reparación.
Estos contextos no solo afectan el estado emocional, sino que alteran la regulación del sistema nervioso, el sueño, la digestión, la concentración y la capacidad de disfrute.
Consecuencias de permanecer en entornos que activan la sobrevivencia.
Cuando una persona permanece durante mucho tiempo en estos escenarios, pueden aparecer múltiples efectos:
A nivel psicológico:
- Ansiedad crónica.
- Baja autoestima.
- Dependencia emocional.
- Dificultad para confiar.
- Sensación de desgaste interno o vacío.
A nivel físico:
- Trastornos del sueño.
- Problemas digestivos.
- Tensión muscular persistente.
- Fatiga crónica.
- Alteraciones inmunológicas.
A nivel relacional:
- Repetición de vínculos disfuncionales.
- Dificultad para poner límites.
- Confusión entre amor y supervivencia.
- Normalización del malestar.
El cuerpo siempre habla. Cuando no escuchamos sus señales, termina expresándose a través del síntoma.
La metacognición como herramienta de liberación.
Aquí entra un elemento clave: la metacognición, la capacidad de observar conscientemente nuestros propios estados internos, pensamientos, reacciones y patrones. Gracias a ella podemos distinguir entre lo que es una amenaza real y lo que es una activación aprendida.
La metacognición permite:
- Identificar cuándo estamos reaccionando desde el miedo y no desde la elección consciente.
- Reconocer qué personas o espacios activan nuestro sistema de alerta.
- Separar el presente de las memorias del pasado.
- Elegir respuestas más saludables en lugar de repetir automatismos.
Cuando desarrollamos esta conciencia, dejamos de vivir en piloto automático y comenzamos a ejercer soberanía emocional.
Medidas de afrontamiento saludables.
- Escucha corporal consciente: El cuerpo es el primer indicador de seguridad o amenaza. Aprender a registrar sensaciones físicas antes de racionalizar.
- Nombrar el estado interno: Poner palabras a lo que se siente reduce la activación y aumenta la claridad emocional.
- Establecer límites claros: No todo vínculo merece acceso ilimitado a nuestra energía.
- Elegir la distancia como autocuidado: Alejarse no es huir: es regularse.
- Fortalecer espacios seguros: Cultivar relaciones, rutinas y ambientes donde el sistema nervioso pueda descansar.
- Acompañamiento terapéutico: Cuando existen traumas o patrones profundos, el acompañamiento profesional es clave para integrar y sanar.
- Prácticas de autorregulación: Respiración consciente, movimiento suave, escritura terapéutica, meditación y contacto con la naturaleza.
Saber irse no es un acto de debilidad, egoísmo o abandono. Es una forma madura de respeto hacia la vida que habita en nosotros. Permanecer en lugares que nos obligan a sobrevivir no es vivir; es resistir.
Cuando una persona aprende a escuchar su sistema nervioso, a leer sus emociones con conciencia y a honrar sus límites internos, comienza a elegir vínculos que nutren, espacios que sostienen y experiencias que expanden.
Irnos a tiempo es, muchas veces, la decisión más amorosa que podemos tomar. Porque la paz no se negocia, la salud no se posterga y la vida no está hecha para sostener guerras internas permanentes.
A veces, el mayor acto de valentía no es quedarse… sino saber partir con dignidad, conciencia y amor propio.
“Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; Respóndeme por tu verdad, por tu justicia”. Salmo 143:1(RVR11960)
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