
El Ejército canadiense ensaya en papel una respuesta a EE.UU.: semana y guerrilla después, con el Ártico y Trump de fondo en Ottawa, inédita.
Por primera vez en más de un siglo, el Ejército canadiense ha trabajado un esquema teórico —no un plan operativo— para responder a una hipótesis que hasta hace poco parecía material de ucronía: una invasión de Estados Unidos. La información, adelantada por The Globe and Mail y confirmada al periódico por dos altos funcionarios del Gobierno de Canadá, describe una modelización que parte de una premisa dura y nada épica: frente a la superioridad militar estadounidense, Canadá no podría aguantar más de una semana en combate convencional, incluso en el mejor de los casos. A partir de ahí, la respuesta imaginada se desplaza hacia la lógica del desgaste: guerrilla, sabotaje, emboscadas y pequeñas unidades capaces de golpear y desaparecer, con un papel potencial para paramilitares o civiles armados.
Que se haya llegado a este punto —a ponerlo por escrito, aunque sea en modo “laboratorio” estratégico— dice mucho del momento político. Los mismos funcionarios subrayan que consideran improbable que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegue a ordenar una invasión real de Canadá. También remarcan que las relaciones entre los militares de ambos países siguen siendo positivas y que la cooperación en proyectos de defensa común continúa. Pero, aun así, la sola existencia del documento se ha interpretado en Ottawa como un síntoma del cambio dramático en la relación bilateral: desde que Trump ganó las elecciones presidenciales en noviembre de 2024, ha deslizado en numerosas ocasiones su interés en anexionar Canadá y convertirla en el estado 51. Y cuando una idea así se repite lo suficiente, aunque sea como provocación, acaba entrando en las carpetas donde se guardan los escenarios que nadie quiere vivir.
Un “esquema” no es un plan, pero tampoco es un capricho
Conviene entender el peso de las palabras para no confundir el titular con el hecho. Lo que ha elaborado el Ejército canadiense no es un documento con órdenes, calendarios y rutas de avance; no es un plan militar en el sentido clásico de la expresión. Es una modelización, un ejercicio de pensamiento aplicado, una especie de “qué pasaría si…” llevado al terreno de los recursos reales: cuánto aguanta el sistema, dónde se rompe, qué opciones quedan cuando el choque frontal deja de ser opción.
Este matiz, sin embargo, no rebaja la noticia; la vuelve más inquietante. Porque el salto aquí no es operativo, es psicológico e institucional: Canadá ha admitido internamente que debe contemplar a Estados Unidos como amenaza teórica. Eso, en un país que comparte con su vecino la frontera terrestre más larga del mundo y décadas de integración defensiva, es un cambio de época.
El dato humano también importa. El Ejército canadiense cuenta con un personal aproximado de 100.000 individuos, de los cuales alrededor de 68.000 están en activo y el resto forman parte de las fuerzas de reserva. En términos comparativos, es un instrumento militar modesto si demostrase tener que medirse con la maquinaria estadounidense, una potencia con capacidades globales de proyección, una enorme superioridad en aviación, inteligencia, logística y volumen. La asimetría no necesita exageración para imponerse: está en la escala, en la industria, en el músculo presupuestario.
Y, precisamente por eso, el esquema canadiense no se recrea en fantasías de “gran batalla”, sino en una idea más áspera: si no puedes ganar en campo abierto, intentas que el otro no pueda gobernar lo que ocupa.
Trump, la anexión y el Ártico como argumento recurrente
Los dos funcionarios consultados por The Globe and Mail sostienen que ven improbable una invasión ordenada por Trump. Ese es el freno institucional, el sentido común diplomático. Pero el documento no nace del vacío: nace del ruido. Desde su regreso a la presidencia tras las elecciones de 2024, Trump ha insistido en su idea de anexionarse Canadá. No es una frase aislada; es un patrón discursivo que, a fuerza de repetirse, se convierte en factor de riesgo aunque no haya tropas cruzando nada.
En ese contexto, un elemento aparece como gasolina conceptual: el Ártico. La cadena NBC ha señalado recientemente que Trump ha incrementado sus quejas sobre la vulnerabilidad canadiense en el norte, un argumento que encaja con la narrativa de “seguridad” que suele acompañar las ambiciones territoriales. En paralelo, Trump ha utilizado razonamientos parecidos para justificar sus anhelos de anexión de Groenlandia, un territorio con enorme valor estratégico por su posición, su control de rutas y su proyección sobre el Atlántico norte y el Ártico.
La combinación es explosiva por lo que sugiere y por lo que normaliza. Cuando un presidente estadounidense habla de anexión y, al mismo tiempo, coloca sobre la mesa un discurso de “defensa del Ártico”, introduce un marco que ya no es puramente retórico: suena a mapa, a base, a radar, a corredor marítimo, a recursos. Y Canadá, que es país ártico de pleno derecho, entiende perfectamente lo que se está discutiendo, aunque se envuelva en eufemismos.
La semana decisiva: del combate convencional a la resistencia dispersa
El corazón del esquema canadiense es una frase que pesa como una avoidable sentencia: una semana. Según la modelización, el Ejército canadiense no podría resistir más de siete días —en el mejor de los escenarios— frente a las fuerzas estadounidenses en un enfrentamiento convencional. Es un cálculo que no tiene nada de cinematográfico: se trata de capacidades, de superioridad aérea, de precisión, de inteligencia y, sobre todo, de logística y masa. Puedes tener soldados preparados, moral alta y terreno favorable, pero si enfrente hay un aparato con mayor control del aire, mayor capacidad de reposición y un volumen muy superior de medios, el tiempo se vuelve un enemigo.
A partir de esa semana, el modelo cambia de idioma. Ya no se habla de “aguantar posiciones” sino de hacer inviable la ocupación: pasar a una estrategia de guerra de guerrillas con tácticas de emboscada y sabotaje ejecutadas por pequeñas unidades, incluso por estructuras paramilitares o civiles armados. El texto que ha trascendido menciona como referencia tácticas similares a las usadas por los afganos contra Rusia y contra Estados Unidos en el siglo XX. No es tanto una comparación moral como un espejo operacional: cuando una fuerza ocupante es superior, la resistencia se convierte en un problema de persistencia, dispersión y coste político.
Aquí conviene no idealizar nada. La guerrilla no es solo “resistencia”; es un tipo de conflicto que contamina la vida cotidiana. El sabotaje se dirige a infraestructuras, la emboscada convierte carreteras en trampas, la incertidumbre se instala en las ciudades. En un país moderno y altamente interconectado, esa lógica no se limita a bosques y montañas: se traslada a nodos logísticos, a cables, a centros de distribución, a comunicaciones, a sistemas que hacen que la vida funcione sin que pensemos en ellos. Y cuando esos sistemas se vuelven objetivos, el conflicto deja de ser “frente” y pasa a ser ambiente.
Además, existe un elemento delicado: si en el modelo aparecen civiles armados, no es por romanticismo patriótico, sino por una constatación fría: en un escenario de superioridad aplastante del invasor, ampliar el número de actores que pueden hostigar y desgastar multiplica la fricción. Pero también multiplica los riesgos internos: fragmentación, indisciplina, violencias paralelas, abusos, confusión sobre autoridad. En los papeles se escribe rápido; en la realidad, es una caja de tormentas.
La frontera más larga del mundo y el golpe inmediato a la economía real
Cuando se dice “invasión” entre Canadá y Estados Unidos, no se habla de un salto a un territorio remoto. Se habla de una frontera terrestre gigantesca, atravesada por comercio, familias, trabajo y cadenas de suministro que funcionan como arterias. El daño no sería solo militar: sería económico, social y político desde el minuto uno.
Hay ciudades y regiones que viven en simbiosis a ambos lados. Hay rutas de transporte que cruzan el límite cada día. Hay industrias integradas, piezas que se fabrican en un lado y se ensamblan en el otro, contratos que dependen de esa normalidad. En un escenario de choque, aunque fuera limitado, esa normalidad se rompería como cristal fino. La economía empezaría a sangrar antes incluso de que se viera humo.
Por eso este tipo de modelizaciones no se hacen solo pensando en uniformes. Se hacen pensando en qué pasa cuando se corta el flujo: combustible, alimentos, repuestos, energía, comunicaciones, banca, transporte. Un país puede resistir con dignidad, sí, pero la resistencia necesita infraestructura y la infraestructura necesita continuidad. Si el conflicto la rompe, la defensa se vuelve, literalmente, supervivencia.
Londres y París en el mapa: la hipótesis de ayuda nuclear europea
Otro de los puntos más llamativos del esquema es la previsión de que Canadá solicite la ayuda de dos países europeos con armas nucleares, Reino Unido y Francia, para defender el país. La referencia no es aleatoria. Ottawa mantiene una relación histórica y cultural especial con ambos: el monarca británico es el jefe de Estado constitucional de Canadá, y la provincia de Quebec —cuyo único idioma oficial es el francés— arrastra una herencia colonial y un vínculo cultural persistente con París.
En términos políticos, esta hipótesis encierra una idea: internacionalizar la crisis y elevar el coste para Washington. Que dos potencias nucleares aliadas de Canadá se impliquen —aunque sea en términos de disuasión, apoyo político y respaldo estratégico— transformaría el conflicto de bilateral a sistémico. Pero hay un segundo nivel, igual de incómodo: una invasión de Canadá por Estados Unidos sería, de facto, una fractura de la arquitectura occidental que conocemos, una escena casi imposible dentro de la OTAN. La propia mención de Londres y París sugiere que la modelización canadiense contempla el peor escenario no solo como guerra, sino como ruptura de alianzas.
En cualquier caso, aquí la teoría pesa más que la viabilidad inmediata. La disuasión nuclear no funciona como un interruptor que se enciende por petición; funciona con señales, ambigüedades, compromisos y líneas rojas que nadie quiere poner por escrito con claridad total. Pero que el esquema lo plantee revela el nivel de gravedad con el que Ottawa observa el deterioro político del clima bilateral.
La cooperación militar sigue, pero la política ha cambiado el aire
Los funcionarios citados recalcan que las relaciones entre los militares de Canadá y Estados Unidos siguen siendo buenas y que cooperan en proyectos de defensa comunes. Ese dato importa porque la relación militar bilateral no es solo diplomacia: es interoperabilidad, ejercicios, procedimientos compartidos, confianza técnica. Ese tipo de redes, cuando funcionan, sirven como amortiguador frente a malentendidos y escaladas.
Sin embargo, en los sistemas democráticos, la política marca el tono. Un presidente con discurso anexionista introduce una variable nueva en el cálculo estratégico de su vecino. Puede que el aparato militar no quiera ni imaginarlo; pero el deber de un Estado es estar preparado para que lo impensable no te pille con los bolsillos vacíos.
La señal “dramática” que se menciona en la información no es que los soldados estén apuntándose entre sí; es que la relación de vecindad ha dejado de darse por sentada. Y cuando algo deja de darse por sentado, entra en la fase de revisión: ¿qué depende de qué?, ¿qué se puede sostener?, ¿qué se rompe primero?, ¿qué se protege a toda costa?
Qué significa “guerra de guerrillas” en 2026: sabotaje, tecnología y control del relato
Hablar de guerrilla hoy no es hablar solo de fusiles escondidos. El campo de batalla contemporáneo también pasa por drones, vigilancia, interferencias, ciberataques, manipulación informativa, control de comunicaciones y golpes quirúrgicos contra la logística. En un entorno urbano e hiperconectado, el sabotaje no necesita dinamita para ser devastador: basta con atacar un punto crítico, un cuello de botella, un enlace.
Si el esquema canadiense imagina pequeñas unidades paramilitares o civiles armados actuando en la retaguardia de un invasor, hay que añadir esa capa tecnológica. La resistencia moderna puede operar con información en tiempo real, con redes de apoyo, con coordinación descentralizada, con acciones que no buscan “ganar” un territorio sino hacerlo ingobernable. Es una estrategia que, de nuevo, no se vende bien en un país que ha vivido décadas de seguridad estable, precisamente porque suena a largo plazo, a fatiga, a coste civil.
Y también hay una guerra que no se ve: la del relato. En un conflicto entre vecinos, la propaganda tendría una potencia enorme. Cada imagen, cada incidente, cada civil herido, cada infraestructura dañada se convertiría en munición política dentro y fuera del país. En esa pelea, el objetivo no es solo resistir físicamente, sino resistir la erosión moral y la fractura social que un conflicto de este tipo generaría inevitablemente.
El papel de Quebec y la geometría interna de Canadá en un escenario extremo
Canadá no es un bloque homogéneo; es una federación con identidades regionales fuertes, y Quebec ocupa un lugar particular por lengua, historia y cultura. El esquema menciona expresamente la relación con Francia, y eso, más allá de lo simbólico, sugiere que Ottawa considera que la dimensión cultural también cuenta en una crisis de soberanía.
En un escenario de invasión —hipotético, sí—, las tensiones internas podrían amplificarse. Las regiones fronterizas sufrirían antes. Las provincias con mayor peso económico tendrían que sostener un esfuerzo de resiliencia. Los debates sobre autoridad, coordinación y legitimidad aparecerían con rapidez. No es casual que, cuando se imagina una defensa basada en guerrilla y apoyo civil, también se abra la pregunta sobre cohesión: una resistencia dispersa necesita coordinación mínima, y la coordinación mínima necesita confianza.
Que el modelo apunte a la ayuda de Reino Unido y Francia también puede leerse como un recordatorio de que Canadá tiene una identidad internacional que no se reduce a Norteamérica: forma parte del mundo atlántico, mantiene vínculos europeos y culturales, y eso puede convertirse en capital diplomático si el entorno se complica.
Por qué esta modelización marca un antes y un después en Ottawa
La palabra “anexión” no es un tecnicismo: es una declaración de intención política sobre soberanía. Cuando un presidente estadounidense repite la idea de convertir a Canadá en el estado 51, incluso si lo hace en tono de presión o provocación, el Gobierno canadiense no puede limitarse a responder con ironías o desmentidos. Un Estado serio mete ese escenario en la carpeta de riesgos, aunque sea en formato teórico.
Lo distinto aquí no es que los militares piensen escenarios. Eso es rutinario en cualquier ejército del mundo. Lo distinto es el objeto del escenario: el vecino con el que se comparte defensa, comercio y una cierta idea de “comunidad”. El esquema canadiense, al reconocer que la defensa convencional duraría una semana y que la alternativa sería la guerrilla, también está diciendo que la disuasión clásica —tanques frente a tanques— no es realista en este caso. La disuasión, si existiera, sería política, económica, internacional… y de coste sostenido.
Y hay una conclusión implícita que pesa más de lo que parece: si la resistencia depende de sabotajes y acciones dispersas, el precio no lo pagan solo los uniformados. Lo paga el país entero.
El trasfondo: del aliado imprescindible al escenario de riesgo
Durante décadas, Canadá ha vivido con una paradoja cómoda: su seguridad se apoya en gran medida en su relación con Estados Unidos, pero esa relación se percibía como estructuralmente estable. La idea de que Washington pudiera convertirse en amenaza era, en la práctica, inexistente. La modelización rompe esa comodidad.
No se trata de alimentar alarmas sin base. El propio Gobierno canadiense ha querido enfriar el asunto insistiendo en que ve improbable una invasión y en que la cooperación militar sigue siendo buena. Pero los Estados no trabajan con probabilidades como si fueran apuestas de bar; trabajan con escenarios de impacto alto, aunque la probabilidad sea baja. Si el impacto es evitar la pérdida de soberanía, la probabilidad necesaria para justificar un ejercicio teórico es, sencillamente, mucho menor.
Además, los mensajes de Trump sobre anexión y el énfasis reciente en el Ártico encajan con un patrón que en Ottawa observan con cuidado: el uso de la seguridad como argumento para ampliar control. En política internacional, cuando se abre esa puerta, el resto del vecindario empieza a poner el pestillo, aunque sea por prudencia.
Una frase que se queda pegada: “no es un plan”, pero ya está escrito
En este tipo de noticias, el detalle que más duele no es la palabra “invasión”, sino la normalidad con la que se explica. “Esquema teórico”, “modelización”, “paso inferior a un plan”. Son términos prudentes, casi administrativos. Y, sin embargo, describen algo que hasta hace poco habría sonado grotesco: Canadá imaginando una resistencia armada contra el Ejército estadounidense.
Ese contraste —lenguaje sobrio para un escenario delirante— define el momento. Ottawa no está diciendo que vaya a ocurrir. Está diciendo que, en 2026, ya no se puede descartar en el plano mental lo que antes se descartaba sin pensar.
Y hay algo más: la propia comparación con Afganistán. No es una elección inocente. Afganistán es, en la memoria contemporánea, el ejemplo de cómo una superpotencia puede ganar combates y perder el control político. Es el recordatorio de que ocupar no equivale a gobernar, y de que el desgaste puede ser la derrota. Si el esquema canadiense bebe de ese manual, el mensaje implícito es claro: la asimetría militar no garantiza un resultado limpio.
Cuando la seguridad se convierte en política doméstica
Un escenario de esta magnitud, aunque sea teórico, termina filtrándose en la política interna. La defensa del Ártico, la inversión en capacidades, el debate sobre reservas y preparación civil, la resiliencia de infraestructuras, incluso la conversación sobre qué significa soberanía en un mundo donde las alianzas se tensan… todo eso puede ganar peso en Canadá.
Pero el detonante de fondo sigue siendo el mismo: las pretensiones anexionistas atribuidas al discurso de Trump. Si ese discurso se mantiene, Ottawa tendrá que convivir con una especie de ruido permanente: cooperación militar por un lado, incertidumbre política por el otro. Un equilibrio extraño, como caminar con suelo firme pero con el cielo encapotado.
Un país que vuelve a mirar al mapa con ojos distintos
Canadá suele contarse a sí misma como potencia tranquila, estable, con un papel internacional a menudo más diplomático que militar. El hecho de que sus fuerzas armadas hayan elaborado un esquema de respuesta ante una invasión estadounidense —por teórico que sea— introduce una variación en esa autopercepción. No cambia la identidad de un día para otro, pero la obliga a mirarse en un espejo incómodo.
Y también obliga a mirar al sur con una atención nueva. No porque haya columnas de blindados preparadas, sino porque la política puede convertir lo improbable en plausible con una velocidad que a veces sorprende. Las democracias no se protegen solo con armas; se protegen con estabilidad institucional, con alianzas fiables, con normas compartidas. Cuando se erosionan esas bases, incluso el vecino más cercano se convierte en variable.
La presión internacional y el efecto dominó en el Atlántico norte
Si un escenario así escalara —aunque sea en forma de crisis diplomática grave—, el impacto se sentiría más allá de Norteamérica. El Atlántico norte es un espacio donde convergen intereses militares, comerciales y estratégicos. La idea de que Canadá pudiera pedir respaldo a Reino Unido y Francia introduce inmediatamente a Europa en el tablero. Y, al mismo tiempo, el debate sobre Groenlandia coloca a Dinamarca y al conjunto europeo en una posición delicada.
En una arquitectura de seguridad basada en alianzas, el problema no es solo el conflicto en sí, sino el precedente: si una potencia puede presionar territorialmente a un aliado, el resto de aliados se pregunta qué vale cada compromiso. Es una duda corrosiva, porque no necesita hechos consumados para hacer daño; basta con que la duda se instale.
En el caso canadiense, ese efecto dominó se vería también en instituciones y acuerdos de cooperación que llevan décadas funcionando. No se rompen por un documento teórico, pero pueden tensionarse por el clima que lo ha hecho necesario.
Un final incómodo para una relación que se daba por segura
Lo más relevante de esta historia no es que Canadá crea que va a ser invadida mañana; no lo cree, y lo ha dicho. Lo relevante es que el Ejército canadiense, respaldado por confirmaciones de dos altos funcionarios del Gobierno, ha considerado necesario pensar en cómo responder si el escenario ocurriese. Ha asumido que la defensa convencional duraría aproximadamente una semana y ha imaginado, a partir de ahí, una resistencia basada en guerrilla, sabotaje y acciones de pequeñas unidades, incluso con apoyo civil armado, mientras Ottawa buscaría apoyo de Reino Unido y Francia como potencias nucleares con vínculos históricos y culturales con Canadá.
Ese conjunto de elementos, puestos uno detrás de otro, dibuja un mapa nuevo: el de un país que, sin romper su cooperación militar con Estados Unidos, acepta que el discurso político del presidente estadounidense ha cambiado el aire. No es una declaración de guerra, ni un pronóstico. Es una señal de época. Una señal que, por muy envuelta en lenguaje prudente, se entiende sin esfuerzo: cuando un aliado empieza a hablar de anexión, el otro deja de permitirse la ingenuidad.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: EFE, Reuters, Comisión Europea, Gobierno de Canadá.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/canada-invasion-de-eeuu/
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