
La izquierda uruguaya, en el segmento que hoy representa el Frente Amplio desde su principal dirigencia, ha perdido buena parte de la combatividad que dio origen a su razón de ser. Aquella fuerza política que nació como expresión de ruptura, de resistencia y de transformación profunda del orden establecido parece haber reemplazado sus postulados fundacionales por una lógica de administración prudente del sistema que alguna vez se propuso cambiar.
El Frente Amplio surgió como una síntesis de luchas populares, sindicales, estudiantiles e intelectuales que desafiaban al poder económico, a la dependencia externa y a las injusticias estructurales del país. Su identidad estaba marcada por la confrontación política clara, la defensa sin ambigüedades de los sectores populares y una visión estratégica de largo plazo orientada a la transformación social. Esa impronta combativa fue clave para construir credibilidad, militancia y esperanza.
Sin embargo, con el paso del tiempo y el ejercicio prolongado del gobierno, la conducción frenteamplista fue desplazando el eje de su accionar. La moderación dejó de ser una táctica y pasó a convertirse en una identidad. El discurso se volvió más cuidadoso que valiente, más técnico que político, más preocupado por no incomodar a los poderes fácticos que por representar con firmeza a quienes históricamente quedaron al margen.
La principal dirigencia del Frente Amplio parece haber naturalizado los límites impuestos por el modelo económico vigente, aceptando como inmodificables estructuras que antes cuestionaba. La crítica al capital concentrado, a la extranjerización de la economía y a las desigualdades persistentes fue perdiendo centralidad, mientras crecía una narrativa de consenso que diluye el conflicto social en nombre de la gobernabilidad.
Esta transformación no solo afectó el programa, sino también el vínculo con su base social. La distancia entre la dirigencia y la militancia se amplió, y con ella la sensación de desencanto en amplios sectores que ya no encuentran en la fuerza política una herramienta de lucha, sino una organización más preocupada por sostener equilibrios internos y electorales que por empujar cambios profundos.
No se trata de negar los avances logrados ni de desconocer la complejidad de gobernar. Se trata de advertir que una izquierda que renuncia a la confrontación política, que pierde audacia y claridad ideológica, corre el riesgo de vaciarse de contenido. Cuando la gestión reemplaza al proyecto y la prudencia sustituye a la convicción, la izquierda deja de ser motor de transformación para convertirse en un actor más del sistema.
Recuperar los postulados fundacionales no implica nostalgia ni radicalismo vacío, sino reencontrarse con la razón original de su existencia: ser una herramienta al servicio de los trabajadores, de los sectores populares y de la soberanía nacional. Sin esa combatividad ética y política, la izquierda uruguaya corre el riesgo de ganar elecciones pero perder su alma.
Juan Carlos Blanco Sommaruga
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/la-dirigencia-del-frente-amplio-y-la-perdida-de-la-combatividad-fundacional-id182916/
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