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En una decisión que reverberó con fuerza en los corredores del Palacio Presidencial y en los círculos políticos de Bogotá, Angie Lizeth Rodríguez Fajardo formalizó su renuncia “irrevocable” a la Dirección del Departamento Administrativo de la Presidencia de la República, el despacho más sensible y poderoso de la Casa de Nariño, desde donde se administra la agenda del jefe de Estado y se articulan los hilos finos del gobierno. La politóloga, quinta persona en ocupar ese cargo durante la administración de Gustavo Petro, eligió un momento cargado de simbolismo: esperó a que concluyera la sesión de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores para comunicar su decisión, y en la madrugada siguiente la Presidencia difundió el mensaje con una declaración que buscó cerrar el capítulo con una mezcla de firmeza y reivindicación personal. “Me voy con la frente en alto y con tranquilidad. Me siento orgullosa de ser una mujer humilde y popular que representó con dignidad y honestidad este alto cargo en el Estado”, dijo, al anunciar que asumirá un nuevo reto como gerente en propiedad del Fondo Adaptación.
La salida de Rodríguez no es una simple rotación burocrática. El Dapre es, en la práctica, la sala de máquinas del Ejecutivo: allí se controla el flujo de información, se ordena el tiempo del presidente y se decide qué asuntos entran o no al despacho presidencial. Quien dirige ese departamento no solo gestiona un computador y una agenda; susurra prioridades al oído del mandatario y traduce el pulso político en decisiones administrativas. Durante meses, Rodríguez fue una de las figuras clave en la organización del día a día de Petro, pero esa cercanía se fue erosionando hasta convertirse en una relación tensa y frágil. Desde noviembre de 2025, fuentes del entorno presidencial admitían que la confianza estaba quebrada.
El deterioro tuvo episodios visibles. El presidente expresó en más de una ocasión su inconformidad por lo que consideró desobediencia de su directora del Dapre, en particular cuando ella se opuso al nombramiento de José Alexis Mahecha en la Agencia del Inspector General de Tributos, Rentas y Contribuciones Parafiscales. Rodríguez alegó diferencias de fondo con el funcionario, con quien había trabajado en el pasado, pero Petro zanjó la disputa recordando su autoridad como jefe de Estado. Aquella pulseada dejó a la politóloga en una posición vulnerable, al borde de una salida que solo se aplazó por la ausencia de un relevo claro y por un contexto personal delicado: semanas antes, ella había denunciado públicamente un robo en la vivienda de su familia en el sur de Bogotá, un episodio que generó solidaridad y puso en pausa cualquier movimiento abrupto en su contra.
Lejos de replegarse, Rodríguez regresó a escena con una ofensiva directa contra otro peso pesado del gobierno: Carlos Carrillo, director de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo. En una rueda de prensa desde la Casa de Nariño, lo acusó de presuntos actos de corrupción durante su paso por el Fondo Adaptación, la misma entidad que hoy ella pasa a dirigir. Carrillo respondió con igual dureza, señalando supuestos nombramientos de familiares y allegados por parte de Rodríguez cuando ejercía funciones en ese fondo. El choque, de alto voltaje político, se resolvió con una paradoja: Carrillo se mantuvo en la UNGRD y Rodríguez dejó el Dapre para aterrizar precisamente en el organismo desde el cual había cuestionado a su adversario. La reubicación, más que un retiro, parece un movimiento lateral que la aleja del anillo íntimo del poder presidencial pero la mantiene dentro del engranaje gubernamental, ahora enfocada en proyectos de gestión del riesgo y adaptación al cambio climático.
El episodio deja al descubierto la inestabilidad que ha rodeado al Dapre durante este gobierno. Con la salida de Rodríguez, Gustavo Petro completa cinco nombres en ese despacho: Mauricio Lizcano, Jorge Rojas, Laura Sarabia, Carlos Ramón González y ahora ella, una sucesión vertiginosa para un cargo que exige continuidad y absoluta sintonía con el presidente. Por ahora no hay anuncio sobre su reemplazo, lo que abre un nuevo compás de expectativa en un puesto que, más que cualquier otro, define el ritmo y la coherencia del Ejecutivo.
En su despedida, Rodríguez buscó fijar un relato de dignidad y superación personal, presentándose como una mujer de origen popular que llegó a una de las cúspides del Estado y se va sin renunciar a sus convicciones. Pero más allá de las palabras, su renuncia marca el final de una etapa atravesada por fricciones internas, denuncias cruzadas y una lucha soterrada por el control de los resortes del poder. En la política colombiana, donde los gestos pesan tanto como los cargos, la salida del Dapre de Angie Rodríguez no solo cierra un capítulo: reescribe, una vez más, el mapa de influencias alrededor del presidente Petro.
carloscastaneda@prensamercosur.org
