
Por la fe Moisés, cuando ya era grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo más bien ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado (He 11:24-25).
Cuando la mayoría de la gente piensa en la historia de Moisés y el éxodo, se ve plagada de detalles apócrifos de alguna de las varias adaptaciones cinematográficas.
Las generaciones mayores quizá recuerden Los diez mandamientos, de Cecil DeMille (ya sea la versión de 1923 o la de 1956), en la que Moisés tiene una novia egipcia. El público más joven puede pensar en Éxodo: dioses y reyes (2014), de Ridley Scott, en la que Yahweh aparece como un niño pequeño en lugar de como una zarza ardiente.
Como joven que creció a finales de los años noventa, pienso en El príncipe de Egipto, de DreamWorks Animation. Esta épica película de animación compensa con brillantez artística lo que le falta en precisión bíblica (Moisés es adoptado por la esposa del faraón en lugar de por su hija). Pero siempre apreciaré El príncipe de Egipto por enfatizar un tema clave de la historia bíblica del éxodo: lo mucho que Moisés renunció al abandonar su estatus de noble egipcio para unirse a su pueblo en el exilio, y cómo lo hizo por elección propia.
Todos conocemos los detalles básicos de la historia de Moisés, aunque estén un poco confusos por la licencia artística de Hollywood: criado en la casa del faraón, este niño abandonado crece junto al trono de la principal superpotencia del mundo antiguo. Se codea con la familia real, disfruta de una riqueza ilimitada y, al menos de forma plausible, conoce al príncipe heredero de Egipto (¡quizá eran realmente como hermanos!). El joven Moisés tiene el mundo a sus órdenes y un futuro bendecido por los dioses. Es todo lo que podría desear. Sin embargo, un hecho inconveniente hace imposible que Moisés mantenga esta vida de ensueño: no es egipcio, sino hebreo.
Los que se identifican con el pueblo de Dios deben tomar la decisión de separarse del mundo y sus deseos. Deben elegir el exilio
En la Biblia, él lo sabe desde muy temprana edad, ya que fue amamantado por su madre biológica, Jocabed (Éx 2:7-10; cp. 6:20). Para añadir dramatismo, en El príncipe de Egipto lo descubre ya de adulto. El Moisés de la película se horroriza al saber que su madre lo salvó de la furia genocida del faraón lanzándolo al Nilo y que sus antepasados no adoraban a Ra ni a Horus, sino al Dios invisible de Abraham, Isaac y Jacob.
Tanto en las Escrituras como en la ficción, este conocimiento lleva finalmente a Moisés a identificarse con su pueblo esclavizado e intervenir físicamente en su opresión, un acto que le lleva, por primera vez en su vida, al exilio. Todavía hoy, aquellos que se identifican con el pueblo de Dios deben tomar una decisión similar de separarse del mundo y sus deseos por causa de la santidad. Deben elegir el exilio.
Eligiendo el exilio
La historia original de Moisés se narra en el Antiguo Testamento. Pero, hablando por medio del autor de Hebreos, el Espíritu Santo nos da un resumen fascinante. En el famoso «Salón de la fama de la fe», leemos lo siguiente acerca de Moisés:
Por la fe Moisés, cuando ya era grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo más bien ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado. Consideró como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa.
Por la fe Moisés salió de Egipto sin temer la ira del rey, porque se mantuvo firme como viendo al Invisible. Por la fe celebró la Pascua y el rociamiento de la sangre, para que el exterminador de los primogénitos no los tocara a ellos (He 11:24-28).
Normalmente pensamos en el «exilio» como algo impuesto, no elegido. Y lo asociamos con un castigo o escarmiento por el pecado, normalmente por adorar a dioses falsos. Sin embargo, para Moisés, el exilio fue autoimpuesto. Lejos de ser un castigo por idolatría, fue su camino para convertirse en uno de los siervos más fieles y preciados de Dios. Esta disposición a cambiar los lujos de Egipto por convertirse en el líder espiritual de una nación de esclavos resultó en un doloroso exilio personal. Pero también condujo a un éxodo nacional. Deberíamos reflexionar sobre la similitud entre las dos palabras.
Toda la historia de la Biblia es una serie de exilios que terminan en éxodos
En muchos sentidos, toda la historia de la Biblia es una serie de exilios que terminan en éxodos. Incluso podríamos llamar a esto la narrativa maestra de las Escrituras. Como escribe I. M. Duguid en el New Dictionary of Biblical Theology [Nuevo diccionario de teología bíblica]: «El concepto teológico del exilio está presente prácticamente desde el comienzo de la revelación bíblica». En todas las historias que siguen a la expulsión de la humanidad del Edén, «el estado del pueblo de Dios es uno de profundo exilio, de vivir en un mundo al que no pertenecen y de buscar un mundo que aún está por venir». En el exilio, el pueblo de Dios siempre clama por un libertador, el cual llega una y otra vez para liberarlos de la esclavitud y guiarlos a la tierra prometida.
Noé, Abraham, Jacob y José pasan por ciclos de exilio y éxodo, completados con frecuencia con la salvación a través del agua, las plagas, un sacrificio que establece un pacto y el saqueo de los enemigos de Dios. Cuando Yahweh libera a Israel en el Éxodo, ellos están «siguiendo los pasos de los patriarcas», recorriendo un camino muy transitado y allanándolo para las generaciones futuras. Esta historia de esclavos liberados de la cautividad es el ciclo de exilio y éxodo más claro hasta ahora, ya que contiene tanto recuerdos del Génesis como rumores del lejano cumplimiento futuro de la historia redentora. Si leemos con atención, podemos escuchar temas en la biografía de Moisés que hacen eco en un Libertador mayor.
En Éxodo, el pueblo de Dios es esclavizado por una serpiente figurada que busca exterminar la simiente de la mujer, la cual, sin embargo, lo supera en astucia (Éx 2:3). Su simiente se convierte en un libertador empoderado por Dios, al que se le ha dado un dominio milagroso sobre los poderes espirituales de Egipto, que culmina en un juicio sobre los hijos de Egipto (12:12), del cual los hijos de Israel escapan gracias a la sangre de un cordero sacrificial (vv. 13-28). El pueblo saquea el reino de las tinieblas (v. 36), se somete a un bautismo (14:22; 1 Co 10:2) y finalmente escapa de las fuerzas del rey-serpiente, que son abiertamente avergonzadas y derrotadas (Éx 15:1-18; Col 2:15). El libertador media entonces un nuevo pacto con Dios (Éx 19:8), recibe su ley en una montaña (20:1-21) y prepara una morada en la que Dios puede finalmente descender para vivir entre Su pueblo (40:34) y guiarlo a Canaán, un nuevo Edén simbólico (Dt 26:9).
En todo esto, Moisés —que medió en el antiguo pacto— tiene un parecido sorprendente con el mediador del nuevo pacto. Debemos prestar especial atención, porque al imitar a Moisés, en última instancia estamos imitando a Cristo.
Moisés el misericordioso
Estamos acostumbrados a pensar en Moisés como el dador de la ley, no como una figura cristiana. En la imaginación popular cristiana, la ley está en conflicto con el evangelio. Incluso El progreso del peregrino pinta a Moisés como un adversario de Cristiano en su viaje a la Ciudad Celestial. Moisés golpea a Cristiano hasta dejarlo al borde de la muerte por su «secreta inclinación hacia Adán el Primero». Cuando Cristiano suplica misericordia, el Moisés de Bunyan responde: «No sé cómo mostrar misericordia».
Sin duda, la ley de Moisés es impotente para salvar debido a nuestra naturaleza pecaminosa (Ro 8:3). Bunyan tiene razón en eso. Pero al tratar de demostrar nuestra impotencia ante la ley sin Cristo, retrata a un Moisés que se parece muy poco al Moisés de las Escrituras. El Moisés bíblico es un tipo inequívoco de Cristo, que media un pacto misericordioso en el que el pueblo de Dios se libra del juicio gracias a la sangre de los sustitutos. Lejos de no saber cómo mostrar misericordia, Moisés a menudo le ruega a Dios que tenga misericordia de Su pueblo (Éx 32:30-32; Nm 12:13).
De hecho, el patrón de exilio y éxodo que se muestra tan claramente en la vida de Moisés es el mismo patrón que retoma el Nuevo Testamento cuando explica la historia de Jesús y nuestra redención en Él. La historia de Cristo está llena de ecos del Éxodo (Mt 2:15; 3:13-17; 4:1-11; 5:1-2; 17:1-8; Jn 1:17; 1 Co 5:7; He 3:5-6; 10:26-30). Cristo se convirtió en un exiliado para guiar a Su pueblo en un nuevo éxodo. En el relato de Moisés, vemos prefigurado el evangelio. «Cristo», como lo expresa Alastair Roberts, «es aquel en quien vemos el verdadero significado del Éxodo». Esta es la razón por la que comprender el Éxodo a la luz del Salvador nos ayuda a entender mejor el papel de los que han sido salvos en un mundo hostil.
Según Hebreos, Moisés abrazó el exilio. Optó por buscar a Cristo, renunciando a los tesoros de Egipto a cambio de una recompensa celestial. Al buscar al Santo y permanecer en tierra santa, Moisés aceptó la pérdida de las riquezas y las relaciones terrenales. No solo renunció a su estatus como príncipe de Egipto, sino que permaneció como una especie de forastero de Israel durante toda su vida. A menudo estaba en conflicto con el pueblo obstinado y quejumbroso (Éx 14:10-14; Nm 20:1-5; Dt 1:26-36) e incluso fue criticado y desafiado por su propia familia (Nm 12:1-15).
Todos nosotros, en algún momento, nos enfrentaremos a la elección entre las recompensas terrenales y las celestiales
En esto, personificó la palabra que a menudo se traduce como «santo» en el Antiguo Testamento griego y en el Nuevo Testamento (hágios), que implica algo «apartado», «diferente» o separado. Moisés estaba dispuesto a destacar y a estar solo con tanta frecuencia —a elegir la enemistad con el mundo e incluso con las personas que amaba— porque prefería la amistad con Dios por encima de todo lo demás (Éx 33:11; Stg 4:4).
En el nuevo pacto, todos estamos en las sandalias de Moisés, disfrutando de una estrecha comunión con un Dios que ha venido a morar entre nosotros y nos llama «amigos» (Jn 15:15), tal como llamó amigo a Moisés. Esta amistad con Dios no tiene por qué poner siempre en tensión nuestras relaciones terrenales. Sin embargo, cuando lo hace, Jesús deja en claro dónde debe estar nuestra lealtad. Debemos estar preparados para renunciar a «casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras» cuando entren en conflicto con nuestra devoción por Él (Mt 19:29). Debemos hacer exactamente lo que hizo Moisés: abrazar el exilio por amor a la santidad.
Mientras la visión del mundo y los valores de nuestra sociedad se alejan cada vez más del mejor Israel y se acercan al peor Egipto, este llamado a apartarnos será cada vez más frecuente y urgente. Las riquezas terrenales, la reputación y las relaciones a menudo estarán en juego, tentándonos a negar o callar nuestra lealtad principal a Cristo. Ya sea un ascenso que requiera ocultar nuestra fe, una calificación que exija a los estudiantes tratar la Biblia como falsa, o una invitación de un amigo para celebrar una unión no bíblica, todos nosotros, en algún momento, nos enfrentaremos a la elección entre las recompensas terrenales y las celestiales, entre «los placeres temporales del pecado» y «el oprobio de Cristo» (He 11:25, 26).
Un llamado costoso
No todos están dispuestos a pagar un precio tan alto. En los evangelios, Jesús se encuentra con un joven rico que no es muy diferente del joven Moisés. Cuando el hombre le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna, Jesús le recita los mandamientos de Moisés. «Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud», dice el joven. Jesús lo mira con amor y compasión, y le responde: «Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y me sigues». Desanimado por el llamado de Jesús a un costoso exilio, el joven se aleja lleno de tristeza (Mr 10:17-31).
Cristo se convirtió en un exiliado para guiar a Su pueblo en un nuevo éxodo
Otros han seguido el ejemplo de Moisés de exiliarse voluntariamente por amor a Cristo. William Wilberforce es otra figura que muchos conocerán por una adaptación de Hollywood. (Afortunadamente, su película es bastante precisa). Este político y filántropo británico del siglo XVIII no fue adoptado por la realeza, sino que nació en el seno de una familia de comerciantes acomodados. Sus padres le proveyeron la mejor educación que el dinero podía comprar y, en su juventud, se hizo muy popular. Como dice una biografía, el joven Wilberforce era «ingenioso, encantador, erudito, elocuente y hospitalario». A diferencia de Moisés, que era torpe con las palabras, él mostraba «el carisma de un líder natural que atraía a amigos y seguidores a su mundo».
Pero la conciencia de Wilberforce, al igual que la de Moisés, acabó siendo remordida por la difícil situación de los esclavos. Después de una reconversión evangélica, hizo su famosa declaración de que Dios le había puesto ante sí «dos objetivos: la supresión del comercio de esclavos y la reforma de las costumbres [es decir, la moralidad]». Bajo la influencia espiritual de John Newton, un antiguo capitán de barco negrero que escribió el himno «Sublime gracia», Wilberforce decidió que el comercio británico de cuerpos africanos debía terminar: «La maldad de ese comercio me parecía tan enorme, tan espantosa, tan irremediable, que mi mente estaba completamente decidida a abolirlo. Fuesen cuales fuesen las consecuencias: desde ese momento decidí que no descansaría hasta haber logrado su abolición».
Y nunca descansó. Entre 1789 y 1805, Wilberforce presentó veinte resoluciones y proyectos de ley contra el comercio de esclavos, todos los cuales fueron rechazados mediante maniobras legales por parte de las fuerzas proesclavistas del Parlamento. Él soportó críticas devastadoras y amenazas de muerte. Fue atacado en la calle, acusado de ser un espía aliado con los revolucionarios franceses e incluso se rumoreó que tenía una esposa negra secreta a la que golpeaba. Poderosos oponentes juraron luchar contra la «maldita doctrina de William Wilberforce y sus hipócritas aliados». Los faraones del siglo XVIII, al igual que sus antiguos antepasados, no se separarían de sus esclavos por voluntad propia.
Sin embargo, Wilberforce persistió, soportando calumnias y enfermedades crónicas para lograr sus «grandes objetivos». En 1807, finalmente llegó el día tan esperado. Después de años de medidas a medias y avances estratégicos, Wilberforce y otros abolicionistas del Parlamento ganaron un apoyo abrumador para un proyecto de ley para abolir el comercio británico de esclavos. Fue recibido con vítores y elogios de admiración por parte de sus colegas.
Durante el siguiente cuarto de siglo, Wilberforce continuó su lucha para emancipar a todos los esclavos que quedaban, además de mantener un esfuerzo incansable por reformar la sociedad británica promoviendo la virtud, apoyando la caridad y mejorando las condiciones de los deshollinadores, las madres solteras, los huérfanos, los delincuentes juveniles e incluso los animales. Convencido de que Cristo había venido a liberar tanto a los cautivos espirituales como a los físicos, también apoyó los esfuerzos misioneros y de traducción de la Biblia. En su lecho de muerte, en 1833, William Wilberforce recibió finalmente la noticia de que la Cámara de los Comunes había votado a favor de la emancipación de todos los esclavos del Imperio británico.
Una gran recompensa
A lo largo de las Escrituras, el exilio suele ser impuesto, no elegido. Pero figuras ricas e influyentes como Moisés, Wilberforce y el joven rico tenían la posibilidad de elegir. Todos ellos podían pasar toda su vida descansando en sus palacios y parlamentos, codeándose con príncipes y primeros ministros. No tenían por qué renunciar a sus riquezas ni a su reputación, ni soportar el desprecio que viene con la búsqueda de la santidad. Solo dos de ellos lo hicieron. A través de la fe de Moisés y Wilberforce, Dios guio a millones de personas en el éxodo de la esclavitud. Nunca sabremos lo que podría haber hecho a través del joven rico que le dio la espalda a Jesús.
Si los cristianos con riquezas terrenales, influencia o reputación seguimos los pasos de Moisés, debemos tener la expectativa de que pagaremos un alto precio
Los cristianos de hoy se enfrentan a una elección similar. Esta tierra extranjera está llena de dioses extraños y tesoros tentadores. Muchos de estos tesoros son buenos en un sentido terrenal, al igual que algunas cosas que nuestros vecinos adoran erróneamente (como el sexo y el dinero). No hay nada malo en que los cristianos tengan y disfruten de esas cosas, ni en que ejerzan la influencia y la autoridad que tuvieron Moisés, Wilberforce y el joven rico. Sin embargo, llegará un momento en que todos los que siguen a Cristo tendrán que elegir entre los tesoros de la tierra y los tesoros del cielo. Cuando ambos entren en conflicto, el resultado será una separación dolorosa y costosa, ya sea de la tierra o del cielo.
Al ver que el joven rico elegía separarse de Dios en lugar de apartarse de su dinero, Jesús observó que hay pocas cosas más difíciles que para los ricos entrar en el reino de los cielos (Mt 19:23). Hablaba por experiencia. El verdadero y mejor Libertador fue el más rico de todos los exiliados voluntarios. No tenía la forma de un príncipe de Egipto, sino la del Dios del universo. Este Moisés mayor «se despojó a Sí mismo» y tomó la «forma de siervo», y se hizo «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:6-8).
¿Por qué hizo esto? Porque nos amó, por supuesto, al igual que Moisés amó a su pueblo (Jn 3:16). Pero también lo hizo porque, al igual que Moisés, buscaba una recompensa celestial: un gran gozo que le llevó a través de la agonía y la vergüenza de la cruz hasta el triunfo de la mañana del Domingo de Resurrección (He 12:2). Al resucitar de entre los muertos y ascender a la diestra de Dios, este verdadero Libertador lideró (y sigue liderando) un éxodo espiritual mayor que cualquier otro en la historia (Lc 4:18) hacia una tierra prometida llena de tesoros incorruptibles (Mt 6:19-21).
Si los cristianos con riquezas terrenales, influencia o reputación seguimos los pasos de Moisés, debemos tener la expectativa de que pagaremos un alto precio. Pero al igual que el libertador de Israel, quien consideró que la deshonra por causa de Cristo era mayor que los tesoros de Egipto, también debemos esperar que Dios nos recompense abundantemente por nuestra elección. A lo largo de los tiempos, Él ha provocado acontecimientos poderosos que han cambiado la historia a través de aquellos que persiguen la santidad hasta que duele. Más allá del tiempo y la historia, Él promete a todos los que se ofrecen como voluntarios para el exilio una recompensa que llenaría de envidia al Faraón (Mt 19:29; Ro 8:18).
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Shane Morris
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/moises-escogio-exilio/
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