
Veinticuatro conejos liberados en una finca para que un colono pudiera seguir cazando y sentir “un pedacito de casa” al otro lado del mundo. Hoy sabemos que aquel gesto en 1859 desencadenó una de las invasiones biológicas más rápidas y caras jamás registradas. En unas pocas décadas los conejos europeos ocuparon unos 5,3 millones de km², cerca del setenta por ciento de la superficie de Australia, con picos históricos de alrededor de seiscientos millones de animales y pérdidas agrícolas que superan los doscientos millones de dólares australianos al año. Millones de hectáreas de suelo fértil pasaron de estar cubiertas de hierba a quedar peladas y erosionadas.
De un “regalo” navideño a una plaga continental
La historia se ha podido reconstruir con bastante precisión. Un estudio genético publicado en 2022 confirma que la gran invasión se remonta a un único envío de veinticuatro conejos salvajes desde el suroeste de Inglaterra hasta la propiedad de Thomas Austin en Barwon Park, en el estado de Victoria. En menos de cincuenta años los descendientes de aquel pequeño grupo se extendieron por casi todo el continente, avanzando de media unos cien kilómetros al año, lo que se considera la colonización más rápida registrada para un mamífero introducido.
Quien haya visto un par de conejos en la cuneta de una carretera puede pensar que exageramos. Pero cuando se suman millones, la foto cambia por completo.
La tormenta perfecta para que los conejos se disparen
El conejo europeo reúne varias características que, juntas, son dinamita ecológica en un paisaje sin defensas. Las hembras pueden empezar a reproducirse hacia los cuatro meses y, en condiciones favorables, tener cinco o más camadas al año, con entre cincuenta y sesenta crías anuales por hembra. Un cálculo sencillo que utilizan las propias autoridades australianas indica que una sola pareja puede llegar a ciento ochenta y cuatro conejos en solo dieciocho meses si no falta alimento ni refugio.
A esto se suma un clima templado en gran parte del sur de Australia, amplias zonas de pastos y la ausencia de depredadores capaces de mantener la población a raya. Las madrigueras profundas protegen a los gazapos del calor, del frío y de los carnívoros. Quien haya intentado controlar conejos en un huerto conoce bien esa sensación de ir tapando agujeros mientras aparecen otros nuevos unos metros más allá.
Del verde al polvo. Qué pasa con el suelo
La mayor parte del daño no viene del conejo adulto visible, sino de la presión constante sobre los brotes tiernos y las plantas jóvenes. Al comerse sistemáticamente las plántulas y los rebrotes, los conejos frenan la regeneración natural de árboles, arbustos y pastizales. Cuando la cobertura vegetal desaparece, el suelo queda expuesto al viento y a la lluvia, pierde materia orgánica y se compacta.
Estudios oficiales señalan que incluso densidades inferiores a un conejo por hectárea pueden impedir que algunas especies vegetales se recuperen. El resultado son laderas con surcos desnudos, cauces con orillas desmoronadas y fincas donde los intentos de reforestación fracasan una y otra vez porque las plantas desaparecen antes de arraigar. A esto se suma la competencia directa con la fauna nativa y la degradación de hábitats de más de trescientas especies amenazadas, lo que ha llevado a catalogar al conejo europeo como una de las principales amenazas para la biodiversidad del país.
Vallas, virus y una carrera que nunca termina
La primera gran respuesta fue física. A comienzos del siglo veinte Australia Occidental levantó la famosa barrera a prueba de conejos, una valla principal de unos mil ochocientos treinta y cuatro kilómetros que cruza el estado de sur a norte, ampliada después con otras dos líneas hasta sumar más de tres mil doscientos cincuenta kilómetros de cercado. Estas infraestructuras frenaron algo la expansión, pero no la detuvieron. Mantener kilómetros de valla en un desierto ventoso es caro y, en cuanto aparece una brecha, los animales vuelven a entrar.
A mediados del siglo pasado el país dio un giro hacia el biocontrol. La introducción del virus de la mixomatosis en los años cincuenta redujo poblaciones que se estimaban en torno a seiscientos millones de conejos y llegó a eliminar hasta el noventa por ciento de los animales en algunas zonas, especialmente áridas. Después los conejos desarrollaron resistencia y el virus perdió fuerza.
En los noventa se liberó el virus de la enfermedad hemorrágica del conejo, conocido como RHDV1, seguido décadas más tarde por una variante denominada RHDV1 K5, mientras un nuevo virus, RHDV2, aparecía de forma natural y se convertía en la cepa dominante. Entre 2014 y 2018 este último provocó descensos medios de población cercanos al sesenta por ciento en los puntos de seguimiento. Pero la historia se repite. Los conejos evolucionan, los virus cambian y los científicos hablan ya de una “tubería” continua de nuevos agentes de biocontrol y herramientas genéticas que habrá que ir ajustando sobre la marcha.
El coste real para el campo australiano
Incluso con estas herramientas el problema no está resuelto. Antes de la mixomatosis se calcula que los conejos suponían unos dos mil millones de dólares al año en daños agrícolas, en valores actualizados. Las diversas oleadas de biocontrol han permitido recuperar miles de millones en productividad, pero los daños actuales siguen superando con holgura los doscientos millones de dólares anuales en pérdida de producción.
Para hacerse una idea del impacto en un pasto, las autoridades de Victoria recuerdan que siete conejos consumen aproximadamente lo mismo que una oveja seca durante el año. Es decir, un rebaño invisible que “se come” el forraje, reduce la capacidad de carga de las fincas y obliga a gastar más en pienso, cercados, venenos, fumigación de madrigueras y maquinaria. Y eso se nota.
La lección que deja Australia sobre las especies invasoras
En el fondo, el caso del conejo europeo en Australia es un recordatorio bastante claro. Prevenir es más barato que intentar arreglar un problema que ya ocupa millones de kilómetros cuadrados. Hoy el país combina biocontrol, destrucción de madrigueras, caza y coordinación entre propietarios para mantener las densidades por debajo de umbrales que permitan a la vegetación regenerarse.
Qué significa todo esto para quien vive en la Unión Europea y ve conejos en los márgenes de las carreteras. Que una especie aparentemente “normal” puede convertirse en una fuerza de degradación cuando se la saca de contexto, se eliminan sus depredadores y se le abre la puerta a zonas nuevas. Lo mismo vale para otros invasores, desde plantas ornamentales que se escapan de los jardines hasta mascotas exóticas liberadas en el campo.
La mejor valla es la que evita que el problema entre. Y la experiencia australiana muestra que, una vez dentro, hace falta ciencia, coordinación y constancia para que el conejo no vuelva a ganar la partida.
El informe técnico “Benefits of rabbit biocontrol in Australia” ha sido publicado en la plataforma PestSmart del Centre for Invasive Species Solutions.
ECOticias.com El periódico verde
Fuente de esta noticia: https://www.ecoticias.com/naturaleza/solo-24-conejos-bastaron-para-desatar-una-catastrofe-ambiental-la-poblacion-exploto-hasta-600-millones-y-degrado-53-millones-de-km%C2%B2-de-suelos-fertiles
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