
Llamar “nazis” a determinados sectores del aparato migratorio estadounidense no es un exceso retórico: es una advertencia histórica. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), especialmente durante la presidencia de Donald Trump, se convirtió en el símbolo más visible de una política de Estado basada en el miedo, la deshumanización y la persecución del diferente. Cuando el poder abandona los límites del derecho y normaliza la crueldad, los paralelismos con los peores capítulos del siglo XX dejan de ser provocación y pasan a ser diagnóstico.
Bajo el lema “America First”, la administración Trump promovió una narrativa que convirtió al migrante en enemigo interno. ICE dejó de ser un organismo administrativo para transformarse en una fuerza de choque ideológica, con redadas espectaculares, separaciones familiares, detenciones arbitrarias y centros de reclusión que múltiples organismos internacionales calificaron como violatorios de los derechos humanos. Niños en jaulas, padres deportados sin debido proceso, comunidades enteras viviendo bajo terror permanente: escenas incompatibles con cualquier democracia que se precie de tal.

El nazismo histórico no comenzó con campos de exterminio, sino con discursos de odio, leyes de excepción y burocracias obedientes. ICE encarnó ese modelo moderno: funcionarios “cumpliendo órdenes”, algoritmos decidiendo destinos humanos, formularios reemplazando la ética. La banalidad del mal, como la definió Hannah Arendt, reapareció en clave migratoria.
Trump no inventó ICE, pero sí lo radicalizó y lo legitimó políticamente. Lo dotó de impunidad, presupuesto y respaldo simbólico. Cada deportación celebrada como victoria, cada muro como promesa, cada redada como espectáculo electoral. El mensaje fue claro: hay vidas que valen menos, derechos que pueden suspenderse y fronteras que justifican cualquier atropello.
Lo más grave es que esta lógica no desaparece con un cambio de gobierno. El daño institucional persiste cuando el odio se naturaliza y la violencia estatal se normaliza. ICE sigue operando, y la pregunta de fondo permanece: ¿hasta dónde puede llegar un Estado cuando convierte la seguridad en excusa y la identidad en delito?
Nombrar a los “nazis de Trump” no es un insulto gratuito. Es una forma de recordar que la historia se repite cuando se tolera. Y que los derechos humanos no se defienden con silencios diplomáticos, sino con denuncias claras. Porque cada vez que un uniforme se impone sobre la dignidad, la democracia retrocede un paso más hacia el abismo.
Juan Carlos Blanco Sommaruga
Fuente de esta noticia: https://grupormultimedio.com/los-nazis-de-trump-y-el-rostro-represivo-del-ice-id182172/
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