
Todos sufrimos. Pocas experiencias son universales en toda la experiencia humana, pero el sufrimiento es una de ellas. Todas las personas que leen esto conocen algo de la tristeza de nuestro mundo caído, la tristeza del pecado y sus efectos: dolor crónico, enfermedades terminales, divorcio, abuso, subempleo, hijos rebeldes, infertilidad, abortos espontáneos, traición, rechazo y pérdida.
Pero, aunque el dolor nos encuentra a la vuelta de cada esquina, dedicamos gran parte de nuestro tiempo y dinero a tratar de ignorarlo. El mercado mundial del entretenimiento supera los 2.5 billones de dólares y sigue en aumento. Gran parte de esos ingresos (660 mil millones de dólares) provienen de Estados Unidos. Es evidente que, especialmente en Occidente, prosperamos gracias a la distracción, el entretenimiento y el escapismo. En lugar de lidiar con las dificultades de la vida, muchos hacen todo lo posible por evitar sentir por completo.
La declaración de Jesús en la segunda bienaventuranza contrasta sorprendentemente con nuestra tendencia: «Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados» (Mt 5:4). Para el creyente, hay bendición incluso en nuestras lágrimas, una bendición que nos invita a reevaluar nuestra comprensión del dolor.
Las palabras de Jesús son totalmente contraculturales —y contraintuitivas—, por lo que es importante asimilar la sorpresa de Su bienaventuranza. Jesús nos dice que está bien estar tristes. No necesitamos insensibilizarnos ante el dolor, ni tenemos que ser felices según la definición del mundo. Más bien, si aceptamos el dolor piadoso, este vendrá con un consuelo piadoso; en esta vida, Dios usará nuestras lágrimas para bien, y en la próxima, enjugará nuestras lágrimas para siempre.
Las lágrimas son instrumentos de santificación
La Escritura nos enseña que las lágrimas del cristiano están impregnadas de la gracia de Dios. La promesa de Dios de consolar y bendecir no solo se aplica después de llorar, sino incluso durante el llanto.
Para el creyente, hay bendición incluso en nuestras lágrimas, una bendición que nos invita a reevaluar nuestra comprensión del dolor
Cuando lloramos, la sal de nuestras lágrimas nos recuerda la amargura del pecado. Cuando lloramos por nuestro propio pecado, es una señal de que Dios nos está haciendo crecer en la piedad; estamos empezando a odiar lo que Él odia y a amar lo que Él ama. «Los que lloran» son aquellos que han llegado al final de sí mismos y que buscan la esperanza y la salvación solo en Dios.
La Biblia describe la incredulidad en términos de dureza de corazón (por ejemplo, Pr 28:13-14; He 3:7-8, 12), pero aquel cuyo corazón es sensible a la atrocidad del pecado evidencia la obra de la gracia salvadora de Dios. «Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar» (2 Co 7:10). No es de extrañar que Thomas Watson dijera una vez que las lágrimas nunca se utilizan mejor que cuando se derraman por el pecado.
El lamento espiritual es también una gracia de Dios, ya que nos acerca más a Su Hijo, Aquel que nos salva del pecado y que llora con nosotros en nuestro dolor (Jn 11:35). Jesús no vino como una solución estoica al problema del pecado y del mal. Él no fue un frío medicamento para la enfermedad de la condición humana. Nada más lejos de la realidad. Él vino para «compadecerse de nuestras flaquezas» (He 4:15). Él nos salva de nuestro sufrimiento al sufrir por nosotros y con nosotros. El lamento espiritual nos ayuda a ver esa verdad.
Por lo tanto, no podemos acercarnos más a Cristo tapándonos los oídos o cerrando los ojos ante los sufrimientos de esta vida. El entretenimiento sin fin no puede acercarnos más a Jesús. Pero las lágrimas sí pueden.
Cuando lloramos por este mundo roto, los efectos del pecado y el sufrimiento del pueblo de Dios, experimentamos una comunión más profunda con nuestro Señor. Es una de las formas en que «compartimos» o «participamos» en los sufrimientos de Cristo (Fil 3:10). En verdad, cuando los cristianos sufrimos en esta vida, lo hacemos no solo por Jesús o a causa de Jesús, sino con Jesús (Ro 8:17). Bienaventurados los que lloran, porque tienen una relación más profunda con su Salvador, el «Varón de dolores» (Is 53:3).
Las lágrimas son temporales
Pero la bendición definitiva de la que habla Jesús aquí es una certeza futura: «serán consolados». Cada uno de los suspiros causados por el sufrimiento será respondido por nuestro Señor.
David escribe: «Tú has tomado en cuenta mi vida errante; / Pon mis lágrimas en Tu frasco; / ¿Acaso no están en Tu libro?» (Sal 56:8). Qué imagen tan poderosa. Dios es consciente de cada una de nuestras lágrimas y está decidido a hacer algo al respecto. Después de todo, están en Su libro. Han pasado a formar parte de una lista divina de cosas por hacer.
Aunque puede que no se nos indemnice por todos los males de esta vida, la promesa es que algún día todo se arreglará. No quedarán cabos sueltos. No habrá problemas sin resolver. No quedarán heridas sin atender. No habrá lágrimas que no se sequen.
En la vida venidera, descubriremos verdaderamente que Dios es el «Dios de toda consolación» (2 Co 1:3). No es el Dios de poca consolación, ni de algo, ni de mucha, ni siquiera de la mayor consolación, sino el Dios de toda consolación imaginable. Como dice Charles Spurgeon: «No importa lo que necesites para soportar tu aflicción, Dios tiene justo el tipo de consuelo que necesitas y está dispuesto a concedértelo». Incluso si necesitaras todo el consuelo, la ayuda y la alegría que se ha dado a toda la humanidad en su aflicción, Dios tendría eso, y mucho más, para darte.
El entretenimiento sin fin no puede acercarnos más a Jesús. Pero las lágrimas sí pueden
En efecto, Él tiene suficiente consuelo no solo para aliviar las penas, sino para acabar con ellas. Los padres de niños pequeños se ven llamados a consolarlos casi todos los días. Ya sea por una rodilla raspada o por sentimientos heridos, tomamos en brazos a nuestro hijo que llora y le decimos: «Tranquilo, tranquilo. Todo va a salir bien. Deja de llorar. Estoy aquí». ¡Y funciona! El consuelo de un padre es un bálsamo potente para la tristeza de un niño.
Pero ¿qué pasará mañana? Más lágrimas requerirán más consuelo. Y así sucesivamente. Pero, en los nuevos cielos y la tierra nueva, cuando Jesús diga: «Deja de llorar», el llanto se detendrá para siempre. Aquel que puede detener el viento y las olas también puede detener nuestro llanto.
Querido creyente, cuando lleguen las lágrimas (y llegarán), no te desesperes. Jesús nos ha asegurado que está bien sentir tristeza. Él utilizará nuestro duelo actual para Sus buenos propósitos, mientras fija simultáneamente nuestros ojos llorosos en un mundo en el que ya no habrá más lamento, llanto ni dolor (Ap 21:4). Recuerda, nuestra esperanza nunca estuvo en una vida sin lágrimas, sino en una eternidad sin lágrimas.
Jonathan Landry Cruse
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/esta-bien-sentir-tristeza-bienaventurados-lloran/
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