
En los últimos días el mundo ha sido testigo de un acontecimiento histórico para Venezuela: la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, y su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos en la justicia norteamericana tras una operación militar liderada por fuerzas estadounidenses. Este hecho ha generado una tempestad de reacciones internacionales, políticas y mediáticas, pero, sobre todo, ha puesto de manifiesto algo que pocas veces se entiende desde fuera: la profunda carga emocional del pueblo venezolano ante un momento que perciben como una luz de esperanza después de décadas de dolor.
Un contexto de dolor que no se ve desde afuera.
Desde hace 26 años, muchos venezolanos hemos vivido bajo una sombra enorme de incertidumbre, escasez, inseguridad y silencio forzado. Han sido años de injusticias, de detenciones arbitrarias de estudiantes y activistas, de persecución a periodistas, de miles que buscaron refugio fuera de sus fronteras, dejando atrás familiares y sueños, y de tantos que vieron morir a sus seres queridos lejos de casa.
Si no has sido tocado por:
- El miedo a expresar una opinión en voz alta por temor a desaparecer.
- El dolor de enviar dinero con lágrimas a la distancia para que alguno de tus hijos pueda comer.
- La impotencia de ver que tus estudios y tu profesionalismo no bastan para conseguir un empleo digno.
- La angustia de escuchar por última vez la voz de tu madre desde otra latitud mientras luchas por sobrevivir.
entonces quizá te resulte difícil entender por qué hoy una chispa de alegría se enciende en tantos corazones.
La toma y la emoción: No es celebrar la guerra, es celebrar la esperanza.
Cuando ves a venezolanos celebrar la captura de Maduro (ya sea dentro o fuera del país) no estás observando solamente un festejo político. Estás viendo la descarga emocional de años de frustración, pérdida, separación y miedo. Así como muchos celebran ver el final de un capítulo oscuro, otros lo sienten como un paso hacia la posibilidad de regresar, de reconstruir lo que se ha perdido y de reencontrarse con familias que quedaron dispersas por el mundo.
Es importante recordar que, para muchas personas, esta no es una celebración de la violencia o la intervención extranjera en sí misma, sino una expresión de alivio, de esperanza y de fe en un futuro que quizás pueda ser distinto. Un futuro en el que sea posible regresar a ponerse la ropa para ir a trabajar sin miedo, en el que los servicios básicos no se sientan como un lujo, y en el que los hijos no tengan que crecer con el estigma del exilio.
Sobre la Justicia, la Política y la Emoción: Diferentes planos, mismas verdades.
Desde una perspectiva política y financiera, muchos analistas advierten que una intervención extranjera o la captura de un líder puede traer incertidumbres económicas, tensiones legales y riesgos geopolíticos (y no es menor dicha realidad), pero la experiencia emocional de quienes han sufrido las consecuencias de décadas de crisis no es algo que se deba juzgar a la ligera.
La alegría venezolana no se trata de un gusto por la discordia, sino de un grito contenida por años, de la búsqueda de justicia y de justicia real disfrazada de emoción humana. No se celebra el tormento del otro, sino el posible inicio de una nueva página en la historia de un pueblo que ha conocido demasiado dolor.
Empatía antes que juicio.
Si no has tenido que vivir el desgarrador vacío de una cena navideña familiar con ausencias; si no has sentido la frustración infinita de ver tus sueños profesionales desperdiciarse por la crisis; si no has llorado la distancia que un país roto impone entre generaciones, es comprensible que no entiendas del todo este momento. Pero también es cierto que nadie debería juzgar la felicidad sincera de un pueblo que solo busca volver a respirar sin miedo.
Hoy los venezolanos tenemos derecho a sentir lo que sentimos.
- Tenemos derecho a creer en la posibilidad de un mejor mañana.
- Tenemos derecho a imaginar que, tras 26 años de espera, quizás algo pueda cambiar para bien.
- Tenemos derecho a ser felices (sin que nadie juzgue la sinceridad de nuestra emoción).
- Tenemos derecho a creer que pronto regresaremos a casa.
Hoy escribo estas líneas lejos de ella, con el corazón anclado a una tierra que nunca he dejado de amar.
Hoy escribo honrando a tantos periodistas que han sido silenciados.
Hoy escribo por quienes no pueden hacerlo, por miedo, por amenazas, por sobrevivir.
Aún queda mucho por ganar.
Aún existen adeptos al gobierno que amedrentan, que callan voces, que siembran miedo en cada rincón.
Pero el bien siempre encuentra la forma de abrirse paso.
Y aunque el camino siga siendo difícil, creemos (con el alma entera) que Venezuela será libre de nuevo.
Que esta reflexión invite al mundo no solo a mirar con distancia, sino a sentir con humanidad.
Que inspire a elevar una oración por un país hermano…
y también por todos los pueblos que nunca tengan que atravesar lo que Venezuela ha sufrido.
«Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no os volváis a sujetar al yugo de esclavitud». Gálatas 5:1 (RVR1960)
