
Se ha borrado de la conciencia de los hispanoamericanos que durante trescientos años fuimos parte de un Estado cuyo territorio se extendía desde parte de lo que hoy son los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego y que era la potencia dominante del mundo. Era el Reino de Indias, cuyo monarca era el mismo que el del Reino de España. En esos tiempos nuestros mayores enemigos eran la Gran Bretaña y Francia, tradicionales rivales europeos de España.
Durante esos trescientos años, que se extienden hasta comienzos del siglo XIX, todos los hispanoamericanos nos consideramos compatriotas y así se explica que Michelena, nacido en Maracaibo fuera gobernador de Montevideo y Francisco Urdaneta, nacido en Montevideo, fuera partícipe de la guerra de independencia de Nueva Granada, sin que en ningún caso se les considerara extranjeros. A su vez, en las primeras constituciones provinciales de la Mesopotamia, hoy Argentina, se consideraba nacionales a los que hubieran nacido en cualquiera de los virreinatos o capitanías generales del Reino de Indias, como bien lo destaca Felipe Ferreiro en su obra La disgregación del Reino de Indias. Por ello, yo me animaría a decir que no somos hermanos de los venezolanos, sino más que ello, compatriotas de la gran nación hispana.
Durante el período histórico al que hacemos referencia, se actuó por la dinastía de los Austria, con fidelidad a la Escuela de Salamanca, que sentó las bases del derecho internacional con las enseñanzas de los frailes dominicos Francisco de Vitoria y Domingo de Soto y el jesuita Francisco de Vitoria, quienes sostenían que Dios había trasmitido su soberanía a los hombres para que eligieran a sus gobernantes. Así en las obras de Lope de Vega, el funcionario real abusivo es denunciado por el pueblo, por lo que sistemáticamente el rey destituye al funcionario y le da la razón al pueblo soberano. Lamentablemente, con los Borbones se abandonan las enseñanzas de la Escuela de Salamanca y se instala el absolutismo monárquico que es rechazado por los hispanoamericanos y contribuye a generar el quiebre con España.
Durante esos años, fueron muchísimos los intentos de destruir la unidad hispanoamericana por parte de la Gran Bretaña, que sistemáticamente practicó la piratería para socavar el bienestar de la América Hispana y hasta en ocasiones intentó la invasión, como en el caso de la intentona de Vernon de tomar Cartagena de Indias en 1741, con una flota de doscientas embarcaciones, la que fue rechazada por los defensores de la ciudad dirigidos por el insigne Blas de Lezo, con la ayuda de 500 arqueros indígenas, que rechazaban el clásico racismo anglosajón.
En nuestras latitudes, son bien conocidas las invasiones inglesas de comienzos del siglo XIX, aprovechando la decadencia borbónica, felizmente rechazadas por la población del Río de la Plata. No obstante los egoísmos locales, la codicia de personajes tentados por beneficios económicos personales obtenidos a instancias de un “libre comercio”, que favoreció las importaciones de mercancías que devastaron la producción de la región, así como la puesta en práctica de una operativa cuyo diseño se adjudica al británico Thomas Maitland, consistente en atacar la América del Sur en un movimiento de pinzas desde el norte y el sur, terminó con la balcanización de la región y la dilución de su poder en todos los campos.
A la senectud del león ingles le sustituyó la preminencia de los Estados Unidos en la política internacional del continente americano. En 1898 se produce la guerra hispano-estadounidense con el resultado de la derrota de una España venida a menos que pierde a favor de Estados Unidos sus posesiones en Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba. Los dos primeros son sometidos a un indisimulado colonialismo, Puerto Rico es asimilado por la potencia vencedora y Cuba es sometida a la Enmienda Platt que la hace depender de las decisiones de los vencedores.
Con posterioridad se han sucedido innumerables intervenciones norteamericanas en América Central y el Caribe. En Nicaragua de 1912 a 1934 enfrentando a Sandino, en Dominicana en 1965 para facilitar el triunfo de Balaguer frente a Bosch, en Guatemala en 1954 derrocando a Jacobo Arbenz, en Granada en 1983 y Panamá en 1989 para derrocar a Noriega, entre otras. Esta intervención en 2026 en Venezuela es la primera incursión armada en América del Sur y su objetivo es aún relativamente incierto. Si se trató de capturar a un jefe del narcotráfico y a un desalmado e inescrupuloso dictador, nada tenemos que reprochar, por el contrario, participamos de la alegría de los ocho millones de venezolanos desperdigados por el mundo que casi unánimemente han celebrado la captura de un dictador que ha desconocido la soberanía de su pueblo, expresada en comicios relativamente recientes que le fueron adversos a la patota gobernante. El socialismo del siglo XXI, como todos los socialismos, derivó en una gran estafa, perpetrada en beneficio de la camarilla gobernante, que al decir de Milovan Djilas constituyó una nueva clase de privilegiados a costa del cercenamiento de las libertades y la pobreza de los pueblos sometidos a su designio. A su vez nos preocupa que los cómplices del tirano sigan impertérritos en el poder y que en realidad la intervención haya estado exclusivamente dirigida a proteger intereses particulares de la gran potencia continental. Sería lamentable que la historia se repitiera y quedara instalada en el poder una camarilla títere y falta de escrúpulos, custodiando intereses económicos de terceros a despecho de las expectativas de los venezolanos de obtener el respeto de sus libertades políticas, su soberanía nacional y el pleno usufructo de los recursos naturales de ese gran país hermano. Los hechos dirán la verdad.
Guillermo Domenech
Fuente de esta noticia: https://www.xn--lamaana-7za.uy/opinion/venezuela-libre/
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