
Cuando Dylann Roof disparó y mató a nueve personas que asistían a un estudio bíblico el miércoles por la noche en Charleston, Carolina del Sur, en 2015, hubo dos motivos de conmoción. El acto atroz de Roof fue el más obvio. El otro fue el perdón. A los pocos días de los asesinatos, Nadine Collier miró a los ojos al asesino de su madre en la audiencia de fianza de Roof y dijo entre lágrimas:
Me has quitado algo muy preciado. Nunca volveré a hablar con ella. Nunca podré volver a abrazarla. Pero te perdono. Y que Dios tenga misericordia de tu alma.
Las palabras de Collier, junto con las de otras personas que también ofrecieron su perdón, dieron la vuelta al mundo. Acapararon los titulares y fueron debate en artículos de opinión, hasta convertirse en tema de documentales y artículos académicos.
A pesar de todo el interés por la «cultura de cancelación» en los últimos años, el perdón no ha perdido su poder para cautivarnos.
El perdón es imposible
¿Por qué nos llama tanto la atención el perdón? Sospecho que es por la misma razón por la que nos llaman la atención los grandes eventos deportivos. En ambos casos, estamos presenciando una increíble hazaña de valentía y fuerza humanas. En ambos casos, se ha superado una gran dificultad a un gran costo. En ambos casos, nos quedamos con la boca abierta, preguntándonos: ¿Cómo lo hicieron?
El perdón no ha perdido su poder para cautivarnos
Cualquiera que haya sido profundamente agraviado —¿y quién no lo ha sido?— lo sabe visceralmente. El perdón se cierne como una montaña inescalable, que se hace más grande mientras más nos acercamos a ella. El enojo y la amargura se aferran como pesos a cada paso. Como escribió el obispo anglicano del siglo XIX, B. F. Westcott: «En la superficie, nada parece más simple o más fácil que el perdón. Nada, si lo miramos en profundidad, es más misterioso o más difícil».
A veces, tratamos de facilitar el perdón minimizando o incluso negando el daño causado. Pero es inútil. Solo nos estamos engañando a nosotros mismos. No hay forma de eludir la dificultad. Como dijo Chris Singleton sobre perdonar a Dylann Roof por disparar a su madre: «Me he dado cuenta de que perdonar es mucho más difícil que guardar rencor». Cualquiera puede guardar rencor. Pero ¿quién puede perdonar?
Es un alivio saber que Jesús no es simplista en lo que respecta al perdón. No lo endulza ni lo sentimentaliza. Dice que es absurdo. Imposible. Lo vemos en Su enseñanza al comienzo de Lucas 17, justo después de Su parábola del hombre rico y Lázaro:
«¡Tengan cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo». Los apóstoles dijeron al Señor: «¡Auméntanos la fe!». Entonces el Señor dijo: «Si tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a este sicómoro: “Desarráigate y plántate en el mar”, y les obedecería» (vv. 3-6).
Algunos traductores y comentaristas se preguntan cómo encajan estos versículos. La NBLA y la RV1960, por ejemplo, separan los versículos 1-4 de los versículos 5-6 con un encabezado aparte, y un destacado comentarista describe la conexión entre ellos como «imperceptible». Pero parece que los discípulos reconocieron una conexión. Lo que los conecta es la imposibilidad del perdón.
Es útil saber que el árbol de «sicómoro» (quizás una morera negra) tenía fama en el mundo antiguo por su extenso sistema radicular. La Mishná judía instruye a sus lectores a plantar estos árboles a una distancia del doble de la que se siembran otros árboles de las cisternas. Si se plantan más cerca, se corre el riesgo de perder toda el agua, ya que las raíces se extenderán y agrietarán las paredes de la cisterna. Estas raíces hacen que arrancar un árbol de morera sea una tarea inútil. No te molestes. Replantarlo en el mar es de hecho imposible, como el perdón. De ahí la respuesta de los discípulos: «¡Auméntanos la fe!». Saben que necesitarán más fe para perdonar.
Pero ¿por qué fe?
La fe puede hacer lo imposible
Al igual que una semilla, si nuestra fe se planta en el suelo adecuado, tiene un potencial increíble. Lo que le da a la fe tal poder tiene mucho que ver con su objeto. Eso explica la semilla de mostaza. ¿Por qué otra razón, cuando piden más fe, Jesús ofrecería una semilla famosa por ser pequeña? Es porque sabe que, aunque más fe en el objeto equivocado es ineficaz, incluso la fe más pequeña en el objeto correcto puede obrar milagros. Jesús sabe que la fe en Dios resuelve la imposibilidad del perdón, incluso siete veces en un solo día.
Entonces, ¿qué hay acerca de Dios, que necesitamos confiar en ello? ¿Qué puede apartar nuestros corazones del fácil camino de la amargura y llevarlos al doloroso camino del amor y la misericordia? Al leer el Nuevo Testamento a lo largo de los años, tres aspectos del carácter de Dios se destacan como especialmente importantes cuando se trata del perdón.
1. Confía en Dios para la justicia.
Confía en la justicia de Dios. Cuando se cometió la mayor injusticia de la historia contra la persona más grande de la historia, ¿cómo respondió Jesús? ¿Fue vengativo? ¿Buscó venganza? ¿Guardó rencor? No. 1 Pedro 2:23 dice que «cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia».
Fíjate en que Pedro no dice que Jesús se encomendó a Aquel que lo creó todo, o que lo ama, ni ninguna otra forma perfectamente válida para describir a Dios. Pedro dice que Jesús se encomendó a Aquel que juzga con justicia. Sin duda, Pedro sabía mejor que nadie lo que era no confiar en Dios en medio de una prueba. Por el contrario, Jesús sabía que se podía confiar en que Dios haría lo correcto con lo que estaba mal.
Ahora debemos preguntarnos algo: ¿se sintió Jesús decepcionado por Su decisión de confiar en Dios ante esta injusticia? No. Jesús nunca se arrepintió de eso. Nunca pensó: «Vaya, ojalá los hubiera insultado después de todo». Dios trajo un bien eterno del mal que le hicieron a Jesús. En esto, la cruz prueba para siempre que el mismo Dios en quien se podía confiar con el peor mal que le hicieron a Jesús, se puede confiar con los peores males que nos hacen a nosotros (Ro 12:19). Jesús probó para siempre que el camino del perdón realmente es transitable, no solo para Él, sino también para nosotros.
2. Confía en Dios por Su misericordia.
Si la justicia de Dios provee la base para el perdón, podríamos decir que Su misericordia proporciona la motivación. Lo hace, en parte, al proveer una perspectiva crucial.
Con frecuencia se da el caso que mientras más nos ofende algo personalmente, más probable será que perdamos nuestra percepción moral profunda. Esto es especialmente común en las relaciones cercanas. Pocas personas pueden herirnos tan profunda y eficazmente como la familia. Cuando nos hieren, a menudo nos obsesionamos con la ofensa, repitiéndola una y otra vez en nuestra mente. Cuando se lo contamos a otros, es probable que exageremos nuestra inocencia y exageremos la culpa del ofensor. En todo esto, perdemos la perspectiva moral.
Si la justicia de Dios provee la base para el perdón, podríamos decir que Su misericordia proporciona la motivación
Este es un punto importante en la parábola de Jesús sobre el siervo que no supo perdonar (Mt 18:21-35). Es despreciable que el siervo considere imperdonable la deuda de 100 días de salario de su compañero, cuando a él se le acaba de perdonar una deuda de aproximadamente 200 000 años de salario. Esto pone de manifiesto una gran insensibilidad y se burla de la misericordia. Es como cuando Jonás se enfadó porque los ninivitas se salvaron, cuando él mismo acababa de ser salvado de ahogarse. Como explica Richard Bauckham: «Las personas que no pueden perdonar a los demás son personas que no pueden admitir que ellas mismas necesitan perdón».
La otra cara de la moneda es que cualquiera que reconozca el precio del perdón de Dios se transforma al recibir un regalo tan costoso. Su regalo nos hace querer mostrar amor y misericordia. Esto es lo que Jesús dice sobre la mujer que lavó Sus pies con sus lágrimas y los secó con su cabello: «Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados. Pero a quien poco se le perdona, poco ama» (Lc 7:47, NVI). Existe un vínculo inseparable entre nuestra disposición a recibir el perdón y nuestra disposición a concederlo. En palabras de Juan Crisóstomo, «el que considera sus propios pecados está más [dispuesto a perdonar] a su compañero de servicio».
Aquellos que confían en Dios para obtener la misericordia que necesitan desesperadamente descubrirán que la tienen a su disposición cuando se les pida.
3. Confía en Dios para ser Dios.
La negativa a ofrecer perdón siempre es consecuencia de la negativa a recibirlo. La pregunta que Dios nos hace cuando hacemos esto es, en esencia: «¿Quién crees que eres?». Tratar el pecado de otra persona como imperdonable es, en última instancia, ponernos en el lugar de Dios y desempeñar Su papel, como si nosotros fuéramos de repente la parte más ofendida.
La reconciliación con un ofensor dependerá de su arrepentimiento, y los contornos de la reconciliación variarán según el tipo de ofensa. Pero una falta total de interés en cualquier reconciliación puede significar que pensamos que el pecado es demasiado grande para perdonarlo o que somos demasiado importantes para ofrecerlo. Hemos olvidado que Dios es siempre la parte más ofendida en cualquier pecado (Gn 39:9; Sal 51:4).
Cuando vemos esto, cuando dejamos que Dios sea Dios, esto nos quita la terrible carga de intentar ocupar Su lugar como Juez. También nos damos cuenta de que no es injusto que nos pida que perdonemos a los demás. Como escribe el teólogo Stephen Holmes: «Precisamente porque Dios ha asumido el costo de perdonarnos, Él puede pedirnos que soportemos el dolor de perdonarnos unos a otros».
Para muchos de nosotros, el perdón parece imposible. Por nosotros mismos, lo es. Pero con Dios, todo es posible.
Peter Gurry
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/fe-para-perdonar/
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