
Me encanta la música. Tengo más de 500 discos de conciertos de Dave Matthews Band y guardo vívidos recuerdos de momentos concretos de mi vida en los que los oía. Por ejemplo, recuerdo escuchar la larga introducción de «Seek Up» en junio de 2004, mientras conducía hacia una cena en la iglesia en la que trabajaba en Chattanooga. Lo recuerdo como si fuera ayer.
Muchos de nosotros tenemos recuerdos similares. Cuando pensamos en nuestra música favorita, ya sea clásica o country, Beethoven o Bono, tenemos recuerdos y asociaciones que tocan las emociones y experiencias más profundas de la vida.
Recientemente me pregunté: ¿por qué? Como alguien que estudia teología, me interesa la filosofía de la música. ¿Qué significa la música? ¿Es simplemente agradable —«cheesecake auditivo», como dice Steven Pinker— o tiene realmente un significado que se relaciona con el efecto que tiene en nosotros?
A modo de experimento mental, aquí hay dos formas diferentes de responder a esta pregunta.
1. En una cosmovisión nihilista, la música es como opio para un hombre que agoniza.
Los neurocientíficos señalan que la música accede a las mismas partes del cerebro que el sexo, la comida y las drogas adictivas. Al mismo tiempo, reconocen que no existe una base evolutiva obvia para nuestro disfrute de la música (como es concebible, por ejemplo, con la comida, el sexo y el sueño). No está claro cómo la música podría ayudar a nuestros antepasados a sobrevivir. Entonces, desde un punto de vista evolutivo, ¿por qué nos gusta?
Una de las teorías más populares del mercado dice que todo se reduce a la anticipación: el cerebro espera lo que viene a continuación y obtiene dopamina cuando acierta. En otras palabras, se trata del reconocimiento de patrones. Otra hipótesis es que la música refleja el habla y, por lo tanto, engaña a nuestro cerebro para que reaccione de la misma manera que reaccionamos al habla (en la que a menudo reflejamos las emociones de la persona que habla). Todas estas formas de intentar explicar la música la abordan esencialmente como lo que Stephen Jay Gould denominó una «enjuta evolutiva», algo que no es directamente el resultado de un proceso adaptativo, sino más bien su subproducto. Es una especie de «derivado» de la evolución. En otras palabras: es un accidente.
Si un Dios trino creó el mundo como una obra de arte, no por necesidad, sino por amor y libertad, la música puede entenderse como un reflejo de Su gloria
A la mayoría de nosotros estas explicaciones nos parecen profundamente insatisfactorias, aunque cuenten parte de la historia. Solo escucha esto e intenta imaginar: «Esto solo me gusta porque ayudó a los animales a sobrevivir. Si las mareas hubieran sido diferentes, quizá no me gustaría».
Una música tan hermosa como esta transmite una sensación de trascendencia y significado. La música susurra: «Tengo un significado. Te estoy hablando de algo Profundo y Hermoso». Pero el significado y la trascendencia son, por supuesto, precisamente lo que una visión nihilista del mundo rechaza. De este modo, cuando el nihilismo es confrontado por el poder que transmite, por ejemplo, la obra de Hans Zimmer, esta experiencia debe interpretarse en última instancia como ilusoria.
Si la realidad es ciega e indiferente, y la vida humana es, en última instancia, sin sentido e insignificante, entonces la música, en cierto modo, te está engañando. Es como un opiáceo: su valor te adormece, alejándote de la realidad.
2. Si una Trinidad engendró el mundo, la música es como una ventana para un hombre en un sótano.
Una forma de definir la música es como una combinación organizada de melodía, armonía y ritmo. Pero sin duda esto no puede encapsular todo lo que significa la música, del mismo modo que el amor no significa simplemente sustancias químicas en el cerebro, o el tiempo no significa los sonidos de un reloj. ¿Cuál es la esencia de la música?
Si un Dios trino creó el mundo como una obra de arte, no por necesidad, sino por amor y libertad, entonces la música puede entenderse, junto con todo lo bello del mundo, como un leve reflejo de la gloria pre-temporal de Dios. Es un pequeño eco de lo que sucedía antes del tiempo y el espacio. Lo que el ritmo y la armonía intentan hacer, aunque sea de forma imperfecta, es trazar algo de ese amor y ese gozo que ha estado pulsando eternamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Al verla de esta manera, la música no es una distracción de la realidad, sino más bien una pista hacia ella. No es como un opiáceo para un hombre en su lecho de muerte, sino como una ventana para un hombre en un sótano: una luz que brilla en la oscuridad y revela algo más allá. En este aspecto, asocio la música con el arte, la razón y el sexo. Son como pequeñas ventanas a través de las cuales la trascendencia toca nuestras vidas, susurrándonos sobre un mundo que nunca hemos soñado.
Si crees en Dios, tienes un marco para disfrutar de la música que es más satisfactorio para el corazón y la mente
Un aspecto de esta cosmovisión está implícito en la famosa frase de Johann Sebastian Bach: «Toco las notas tal como están escritas, pero es Dios quien hace la música». Esta es una forma elocuente de expresar una visión no fisicalista de la música. Es más que las notas. Es algo que Dios está haciendo a través de las notas.
Un amigo me recordó recientemente que J. R. R. Tolkien describió la creación del mundo en El Silmarillion esencialmente como una obra musical:
Entonces las voces de los Ainur, semejantes a arpas y liras, flautas y trompetas, violas y órganos, y como innumerables coros que cantan con palabras, comenzaron a dar forma al tema de Iluvatar en una gran música; y surgió un sonido de melodías infinitas entretejidas en una armonía que pasaba más allá del oído, hacia las profundidades y las alturas, y los lugares de morada de Iluvatar se llenaron hasta desbordarse, y la música y el eco de la música se extendieron hacia el Vacío, y ya no fue vacío.
Lo que provoca la transición del «Vacío» a un estado de «no vacío» es, básicamente, la armonía. Y Tolkien describe la intrusión del mal como una especie de discordia y unidad monótona, con el deseo de Melkor de glorificarse a sí mismo produciendo un «unísono clamoroso como el de muchas trompetas que desafinan con unas pocas notas».
¿Qué significa todo esto? Quizás no que la música demuestre la existencia de Dios (aunque eso también podría ser cierto, por lo que sé; filósofos más inteligentes que yo, como este o este, han utilizado consideraciones estéticas para promover el teísmo). Lo que quiero decir más bien es lo siguiente: si crees en Dios, tienes un marco para disfrutar de la música que es más satisfactorio para el corazón y la mente, y más auténtico para la experiencia real de ese disfrute.
Así que imagina a ese hombre en el sótano. Está oscuro. Es sofocante. No tiene ni idea de cómo es el mundo exterior. Nunca ha visto secuoyas elevándose hacia el cielo, ni cascadas estruendosas, ni el cielo nocturno iluminado por las estrellas. No sabe nada de esto. Pero puede mirar hacia arriba y ver la luz que entra por la ventana, y sentir que «debe haber algo más».
¿Y si la música, y la punzada nostálgica de añoranza que provoca, fuera como esa ventana? ¿Y si nosotros fuéramos el hombre del sótano?
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Gavin Ortlund
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/verdadera-razon-amas-musica/
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