
LO QUE ERICH FROMM AÚN TIENE QUE DECIRNOS SOBRE AMAR BIEN.
En tiempos donde el amor se confunde con urgencia, dependencia o consumo emocional, la pregunta no debería ser a quién amar, sino cómo estamos amando. Esta es una de las ideas centrales que Erich Fromm desarrolla en su libro El arte de amar, una obra que, décadas después de su publicación, sigue interpelando con fuerza la forma en que construimos nuestros vínculos.
Para Fromm, amar no es un golpe de suerte ni una emoción espontánea que aparece sin esfuerzo. Amar es un acto consciente, una capacidad que se aprende, se cultiva y se practica. En otras palabras, el amor no es un sentimiento pasivo: es un arte que exige responsabilidad, disciplina y madurez emocional.
Amar no es sentir, es elegir.
La cultura contemporánea suele presentar el amor como algo que “ocurre”: nos enamoramos, nos ilusionamos, nos dejamos llevar. Fromm cuestiona esta idea romántica y plantea una verdad incómoda: la mayoría de las personas quiere ser amada, pero pocas se preparan para amar.
El amor consciente implica elección. Elegir cuidar, respetar y sostener el vínculo incluso cuando la emoción inicial cambia. No se trata de negar el enamoramiento, sino de entender que este es solo el inicio, no la garantía de un amor profundo y duradero.
Desde esta mirada, amar no depende tanto de encontrar a “la persona correcta”, sino de convertirse en una persona capaz de amar.
Los cuatro pilares del amor verdadero.
Fromm identifica cuatro elementos esenciales sin los cuales el amor se distorsiona fácilmente:
- Cuidado, como interés activo por la vida y el bienestar del otro.
- Responsabilidad, entendida como respuesta consciente a las necesidades emocionales del vínculo.
- Respeto, que implica aceptar al otro como es, sin dominarlo ni moldearlo.
- Conocimiento, que va más allá de la idealización y se atreve a ver al otro en su realidad.
Cuando estos pilares faltan, lo que suele llamarse amor se transforma en dependencia, control, miedo a la soledad o necesidad de validación. El amor consciente, en cambio, se basa en la claridad, no en la fusión ciega.
- El amor propio no es egoísmo: Uno de los puntos más vigentes (y a la vez más malinterpretados) de Fromm es su defensa del amor propio. Para él, no es posible amar sanamente a otros si no existe una relación respetuosa con uno mismo.
- Amarse no significa encerrarse en el ego, sino reconocerse como un ser valioso, digno de cuidado y límites. Quien se abandona emocionalmente suele amar desde la carencia; quien se conoce y se respeta, ama desde la libertad.
Así, la ley del amor consciente comienza en casa: en la forma en que nos hablamos, nos cuidamos y nos tratamos cuando nadie nos ve.
Amar en una sociedad que convierte todo en mercancía.
Fromm fue un crítico profundo de la lógica del mercado aplicada a las relaciones humanas. En una sociedad donde las personas se eligen como productos (según estatus, apariencia o utilidad emocional), el amor corre el riesgo de volverse transaccional.
El amor consciente es, en este sentido, un acto casi revolucionario: ver al otro como un fin en sí mismo, no como un medio para llenar vacíos o cumplir expectativas. Implica resistir la cosificación del vínculo y recuperar la dimensión humana, ética y profunda del amar.
El amor como práctica cotidiana.
Amar conscientemente no es un ideal romántico ni una promesa eterna de felicidad. Es una práctica diaria que exige presencia, escucha, manejo del conflicto y renuncia a la ilusión de control total.
Como todo arte, el amor requiere aprendizaje y constancia. No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo con conciencia, sabiendo que amar también implica frustración, límites y crecimiento personal.
Una invitación vigente.
La ley del amor consciente que propone Erich Fromm sigue siendo actual porque responde a una necesidad profunda: aprender a amar sin perdernos y sin poseer. En una época de vínculos frágiles y relaciones descartables, su mensaje es claro: el amor no se improvisa, se construye.
Tal vez el verdadero desafío no sea encontrar el amor, sino atrevernos a practicarlo con responsabilidad, respeto y conciencia. Porque amar bien no es un destino, es un camino.
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” Salmos 51:10 (RVR1960)
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