
CUANDO EL PASADO SE CONVIERTE EN UNA CÁRCEL INVISIBLE.
Culpar a los padres por la forma en que nos educaron es una postura emocional y mental en la que la persona atribuye su malestar actual, sus carencias, sus fracasos o su infelicidad a las decisiones, errores o limitaciones de sus cuidadores.
Esta visión suele ignorar un hecho fundamental: nuestros padres actuaron desde su nivel de conciencia, su historia personal y las herramientas que tenían disponibles en ese momento.
Reconocer que hubo heridas no implica quedar atrapados en ellas. El problema surge cuando la explicación se convierte en identidad y el pasado se usa como justificación permanente del sufrimiento presente.
Causas de esta postura.
- Heridas emocionales no elaboradas: Experiencias de abandono emocional, rigidez, sobreprotección, violencia o falta de validación que nunca fueron procesadas conscientemente.
- Necesidad de sentido al dolor: El ser humano busca causas para su sufrimiento. Culpar a los padres puede ofrecer una explicación rápida, aunque no necesariamente liberadora.
- Modelo cultural de victimización: En algunas narrativas sociales se refuerza la idea de que sanar es señalar culpables, en lugar de asumir responsabilidad emocional.
- Miedo a la autonomía interna: Asumir la propia vida implica hacerse cargo de decisiones, límites y cambios. Culpar a otros evita ese vértigo.
- Lealtades inconscientes familiares: Permanecer en el rol de víctima puede ser una forma de seguir vinculado al sistema familiar desde el dolor.
Consecuencias de vivir culpando a los padres.
- Estancamiento emocional y existencial: La persona se queda atrapada en el pasado, repitiendo narrativas sin transformar su presente.
- Refuerzo de la identidad de víctima: Mientras me vea como víctima, mi poder personal queda fuera de mí.
- Relaciones adultas disfuncionales: Se proyectan carencias infantiles en la pareja, amigos o figuras de autoridad.
- Resentimiento crónico: El enojo no expresado se transforma en amargura, tristeza o somatización corporal.
- Sufrimiento sostenido: No por lo que ocurrió, sino por no soltar lo que ya fue.
Medidas de afrontamiento y transformación.
– Diferenciar responsabilidad de culpa: Reconocer que hubo errores no implica condenar. Tus padres fueron responsables de tu crianza, pero tú eres responsable de tu sanación.
– Ampliar la conciencia: Ver a los padres como seres humanos con heridas, miedos y limitaciones propias. Nadie puede dar lo que no tiene.
– Validar el dolor sin quedarse a vivir en él. El dolor necesita ser reconocido, no eternizado. Sentir no es lo mismo que quedar atrapado.
– Asumir el rol adulto: Dejar de esperar que los padres del pasado reparen al adulto del presente.
– Trabajar el perdón como liberación: El perdón no justifica lo ocurrido; libera a quien perdona.
– Terapia y acompañamiento consciente: Un proceso terapéutico ayuda a resignificar la historia y a construir una narrativa más sana y empoderada.
Una mirada psicológica y espiritual.
Desde la psicología profunda, permanecer culpando a los padres es quedarse anclado en el niño herido, esperando que alguien venga a reparar lo que ya pasó. Pero la adultez emocional comienza cuando dejamos de pedir explicaciones al pasado y empezamos a hacernos responsables del presente.
Tus padres no fueron perfectos, pero tampoco fueron dioses. Fueron seres humanos intentando amar desde lo que sabían, desde lo que pudieron y desde lo que su propia historia les permitió.
Mientras sigas creyendo que tu vida actual es culpa de ellos, seguirás entregándoles tu poder. Y mientras te veas como víctima, el sufrimiento se vuelve una identidad.
Sanar no es olvidar, ni justificar.
Sanar es decir con honestidad y fuerza interior:
“Esto fue lo que me tocó vivir.
Hoy elijo dejar de culpar.
Hoy tomo mi vida en mis manos.
Hoy dejo de sufrir para empezar a vivir.”
Porque cuando la conciencia despierta, la herida deja de gobernar…
y la libertad comienza.
“Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.” 2. Mateo 6:21 (RVR1960)
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