
Mi esposo y yo estamos en la etapa del nido vacío. Ahora la casa se mantiene ordenada la mayor parte del tiempo. No niego que me satisface verla organizada y con decoraciones no aptas para niños. No hay nada malo en el orden, pues en la creación vemos orden y estructura.
El problema es cuando idealizamos el orden o hacemos de nuestra casa un ídolo que protegemos celosamente, hasta el punto de privarnos de la bendición de la hospitalidad. Tal vez esta idea te parezca algo exagerada, pero yo he luchado con ella.
Por la gracia de Dios, entendí que abrir nuestro hogar para recibir a extraños y a no extraños es una virtud cristiana. La hospitalidad revela un corazón centrado en el evangelio que anhela vivir como Cristo, para amar como Él ama y glorificar a Dios sirviendo a otros e invirtiendo en el reino de los cielos, no en el terrenal.
A continuación, te comparto lo que he aprendido sobre la hospitalidad y por qué es esencial practicarla en medio de una sociedad materialista.
La hospitalidad es una virtud cristiana
La hospitalidad refleja el carácter misericordioso y compasivo de Cristo. El escritor de Hebreos exhorta a sus lectores a no olvidarse de la hospitalidad: «porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (He 13:2). El contexto de esta exhortación realza que la hospitalidad es una forma de practicar el amor fraternal y deja implícito que, al hacerlo, participamos activamente en la obra de Dios (cp. 3 Jn vv. 5-8).
La hospitalidad cristiana da de gracia lo que se ha recibido por gracia. Vemos este concepto explícitamente en la Biblia. Al pueblo israelita, por ejemplo, se le encomendó recibir al extranjero, pues ellos habían sido extranjeros en Egipto (Lv 19:34). Aquila y Priscila mostraron este tipo de hospitalidad a Pablo en Corinto cuando abrieron su hogar a este peregrino del evangelio, a pesar de que ellos habían sido expulsados hacía poco de Roma (Hch 18:1-3).
La hospitalidad es una práctica contracultural
Nuestra cultura fomenta el materialismo y el egocentrismo. Se nos ha hecho natural tomar decisiones según lo que se nos acomoda o conviene más y encontrar deleite en lo que poseemos. Las redes sociales y los programas televisivos promueven una vida en la que debemos buscar que los demás se acoplen a nosotros y no nosotros a ellos. Somos empujados a competir por una casa más grande, más moderna, más cómoda o más alineada con las tendencias de decoración promovidas por personas famosas. Así que anhelamos que nuestra sala se vea perfecta, como de revista.
Pero Pablo nos anima: «No se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto» (Ro 12:2). Con estas palabras, nos llama a no pensar como el mundo, sino a procurar que nuestra mente, ideas y pensamientos se alineen a la voluntad de Dios.
Practicar la hospitalidad requiere poner nuestra comodidad en segundo plano, priorizar las necesidades de otros y permitirles que usen y disfruten lo nuestro
Practicar la hospitalidad y abrir nuestros hogares requiere ir contra la cultura. Por ejemplo, recibir a familias con niños pequeños u hospedar a un grupo de adolescentes durante un fin de semana requiere poner nuestra comodidad en segundo plano, priorizar temporalmente las necesidades de otros y permitirles que usen y disfruten lo nuestro.
De ese modo, cuando practicamos la hospitalidad, practicamos el amor sacrificial y el servicio. Atributos que fueron ejemplificados por Cristo y que son producto de la obra sobrenatural del Espíritu Santo en nuestras vidas. Así, el Señor renueva nuestra mente para equiparnos para Sus propósitos y no para los de este mundo.
Entonces, cuando decidimos gozosamente brindar nuestros hogares y ser anfitriones de un estudio bíblico, por ejemplo, estamos intencionalmente desadaptándonos a las costumbres de este mundo y moldeando nuestras mentes y vidas para cumplir con la voluntad de Dios.
2 formas de preparar nuestro corazón para la hospitalidad
1. Recuerda que todo pertenece a Dios y proviene de Él.
Al final de su reinado, David coordinó ofrendas voluntarias para reunir los materiales con los que su hijo Salomón construiría el templo. En una asamblea, frente a todos sus oficiales, David profundamente conmovido dijo: «Pero ¿quién soy yo y quién es mi pueblo para que podamos ofrecer tan generosamente todo esto? Porque de Ti proceden todas las cosas, y de lo recibido de Tu mano te damos (1 Cr 29:14).
No nos perdamos el gozo de participar en la misión de Dios y de compartir con otros lo mucho que el Señor nos ha dado
Los cristianos debemos procurar tener esa misma actitud. Las habilidades y experiencias que nos permiten tener un trabajo, así como el trabajo que nos permite tener un lugar donde vivir, son un regalo inmerecido de Dios. Él es el dador de todas las cosas. Nada de lo que tenemos es producto, en última instancia, de nuestro esfuerzo ni de la casualidad. Dios nos las dio. Y lo hizo para traer gloria a Su nombre y para que lo usemos misionalmente (2 Co 9:8).
Hagamos el esfuerzo de recordar esta verdad constantemente y que el Señor mueva nuestro corazón a la hospitalidad. Guardémonos de idolatrar nuestras pertenencias terrenales, las cuales, a diferencia de las personas, son reemplazables.
2. Considera que la hospitalidad dignifica a las personas y refleja el evangelio.
El principio de una hospitalidad centrada en el evangelio radica en extenderla especialmente a quienes no pueden retribuirla (Lc 14:13-14). Jesús nos dio el mejor ejemplo de este tipo de hospitalidad. Él convivió con pecadores, compartió la mesa con personas socialmente rechazadas, habló y defendió públicamente a mujeres marginadas por su inmoralidad, tocó a los leprosos, ciegos y cojos y fraternizó con doce hombres comunes, invirtiendo tiempo en ellos y llamándolos amigos (Jn 15:15). Jesús dignificó a cada una de estas personas, al amarlas y servirlas como merecedores de tal favor, pero sin serlo.
Jesús nos mostró esa misma hospitalidad a nosotros. Siendo Sus enemigos, nos amó, nos escogió y, en Su gracia irresistible, nos llamó a salvación. Al hacerlo, nos dignificó dándonos un propósito y comisionándonos para formar parte de la expansión de Su reino. Nuestra hospitalidad hacia otros, entonces, nace del agradecimiento a Dios por Sus bondades recibidas.
No nos perdamos el gozo de participar en la misión de Dios y de compartir con otros lo mucho que el Señor nos ha dado. Cuando lo hacemos, estamos encarnando activamente y deliberadamente la gracia de Dios mediante actos que evidencian la transformación producida por la fe en nuestro Salvador.
Magdalena (Nena) Silva
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/hospitalidad-en-cultura-materialista/
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