
Israel asegura haber matado a Ali Larijani. Qué poder tenía en Irán, por qué su muerte no se confirma y qué efecto regional real puede dejar.
Israel sostiene que Ali Larijani murió en un bombardeo nocturno y presenta el golpe como uno de los mayores aciertos de su campaña contra la cúpula iraní. El problema, a esta hora, es que Teherán no ha confirmado oficialmente la muerte y la propia maquinaria estatal iraní ha añadido una capa de niebla al difundir una nota manuscrita atribuida a Larijani pocas horas después del anuncio israelí. Con lo que sí se puede trabajar, sin humo ni teatro, es con esto: no se trataría de la caída de un cargo decorativo, ni de un nombre de segunda fila. Larijani era el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, uno de los hombres que unían el despacho, el aparato de seguridad, la diplomacia nuclear y la lógica dura del régimen.
Si la muerte se confirma, el impacto sería serio por tres razones muy concretas. Primero, porque Larijani era una pieza de coordinación más que un militar de escaparate: manejaba el expediente nuclear, el vínculo con potencias como Rusia y Omán, y la respuesta del régimen ante crisis internas. Segundo, porque su desaparición llegaría en plena tercera semana de guerra, cuando el sistema iraní ya venía sacudido por la muerte de Ali Khamenei y por un pulso regional que ha cerrado casi del todo el estrecho de Ormuz. Tercero, porque el golpe apuntaría al corazón del mando político-securitario, no sólo a bases, rampas o cuarteles.
Qué se sabe del ataque y qué sigue sin estar claro
La secuencia conocida, de momento, es la que han dado por buena Israel y varios medios internacionales a partir de fuentes israelíes: durante la noche del 16 al 17 de marzo, las fuerzas israelíes lanzaron una nueva oleada de ataques y el ministro de Defensa, Israel Katz, aseguró después que Larijani había sido abatido. En la misma tanda, Israel dijo haber matado también a Gholamreza Soleimani, jefe de la milicia Basij, otra figura central del engranaje represivo iraní. El mensaje político es transparente, casi brutal: no se trataría sólo de degradar capacidades militares, sino de desmontar el mando del régimen pieza por pieza.
Ahora bien, una cosa es el anuncio israelí y otra la verificación cerrada. Primero se informó de que la suerte de Larijani era incierta y, más tarde, se recogió la afirmación de Katz sin que hubiera llegado una confirmación iraní. Entre medias, los medios estatales iraníes publicaron una nota manuscrita atribuida a Larijani en homenaje a marineros iraníes muertos en otro ataque, un movimiento que sirve al menos para sembrar dudas sobre si estaba vivo, herido o si el régimen simplemente administraba el relato con el estilo clásico de la casa: retrasar, oscurecer, ganar horas. En una guerra así, cada minuto de silencio vale casi tanto como un misil.
La cautela no es un matiz menor. En conflictos de alta intensidad, y este ya lo es de sobra, el vacío informativo forma parte de la estrategia. Israel gana si instala la idea de que puede alcanzar a cualquier dirigente iraní; Irán gana si evita reconocer enseguida una pérdida que podría proyectar vulnerabilidad en la cúpula. Por eso, incluso cuando la noticia parece grande —y esta lo es—, conviene distinguir entre anuncio de muerte, confirmación independiente y reacción oficial del Estado afectado. A esta hora, el primer punto existe; los otros dos, no del todo.
No era un general cualquiera
Ali Larijani, nacido en Najaf en 1958 dentro de una familia clerical muy influyente, llevaba décadas instalado en la parte más densa del poder iraní. No era un comandante de trinchera ni un rostro popular de propaganda militar. Su perfil era otro: exmiembro de la Guardia Revolucionaria, doctor en Filosofía, antiguo ministro de Cultura, exresponsable de la radiotelevisión estatal y, sobre todo, una figura capaz de moverse entre las distintas capas del sistema sin dejar de ser plenamente sistémico. Entre 2008 y 2020 presidió el Parlamento iraní y antes ya había ocupado por primera vez la secretaría del Consejo Supremo de Seguridad Nacional.
Su carrera ayuda a entender por qué su nombre pesa más que su foto. Larijani fue negociador nuclear entre 2005 y 2007, volvió luego al centro del poder parlamentario y terminó reapareciendo en agosto de 2025 como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, justo cuando Irán necesitaba una figura con memoria institucional, contactos cruzados y capacidad para gestionar al mismo tiempo el frente exterior y el interior. No era casualidad. Era el tipo de dirigente que el régimen rescata cuando la casa empieza a crujir y hacen falta manos viejas, discretas y eficaces.
El negociador y el hombre del aparato
Durante años, Larijani cargó con una etiqueta un poco engañosa: la de pragmático. Lo era, sí, en el estilo y en la gestión de alianzas dentro del sistema; no en el sentido amable con el que a veces se usa la palabra fuera de Irán. Se le describía como un leal a Khamenei con capacidad para relacionarse con facciones enfrentadas del establishment. Esa combinación le daba un valor especial. Podía hablar con interlocutores extranjeros, viajar a Moscú, preparar contactos con Omán y defender que la cuestión nuclear era “resoluble”, pero sin salir jamás del marco ideológico y estratégico del régimen. Era pragmatismo para preservar el sistema, no para desmontarlo.
Esa doble condición —negociador útil y hombre del aparato— explica por qué resulta un objetivo tan tentador para Israel. Larijani no era sólo un funcionario de alto rango: era un puente. Unía al liderazgo político con la seguridad nacional, la presión exterior con la negociación, el lenguaje diplomático con la mano dura. En él convivían dos rostros de la República Islámica: el que intenta pactar cuando le conviene y el que aprieta los dientes cuando percibe amenaza existencial. Dicho de otra manera, era el tipo de dirigente que sirve tanto para sentarse a una mesa como para ordenar que la mesa desaparezca.
Esa segunda cara se vio con especial crudeza en enero de 2026, durante la respuesta del régimen a las protestas internas. Washington le impuso sanciones y lo señaló como uno de los responsables de coordinar la represión en nombre del líder supremo y de haber pedido el uso de la fuerza contra manifestantes pacíficos. También se añadió que estaba al frente de una cartera amplísima que iba desde las negociaciones nucleares hasta la supresión violenta del malestar interno. Ahí está, quizá, la definición más exacta de Larijani: no un moderado descafeinado, sino un gestor integral del poder iraní cuando el poder se siente acorralado.
Por qué su puesto importaba tanto
El Consejo Supremo de Seguridad Nacional no es una oficina decorativa ni una comisión para cubrir el expediente. En el sistema iraní funciona como uno de los centros donde se cruzan la seguridad del Estado, la estrategia regional, el expediente nuclear y las grandes decisiones de crisis. Cuando buena parte de la prensa resume a Larijani como “jefe de seguridad”, lo hace precisamente porque su secretaría al frente del consejo lo colocaba en el nudo donde convergen varias palancas de poder. No mandaba un ejército como un general clásico, pero sí estaba en la sala donde se decide qué hace el Estado, con quién habla y hasta dónde escala.
Su peso aumentó todavía más después de la escalada del año pasado con Israel y del rediseño de la arquitectura defensiva iraní. En agosto de 2025, tras aquella breve guerra aérea, Irán aprobó un nuevo Consejo Nacional de Defensa para centralizar planes militares, mientras Larijani regresaba a la jefatura del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Era una forma de endurecer el sistema y, a la vez, de repartir los centros de mando entre figuras de confianza. En ese tablero, Larijani no era una pieza cualquiera: era uno de los hombres llamados a asegurar que la respuesta del Estado no fuera sólo instintiva, sino también coordinada.
La muerte de Ali Khamenei el 28 de febrero, al inicio de los ataques estadounidenses e israelíes, reforzó todavía más ese papel. Se describía a Larijani como un power broker, un repartidor de poder, un operador central de la transición y la guerra al mismo tiempo. También se señalaba que fue designado como el hombre que debía gestionar una eventual estructura temporal de liderazgo tras la desaparición del líder supremo. No era el heredero religioso, ni hacía falta que lo fuera. Su valor estaba en otro sitio: garantizar continuidad operativa mientras todo alrededor empezaba a arder.
Qué cambia dentro de Irán si se confirma su muerte
La primera consecuencia sería una pérdida de coordinación. No porque Irán vaya a dejar de funcionar mañana —el régimen ha demostrado una capacidad considerable para seguir adelante incluso mutilado—, sino porque Larijani aportaba una mezcla difícil de reemplazar: experiencia en seguridad, legitimidad interna, relaciones con facciones rivales y un conocimiento fino de cómo traducir la doctrina del régimen en decisiones concretas. Cuando desaparecen figuras así, el sistema no se hunde de golpe; se vuelve más tosco, más dependiente de los núcleos puramente militares y menos capaz de equilibrar coerción, diplomacia y cálculo político.
La segunda consecuencia afectaría al reparto de fuerzas en la cima. Con Mojtaba Khamenei convertido en nuevo líder supremo pero cuestionado por sus lesiones y por su escasa visibilidad pública, la desaparición de Larijani dejaría más espacio a la Guardia Revolucionaria y a los mandos que prefieren la lógica del puño antes que la del bisturí. Larijani no era una paloma; nadie en ese nivel del régimen lo era. Pero sí era un político de aparato con capacidad para contener ciertas pulsiones y ordenar prioridades. Sin él, el equilibrio puede inclinarse hacia una gestión aún más securitaria, más cerrada y quizá menos flexible para aceptar mediaciones externas.
Hay una tercera derivada, menos visible y muy importante: la sucesión práctica del día a día. Un régimen puede nombrar líderes, emitir comunicados y exhibir continuidad; otra cosa es quién cose los hilos entre presidencia, seguridad, diplomacia, inteligencia y estructura clerical. Larijani servía para eso. Su perfil, además, tenía un detalle nada menor: era alguien con crédito tanto en el núcleo duro como en sectores del establishment menos ideológicos y más pragmáticos. En tiempos normales eso da margen. En tiempos de guerra, da supervivencia administrativa.
El golpe se vuelve aún más delicado porque Israel afirma haber eliminado en la misma noche a Gholamreza Soleimani, jefe de la Basij, la fuerza paramilitar usada durante años para controlar la calle, sofocar protestas y actuar como brazo de movilización interna del régimen. Si ambas muertes se consolidan, el mensaje no sería sólo militar. Sería un ataque simultáneo contra dos nervios del sistema: quien coordinaba la seguridad nacional y quien encarnaba la represión de proximidad. Una cosa es castigar infraestructuras; otra, intentar perforar la columna política del régimen desde arriba y desde dentro.
Lo que cambia fuera de Irán
Fuera de Irán, la relevancia es inmediata porque la guerra ya desbordó el mapa clásico de la confrontación bilateral. El conflicto ha entrado en su tercera semana, con ataques iraníes sobre Israel, bombardeos israelíes sobre Teherán y otros puntos, ofensiva sobre posiciones de Hezbolá en Beirut y acciones que alcanzan el Golfo. También se ha informado de nuevos ataques contra instalaciones energéticas y de un nuevo episodio contra la embajada de Estados Unidos en Bagdad, cuyos drones fueron interceptados. En ese contexto, la posible muerte de Larijani no sería un episodio aislado, sino otro peldaño en una estrategia de ampliación del conflicto.
El mercado del petróleo lo ha entendido así, con la rapidez nerviosa que tienen los mercados cuando huelen incendio en el Golfo. Se informó este martes de que el Brent subía hasta 103,73 dólares y el WTI hasta 97,29, en medio de la presión sobre el estrecho de Ormuz, por donde pasa alrededor del 20% del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado. No se trata sólo de números en una pantalla: significa presión sobre combustibles, transporte, inflación y suministro global. Cuando cae un dirigente como Larijani, el temblor no se queda en Teherán; se escucha en puertos, refinerías, aerolíneas y bancos centrales.
También cambia la lectura diplomática. Larijani había participado en contactos con Omán, había viajado a Rusia y mantenía un papel activo en el expediente nuclear y en las conexiones exteriores de Teherán. Era, por decirlo sin adornos, uno de los hombres con los que todavía se podía hablar aunque la conversación fuera áspera, opaca y llena de dobles fondos. Su desaparición, si se confirma, estrecha el espacio de los intermediarios útiles dentro del régimen y deja el tablero más inclinado hacia los sectores que creen que toda señal de negociación es debilidad. En medio de una guerra, eso es pésima noticia.
Y hay otro mensaje que Israel intenta proyectar hacia fuera: podemos llegar al núcleo político del sistema iraní cuando queramos. Ese mensaje no va dirigido sólo a Teherán. Va también a Washington, a los países del Golfo, a los mediadores regionales y a los propios aliados occidentales que dudan sobre hasta dónde acompañar la escalada. Si Larijani ha muerto, la campaña deja de parecer centrada únicamente en capacidades militares y se presenta como una operación para decapitar el mando del régimen. La diferencia es enorme, porque convierte la guerra en algo más imprevisible y, al mismo tiempo, más difícil de desescalar.
El vacío que deja en mitad de la guerra
Conviene insistir en algo que a veces se pierde entre el ruido de la última hora: Larijani no era importante sólo por su cargo, sino por su función real. Era una pieza de ensamblaje. En él se tocaban la tradición clerical de la República Islámica, la experiencia de la Guardia Revolucionaria, la negociación nuclear, la relación con grandes potencias y la represión interior. Ese tipo de perfil no abundan. Se fabrican a lo largo de décadas, en el barro del sistema. Por eso, si su muerte se verifica, el golpe no será sólo simbólico. Será la pérdida de uno de los pocos cuadros capaces de mantener unido el tablero mientras todo tiembla.
Aun así, la desaparición de Larijani no significaría por sí sola el derrumbe automático del régimen. Irán conserva una estructura de poder profundamente institucionalizada, con centros redundantes, redes militares, aparatos de inteligencia y cuadros políticos preparados para ocupar huecos. La pregunta no es si el sistema puede seguir; probablemente puede. La pregunta es cómo seguirá: con qué grado de cohesión, con qué margen para negociar, con cuánta dependencia de los sectores más duros y con cuánta capacidad para controlar un país que ya venía tensionado por protestas, sanciones, guerra y desgaste interno. Ahí es donde la muerte de Larijani, de confirmarse, sí cambia mucho.
Por eso esta noticia importa incluso antes de quedar cerrada del todo. Importa porque resume la fase en la que ha entrado la guerra: una fase en la que ya no basta con destruir instalaciones, sino que se intenta vaciar la cúpula rival. Importa porque Larijani era una de las pocas figuras capaces de combinar dureza represiva, lectura estratégica y canal diplomático. E importa porque, mientras Irán guarda silencio y deja correr versiones contradictorias, la sola posibilidad de su muerte ya modifica el cálculo de todos los actores que miran al Golfo con el pulso en la garganta. A veces una confirmación tarda; el efecto político, no.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/israel-ha-matado-ali-larijani/
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: Telegram Prensa Mercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1
También estamos en Telegram como @prensamercosur, únete aquí: https://t.me/prensamercosur
Recibe información al instante en tu celular. Únete al Canal del Diario Prensa Mercosur en WhatsApp a través del siguiente link: https://www.whatsapp.com/channel/0029VaNRx00ATRSnVrqEHu1W
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
Prensa Mercosur es un diario online de iniciativa privada que fue fundado en 2001, donde nuestro principal objetivos es trabajar y apoyar a órganos públicos y privados.
- ★Samsung presenta su nueva generación de chips para mejorar los sistemas de IA
- ★Países recusam ajuda a Trump no estreito de Hormuz, e Irã ataca oleoduto
- ★China lanza DeepZang, la primera plataforma de IA con aplicación en tibetano
- ★Paysandú: Estudiante agredió al director del Liceo 4 tras ser sancionado
- ★Facility Management y economía circular: de práctica cotidiana a estrategia empresarial
