La guerra entre Irán, Israel y EE UU entra en una fase más dura: ataques, petróleo, Ormuz y una diplomacia regional cada vez más arrinconada.
La guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos ha entrado este 15 de marzo en una fase más peligrosa, más ancha y bastante más difícil de encerrar en una sola frontera. Lo que domina la jornada no es un hecho aislado, sino la suma de varios movimientos que se alimentan entre sí: nuevos ataques con misiles y drones, amenazas de más bombardeos sobre infraestructuras energéticas iraníes, presión militar sobre el estrecho de Ormuz, daños en instalaciones clave del Golfo y una diplomacia que sigue activa, sí, pero claramente arrinconada por la lógica del castigo y la represalia. El conflicto, que comenzó el 28 de febrero con la ofensiva inicial de Washington y Tel Aviv sobre objetivos iraníes, ha dejado ya un balance humano devastador y ha convertido la energía mundial en otro frente de batalla.
La fotografía del día tiene varias capas. Donald Trump ha vuelto a elevar el tono al amenazar con nuevos golpes sobre la isla de Kharg, el principal pulmón exportador del crudo iraní, y al pedir a aliados como Reino Unido, Francia, Japón, Corea del Sur o China que envíen medios navales para proteger el tráfico marítimo en Ormuz. Teherán, por su parte, mantiene la represalia como eje de su respuesta, lanza nuevas oleadas de proyectiles contra objetivos israelíes y bases estadounidenses y advierte de que responderá si sus instalaciones energéticas vuelven a ser golpeadas. En paralelo, varios países del Golfo han activado defensas e interceptaciones tras nuevas amenazas iraníes. Dicho en limpio: la guerra ya no es solo un intercambio de golpes, sino una pugna simultánea por el espacio aéreo, las rutas del petróleo, la estabilidad regional y el control del relato político.
La jornada del 15 de marzo acelera una escalada ya visible
Lo más relevante de esta última hora es que el conflicto no se ha congelado en una fase de desgaste, sino que sigue ensanchándose. Trump afirmó que los ataques estadounidenses sobre Kharg habían demolido gran parte de la isla y dejó caer que podrían repetirse. No era una frase menor ni una fanfarronada de sobremesa. Kharg maneja alrededor del 90% de las exportaciones petroleras iraníes, de modo que cualquier nueva ofensiva sobre esa infraestructura tocaría el nervio económico del régimen y, al mismo tiempo, apretaría todavía más el mercado energético internacional. Ese es el centro real del pulso: no solo se bombardea para destruir capacidad militar, también se bombardea para estrechar el oxígeno financiero del adversario. Y cuando la guerra llega ahí, cuando se entra de lleno en la caja fuerte del enemigo, la desescalada deja de ser una palabra fácil.
A la vez, Arabia Saudí, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos han informado de nuevas alertas e interceptaciones tras oleadas de misiles y drones. Irán incluso pidió la evacuación de grandes puertos emiratíes y acusó a Washington de haber usado territorio de Emiratos para lanzar golpes sobre Kharg, algo que Abu Dabi ha negado de forma tajante. Este detalle importa mucho porque dibuja una línea especialmente delicada: si el Golfo deja de ser retaguardia y pasa a ser escenario directo, el margen de seguridad regional se reduce casi a cero. No hace falta una invasión terrestre para que el conflicto cambie de tamaño; basta con que los puertos, aeropuertos, refinerías y complejos logísticos del vecindario entren en la lista de blancos o de amenazas creíbles. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido en estas últimas horas.
Ormuz vuelve a ser el centro del tablero
En esta guerra hay un nombre que resume el resto: estrecho de Ormuz. Por ese paso circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial transportado por mar y una parte muy relevante del gas natural licuado. Cuando ese cuello de botella se cierra de hecho, aunque no exista una declaración solemne con sello y lacre, el planeta entero lo nota. El tráfico se ha reducido drásticamente, Irán ha colocado minas en la zona según varias informaciones y Washington ha pasado de la advertencia al llamamiento internacional para abrir el corredor con presencia naval. La idea parece simple sobre el papel, casi de manual: escoltar, limpiar, asegurar. La realidad es otra cosa. Ormuz no es una autopista normal, es una ratonera estratégica donde una mina, un dron o un error de cálculo pueden disparar otra escalada en cuestión de minutos.
El efecto económico ya está aquí. El Brent y el West Texas Intermediate han subido con fuerza durante marzo y la Agencia Internacional de la Energía ha llegado a describir la situación como la mayor interrupción de suministro de petróleo jamás registrada, con una caída potencial de unos 8 millones de barriles diarios en marzo. No es una oscilación más del mercado, no es la típica sacudida que se comenta dos días y se olvida al tercero. Es un sobresalto de escala histórica. Japón ha anunciado la liberación de 80 millones de barriles de sus reservas a partir de este lunes dentro de una respuesta coordinada más amplia, y otros países ya están moviendo fichas para amortiguar el golpe. El mensaje de fondo es clarísimo: cuando la guerra toca Ormuz, deja de ser un asunto exclusivamente regional y se convierte en una crisis energética global.
Hay además un elemento menos visible pero igual de importante: Fujairah, en Emiratos, uno de los grandes nodos petroleros del Golfo fuera de Ormuz, ha reanudado operaciones de carga tras el ataque con dron y el incendio del sábado. Que esa actividad vuelva no significa que el problema se haya evaporado. Significa, más bien, que incluso las rutas y puertos diseñados para sortear la vulnerabilidad de Ormuz están entrando en la ecuación de riesgo. Fujairah exportó el año pasado más de 1,7 millones de barriles diarios entre crudo y derivados y conecta con el oleoducto Habshan-Fujairah, precisamente pensado para sacar parte del petróleo emiratí sin depender del estrecho. Si también esa válvula queda amenazada, la sensación de cerco se multiplica. Y con ella, el miedo del mercado.
Kharg, la isla que explica media guerra
Kharg se ha convertido en una palabra recurrente porque es mucho más que un punto en el mapa. Es la gran terminal de salida del crudo iraní, con capacidad de almacenamiento enorme y un valor estratégico que va bastante más allá de los barriles. Golpear Kharg significa castigar a Irán en un terreno que duele de verdad: su capacidad para vender petróleo, recaudar divisas y sostener el esfuerzo de guerra. Trump ya había insinuado que la infraestructura militar de la isla era un objetivo legítimo; este fin de semana ha ido un paso más allá al no descartar nuevos ataques. El salto semántico no es menor. Cuando se amenaza repetidamente la infraestructura crítica de un país productor en mitad de una guerra abierta, ya no se está jugando solo a la coerción militar. Se está entrando en una guerra económica por otros medios.
Irán responde hacia fuera y aprieta por dentro
La reacción iraní se está moviendo en varios planos al mismo tiempo. En el exterior, la Guardia Revolucionaria ha reivindicado nuevas andanadas de misiles y drones contra objetivos en Israel y contra bases estadounidenses en la región. Israel ha vuelto a activar sus defensas antiaéreas y ha seguido interceptando lanzamientos. En uno de los episodios más sensibles del día, medios israelíes informaron de que un fragmento de misil iraní impactó en un edificio residencial utilizado por el cónsul estadounidense en Israel. Aunque los detalles completos del incidente seguían sin aclararse, el dato ilustra bien hasta qué punto se ha comprimido el espacio de seguridad alrededor de intereses estadounidenses sobre suelo israelí. Y eso siempre pesa más de lo que parece en la primera lectura.
Al mismo tiempo, Teherán está endureciendo el frente interno. Las autoridades iraníes han anunciado nuevas detenciones de personas acusadas de colaborar con Israel o de facilitar información sobre instalaciones militares, infraestructuras estratégicas y puntos de control. Solo este domingo se informó del arresto de decenas de sospechosos en varias provincias. No es un apunte secundario. Es la señal de que la guerra se está librando también dentro de Irán, en clave de inteligencia, control social y miedo. Cuando un Estado empieza a ver la sombra del enemigo en sus carreteras, sus barrios y sus terminales industriales, la batalla deja de medirse solo en explosiones visibles. Se mide también en paranoia operativa, purgas preventivas y cierre del espacio interno.
Ese giro interior coincide con un aumento del coste humano dentro del país. En las últimas horas se informó de al menos 15 muertos en un ataque sobre una fábrica de calefactores y frigoríficos en Isfahán, con trabajadores dentro en el momento del impacto. El hecho es especialmente delicado porque desplaza otra vez la discusión hacia el tipo de objetivo que está siendo golpeado en territorio iraní. Ya no se habla solo de bases, radares o instalaciones nucleares. Aparecen también centros industriales, barrios cercanos, depósitos y complejos urbanos donde la distinción entre infraestructura estratégica y daño civil se vuelve cada vez más más borrosa. Y cuanto más borrosa es esa frontera, más difícil resulta contener la presión internacional y más fácil es que el resentimiento social se convierta en combustible político para una guerra más larga.
Entre la represalia y la negociación imposible
Pese al ruido militar, Irán no ha cerrado del todo la puerta a una salida negociada. Abbas Araqchi, ministro de Exteriores, ha dejado entrever que Teherán podría estudiar una propuesta que incluya un fin completo de la guerra, mientras sigue insistiendo en que cualquier nuevo golpe sobre infraestructuras energéticas iraníes tendrá respuesta. En paralelo, Araqchi desmintió los rumores sobre un supuesto problema físico del nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, que sustituyó a su padre tras el ataque inicial del 28 de febrero. Es un movimiento de manual: transmitir firmeza exterior y normalidad interna a la vez. Pero una cosa es mantener abierta la puerta diplomática sobre el papel y otra muy distinta cruzarla cuando el adversario sigue elevando el castigo militar y cuando la propia cúpula iraní ha convertido el cierre o la presión sobre Ormuz en parte central de su fuerza negociadora.
Israel y Washington endurecen el guion
En el lado opuesto, Israel y Estados Unidos no han dado este 15 de marzo ninguna señal firme de pausa. Trump ha rechazado en la práctica los intentos de mediación impulsados por países de la región, especialmente Omán y Egipto, y ha insistido en que las condiciones para un acuerdo todavía no son aceptables. La frase puede sonar transaccional, casi de inmobiliaria agresiva, pero tiene consecuencias muy concretas: alargar la ventana militar y retrasar cualquier alto el fuego serio. Washington está enviando un mensaje cristalino a aliados y rivales: primero quiere aumentar la presión, después ya se verá. La diplomacia existe, sí, pero en este momento va atada al maletero de la estrategia militar.
Israel, por su parte, mantiene el mismo tono de continuidad operativa. Gideon Saar, ministro de Exteriores, negó este domingo que haya conversaciones directas inminentes con el Gobierno libanés y también rechazó que Israel haya trasladado a Washington que sufre una escasez crítica de interceptores. Esa desmentida importa porque en plena guerra la percepción de desgaste es casi tan sensible como el desgaste real. Israel quiere proyectar justo lo contrario: coordinación total con Estados Unidos, capacidad de seguir soportando los ataques iraníes y decisión de continuar hasta degradar de forma duradera la amenaza que ve en Teherán. La palabra clave aquí no es “respuesta”, sino persistencia. Nadie en Jerusalén quiere aparecer como el actor que pestañea primero.
Esa dureza coincide además con un momento delicado en el plano simbólico. El papa León XIV ha pedido un alto el fuego inmediato y ha denunciado una violencia “atroz” que, según advirtió, está causando miles de víctimas no combatientes y desplazamientos masivos en la región. Naciones Unidas también ha reclamado que la carga humanitaria pueda atravesar Ormuz. Son llamamientos significativos, porque muestran que la guerra ya está siendo leída no solo como un choque militar o geopolítico, sino como una crisis humanitaria en expansión. El problema es que, por ahora, esa presión moral no está alterando el comportamiento de los principales protagonistas. El ruido de los misiles sigue sonando bastante más alto que el de las exhortaciones.
Un conflicto que se desborda por el Golfo, Irak y Líbano
La guerra tampoco se limita ya a un eje bilateral o trinacional. Irak ha vuelto a aparecer en el centro del radar después de que un misil impactara en el helipuerto del complejo de la embajada de Estados Unidos en Bagdad y de que un ataque matara a tres miembros de las Fuerzas de Movilización Popular en la capital iraquí. Son episodios que ilustran hasta qué punto el conflicto está activando frentes paralelos, algunos directos y otros más ambiguos, pero todos peligrosos. Irak vuelve a convertirse en un espacio de roce entre milicias, intereses estadounidenses e influencia iraní. Y en estas circunstancias, cualquier incidente lateral puede desencadenar una cadena nueva de represalias con vida propia.
También Líbano sigue pagando una factura brutal. El balance oficial supera ya los 820 muertos y los 850.000 desplazados desde que Hezbollah intensificó sus ataques y la respuesta israelí amplió la presión militar en el sur del país. Al mismo tiempo, la Organización Internacional para las Migraciones alertó este domingo de que el deterioro en ciudades iraníes está empujando a miles de personas hacia las provincias del norte y también fuera del país, con casi 32.000 llegadas a Afganistán y cerca de 4.000 a Pakistán, pese a que aeropuertos y muchos pasos fronterizos siguen cerrados. La guerra, en fin, ya no solo se mide en mapas de operaciones. Se mide también en carreteras llenas, maletas improvisadas y fronteras tensas.
En cuanto al balance humano, los números siguen creciendo y además no siempre coinciden entre organismos, gobiernos y medios estatales. El recuento agregado del conflicto supera ya los 2.000 muertos, con la mayoría de las víctimas en Irán, mientras el Comité Internacional de la Cruz Roja sitúa en más de 1.300 los fallecidos dentro del país. El Ministerio de Salud iraní ha detallado que entre ellos hay 223 mujeres y 202 niños. En Israel, los ataques iraníes han causado al menos 12 muertos, y 13 militares estadounidenses han muerto desde el inicio de la guerra, incluidos seis en el accidente de un avión de repostaje en Irak. Son cifras que explican bastante bien por qué la idea de una guerra “quirúrgica” suena ya a viejo eslogan de despacho. La guerra real es desordenada, expansiva y cada vez menos contenible.
Una guerra que ya ha cambiado de tamaño
Lo que deja este 15 de marzo no es solo una sucesión de ataques. Deja una constatación más seria: la guerra ha cambiado de escala. Ya no se trata únicamente de si Israel golpea un radar iraní o si Teherán responde con una salva de misiles. Se trata de que Ormuz está en el centro, de que Kharg está bajo amenaza, de que el Golfo vive entre alarmas e interceptaciones, de que la economía mundial ya acusa el golpe y de que la diplomacia regional no logra todavía imponer un paréntesis real. Cuando todos los frentes importantes empeoran a la vez —militar, energético, humanitario y político—, el conflicto deja de ser una crisis intensa para convertirse en un problema sistémico. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
La consecuencia más inmediata es que no hay señales sólidas de desescalada. Sí hay contactos. Sí hay mediadores. Sí hay mensajes ambiguos, desmentidos, tanteos y puertas entreabiertas. Pero el movimiento dominante sigue siendo otro: más presión, más advertencias, más ataques y más riesgo de error. Trump pide barcos, Irán amenaza con ampliar la respuesta, Israel insiste en que seguirá adelante, el Golfo activa defensas, Bagdad vuelve a entrar en escena, Líbano se hunde un poco más y el petróleo sigue marcando el pulso del miedo. En este punto, la guerra ya no cabe en una sola frase ni en una sola frontera. Se ha convertido en una crisis regional de alcance global, con demasiados actores armados, demasiadas infraestructuras críticas bajo tensión y demasiado poco espacio para una salida rápida. Ese es, sin adornos, el punto exacto en el que está el conflicto este 15 de marzo.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/guerra-en-iran-hoy-15-de-marzo/
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